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“Nosotros predicamos
a Cristo crucificado, que es fuerza de Dios y sabiduría
de Dios” (segunda lectura). En esta frase veo resumido el
mensaje central de los textos litúrgicos de este domingo tercero
de cuaresma. Fuerza y sabiduría de Dios que superan y
perfeccionan la fuerza y sabiduría del Decálogo (primera lectura). Fuerza
y sabiduría de Dios que instauran un nuevo templo y
un nuevo culto, situado no ya en un lugar, cuanto
en una persona (Él hablaba del templo de su cuerpo):
la persona de Cristo crucificado, muerto y resucitado en quien
la relación entre Dios y el hombre alcanza su plenitud
y su paradigma.
Mensaje doctrinal
1. Jesucristo, sabiduría de Dios. La revelación
de Dios es un largo y progresivo camino de sabiduría
divina. Esa sabiduría se revela adaptándose a los eternos designios
de Dios, pero también al desarrollo espiritual y humano de
los hombres. Esto no es imperfección de Dios, sino condescendencia,
aceptación de la historicidad del ser humano con todos los
condicionamientos que ella comporta. Después de largos siglos en que
la sabiduría divina se fue manifestando en enseñanzas, instituciones, profetas
y sabios, la sabiduría de Dios se encarna en Jesús
de Nazaret, pero con caracteres bastante diversos a lo esperado.
Jesús dirá que no ha venido a abolir la ley
sino a perfeccionarla, por eso no basta el decálogo con
su amor a Dios y al hombre, es necesario añadir
que se trata de amar a Dios en su misterio
trinitario revelado por Jesucristo, y de amar al prójimo, incluso
si es nuestro enemigo. Jesús, como nuevo templo, interioriza el
culto cristiano, fundado no en sacrificios ni ritos externos, sino
en la acción del Espíritu de súplica, alabanza y adoración.
Tanto en uno como en otro caso, se trata de
una sabiduría que mana del Espíritu de Dios, no obra
del hombre ni de sus capacidades superiores.
2. La cruz, sabiduría
de Cristo y del Cristiano. La sabiduría de Jesucristo brilla
con una fuerza particular en la locura de la cruz.
La cruz era el objeto más horrible a los ojos
de un buen romano, y para un piadoso judío era
signo de maldición divina. Para los contemporáneos de Jesús el
escándalo debió de ser mayúsculo. ¡A quién se le ocurre
hacer de la cruz el signo más elocuente de la
sabiduría de Dios y del cristianismo! Ciertamente no a los
hombres, pero se le ocurrió a Dios. Ante la figura
de Cristo crucificado, la sabiduría humana o cae de rodillas
en actitud de reconocimiento de una ciencia misteriosa y superior,
o se rebela y sucumbe bajo el peso insoportable de
algo que sobrepasa el humano razonamiento. Desde hace veinte siglos
Jesús sigue proclamando desde el Gólgota que el madero de
la cruz es el verdadero árbol de la ciencia del
bien y del mal, de la ciencia de la vida.
Los cristianos hemos de ser muy conscientes de que en
la cruz está nuestra verdadera sabiduría, y que hemos de
anunciar a todos el Evangelio de la cruz, el evangelio
del sufrimiento.
3. La potencia de Cristo crucificado. Ningún crucificado antes
de Cristo pudo hacer de la cruz su trono y
su cetro. Solamente Cristo ha podido llevar a cabo esa
transformación tan imposible: ha cambiado el signo de ignominia en
signo de poder. Para los que creemos, en efecto, la
cruz es potencia de Dios. El decálogo era signo del
pacto entre el Dios soberano e Israel su vasallo; el
templo, con su imponente grandiosidad de edificio, de rito y
de sacrificio, era signo del poder y trascendencia de Dios.
Con Jesús la omnipotencia de Dios se hace patente en
la debilidad de la carne, en la maldición de un
madero, en la humana ignominia de un crucificado. Los hombres,
generación tras generación, somos reacios a entender un poco al
menos este gran misterio. Quienes se dejan seducir por él
y en él entran por la fe y la humildad,
logran para sí la auténtica sabiduría y son capaces de
despertar el interés por ella en los demás.
Sugerencias pastorales
1. Sólo
se puede volar con dos alas. El hombre contemporáneo tiene
un confianza sin límites en la inteligencia científica, por el
hecho mismo de que ve las grandes conquistas a las
que ha llegado: en el mundo astronómico, en la técnica
biogenética, en la electrónica, y en cualquier forma del saber
empírico. La inteligencia humana abarca otros aspectos, que necesitan un
desarrollo, como la inteligencia filosófica, o la moral o la
religiosa. Desgraciadamente la inteligencia en estos campos en vez de
aumentar, ha ido disminuyendo en los últimos lustros. ¡Es un
grande déficit en la vida y en la formación del
hombre actual! Precisamente porque la inteligencia filosófica, moral o religiosa
preparan o facilitan el camino hacia la fe, mientras que
la científica no pocas veces lo obstaculiza o peor todavía
lo liquida. Es verdad que la sola inteligencia no hace
creyentes, se requiere de la fe. Pero sin el soporte
de una verdadera inteligencia, la fe se convierte en fideísmo,
al igual que la inteligencia sin el complemento de la
fe se convierte en puro intelectualismo o en positivismo científico.
¿Cuál es tu mentalidad, la de tus familiares y vecinos?
¿Aceptas la fe como verdadera ciencia de Dios al servicio
del bien del hombre? ¿Qué podemos hacer los fieles cristianos
para volar, en las tareas de cada día, con las
dos alas de la fe y de la razón? ¿No
hay muchos cristianos que pretenden volar sólo con un ala?
¡Empresa imposible!
2. El decálogo de la oración. Jesucristo en el
evangelio supera el culto ritual del templo, y lo sitúa
en el interior del hombre. En 1973 el Papa Pablo
VI propuso a los fieles que le escuchaban el decálogo
de la oración, una manera práctica de vivir el culto
interior y de expresarlo de modo adecuado a nuestro tiempo.
1) Aplicar de modo fiel, inteligente y diligente la reforma
litúrgica.
2) Hacer una catequesis filosófica, bíblica, teológica, pastoral, sobre
el culto divino.
3) No apagar el sentimiento religioso al
revestirlo de nuevas y más auténticas expresiones espirituales.
4) La
familia debe ser la gran escuela de piedad, de espiritualidad,
de fidelidad religiosa.
5) Considerar el precepto festivo no sólo
un deber primario, sino sobre todo un derecho, una necesidad,
un honor, una fortuna.
6) Si está permitida una cierta
autonomía en la práctica religiosa en grupos distintos, no debe
faltar la comprensión del genio eclesial, es decir de ser
pueblo, una sola alma socialmente unida, de ser Iglesia.
7)
El desenvolvimiento de las celebraciones litúrgicas es siempre un acto
de gran seriedad, que se debe preparar y realizar con
gran esmero.
8) Los fieles colaboran al fiel cumplimiento del
culto sagrado con su silencio, compostura, y sobre todo con
su participación.
9) La plegaria tenga sus dos momentos propios
de plenitud: el personal y el colectivo.
10) El canto,
a través del cual se expresa la riqueza espiritual de
los fieles cristianos.
Este decálogo sigue siendo actualísimo después de
casi treinta años. El cumplimiento de este decálogo será renovador
y enriquecerá la vida espiritual de cada cristiano, de los
grupos, de las parroquias.
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