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¿Qué otro concepto puede
aglutinar los textos de este domingo sino el de la
familia? Se habla de la familia de Dios: Dios Padre,
el Hijo de Dios, y los hombres hechos hijos de
Dios por la fe (segunda lectura, evangelio). En la primera
lectura y en el evangelio se mencionan dos familias, entre
las que parece darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas
y con muchas diferencias. Son la familia de Ana y
la de María. A ambas mujeres Dios les concedió un
hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana,
Jesús de Nazaret a María.
Mensaje doctrinal
1. La familia de
Dios. Cuando hablamos de la familia de Dios, no podemos
hacerlo sino de modo analógico. En Dios, por ejemplo, no
existe la sexualidad, y por eso no hay un padre
por un lado y una madre por otro. Tampoco existe
en Dios la multiplicidad de naturaleza, consiguientemente una misma y
única naturaleza es participada por el Padre y por el
Hijo. Con todo, la revelación nos habla de Dios como
Padre, de Jesucristo como Hijo natural de Dios y de
los cristianos como hijos adoptivos de Dios. Los rasgos más
hermosos y plenos del padre y de la madre: su
amor generoso, desinteresado, su capacidad de donación, su fecundidad, su
dedicación a los hijos, su deseo ardiente de que crezcan
sanos y sean felices, éstos y otros rasgos se hallan
en Dios de modo eminente. Igualmente brillan en el Hijo
de Dios el cariño y la obediencia filial, el agradecimiento,
el querer y buscar lo que le agrada al Padre,
la intimidad y la absoluta confianza con el Padre. El
cristiano es hijo en el Hijo, y por ello, el
Padre sólo reconoce como hijos aquellos que han encarnado los
mismos rasgos filiales de Jesucristo, su Hijo. San Juan ante
esta realidad de la familia divina exclama, como extasiado: "Mirad
qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos
de Dios, pues ¡lo somos!" (Segunda lectura). Y en el
evangelio, Jesús, al ser encontrado en el templo después de
tres largos días de búsqueda por parte de sus padres,
les dice: "¿No sabíais que yo debía estar en las
cosas de mi Padre?". Es importante elevarse hasta la familia
de Dios porque, en cierta manera, es el arquetipo de
la familia humana.
2 La familia de Ana y María.
¡Dos familias de las que nos habla la Biblia! Una,
la de Ana, pertenece al Antiguo Testamento, la otra, la
de María al Nuevo. Ambas familias: Elcaná y Ana, José
y María, eran justos a los ojos de Dios. Ana
estaba casada y no podía tener hijos por ser estéril,
María estaba prometida a José y era virgen. Ana pide
a Yahvéh que le conceda un hijo, María le pide
que se haga en todo su voluntad. Dios escucha la
oración de Ana, haciendo fecundo su seno; Dios cumple su
voluntad con María, haciéndola madre sin dejar de ser virgen.
Samuel, hijo de Ana, ocupa un puesto relevante en la
historia de la salvación; Jesús, hijo de María, ocupa su
vértice y su plenitud. Elcaná es el padre natural de
Samuel, José es sólo el padre legal de Jesús. Samuel,
a los tres años, fue llevado al santuario de Silo,
ante Yahvéh y consagrado a él para toda la vida.
Jesús fue consagrado a Yahvéh a los cuarenta días de
su nacimiento, y vivió treinta años con sus padres en
Nazaret. Samuel vivió al servicio de Yahvéh en el santuario;
Jesús, a los doce años, se quedó en el templo
sin saberlo sus padres, dejó estupefactos a los maestros por
su inteligencia y sus respuestas, y a María y José
les respondió con una pregunta enigmática: "¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi
Padre?" De la relación de Samuel con sus padres el
libro sagrado no nos dice nada más; Jesús, sin embargo,
vivió en Nazaret con sus padres hasta los treinta años,
en actitud de obediencia filial. En los dos casos, se
pone en evidencia un elemento común: Tanto en la familia
de Ana como en la de María Dios cuenta y
se cuenta con Dios. Las condiciones culturales y sociológicas de
la familia pueden cambiar enormemente, pero el que Dios cuente
y el que se cuente con Dios constituye un aspecto
esencial de toda familia, en cualquier condición cultural, política o
sociológica.
Sugerencias pastorales
1. Ser y hacer familia. Ante todo, ser
familia. Y esto quiere decir un padre, una madre y
al menos un hijo, pero si más, mejor. Pongo por
delante mi respeto a todo ser humano, en cualquier estado
o condición, pero a la vez pienso que hay que
ser claros y llamar las cosas por su nombre. Por
ello, opino que una mujer sola con un niño, no
ES familia, como tampoco, aunque los casos hoy por hoy
sean raros, un varón solo con un niño. Opino que
dos lesbianas con un niño no SON familia, como tampoco
lo son dos homosexuales con un niño. En estos casos,
la mayoría de las veces, si no todas, ni Dios
cuenta ni se cuenta con Dios.
En segundo lugar, siendo
familia, hacer familia. Es decir, construir día tras día, ladrillo
tras ladrillo, el edificio familiar. La familia se construye con
la colaboración de todos sus miembros, y cumpliendo cada uno
sus propias funciones de padre, madre e hijos. Si las
funciones o roles se trasponen o tergiversan, no se construye
la familia. Por ejemplo, si los padres son los que
obedecen los caprichos del hijo o de los hijos, o
si los hijos sufren no pocas veces los caprichos de
los padres (divorcio, una amante...). El edificio de la familia
no se acaba nunca de construir, es una tarea de
toda la vida. Es una tarea que exige el sacrificio
de unos y otros (esposos, padres, hijos) para hacerse mutuamente
todos felices.
2. ¡Salvad la familia! Que la familia está
siendo atacada por muchas partes, resulta algo obvio. Que hasta
ahora la institución familiar, aunque muchos hayan caído en la
batalla, ha resistido bien los ataques, también es verdad. Parece
cada vez más claro a politólogos, sociólogos, y a hombres
de los medios, que la voz unánime de la Iglesia
católica, desde siempre, pero más intensa a partir del siglo
XX, de salvar la familia para salvar la sociedad y
al hombre, es una voz profética y llena de sabiduría,
que hay que escuchar. a punto de finalizar el jubileo
de la Encarnación del Verbo, la Iglesia y todos los
hombres rectos y justos, tienen que elevar su voz muy
alto para gritar: "¡Salvemos la familia!". Hay que salvarla del
lenguaje equívoco que por todas partes la acecha. Hay que
salvarla de todos los virus que la destruyen: divorcio, infidelidad,
mentalidad hedonista, individualismo egoísta. Hay que salvarla promoviendo el sentido
de familia, valorando la riqueza humana y espiritual de la
familia. Hay que salvarla formando a los jóvenes en el
amor, en la responsabilidad, en la entrega y capacidad de
donación. Hay que salvarla, ofreciendo diversos modelos de auténtica familia.
Nadie se excluya. Cada uno tiene su parte en esta
gran tarea de salvar la familia.
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