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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net B - Domingo 1o. de Adviento
Primera: Is 63, 16-17.19; 64, 1-7; Salmo 79; Segunda: 1 Cor 1, 3-9; Evangelio: Mc 13, 33-37
B - Domingo 1o. de Adviento
Sagrada Escritura
Primera: Is 63, 16-17.19; 64, 1-7 Salmo 79 Segunda: 1 Cor
1, 3-9 Evangelio: Mc 13, 33-37
Nexo entre las lecturas
Con este domingo
iniciamos el ciclo B y nos introducimos en el tiempo
fuerte del adviento. Se nos ofrece el tema de la
salvación y su anhelante espera como vínculo de unión
de las lecturas. En la primera lectura nos encontramos con
una bellísima oración, en forma de salmo, que expresa los
sentimientos de los israelitas que volvían gozosos a su patria
después del destierro, pero advertían que, extrañamente, se retrasaba
la intervención salvífica de Dios: ¡Ah si rompieses los cielos
y descendieses”! En esta petición hay simultáneamente angustia y
confianza. Hay dolor de la realidad actual, pero esperanza inquebrantable
en la promesa del Señor(1L). La segunda lectura, por
su parte, expone que los corintios no carecían de ningún
don; en Cristo habían sido colmados con toda clase de
bendiciones. Más aún, por gracia de Dios, poseen el mayor
de los dones: la participación en la vida de su
Hijo Jesucristo. ¡Y Dios es fiel!. Esto es precisamente la
salvación (2L). El evangelio de Marcos indica que la espera
vigilante de la manifestación de Cristo es aquella que debe
acompañarnos en nuestra vida mortal. ¡El Señor puede llegar en
cualquier momento: velemos, no durmamos! ¡El Señor está por llegar!
Mensaje doctrinal
1. La salvación y la espera. «¡Ah si
rompieses los cielos y descendieses!». La gran invocación de Isaías
(63, 19), que sintetiza muy bien la espera de Dios
presente, ante todo, en la historia del pueblo de Israel
de la Biblia, y en el corazón de todo
hombre, no fue pronunciada en vano. Dios Padre ha cruzado
el umbral de su trascendencia: mediante su Hijo Jesucristo se
ha echado a las calles del hombre y su Espíritu
de vida y de amor ha penetrado en el corazón
de sus criaturas. ( Juan Pablo II, Audiencia general del
26 de julio del 2000). Sí, en Cristo, tenemos la
salvación y el acceso al Padre. “Dios Padre ha cruzado
el umbral de su trascendencia” para hacerse uno como nosotros,
más pobre que nosotros. ¡Admirable caridad que para rescatar al
esclavo ofreció al Hijo!
Esta salvación ha tenido lugar en el
sacrificio redentor de Cristo. Sin embargo, nos encontramos todavía “en
camino” hacia la posesión eterna de Dios. Nos encontramos entre
la primera venida de Cristo en la humildad de nuestra
carne, haciéndose uno de nosotros, y la venida gloriosa al
final de los tiempos, cuando llegará como juez universal. El
tiempo de nuestra vida se puede definir, por tanto, como
un tiempo de espera, un tiempo de anhelo por ver
a Dios cara a cara. Este tiempo de espera, en
el evangelio de Marcos, se expresa con tres actitudes:
• La
primera: estad atentos. Cristo Jesús nos invita a “vivir
atentamente”, es decir, nos invita a adoptar una actitud de
reflexión, de recogimiento, de silencio interior. Prestar atención quiere decir
concentrarse en una realidad con toda el alma y dar
unidad a todas las capacidades de la persona humana. Un
hombre atento es un hombre reflexivo y bien dispuesto para
entrar en relación con Dios, con sus semejantes y consigo
mismo. Lo opuesto a la “atención” es la “distracción”,
la “dispersión”, tan común en nuestro mundo contemporáneo, lleno de
ruidos, de imágenes y de sensaciones transitorias. En la distracción
se pierde la unidad interior de la persona, se pierde
la calma y la paz del corazón. Un hombre distraído
dispersa sus capacidades humanas y se encuentra a la deriva
de las sensaciones que lo solicitan. El peligro más
grave es el de vivir distraídos ante el tema
fundamental de la vida: la preparación para la venida
de Cristo Nuestro Señor al final de los tiempos, la
preparación para la eternidad que está cada vez más cercana.
• La
segunda: Velad . En el original griego velad equivale a
“quedarse sin dormir”. La gran tentación que nos asecha es
la de quedarnos dormidos en medio de la noche. En
la Biblia, la noche es símbolo de la acción del
maligno que siembra la cizaña (Mt 13, 24-30); es el
tiempo del sufrimiento, de la prueba, de los ataques por
sorpresa (Job 7,3; Is 15,1; Jer 6,5); es el tiempo
de la angustia ante la venida del Hijo del Hombre
(Rm 13,12; 1 Ts 5,4-6), de rechazo de la luz
y de la traición de Judas. Por eso, dice Pablo:
Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para
que ese Día os sorprenda como ladrón, pues todos
vosotros sois hijos de la luz e hijos del día.
Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas.
Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos
y seamos sobrios. (1 Ts 5,4-6). El cristiano es un
hombre para la luz, un hombre que huye del mal
y de la tinieblas; un hombre que no conoce el
mal, sino para nombrarlo y combatirlo, pero nunca para dejarlo
entrar en el corazón. Quien se duerme, se deja
llevar por la fuerza del enemigo, por la fuerza de
las pasiones, por los atractivos del mundo. No vela y
se pierde. Que sea pues nuestra consigna: ¡velad en la
noche del mundo para estar preparados al encuentro del Señor!
