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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net B - Domingo 5o. de Cuaresma
Primera: Jer 31, 31-34; Salmo 51; Segunda: Heb 5, 7-9; Evangelio: Jn 12, 20-33
B - Domingo 5o. de Cuaresma
Sagrada Escritura:
Primera: Jer 31, 31-34 Salmo 51 Segunda: Heb 5, 7-9
Evangelio: Jn 12, 20-33
Nexo entre las lecturas
Mientras que para los
hombres el orden habitual de los conceptos es vida-muerte, en
Jesucristo es al revés: muerte-vida. De estas dos realidades y
de su relación nos habla la liturgia. Es necesario que
el grano de trigo muera para que reviva y dé
fruto, es necesario perder la vida para vivir eternamente (Evangelio).
Jesús, sometiéndose en obediencia filial a la muerte vive ahora
como Sumo Sacerdote que intercede por nosotros ante Dios (segunda
lectura). En la muerte de Jesús que torna a la
vida y da la vida al hombre se realiza la
nueva alianza, ya no sellada con sangre de animales sino
escrita en el corazón, y por lo tanto, espiritual y
eterna (primera lectura).
Mensaje doctrinal
1. Jesús, ‘unión de los opuestos’. La
tendencia humana más frecuente es dividir, disociar, separar, enfrentar. Jesús,
venido desde Dios, actúa de otro modo y nos enseña
a actuar también nosotros como él. El hombre tiende a
separar el oprobio del sufrimiento del resplandor de la gloria:
Jesús los une en sí porque el Padre los quiere
unidos en Cristo y en nosotros. De ese modo el
sufrimiento es glorioso, y la gloria tiene el dolor como
peana. El hombre quiere fructificar sin morir, pero es imposible;
Jesús acepta ser grano que muere bajo la tierra para
dar fruto abundante. En Jesús se dan la mano dos
realidades fuertemente antagónicas: la muerte y la fecundidad. Nosotros preferimos
con mucho el ser servidos a servir; Cristo prefirió servir
a ser servido; y en ese incondicional servir le fue
‘servida’ por el Padre la salvación de la humanidad. Los
hombres en general no estamos fácilmente dispuestos a perder la
vida (darla por el bien de los demás) y, sin
embargo, es así como realmente la perdemos. Cristo, en cambio,
la perdió, no se aferró a ella, y de esa
manera la ganó para siempre y nos alcanzó la posibilidad
de también nosotros ‘ganarla’, siguiendo sus huellas. En la conjunción
de perderse al mundo para ganar al mundo se compendia
el misterio pascual de Jesucristo.
2. La hora de Jesús. En
el evangelio de san Juan se une el encuentro de
Jesús con los ‘griegos’ (representantes de la humanidad no judía)
y la hora de Jesús, es decir, su pasión-muerte-resurrección. La
hora de Jesús es, por tanto, la hora de la
redención universal por el sufrimiento y por la glorificación. Ambos
aspectos brillan con fulgor particular en la segunda lectura. Primeramente
el sufrimiento: “El mismo Cristo en los días de su
vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y
lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte... Aprendió
sufriendo lo que cuesta obedecer”. Esos gritos y esas lágrimas,
tan humanos, están incluidos en su hora, en su tiempo
y modo de salvarnos. No falta, sin embargo, la hora
de la glorificación: “Alcanzada así la salvación,... ha sido proclamado
por Dios Sumo Sacerdote”. Sumo Sacerdote de la nueva alianza,
del nuevo corazón humano, de la nueva ley escrita en
lo más íntimo y profundo del alma.
