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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net A - Quinto domingo de Cuaresma
Primera: Ez 37,12-14;
Salmo: 129,1-2.3-4ab-4c-6.7-8;
Segunda: Rom 8,8-11;
Evangelio: Jn 11,1-45
A - Quinto domingo de Cuaresma
Sagrada Escritura
Primera: Ez 37,12-14 Salmo: 129,1-2.3-4ab-4c-6.7-8 Segunda: Rom 8,8-11 Evangelio: Jn 11,1-45
Nexo entre
las lecturas
La victoria de la vida sobre la muerte es
el centro de atención de este último domingo de cuaresma.
Esta victoria tendrá lugar sólo en el misterio pascual de
Cristo: pasión, muerte y resurrección, pero en esta liturgia se
prefigura ya en la visión del profeta Ezequías de los
huesos muertos que recobran vida (1L) y, sobre todo, en
la resurrección de Lázaro (EV), el amigo de Jesús. El
tema de fondo es de gran interés: la muerte es
y ha sido siempre un gran enigma para el género
humano. Podemos decir que después de los evangelios de cuaresma
de la samaritana, del ciego de nacimiento, éste último de
Lázaro promueve la esperanza del hombre pecador a una altura
inimaginable. Aunque uno esté muerto por sus pecados y sus
culpas, es más grande el poder del Señor que lo
salvará.
Mensaje doctrinal
1. La Resurrección de Lázaro y la pasión de
Jesús. La liturgia de este día nos prepara de
modo inmediato para vivir la pasión de N.S. Jesucristo. Jesús
aparece en el evangelio de la resurrección de Lázaro como
aquel que tiene poder sobre la muerte. Él es verdaderamente
la resurrección y la vida y lo demuestra con los
hechos. Se cumplen así las palabras del mismo Juan en
otra parte de su evangelio: “Yo he venido para que
tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). El
Señor es amigo de la vida y no se complace
en la muerte de los vivientes. Aquello que para el
hombre resulta imposible, como el dar vida a unos huesos
áridos o resucitar a un muerto, es posible para Dios,
porque para Él nada es imposible. La resurrección de
Lázaro es el último milagro que Jesús cumple antes de
su Pasión. Es la conclusión de todos los “signos” que
coloca San Juan en una especie de “crescendo”. Para que
el hombre pueda tener vida, para que sea derrotado el
“ultimo enemigo, la muerte” (Cfr 1 Cor 15,26), es preciso
que el Cristo ofrezca su vida, sufra su pasión, muera
y resucite. Jesús que está caminando con decisión hacia Jerusalén
para cumplir con su misión, parece que quiere mirar la
muerte anticipadamente aquí en Betania y anunciar su derrota
definitiva. Cristo ofrece aquí ya un signo y una prenda
de la resurrección del último día al devolver la vida
a Lázaro. Anuncia así su propia resurrección que, sin embargo,
será de otro orden
2. El amor de Jesús. En la
escena de Betania llama poderosamente la atención la frecuencia con
la que el evangelista muestra a Jesús conmovido. Se le
anuncia en frase concisa y bella que “el que ama
está enfermo”. Se dice que Jesús amaba a Lázaro y
a sus hermanas. Al ver llorar a María y a
los que la acompañaban Jesús se turba, solloza, se siente
conmovido. Más tarde Jesús se echa a llorar y, nuevamente,
ante la tumba muestra su pesar. Se revela así de
un modo sencillo la enorme compasión del Señor, su rica
sensibilidad, su humanidad. Él es verdadero Dios y verdadero hombre
que comparte solidariamente la suerte de los mortales. Él es
el buen samaritano que al ver la desgracia del transeúnte
se mueve a compasión, Él es el buen pastor que
da la vida por sus ovejas. Dios y hombre, perfecto
en su humanidad y perfecto en su divinidad. En él
comprendemos que Dios es amor. Con acierto se dice que
el pasaje de la resurrección de Lázaro es un
compendio de la Cristología, un evento fundamental de la revelación
de Jesús. Ecce homo: he aquí el hombre perfecto en
su humanidad. Ecce Deus: he aquí Dios Señor de la
vida y de la historia.
