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La salvación es el punto
de convergencia de las lecturas de este primer domingo de
cuaresma. Jesucristo es el nuevo Adán, que en el desierto
de la tentación y de la oración, salva al hombre
de sus tentaciones y de su pecado, y le llama
a entrar mediante la conversión y la fe en el
Reino de Dios (Evangelio). La salvación de Cristo está como
prefigurada en la salvación que Dios realizó con Noé y
su familia (la humanidad entera) después del diluvio mediante el
arco iris, signo de su alianza salvífica (primera lectura). El
arca de Noé, arca de salvación, prefigura en la segunda
lectura el bautismo, por el cual el cristiano participa de
la salvación que Jesucristo ha traído a los hombres mediante
su muerte.
Mensaje doctrinal
1. El hombre necesita salvación. Es una enseñanza
constante de la Biblia. Es igualmente una experiencia ínsita en
la vida y en la conciencia de cualquier ser humano.
El hombre que entra en su interior con sinceridad, descubre
en sí unas fuerzas, unos impulsos que lo dominan, unas
cadenas que le sujetan y no le dejan respirar libremente
ni volar a las alturas que ardientemente anhela. El hombre,
aherrojado en sí mismo y en la cárcel de un
mundo hostil, busca una mano amiga, busca un redentor, un
salvador, que rompa sus cadenas, que le permita volar por
los espacios del amor, de la verdad, de la vida.
La Biblia nos enseña que hay un solo y único
Salvador, que es Dios, que nos ofrece su salvación en
Jesucristo. Ante el mundo caótico y pecador de los orígenes,
Noé es salvado por Dios y con él, como un
nuevo Adán, recomienza Dios una creación nueva, cuyo centro será
el respeto a la vida. Este nuevo Adán y esta
nueva creación son figura e imagen del novísimo Adán, que
es Jesucristo, y de la novísima creación, cuyo centro es
la vida nueva, vida de gracia, implantada por la muerte
y resurrección de Cristo, y de la que el hombre
participa mediante el bautismo. En efecto, “el misterio de Cristo
es la luz decisiva sobre el misterio de la creación;
revela el fin en vista del cual, ‘al principio Dios
creó el cielo y la tierra’: desde el principio Dios
preveía la gloria de la nueva creación en Cristo” (CEC,
280).
2. Características de la salvación. A) Salvación universal. El Dios
creador de todas las cosas y de todos los hombres,
desea también la salvación de todos. Hay, pues, un llamado
universal a la salvación. El diluvio (primera lectura), que es
como una negra nube sobre el cielo de la salvación,
cesa por obra de Dios, que hace resplandecer el arco
iris como signo de la alianza salvífica de Dios con
la humanidad entera y con el mismo cosmos. Jesucristo nos
llama a la salvación invitándonos a entrar en el Reino
de Dios por la puerta del bautismo (bautismo de agua
y Espíritu, bautismo de sangre, bautismo de deseo); una puerta
abierta a todos, sin excepción, ya que por todos Cristo
ha muerto y ha vuelto a la vida. El descenso
a los infiernos, de que nos habla la segunda lectura,
es una manera simbólica de expresar la universalidad de la
salvación aportada por Cristo, que se extiende no sólo al
presente y al futuro, sino al mismo pasado de la
humanidad desde sus mismos orígenes. B) Salvación cierta. No podemos
dudar de la fidelidad de Dios, en que se apoya
nuestra certeza de salvación. Con la certeza con que aparece
el arco iris al salir el sol después de la
tormenta, con la certeza con que Cristo ha muerto y
resucitado, con esa misma certeza se nos ofrece la salvación
de Dios. Nada ni nadie podrá arrancárnosla, como ninguna ley
natural podrá borrar el arco iris del cielo ni ninguna
ideología hará desaparecer la presencia histórica del Crucificado.
3. La
respuesta del hombre. San Marcos resume en dos palabras la
respuesta que Jesús espera del hombre ante la presencia del
Reino y la oferta de salvación: conversión y fe. “Convertíos
y creed al Evangelio” (Mc 1,15). La conversión no es
un momento puntual de la vida humana y cristiana; tampoco
es la reacción a una ideología que con su fuerza
utópica me atrae y me encandila hasta “convertirme”. La conversión
cristiana es conversión a la persona de Jesucristo, es decir,
dejar otros caminos, por muy atractivos que aparentemente puedan resultar,
y tomar el camino de Cristo. Igualmente, la fe con
la que somos invitados a responder, no es sólo una
fe humana, ni una fe puramente ‘religiosa’, sino fe en
Jesucristo, es decir, en su vida y en su doctrina
como camino de salvación para el hombre. Una fe que
no está unida al misterio de Cristo o que no
conduce a Él, es una fe insuficiente, que necesita ser
completada e iluminada por la verdadera fe en Cristo Jesús.
Sugerencias
pastorales
1. Convertirse no es pecado. El hombre satisfecho de sí
mismo, que se siente quizá humanamente realizado, corre el riesgo
de pensar que la conversión es casi como una mancha
en su vida de hombre honrado, algo indigno de su
honor y del concepto que tiene de sí. Sobre todo,
cuando la verdadera conversión no sólo es interior, sino que
requiere hacerse visible en la vida de familia, en el
trabajo profesional, en las relaciones con la sociedad. ¿No será
pecado reconocerse pecador? ¿No será pecado dejar un camino que
a los propios ojos y a los de los demás
parecía recto, impecable, digno de alabanza? Tal vez haya hoy
que decir a los hombres, a los mismos cristianos que
convertirse no es pecado. En definitiva, es un ejercicio de
sinceridad a toda prueba, incluso a prueba de dolor y
a costa del prestigio humano. No es pecado reconocerse pecador
y querer cambiar, caminar por un sendero diverso al andado,
volver quizá a comenzar la vida después de muchos años
de existencia. Arrancar el miedo a la conversión, como si
se tratase de algo horrendo y pecaminoso, es uno de
los objetivos de la cuaresma.
2. Vivir la experiencia bautismal. La
mayoría de nosotros hemos sido bautizados cuando teníamos algunos días
o meses de vida. En aquel momento nuestros familiares hicieron
una gran fiesta, sin que nosotros nos enterásemos de nada.
Después, quizás es tradición familiar celebrar el aniversario de ese
acontecimiento, o tal vez ese acontecimiento se conserva en el
cajón del olvido, del que lo sacamos en alguna ocasión
particular nada más. La Iglesia, sin embargo, nos enseña que
el bautismo tiene que ser una experiencia vivida todos los
días y fundamento de una auténtica espiritualidad cristiana. Vivir diariamente
la experiencia del bautismo es vivir la experiencia de la
salvación que Cristo nos ofrece día tras día, es vivir
nuestra pertenencia a la Iglesia y consiguientemente nuestra adhesión y
amor a Ella, es vivir la experiencia de gracia y
de amistad gozosa con Dios, es vivir la conciencia de
la presencia y acción del Espíritu Santo en nuestro interior,
es vivir un proceso de progreso espiritual y de transformación
que cada día se repite y que no termina sino
con la muerte. En definitiva, vivir la experiencia bautismal es
vivir en santidad, cualquiera que sea nuestro estado de vida,
nuestra edad y condición, nuestra profesión o tarea en este
mundo.
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