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| C - Quinto domingo de Cuaresma |
Sagrada Escritura
Primera: Is 43, 16-21;
segunda: Fil 3, 8-14;
Evangelio: Jn 8, 1-11
Nexo entre las lecturas
Mirad, voy a
hacer algo nuevo (Is 43, 19). La novedad es sin
duda uno de los puntos salientes de los textos litúrgicos
de hoy. El profeta en lenguaje poético, lleno de imágenes
sorprendentes y audaces, evoca un nuevo éxodo y una nueva
liberación (primera lectura). La mujer adúltera, que trata el evangelio,
descubre en la actitud de Jesús una novedad nunca vista,
que la libera y transforma. Pablo de Tarso se confronta
con la absoluta novedad del misterio de Cristo, y por
eso todo lo tiene por basura con tal de ganar
a Cristo y vivir unido a él (segunda lectura).
Mensaje
doctrinal
1. La vieja novedad de Dios. Algo nuevo puede hacerlo
quien tiene en sí la fuente de la novedad. Un
poeta tiene en sí la fuente de la poesía, y
por eso puede en cualquier momento ser poéticamente creativo. Un
genio político puede sorprendernos con su creatividad en cualquier momento
de su vida. Un hombre carismático del espíritu puede poner
en juego su carisma, incluso cuando menos se pudiera esperar.
Esto que acontece con hombres extraordinariamente dotados, ahonda sus raíces
en Dios mismo, la novedad por excelencia y fuente de
toda novedad. En la historia de Israel la novedad divina
no se ha agotado en el gran acontecimiento del Éxodo.
Siete siglos después del Éxodo egipcio Dios mueve los hilos
de la historia para crear una nueva situación y hacer
volver a Jerusalén a los desterrados en Babilonia (primera lectura).
Para la pobre mujer sorprendida en adulterio y condenada a
la lapidación, debió ser una gozosa novedad la actitud de
Jesús para con ella: "¿Nadie te ha condenado?... Tampoco yo
te condeno". No menos novedosa debió de ser para los
acusadores de la adúltera el comportamiento de Jesús: "Quien de
vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra... Al
oír esto se marcharon uno tras otro, comenzando por los
más viejos..." (Evangelio). ¿Quién es éste que se atreve a
ponerse por encima de la ley de Moisés? A nuestros
oídos, finalmente, suena bastante conocido eso de "la novedad cristiana".
Pablo, que la ha experimentado hasta el fondo, la resume
así: conocer a Cristo (conocimiento que es fruto de la
experiencia de fe), experimentar el poder de su resurrección, compartir
sus padecimientos y morir su muerte, alcanzar así la resurrección
de entre los muertos (segunda lectura). Se puede decir que
la historia de la salvación se resume en la historia
de las nuevas intervenciones de Dios en vistas siempre de
la salvación de los hombres.
2. La novedad divina no
parte de cero. Es verdad que ninguna novedad religiosa, política,
social o económica parte de cero. Lo nuevo hunde sus
raíces en lo antiguo, sin destruirlo, pero asumiéndolo en modo
creativo. Una novedad sin raíces se seca y desaparece en
poco tiempo. Lo nuevo para que sea fecundo tiene su
paternidad en la historia. Tampoco Dios, en las nuevas maravillas
que va realizando con el correr de los años y
de los siglos, actúa desde cero. Si así fuera no
podríamos hablar de una historia de la salvación, sino de
acciones puntuales de Dios, desligadas unas de otras, intervenciones de
un Dios francotirador que actúa a impulsos, al margen de
todo plan. Por eso Isaías ve en la nueva intervención
de Dios en favor de los desterrados de Israel en
Babilonia no una novedad absoluta, sino un nuevo éxodo, estableciendo
así una pasarela entre el pasado y el presente. Jesús
con su comportamiento no liquida sin más la ley mosaica,
sino que se sitúa por encima de ella y la
interpreta en su verdadero sentido: "Vete y no vuelvas a
pecar". Las acciones nuevas de Dios en la marcha de
la historia de los pueblos y en la vida de
cada persona no prescinden jamás de lo que ya se
ha construido. El hombre de Dios, el cristiano, es aquél
que sabe leer la historia y la vida de los
hombres en una continuidad constante, sin rupturas, aunque no sin
sorpresas. Por ello, en la visión cristiana de la historia
el presente no es sino la unión de dos riberas,
la del pasado en el que está enraizada y la
del futuro hacia el que se proyecta.