2. Creer en Jesús es ya
vencer la muerte. El pasaje de la resurrección de Lázaro
muestra, no sólo el poder de Cristo sobre la muerte,
sino que subraya algo más: el creyente está de tal
manera unido a Jesús que ni siquiera la muerte
lo podrá separar,en otras palabras, el creyente no morirá para
siempre. Esta enseñanza se manifiesta en la conversación entre Marta
y Jesús. El resultado de la fe, según este diálogo,
es la posesión de la vida eterna: “el que cree
en mí no morirá para siempre”. Una posesión que inicia
ya en el momento presente. No es necesario esperar al
“último día” para poseer ya en prenda la vida eterna.
Santo Tomás comenta: La fe es una virtud propia del
espíritu con la cual comienza en nosotros la vida eterna”
(S.Th II-II c.14,1c). Si toda imaginación nada resuelve ante la
muerte, la Iglesia, aleccionada por la divina Revelación, afirma que
el hombre ha sido creado por Dios para un destino
feliz, más allá de los límites de las miserias de
esta vida (Cfr. Gaudium et spes 18).
Sugerencias Pastorales
1. El que
amas está enfermo. Aquello que más consuela a la persona
humana es el sentirse amada, sentirse eternamente amada, y por
eso, es preciso que el hombre vuelva su mirada a
Cristo, revelador del amor del Padre. El paso del tiempo
va dejando sus huellas en la vida del hombre en
su espíritu y en su cuerpo: a la infancia sucede
la juventud y a ésta la edad madura y la
vejez. Nuestro cuerpo sufre el deterioro ocasionado por el tiempo.
La sensación de encaminarse hacia el atardecer de la vida
está presente en la vida del hombre. Es preciso, por
tanto, volver a estas palabras del evangelio: “El que amas
está enfermo”. En medio de la enfermedad y del dolor
y de lo inevitable de la muerte hay “alguien”
con mayúscula que me ama con amor infinito. La persona
que atraviesa por la prueba de la enfermedad puede sentir
la seguridad de que Cristo la ama y la acompaña
en este trance de su vida. José María Rilke lo
expresó de una forma poética:
Caen las hojas Caen como de lejos Caen
como si se marchitasen lejanos jardines en los cielos. Caen con
ademanes que parece que todo lo niegan.... Todos nosotros caemos...
Y sin
embargo, hay uno que -con infinito cuidado- sostiene ese caer en
sus manos.
En nuestras parroquias hay muchos enfermos que necesitan del
amor de Dios. Renovemos nuestro espíritu auténticamente cristiano para salir
a su encuentro. No podemos sentirnos indiferentes ante ellos.
Promovamos entre nuestros fieles una nueva sensibilidad por el que
sufre, por el anciano abandonado, por el enfermo que no
puede sanar, pero que puede ser “curado”, es decir, cuidado
y amado. Ellos, los enfermos ,son “otros Cristos”, son “los
amigos del Señor” que esperan nuestra visita.
2. El Señor está
aquí y te llama. Dios llama al hombre a una
altísima vocación: participar de la vida divina. Esta vocación se
actúa en cada uno de modo particular. Por eso, no
debemos de cansarnos de lanzar las redes para la pesca.
El Señor llama a los hombres a su amistad: a
unos los llamará a la consagración total en el sacerdocio
o en la vida consagrada, a otros los llamará a
la increíble vocación familiar, a otros los llamará a una
vocación de total servicio de los demás, pero a todos
los llama a participar de su amor. Nosotros debemos ser
los pregoneros de la llamada de Dios, debemos hacer cuanto
esté en nuestra mano para promover el surgimiento de la
vocación divina, especialmente la consagrada, por la necesidad de los
tiempos actuales. No nos asuste la aparente indiferencia actual. El
mundo sigue necesitando de Dios y de pregoneros de su
amor. Es muy interesante aquel diálogo del Cura de Ars
con el Señor:
Señor, ¿por qué me enviaste al mundo? Para salvarte,
respondió el Señor. Y, ¿por qué quieres que me salve? Porque te
amo.
Aquí está el secreto de toda vocación: “porque te amo”.
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