• La
tercera: Vigilad. En el evangelio se repite dos veces este
verbo: vigilad. Es la acción del centinela que tiene que
estar alerta, mientras espera pacientemente el paso del tiempo nocturno
para ver surgir en el horizonte la luz del alba
(cf. Juan Pablo II, Audiencia general del 26 de julio
de 2000). Estar alerta significa discernir en medio de la
noche los signos de los tiempos. Significa tener un “sexto
sentido” para descubrir aquello que puede ofender mi fe, mi
amor a la Iglesia, mi fidelidad a la palabra empeñada.
Estar alerta significa, como el centinela, vivir con la esperanza
en los ojos del amanecer que se avecina; más aún,
es descubrir ya en la noche la acción misma de
la luz que va venciendo las tinieblas. Como todos los
hombres, los cristianos viven en la noche de este mundo,
pero no pertenecen a la noche. Esta vigilia, sin embargo,
es una prueba; es un momento duro, de lucha, de
dificultad. Es un caminar en tinieblas, es una especie de
noche oscura del alma. Es una vigilia que, como la
de Cristo en Getsemaní, debe decidirse con una adhesión incondicional
a los palanes de Dios, porque son planes de amor.
Es una vigilia de oración, es una vigilia que implica
sacrificio; pero es, al mismo tiempo, una vigilia en la
que se anuncia cada vez más cercana la aurora. Centinela,
¿cuánto le queda a la noche? El centinela responde: Llega
la mañana y después la noche. Si queréis preguntar volveos,
venid (Is. 21, 11-12).
2. El pecado. Con frecuencia, al tratar
del pecado, se pone de relieve la “responsabilidad
de quien lo comete ” alterando el orden establecido. Esto
es correcto, pero no es suficiente. No se ha tocado
aún la esencia más profunda del pecado. La primera lectura
del profeta Isaías nos ofrece la oportunidad de profundizar en
el tema. El profeta expone con gran sensibilidad que
el pecado es, ante todo, una “ruptura” con la voluntad
salvífica de Dios; una ruptura de la relación de amistad
con Dios y de obediencia que debemos a su santa
voluntad. Señor, Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla, tú
el alfarero: somos todos obra de tu mano. No te
excedas en la ira, Señor; no recuerdes siempre nuestra culpa:
mira que somos tu pueblo. El profeta, tomando la voz
del pueblo, clama al Señor indicándole que comprende que se
ha roto esa amistad entre el Señor y su creatura;
entre el Padre y su hijo; entre el alfarero y
la arcilla. Por eso, quien quiera comprender afondo su pecado
y ser perdonado, debe considerar este camino del “amor roto”,
“del amor olvidado”, de la ruptura de amistad con Dios.
Cuando el Hijo pródigo hizo experiencia del amor de su
Padre, el camino de conversión estaba totalmente desembarazado. El Catecismo
nos dice: “Para intentar comprender lo que es el pecado,
es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del
hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal
del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de
rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la
vida del hombre y sobre la historia”. (Catecismo de la
Iglesia Católica 386)
Sugerencias pastorales
1. El cristiano debe vivir como
centinela de esperanza en la noche del mundo. Algo que
debe caracterizar la vida del cristiano es su esperanza gozosa
en el triunfo de Cristo sobre el mal y sobre
el pecado. En verdad, son muchos los motivos de sufrimiento
y de “noche” para los hombres. Los dolores morales profundos,
las enfermedades, las desgracias personales, el “tedio de la vida”,
las grandes catástrofes que se abaten sobre pueblos enteros. Parece
que todo nos invita a perder el ánimo. Sin embargo,
Cristo sale al paso de nuestra vida y nos hace
presente que la noche ha sido vencida y que debemos
vivir como hijos de la luz. Cristo nos invita a
ser “centinelas de la mañana”, centinelas de la esperanza, pregoneros
de la buena nueva de la salvación.
En este sentido habría
que alimentar la capacidad de maravilla ante todo el mundo
creado. El Papa Juan Pablo II nos invitaba de este
modo: “Es necesario abrir los ojos para admirar a Dios
que se esconde y al mismo tiempo se muestra en
las cosas y que nos introduce en los espacios del
misterio. La cultura tecnológica y la excesiva inmersión en las
realidades materiales nos impiden con frecuencia percibir el rostro escondido
de las cosas. En realidad, para quien sabe leer con
profundidad, cada cosa, cada acontecimiento trae un mensaje que, en
último análisis, lleva a Dios. Los signos que revelan la
presencia de Dios son, por tanto, múltiples. Pero para que
no se nos escapen tenemos que ser puros y sencillos
como los niños (cf. Mateo 18, 3_4), capaces de admirar,
sorprendernos, maravillarnos, encantarnos con los gestos divinos de amor y
de cercanía para con nosotros. En cierto sentido, se puede
aplicar al tejido de la vida cotidiana lo que el
Concilio Vaticano II afirma sobre la realización del gran designio
de Dios a través de la revelación de su Palabra:
«Dios invisible, en su gran amor, habla a los hombres
como a sus amigos y se entretiene con ellos para
invitarlos y admitirlos en la comunión con él» («Dei Verbum»,
n. 2). ( Juan Pablo II, Audiencia general del 26
de julio del 2000) ¡Admirable enseñanza capaz de dar luz
e iluminar nuestros caminos!
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