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“Tanto amó Dios al mundo...”: aquí
reside el mensaje que la Iglesia nos transmite mediante los
textos litúrgicos. Ese amor infinito de Dios ha recorrido un
largo camino en la historia de la salvación, antes de
llegar a expresarse en forma definitiva y última en Jesucristo
(Evangelio). La primera lectura nos muestra en acción el amor
de Dios de un modo sorprendente, como ira y castigo,
para así suscitar en el pueblo el arrepentimiento y la
conversión (primera lectura). La carta a los Efesios resalta por
una parte nuestra falta de amor que causa la muerte,
y el amor de Dios que nos hace retornar a
la vida junto con Jesucristo (segunda lectura). En todo y
por encima de todo, el amor de Dios en Cristo
Jesús.
Mensaje doctrinal
1. Jesucristo, el amor del Padre. “Tanto amó Dios
al mundo que entregó a su Hijo único”. Toda la
historia de Dios con el hombre, como se presenta en
la Biblia, es una historia impresionante de amor. Dios que
por amor crea, da la vida, elige a un pueblo
para hacerse presente entre los hombres, se hace ‘carne’ en
Jesucristo para salvarnos desde la carne...y el hombre que por
orgullo rechaza el amor buscando ‘autocrearse’, ‘autodonarse la vida’, ‘autoelegirse’
en el concierto de las naciones por su potencia y
su imperial ambición, ‘autosalvarse’ con la ciencia y la técnica,
con la parapsicología y la religión cósmica. Parecería que el
hombre las cosas de Dios las entiende todas al revés.
Parecería que Dios le quisiera enseñar a deletrear en su
mente y en su vida el amor, y sólo es
capaz de pronunciar el egoísmo, el odio o al menos
la indiferencia a lo que no sea el propio yo.
Parecería que Jesús en lugar de ser la forma suprema
del amor divino, fuese al contrario causa de su turbación,
de su sentimiento de fracaso, de su frustración alienante. ¿Qué
sucede en el corazón humano para que no pueda descubrir
en Jesucristo la sublimidad del amor de Dios?
2. Dos formas
del Amor. El amor no busca sino el bien de
la persona amada. Pero las formas de buscar ese bien
pueden variar. Ante un pueblo o un corazón rebelde, cerrado
al camino de Dios, el amor divino adquiere manifestaciones duras
que buscan llevar al hombre a la reflexión, al arrepentimiento
y a la conversión. Así en la primera lectura, ante
la actitud altanera del pueblo, Dios permite la toma de
Jerusalén, la matanza de muchos de sus habitantes, el saqueo
de la ciudad, la esclavitud y el destierro a Babilonia.
Dios actuó de esta manera como esfuerzo supremo de su
amor que quiere llevar a los habitantes de Jerusalén a
una auténtica conversión mediante el reconocimiento del amor divino. Pero
existe otra forma de amor divino, que es la gracia,
el don de la salvación para quien la acoge y
la hace fructificar. Los que la acogen ‘son hechura de
Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras
que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta”
(segunda lectura). Esas buenas obras son las obras del amor,
con que el creyente responde al amor de Dios. Como
formidable educador del hombre y de los pueblos, Dios Nuestro
Señor usa una u otra forma de amor con el
único interés de encontrar reciprocidad de amor en el hombre.
Sabe muy bien Dios que sólo en el amar (a
Dios y al hombre) y ser amado reside la grandeza
y la felicidad del hombre.
Sugerencias pastorales
1. Convertirse al Amor. Los
textos litúrgicos nos han mostrado que el amor para Dios
es darse, entregarse, buscar el bien de la persona amada.
Este amor no es el más frecuente entre los hombres,
ni resulta fácil. Es más frecuente encerrarse en la propia
concha siendo uno mismo sujeto y objeto de su amor.
Es más frecuente ‘aprovecharse’ del otro (esposo o esposa, padre
o hijo, amigo o amiga, acreedor o cliente, alumno o
maestro, párroco o parroquiano...) para satisfacción del propio yo, de
los propios intereses, gustos, pasiones. Es más frecuente buscar nuestro
bien, que querer el bien de los demás; querernos ‘bien’
a nosotros mismos en lugar de hacer el bien al
prójimo. Es más fácil no darse, no hacer nada por
los demás, no ayudar a quien sufre necesidad, no colaborar
en las diversas actividades de la parroquia, no buscar formas
concretas de amar a Dios, a la Virgen santísima, a
nuestros seres queridos, a nuestros hermanos en la fe, a
los hombres independientemente de su religión, raza o condición. Con
todo, en la mayoría de los casos lo que es
más frecuente y fácil no es lo mejor ni siquiera
para nosotros mismos. Hemos de convertirnos al Amor: ese amor
que actúa en nosotros porque Dios nos lo regala y
nosotros lo acogemos con gozo. Hemos de convertirnos al Amor,
que nos saca de nuestra propia concha y nos pone
‘indefensos’ ante los demás para que vivamos por la fuerza
del Amor.
2. Cristiano igual a humano. Bien podría decirse:
“Cristiano soy y nada de lo humano reputo ajeno a
mí”. El concilio Vaticano II nos ha enseñado que “Cristo
revela el hombre al hombre”. La auténtica humanidad del ser
humano no la vamos a encontrar en los programas de
la TV o en los artículos de la prensa, en
la invasión sonora de la discoteca o en las reuniones
masivas con un cantante famoso, en la fugacidad de la
bebida y de la droga o en la falsa consistencia
de una relación degenerada...En todos estos campos está muy presente
el hombre, pero muy poco lo humano, los valores dimanantes
de su dignidad de imagen e hijo de Dios. El
Papa Juan Pablo II gusta repetir que “el hombre es
el camino de la Iglesia”; y se podría añadir también
que “el cristiano es el camino del hombre”. Es evidente
que me refiero a un cristiano que lo es de
verdad y a un hombre que se mide por su
vocación y dignidad, no con parámetros de otra índole. Por
eso, alguien se atrevió a decir que “el tercer milenio
o será cristiano, o simplemente no será”, pues el hombre
terminaría autodestruyéndose. Si esto es verdad, y lo es, ¿no
vale la pena vivir a fondo la vocación cristiana? ¿Por
qué no luchar para instaurar en la sociedad un verdadero
humanismo, es decir, un cristianismo vivido con autenticidad? ¡Vale la
pena!
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