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Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net Solemnidad de la Epifanía del Señor
Primera: Is 60, 1-6; Segunda: Ef 3, 2-3.5; Salmo 71; Evangelio: Mt 2, 1-12
Solemnidad de la Epifanía del Señor
Sagrada Escritura
Is 60, 1-6; Sal 71; Ef 3, 2-3. 5-6;
Mt 2, 1-12
Nexo entre las lecturas
Jesucristo, desde su nacimiento,
es un signo de contradicción para los hombres. Para unos,
como los sabios que vienen de Oriente (evangelio) o como
para Pablo, proveniente de la diáspora, es epifanía, manifestación fulgurante
de su misterio (segunda lectura); epifanía prefigurada en la primera
lectura, según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos
por la luz y la gloria de Jerusalén. Para otros,
que viven en Jerusalén, capital del judaísmo, y que detentan
la autoridad política (Herodes) o religiosa del pueblo judío (sacerdotes
y maestros de la ley), Jesús, el Mesías, no es
sino un rival peligroso (para Herodes) o un simple objeto
de ciencia sagrada, sobre el que informan con la objetividad
del experto (sacerdotes, escribas).
Mensaje doctrinal
1. Actitudes paradigmáticas ante Jesús.
Ya desde los comienzos mismos de su vida, y luego
en todo el Evangelio, se hallan dos actitudes fundamentales de
los hombres hacia Jesús: aceptación o rechazo. María, José, los
pastores, los sabios de Oriente o Magos (evangelio de hoy),
Simeón y la profetisa Ana aceptan la realidad y el
misterio que envuelven a Jesús de Nazaret. El rey Herodes,
los sacerdotes y maestros de la ley (evangelio), los betlemitas,
toman una postura de rechazo. Desde los comienzos Jesús es
una bandera discutida: unos, llenos de gozo, quieren llevarla siempre
muy alta; otros, hostiles, quieren abajarla y destruirla. No es
el caso, pero es fácil de percibir, que ya en
el Antiguo Testamento éstas dos son las actitudes de los
hombres ante Dios, que en el Nuevo Testamento son las
posturas de los individuos y de los pueblos ante Jesucristo
y ante la primitiva Iglesia, y que esas posturas han
continuado en la historia hasta el presente. Quiera o no
quiera el hombre, lo sepa o no lo sepa, la
persona de Jesús tiene que ver con su vida, y
no precisamente de un modo puramente accidental. Jesús es el
parteaguas de la vida humana y de la historia. La
razón está en que todo hombre en el fondo de
su conciencia busca un Salvador, y el único verdadero Salvador
es Jesucristo. Esta verdad no es un axioma filosófico ni
una deducción silogística, sino una amorosa revelación de Dios "a
los apóstoles y profetas" y a través de ellos a
todos los hombres (segunda lectura). Los hombres pueden equivocarse en
la búsqueda del Salvador, pueden incluso pensar y buscar otros
salvadores, pero en cualquier caso a quien buscan, el blanco
hacia el que dirigen la flecha de su corazón es
Jesús de Nazaret, el Redentor del mundo.
2. De las
actitudes a los hechos. Las actitudes conducen lógicamente a la
acción. Los Magos descubren en el firmamento la estrella del
Mesías, se ponen diligentemente en camino, vencen no pocas dificultades,
y, ante el niño Jesús, se postran, le adoran y
le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra. Son hechos
concretos con los que manifiestan su alegre aceptación. Ellos son
los representantes de los pueblos gentiles, prefigurados en la primera
lectura, tomada de Isaías: "A tu luz caminarán los pueblos,
y los reyes al resplandor de tu aurora". Herodes se
sobresalta, indaga, disimula sus intenciones, trama la muerte de ese
niño. Los sumos sacerdotes y escribas, por su parte, muestran
su conocimiento de la Escritura, limitándose simplemente a informar. A
lo largo de la vida de Jesús y en los
veintiún siglos de cristianismo, ¡cuántos millones de acciones a favor
y en contra de Jesús, de rechazo y de aceptación!
Ésta es una clave de valor extraordinario para leer y
entender la historia de Occidente, pero también de Oriente: la
historia universal. Los grandes derrocamientos y caída de los imperios,
los grandes fenómenos de cambio de paradigma político, cultural o
social, con todas las consecuencias que conlleva, los grandes movimientos
ideológicos, ¿no reciben su luz más potente del "evento Cristo",
rechazado por unos, aceptado por otros? Todos, pero especialmente los
historiadores, debemos reflexionar sobre esta clave histórica.
Sugerencias pastorales
1. ¡Atentos
a los signos de Dios! Los Magos vieron una estrella
nueva en el firmamento, y ésta suscitó su interés y
su búsqueda. Fue un signo que Dios les envió y
no lo dejaron pasar sin más, sino que descifraron su
sentido y se pusieron en marcha. En efecto, el año
7 a.C. se efectuó la conjunción de Júpiter y Saturno
en la constelación Piscis. Júpiter representaba la soberanía universal, Saturno
era la estrella del pueblo judío, y Piscis significaba el
fin de los tiempos. Conclusión: en Judea ha nacido el
rey universal, en la plenitud de los tiempos. ¡Atención, reflexión,
acción! Hemos de estar atentos porque Dios va sembrando, día
tras día, no pocos signos de su presencia y de
su amor eficaz, en la pequeña realidad de nuestra vida
y en los diversos acontecimientos de la historia local, nacional
o internacional. Hemos de reflexionar porque se trata de signos,
no de evidencias, y porque los signos por su misma
naturaleza remiten a otra realidad más allá de ellos mismos.
Una vez interpretado correctamente el signo, hemos de pasar, de
la atención y de la reflexión a la acción, para
que el signo de Dios fructifique en la tierra de
los hechos concretos. Dios sigue hoy hablando al hombre con
palabras y con acciones, quizás lo que suceda es que
los hombres no estamos preparados para descifrar su lenguaje. Los
mártires del siglo XX, ¿no son un signo de Dios?
Dos millones de jóvenes reunidos en Roma para la Jornada
Mundial y el Jubileo de la Juventud, ¿no es acaso
una palabra significativa que Dios nos dirige? ¿Y los Movimientos
eclesiales? ¿Y el renacer del espíritu religioso y del ansia
de trascendencia?...
2. Un mundo con algo que ofrecer a
Dios. Cada año los cristianos celebramos la Navidad, la Epifanía.
Dios se nos da, pequeño e impotente, sobre un pesebre
o en manos de su Madre, María. Se nos da
como Salvador, como Amor, como camino de vida, a todos
sin excepción. ¿Qué ofrece, en cambio, el mundo al Salvador?
¿Qué le ofrecemos nosotros, cada uno de nosotros? ¿Tiene el
mundo un poco más de paz que ofrecer a quien
es llamado el "príncipe de la paz"? ¿Tiene el mundo
algo más de solidaridad para con los más necesitados, sean
individuos o naciones, para ofrecer a quien quiso hacerse en
todo solidario con los hombres, menos en el pecado? ¿Ofrece
el mundo más pan a los que tienen hambre, más
medicinas a los que están enfermos, más ayuda para la
educación a quienes no tienen posibilidades, sabiendo que "cuando lo
hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo
lo hicisteis"? ¿Cuenta el mundo con más verdad, más honestidad,
con más justicia para quien es la Verdad, para quien
es el Justo por excelencia? El mundo, cada nuevo año,
puede ofrecer muchas cosas buenas a Dios. Cada uno de
nosotros es parte de ese mundo, y puede y debe
contribuir para ofrecer "algo" a Dios.
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