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El
miércoles de ceniza a todos nos trae al recuerdo la
conversión y la penitencia, pero creo que la liturgia no
subraya tanto este aspecto, cuanto la interiorización de los actos
de penitencia y de conversión. Así en la primera lectura
Dios nos dice mediante el profeta Joel: "Rasgad vuestro corazón,
no vuestras vestiduras". En el evangelio Jesucristo, al enseñar sobre
las tres prácticas de piedad del judaísmo: ayuno, oración y
limosna, en las tres insiste: "No hagáis el bien para
que os vean lo hombres, y así os recompensen". Finalmente,
san Pablo exhorta a los corintios a que se dejen
reconciliar con Dios para sentir su fuerza salvadora, y a
que no dejen pasar el tiempo favorable, el día de
la salvación (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Una religión interior. Religión quiere
decir relación justa y debida entre el hombre y Dios.
El hombre es un ser "religado", dependiente de Dios, y
en este sentido es "religioso". Todas las religiones, de
uno u otro modo, son instituciones en que el hombre
es ayudado en su dimensión "religiosa", tanto para tomar conciencia
de ella como para expresarla en el culto y en
la vida. La religión cristiana es la religión fundada por
Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, en la que
la relación hombre - Dios logra su máxima interiorización en
la vida y en el corazón de un hombre. Una
interiorización que es a la vez suprema familiaridad con Dios,
hasta el grado de llamarle: Papá. Todos los cristianos somos
invitados a reproducir en nosotros, en cuanto es posible humanamente,
la interiorización y la familiaridad de Jesucristo en sus relaciones
con Dios, su Padre. Sólo cuando hay una verdadera interiorización,
las manifestaciones externas de la religión y las diversas prácticas
del culto y de la piedad dejan de ser objeto
de manipulación por parte de los hombres, dejan de ser
pura obligación "religiosa", para convertirse en una necesidad del corazón
y de la vida. Es propio de la experiencia humana
que, cuando algo ha calado profundamente en el alma, se
sienta la necesidad de manifestarlo y externarlo. Sólo desde la
religión interior el paso a las manifestaciones religiosas, a la
piedad popular, es verdaderamente auténtico. En efecto, del corazón rasgado
nace el impulso interior a la penitencia, el ayuno, la
plegaria.
2. Dios mira la intención. Las prácticas religiosas son necesarias,
pero si no surgen del corazón, del recinto interior del
hombre, son fácilmente manipulables e instrumentalizadas por los hombres al
servicio de objetivos egoístas. Jesucristo en el evangelio pone el
dedo sobre este punto tan delicado. Ayunar, dar limosna, orar
son prácticas buenas en sí, pero se instrumentalizan cuando se
llevan a cabo sólo para ser vistos y alabados
por los hombres. A los ojos de los hombres, esos
que dan limosna haciendo sonar una trompeta para que todos
se enteren, o que oran en las esquinas de las
plazas para que todos se den cuenta de que oran
y de que saben de memoria largas oraciones, o que
ponen cara triste para dar a entender que han ayunado,
pueden pasar por hombres sumamente piadosos y santos, pero a
Dios ni le engañan ni le pueden engañar. Dios mira
el corazón, y ve que su corazón es egoísta, que
su ayuno, limosna y oración no surge de un corazón
lleno de Dios o al menos de arrepentimiento y
deseo de converssión, sino que está lleno de egoísmo.
3.
Dejaos reconciliar con Dios. Todo hombre, aunque sea muy religioso,
siente que su actuar y su vida no siempre están
en paz y reconciliación con Dios. Se da cuenta de
que a veces no está religado a Dios, sino que
ha roto su relación con Él. Dejarse reconciliar es volver
a aceptar nuestra condición "religiosa", y establecer con Dios las
relaciones auténticas: no de enemistad o de odio, sino de
amor y de amistad, no de separación o apartamiento sino
de cercanía e intimidad. No somos nosotros quienes nos reconciliamos
con Dios, más bien tenemos que dejarnos reconciliar; somos libres
para aceptar la reconciliación, pero no para crearla o iniciarla.
A nosotros, cristianos, quien nos reconcilia con Dios es nuestro
Señor Jesucristo por medio de su cruz y de su
gloriosa resurrección. Por eso, el domingo, en que conmemoramos tales
realidades y misterios, es el tiempo propicio para que Jesucristo
haga eficaz en nosotros la obra de su reconciliación con
el Padre y, derivamente, con nuestros hermanos los hombres
Sugerencias pastorales
1.
Sentido de la penitencia cristiana. Ya en la "Didaché", de
finales del siglo I d. C, se habla de las
prácticas penitenciales cristianas. Esas prácticas penitenciales y "religiosas" han estado
siempre presente en la vida de la Iglesia, y lo
continúan estando. Según las épocas y las costumbres de los
pueblos, esas prácticas eran más rigurosas o menos, más numerosas
o más reducidas. Cuando, hoy en día, leemos sobre las
penitencias de los monjes irlandeses o los gestos penitenciales de
los hombres medievales, nos causan sorpresa y pensamos que eran
exageradas; pero no parece ser que en esas épocas y
lugares pensasen de la misma manera que nosotros. En nuestro
tiempo la Iglesia ha atenuado las prácticas penitenciales prescritas, como
el ayuno y la abstinencia, o la penitencia impuesta por
el sacerdote en el sacramento de la reconciliación. Pero a
la vez no ha dejado de indicar otras prácticas de
penitencia más acordes con nuestro tiempo y sobre todo la
penitencia interior, es decir, de nuestras pasiones de orgullo, de
vanidad, de deseo de tener y dominar, de la concupiscencia
de la mente y del corazón, del afán de aparecer...Esta
es la penitencia que sin duda alguna más agrada a
Dios y además la que más nos beneficia espiritualmente a
nosotros, pues nos conduce a desprendernos de nuestro yo y
de todo aquello en que el yo ocupa el lugar
primero, incluso respecto al mismo Dios. Porque, ¿qué sentido tiene
macerar el cuerpo, cuando el corazón está podrido de egoísmo?
¿Es la penitencia de nuestro egoísmo y de nuestro orgullo
la que más practicamos los cristianos? En la parroquia,
en la familia, en la escuela, hay que ir enseñando
poco a poco a los niños y adolescentes este tipo
de penitencia, en la que reside el verdadero sentido de
la penitencia cristiana.
2. Una intención pura para Dios. En la
parroquia hay muchas celebraciones y actividades. En el centro, está
la celebración de la eucaristía, de los sacramentos. Están además
las actividades de catequesis y de ayuda y beneficencia a
diversas categorías de personas: enfermos, ancianos, emigrantes, desocupados; están
las actividades culturales, deportivas, sociales... No está mal preguntarse alguna
que otra vez con qué intención las personas que dirigen
las diversas actividades las llevan a cabo. Ojalá fuese siempre
una intención pura para Dios, pero no pocas veces se
mezclarán otras intenciones muy humanas, y en caso las intenciones
humanas quizá sean las predominantes, si no las exclusivas. Tal
vez Jesucristo se vea obligado a repetir de nuevo: "Os
aseguro que ya recibisteis vuestra recompensa". El periodo de cuaresma
que iniciamos, debe propiciar un examen de nuestra conciencia para
ver más a fondo y con sinceridad cuáles son las
intenciones de nuestros comportamientos, actitudes, actividades, proyectos y realizaciones.
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