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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net Solemnidad de la Natividad del Señor
Primera: Is 62, 1-5;Salmo 88; Segunda: At 13, 16-17. 22-25; Evangelio: Mt 1, 1-25
Sagrada Escritura:
Is 62, 1-5 Sal 88 At 13, 16-17. 22-25 Mt 1,
1-25
Nexo entre las lecturas
El anuncio profético del justo que la
liturgia pone en boca del profeta Isaías (IL) encuentra su
pleno cumplimiento en Jesucristo, Hijo de David según la carne,
conforme a la promesa hecha a David (2L). Él es
el Emmanuel, el Dios-con-nosotros (EV) que ha querido inserirse en
la compleja historia del género humano para colmar la esperanza
de salvación del pueblo elegido (1L), destruyendo la maldad en
la tierra y reinando sobre nosotros como Salvador del mundo.
Por ello, la Iglesia entera se reúne para proclamar sin
cesar la misericordia del Señor (Salmo).
Mensaje doctrinal
1. El Hijo de
Dios se hizo hombre por amor al hombre. El misterio
del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo no tiene otra explicación
que la del amor de Dios por el hombre. “Tanto
amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único
para que todo el que crea en Él tenga la
vida eterna” (Jn 3, 16). Habiendo caído en el
pecado y perdido la comunión con Dios el hombre fue
desterrado del paraíso terrenal, de ese estado de amistad, de
paz y comunión con Dios en que fue creado. Era
necesario, pues, un redentor que nos reconciliase con Dios. En
este sentido san Gregorio de Nisa afirma que “nuestra naturaleza
enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada.
Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se
nos devolviera. Encerrados en las tinieblas hacía falta que nos
llegara la Luz; estando cautivos esperábamos un salvador; prisioneros, un
socorro; esclavos, un libertador” (Oración catequética 15). Y Dios que
ama al hombre por encima de su pecado prometió un
redentor. Él, dice san Juan, “nos amó y nos envió
a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (I Jn
4, 10). Es ésta la verdad fundamental que desde un
inicio ha confesado y no deja de proclamar con gozo
la Iglesia en cada celebración de navidad: Por nosotros los
hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo (Credo niceno-Constantinopolitano).
Jesús es, en efecto, la epifanía del amor del Padre.
2.
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. “El acontecimiento único
y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios
no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en
parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla
confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo
verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es
verdadero Dios y verdadero hombre” (Catecismo de la Iglesia Católica
464).
Una verdad que la liturgia natalicia pone bien de
manifiesto. Por una parte la genealogía del nacimiento de Cristo
que presenta san Mateo quiere acentuar esta verdad profunda y
misteriosa del acontecimiento salvífico: Jesucristo es verdadero hombre. Se trata
de un hecho histórico, de un verdadero nacimiento colocado en
un determinado momento de la historia. Se trata de una
verdadera encarnación, de una auténtica inserción por parte de Dios
en el género humano, de una verdadera muestra de solidaridad
del nuevo Adán con todos los hombres tomando la misma
condición humana para redimirnos. Pero al mismo tiempo, afirma que
es un nacimiento que se lleva a cabo por
intervención especial de Dios, por “obra del Espíritu Santo”. Él
es el Dios-con-nosotros que ha venido al mundo como Salvador.
Sugerencias pastorales
1. Navidad sagrada y navidad profana: vivir en
profundidad el misterio. No hay duda de que el
mundo consumista en el que vivimos nos hace más difícil
aún la vivencia profunda del misterio del nacimiento del Hijo
de Dios. Siempre está latente el peligro de permanecer en
la superficie del misterio, en las manifestaciones externas de alegría
propias de ese tiempo del año, pero sin penetrar en
la verdad profunda y en lo que significa para cada
uno de nosotros. Como pastores de almas, hemos de enseñar
a nuestros fieles a no convertir la navidad en una
fiesta de regalos, de luces y de música enternecedora, en
una cena especial y en una reunión familiar tradicional. Todo
ello únicamente tiene sentido cuando se ha comprendido bien el
misterio que se celebra. Podemos decir que si la encarnación
del Verbo de Dios se concentra en ese Dios-con-nosotros, la
vivencia profunda de la navidad debe estar centrada en la
liturgia eucarística, lugar donde Dios verdaderamente se hace presente entre
nosotros de un modo sacramental y nos acompaña en el
peregrinar de nuestra vida
2. Navidad es tiempo de alegría. La
verdadera alegría cristiana se funda precisamente en este misterio de
luz y de esperanza: Cristo nace para cada uno de
los hombres sea cual sea su condición. “No es posible
hacer lugar a la tristeza cuando celebramos el nacimiento de
la vida... Nadie queda apartado de la participación de esta
alegría; para todos hay sólo un motivo de gozo colectivo:
que así como Nuestro Señor, destructor del pecado y de
la muerte, a ninguno encontró libre de culpa, de la
misma manera vino para la liberación de todos” (León Magno,
homilías sobre el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, 1). La
alegría con que los fieles cristianos deben vivir y celebrar
este misterio es, pues, una alegría más interior que
exterior. Es la alegría de saberse salvado, perdonado. Es la
alegría de haber encontrado nuevamente el camino de la vida,
la alegría de haber vislumbrado una Luz que de verdad
es capaz de iluminar el camino tantas veces incierto de
nuestra vida. De hecho, lo que los ángeles anuncian a
los pastores es precisamente la alegría de la salvación:
“Os traigo una gran alegría, hoy en la ciudad de
David os ha nacido un Salvador”.
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