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Tiempo de Cuaresma | tema
Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net
B - Domingo 2o. de Cuaresma
Primera: Gén 22, 1-2.9.10-13; Salmo 116; Segunda: Rom 8, 31-34; Evangelio: Mc 9, 2-10
 
B - Domingo 2o. de Cuaresma
B - Domingo 2o. de Cuaresma

Sagrada Escritura:

Primera: Gén 22, 1-2.9.10-13
Salmo 116
Segunda: Rom 8, 31-34
Evangelio: Mc 9, 2-10





Nexo entre las lecturas

El amor, sea de Dios al hombre, sea del hombre a Dios, compendia la liturgia de hoy. El amor de Dios a los discípulos que, después del primer anuncio de la pasión, les revela el esplendor de su divinidad (Evangelio). Amor misterioso, paradójico, de Dios a Abraham, al infundirle una absoluta confianza en su providencia, frente al mandato de sacrificar a su hijo Isaac (primera lectura). Amor de Dios que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros (segunda lectura). Amor, por otra parte, de Abraham a Dios, al estar dispuesto a sacrificar a su hijo único en obediencia amorosa (primera lectura). Amor de los discípulos en la disponibilidad para obedecer al Padre que les dice: Éste es mi Hijo muy amado. Escuchadlo (Evangelio). Amor de Jesús que nos salvó mediante su muerte e intercede por nosotros desde su trono a la derecha de Dios (segunda lectura).


Mensaje doctrinal

1. Las paradojas del amor. Dios es un misterio infinito. Su modo de actuar y de amar está también lleno de misterio. Los misterios para nuestra mente y para nuestra lógica humana resultan ininteligibles. Sólo el corazón puede entreabrir la puerta del misterio y vislumbrar una mínima parte de su sobrecogedora grandeza. En efecto, a la lógica humana resulta paradójico que Dios haya dado un hijo a Abraham, única esperanza de la promesa que Dios le ha hecho, para que luego le pida sacrificarlo sobre el monte Moria. Como nos parece igualmente paradójico que Dios ame a su Hijo Jesucristo con un amor de Padre y luego le pida sufrir la máxima ignominia de los hombres muriendo en una cruz como un esclavo. Y no es menos paradójico el que el hombre haya recibido la salvación de Jesucristo y luego se encuentre en el afán de cada día con tremendas fuerzas hostiles que le hacen dudar de dicha salvación. No deja, sin embargo, de ser verdad que Dios supera las paradojas y une los extremos aparentemente contradictorios con lazos inseparables de amor. No es que Dios ame menos en un caso que en otro. Más bien habrá que decir que su amor es diferente. El hombre, por su parte, no tratará de racionalizar los caminos de la actuación divina, pues fracasará siempre con toda seguridad, sino más bien de dilatar el corazón y buscar "entender" con el amor, pues ´el corazón tiene sus razones que la razón no comprende´, (Pascal), tanto si se trata del hombre como si se trata de Dios.

2. Tres formas de amar. En las relaciones humanas el amor adopta infinitas formas. En las relaciones entre el hombre y Dios sucede lo mismo. La liturgia de hoy nos presenta tres de estas formas de expresar el amor.

A) Ver. Sobre el monte Moria "Dios pro-vee" y de esta manera manifiesta su amor a Abraham. Por su parte, Abraham "vio" un carnero enredado en un matorral y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Así mostró su amor agradecido al Señor. En el texto evangélico, Pedro, Santiago y Juan vieron a Jesús transfigurado con el esplendor de la divinidad y por los ojos les prendió el deseo de morar allí contemplando y gozando amorosamente de esa experiencia inefable. Los ojos son las ventanas del amor: por ellos entra el amor como el rayo de luz por el cristal, y por los ojos pasa transparente y luminoso el rayo del amor desde el corazón hacia el exterior para incidir en la persona amada. Esto que acaece con el amor humano, sucede por igual en las relaciones de amor entre el hombre y Dios.

B) Escuchar. Es dulce al oído escuchar la voz de la persona amada. Por eso, Abraham que ama a Dios, escucha su voz que le llama y enseguida responde: "Aquí estoy", en un gesto de disponibilidad desde el amor. Por eso, el Padre invita a los discípulos a escuchar a Jesús para que a través de sus palabras lleguen a sus oídos las revelaciones del amor hasta la locura de la cruz. Escuchar la voz del amado entraña una actitud de obediencia. De ahí que la auténtica obediencia cristiana coincida con la escucha de la voz divina, que pone en movimiento el deseo de hacer lo que quiera el amado.

C) Experimentar. Sólo cuando el amor baja al terreno de la experiencia vital es amor poderoso y eficaz. Un amor que no pase por la experiencia corre el peligro de degenerar en egoísmo, en abstracción, o en puro sentimentalismo. Abraham experimentó el amor fiel de Dios, por eso su amor permaneció enhiesto y firme en el momento de la prueba. Jesús experimentó el amor del Padre y el amor a los hombres, por eso pudo abrazar la cruz con decisión y libertad. Y a Pablo, que ha experimentado de modo fuerte el amor de Cristo, ¿quién le podrá separar de ese amor?


Sugerencias pastorales

1. Amor-dolor: una difícil relación. Amar a una persona cuanto todo va bien, cuando el amor parece vivir en una eterna primavera, cuando los frutos del amor son dulces, cuando la reciprocidad en el amor hace bella la vida y se mira el futuro con gozo y esperanza, es fácil y hasta agradable. Pero en las historias de amor, no todo ni siempre es así. En las reales historias de amor el dolor, el sufrimiento, la prueba, la incomprensión llaman de vez en cuando a la puerta de los amantes. Y se asoma al alma la tentación de dudar del amor, de ver en el dolor un destructor del amor, de sentir que el amor se va enfriando e incluso puede llegar a congelarse. ¿Por qué suceden estas cosas, si el dolor en los designios de Dios no es sino un rostro diferente del amor? ¿No hemos experimentado acaso que el dolor y la prueba son profundizadores del amor, fuerzas ingentes que purifican y potencian la capacidad de amar del corazón humano? El amor y el dolor son como los dos polos (positivo y negativo) necesarios para que se produzca energía psíquica y espiritual en el ser humano. ¿No nos dice la misma sabiduría de los hombres que una persona que no ha sufrido, ni ha sido probada, difícilmente llegará a ser persona madura? Me he puesto también a pensar ¿por qué el hombre de hoy mira con mal ojo al dolor y lo odia con tanta pasión? ¿No será porque se está enfriando entre los hombres el verdadero amor: a Dios, a los hombres, a la vida?

2. Miedo a escuchar. El hombre contemporáneo es quien sin duda ha escuchado y escucha más palabras en toda la historia desde sus orígenes. Muchas de esas palabras le halagan y las escucha con gusto. Otras le aburren, y entonces simplemente cierra el canal de comunicación o busca otra conversación más agradable. Hay palabras también que le causan miedo, a veces mucho miedo. Palabras de los papás que no transigen con sus caprichos, palabras de los educadores que requieren atención y reflexión, palabras de las leyes que ordenan la convivencia humana, palabras de la Iglesia que enseñan el sentido de la vida, transmiten los valores humanos y cristianos, ponen delante de nuestros ojos el destino de la existencia. Esas palabras no pocas veces despiertan el miedo que yacía agazapado en nuestra psiche. En verdad, no es miedo a las palabras, sino miedo a nosotros mismos, miedo a elevarnos al nivel de existencia que nos corresponde como seres humanos y como discípulos de Jesucristo. Esta cuaresma puede ser un "momento de Dios" para arrancarnos el miedo, todo miedo y cualquier miedo.



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