3. La hora
del hombre nuevo. La hora de Jesús es también la
hora del hombre nuevo. El sufrimiento y la glorificación de
Jesús llevan a cumplimiento la profecía de Jeremías, que la
liturgia nos presenta en la primera lectura. La alianza nueva
entre Dios y la humanidad estará sellada con la sangre
de Cristo. Las estipulaciones de esa nueva alianza no estarán
escritas sobre piedra ni será Moisés quien las comunique a
los hombres; Dios misma las escribirá en el interior del
corazón y el Espíritu Santo ‘leerá’ con claridad, de modo
inteligible y personal, a todo el que le quiera escuchar,
el contenido de la nueva ley, la ley del Espíritu.
Por eso nos dice san Juan que todos serán instruidos
por Dios, todos: desde el más pequeño hasta el mayor.
La pasión-muerte-resurrección de Jesucristo otorga a la humanidad entera la
gracia de hacer un pacto de amistad y de comunión
con Dios Nuestro Señor, y así llegar a ser hombre
nuevo, auténtico, más aún ‘divino’.
Sugerencias pastorales
1. Sufrir por fidelidad.
El sufrir por sufrir es absurdo e indigno del hombre.
El sufrir porque “no hay otra”, porque ésa es la
condición humana, es un motivo muy pobre, aunque pueda ser
frecuente. El sufrir para mostrar mi capacidad de autodominio o
mi grandeza humana es de pocos, y casi siempre adolece
de orgullo. El sufrir por fidelidad a unos principios y
a unas convicciones que sustentan la propia vida, ahí está
el verdadero sentido y valor del sufrimiento. Sufrir por fidelidad
a la propia conciencia, aunque los estímulos externos induzcan más
bien al carpe diem y a la satisfacción de las
mil solicitaciones del vicio y del pecado. Sufrir por fidelidad
a los deberes de mi estado y profesión, con sinceridad
y constancia, sin miedo a aparecer ‘débil’ y sin miedo
al respeto humano. Sufrir por fidelidad a las propias convicciones
religiosas: católico, religioso, sacerdote, actuando siempre y en todo momento
y situación de modo coherente y auténtico. Ese sufrimiento, a
los ojos de Dios, no sólo tiene sentido, sino que
tiene un valor imperecedero: valor de redención, como el sufrimiento
de Jesucristo. Tal sufrir, no siendo fácil, no deja de
ser hermoso y sobre todo fecundo. Pongamos la mano en
el corazón y preguntémonos si hemos sufrido por ser fieles,
si estamos dispuestos a sufrir por fidelidad a Dios y
al hombre, nuestro hermano.
2. Una religión del corazón. Es difícil
mantener el equilibrio en las relaciones entre los hombres, y
en las relaciones de los hombres con Dios. O somos
fríos, porque fundamos nuestras relaciones en la razón, que se
rige por la lógica, que no admite ser caldeada por
otras energías diversas de la razón. O somos sentimentales, poniendo
en el sentimiento la base de una verdadera relación sea
con los hombres sea con Dios. Pero sabemos que el
sentimiento está sometido a los vaivenes de las circunstancias, de
los influjos externos, de los estados de ánimo... El sentimiento
es cálido, pero carece de lógica, de orden, de estabilidad.
O buscamos fundar las relaciones en el corazón, en donde
la fuerza de la lógica se encuentra con el calor
del sentimiento, y el sentimiento cálido penetra en la frialdad
de la razón. El corazón es el lugar del encuentro,
de la relación más auténtica entre los hombres y del
hombre con Dios. Por eso, la religión cristiana es una
religión del corazón. Cuando se ha pretendido hacer del cristianismo
una religión de la razón, se ha caído en la
frialdad de la abstracción o en el rigorismo dogmático y
moral, al estilo jansenista. Cuando se ha hecho del cristianismo
una religión del sentimiento, el resultado ha sido un sentimentalismo
dulzón y un fideísmo poco inteligente. Sólo el corazón (sede
de la razón, de la afectividad y de las pasiones)
puede dar forma a la religión cristiana. Si ya vives
el cristianismo del corazón, continúa por ese camino y ayuda
a otros a entrar por él; si todavía no te
has convertido a la religión del corazón, aprovecha esta cuaresma.
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