Sugerencias pastorales
1. Sin
miedo a la novedad de Dios. El cristianismo desde sus
mismos orígenes ha experimentado una sana tensión entre el pasado
y el futuro, entre lo nuevo y lo viejo, entre
la tradición y el progreso. Aquéllas formas de vida cristiana
que logren mantener ambos polos de la tensión serán auténticas.
Aquellas otras que, de tal manera acentúen uno de los
polos que pierdan el equilibrio, caminan por un sendero equivocado.
No tengamos miedo en modo alguno a la tradición, pero
tampoco al progreso, a la novedad que Dios va creando
en cada período de la historia. La novedad, si es
de Dios, trae consigo siempre una superación de lo ya
existente. La tradición, si es auténtica, da peso y solidez
a las nuevas aportaciones. El cristiano es "como un padre
de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y
viejas" (Mt 13, 52). Dos ejemplos de novedad en nuestro
tiempo: la inculturación, los movimientos eclesiales. Son, en efecto, fenómenos
nuevos, pero que "vienen de lejos". San Pablo es, en
cierta manera, el primer campeón de la inculturación del Evangelio
en categorías y mentalidad helenísticas. No cabe duda de que
cada época histórica ha debido realizar esa misma labor, hasta
nuestros días. Una mayor conciencia del pluralismo cultural, hoy vigente,
y el desafío de iluminar con el Evangelio culturas ancestrales
ajenas al cristianismo, infunden al proceso actual de inculturación un
nuevo rostro. Por otra parte, los movimientos arraigan por igual
en los orígenes del cristianismo. Los estudios sociológicos del Nuevo
Testamento han mostrado que sea Jesús de Nazaret, sean los
primeros cristianos fueron en gran parte predicadores itinerantes, al estilo
de los filósofos populares contemporáneos. En la espiritualidad de muchos
movimientos eclesiales se halla la intención de "volver a las
fuentes", "volver a los orígenes del cristianismo". Sí, sociológica y
canónicamente los movimientos eclesiales son algo nuevo en la Iglesia,
pero su ascendencia no es de ayer. En la entraña
misma del cristianismo está presente la osadía de insertar los
nuevos esquejes en el viejo tronco.
2. La novedad siempre
nueva. Las novedades humanas, como todas las cosas de este
mundo, tienen su ciclo vital desde el nacimiento a la
muerte. Son novedad, y dejarán de serlo. Por vía de
extinción o de desgaste y decaimiento. La moda es como
el escaparate en que se presenta la fugacidad de las
novedades humanas. Pero hay una persona, Jesucristo, que lleva la
novedad dentro de sí, que es novedad siempre presente sin
desaparecer en el pasado y sin perderse en el futuro:
Jesucristo, la novedad absoluta, "ayer, hoy y siempre". Vive, eternamente
joven, con la vida de quien definitivamente ha derrotado a
la muerte. Vive, infundiendo una pujante fuerza de novedad, en
quienes le abren su corazón y asimilan su estilo de
vida. Verdaderamente Cristo es en todo momento de la historia
el Hombre Nuevo, que tiene el mismo mensaje eterno de
Dios, pero siempre nuevo y renovador del hombre. ¿Por qué
a veces los cristianos somos o nos creemos viejos? Sé
siempre nuevo, siguiendo los pasos del Hombre Nuevo.
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