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Sacerdotes | sección
Homilía para la Misa del domingo | categoría
Tiempo de Cuaresma | tema
Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net
C - Cuarto Domingo de Cuaresma
Primera: Jos 5, 9.10-12; segunda: 2Cor 5, 17-21; Evangelio: Lc 15, 1-3.11-32
 
C - Cuarto Domingo de Cuaresma
C - Cuarto Domingo de Cuaresma


Sagrada Escritura

Primera: Jos 5, 9.10-12
segunda: 2Cor 5, 17-21
Evangelio: Lc 15, 1-3.11-32





Nexo entre las lecturas


"Dejaos reconciliar con Dios", he aquí una clave de lectura de los textos litúrgicos de este domingo de cuaresma. En la primera lectura Dios se reconcilia con su pueblo, concediéndole entrar en la tierra prometida, después de cuarenta años de vagar sin rumbo por el desierto. En la parábola evangélica el padre se reconcilia con el hijo menor, y, aunque no tan claramente, también con el hijo mayor. Finalmente, en la segunda lectura, san Pablo nos enseña que Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.


Mensaje doctrinal

1. La iniciativa divina en la reconciliación. La palabra griega traducida por reconciliación significa etimológicamente cambio desde el otro. Reconciliarse quiere decir cambiar a partir del otro, en nuestro caso, a partir de Dios. Es Dios quien reconcilia consigo al pueblo de Israel, haciéndole atravesar el Jordán como si fuera un nuevo Mar Rojo, renovando con él la Pascua y la Alianza como en el Sinaí, dándole como alimento no ya el maná sino los frutos de la tierra que conquistarán y en la que definitivamente se asentarán. Es el padre bueno de la parábola lucana quien reconcilia consigo al hijo menor, abrazándole y besándole, y logrando de esta manera que el hijo se reconcilie consigo mismo. Es también el padre bueno el que toma la iniciativa de reconciliar al hermano mayor con el menor, pasando por encima del pasado y valorando debidamente el arrepentimiento del corazón. ¿Y qué es lo que Pablo escribe a los cristianos de Corinto? Dios reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin tener en cuenta los pecados de los hombres, y nos hacía depositarios del mensaje de la reconciliación. Reconciliarse, en definitiva, es decir a Dios: Gracias por haber dado el primer paso. Acepto tu perdón, acepto tu amor.

2. Reconciliarse mirando hacia el futuro. Reconciliarse con Dios significa primeramente reconocer que algo no ha andado bien en nuestras relaciones con Él en el pasado. Significa además que hay un interés en restablecer buenas relaciones con Dios en el presente y para el futuro. Para los israelitas del desierto pasar el Jordán significa dejar atrás un pasado de rebeldía, de quejas, de inseguridad, y renovar con Dios la alianza de fidelidad y la entrega a la conquista de la tierra prometida. Los dos hijos de la parábola tienen que romper con los últimos años de vida, en las relaciones con su padre y en sus mutuas relaciones, para poder entrar en el futuro con la recobrada dignidad de hijos. La reconciliación del cristiano con Dios mira al plazo de vida que le queda para hacer el bien, y se proyecta sobre todo hacia la otra ribera de la vida. Y el mensaje de reconciliación que Dios ha depositado en nuestras frágiles manos, ¿no es un mensaje que hemos de hacer eficaz ahora en el presente y en el futuro que llama continuamente a nuestra puerta? Me reconcilio en el presente, pero los efectos de la reconciliación tienen que prolongarse en el futuro; sin esta eficacia en el futuro, reconciliarse no deja de ser una palabra tal vez bonita, pero hueca, sin repercusiones eficientes, y por consiguiente una auténtica frustración.

3. Cristo, paz y reconciliación nuestra. Cristo es el mediador último y definitivo de la reconciliación con Dios. En el bautismo de Jesús las aguas del Jordán son purificadas, y el nuevo pueblo tiene la posibilidad de reconciliarse con el Padre. La vida de Jesucristo, sobre todo su muerte y resurrección es el camino elegido por el Padre para reconciliarnos con Él y con todos los redimidos. Sólo en Cristo y por Cristo logramos sentir la fuerza salvadora de Dios, que nos quiere reconciliar consigo. Cristo es la última palabra de reconciliación que el Padre dirige al hombre y al mundo. Por eso, quien vive reconciliado con Dios en Cristo, es una nueva creatura. Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo, como nos recuerda san Pablo. El pasado no cuenta; lo que importa ahora es el futuro, en el que llevar una vida reconciliada con Dios y con los hombres; en el que ser verdaderos evangelizadores de la reconciliación.


Sugerencias pastorales

1. El largo camino de la reconciliación. Reconciliarse es hermoso, pero puede llegar a ser duro y difícil. Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas hechos, dejar caminos trillados, abrir nuevas brechas, roturar nuevos campos. En definitiva, salir de nuestra dulce comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir día tras día en la ruta nueva que Dios nos va trazando, ruta de donación y amor desinteresados. Reconciliarse con Dios, reconciliarse con los demás, implica estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejarlo sin miramientos, por más que nos siga siendo atractivo. Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta acudir al sacramento de la reconciliación, recibir el perdón de Dios y... ¡santas pascuas! Esto es sólo el comienzo. Ahora sigue el trabajo diario y constante por arrancar del alma las causas profundas, a veces muy ocultas, del distanciamiento, de la desavenencia y de la lejanía de Dios, y cualquier signo de ellos en nuestra conducta. Ahora viene la labor tenaz por conquistar nuestro corazón y nuestra vida para el amor, la concordia, la avenencia y la armonía filiales para con Dios y fraternas para con los hombres. Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.

2. Una Iglesia reconciliada y reconciliadora. El Papa nos ha enseñado con su ejemplo a no tener ningún reparo en pedir perdón. La Iglesia es santa, pero sus hijos somos pecadores. Y los pecados de los hijos dejan huella en el rostro de la Iglesia. Por eso, el sacerdote, en nombre de la Iglesia y como representante suya, cada día en la santa misa la reconcilia con Dios. Por otra parte, la Iglesia, en cuanto comunidad de los que creen en Cristo Señor, es muy consciente de las divisiones y de los contrastes, de las diferencias y desarmonías doctrinales y prácticas que bullen en su seno. Se han dado algunos pasos en el camino de la reconciliación. Quedan muchos todavía. Hay que seguir avanzando en la reconciliación entre diversas comunidades eclesiales, entre los miembros de una misma comunidad eclesial, entre diversas órdenes, congregaciones o institutos religiosos, entre diversas diócesis... Sólo una Iglesia reconciliada verticalmente con Dios y horizontalmente con sus hermanos en la fe, podrá ser fermento de reconciliación en la sociedad. ¿Vives reconciliado con Dios? ¿Es tu parroquia una parroquia internamente reconciliada? ¿Eres agente de reconciliación en tu familia y en el ambiente de trabajo?






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