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| C - Domingo 4o. de Adviento |
Sagrada Escritura:
Primera: Miq 5, 1-4
segunda: Heb 10, 5-10
Evangelio:
Lc 1, 39-48
Nexo entre las lecturas
¿Cuáles son las justas relaciones
entre el hombre y Dios? Una respuesta a este interrogante
nos viene de la liturgia de hoy. Los textos nos
indican principalmente las relaciones de Jesús y de María. Relación
de Jesús con su Padre (segunda lectura), con Juan Bautista
en el seno materno (Evangelio), con la profecía (primera lectura),
con el sacerdocio levítico (segunda lectura). Relación de María con
el Espíritu Santo, con Isabel, su prima (Evangelio), y sobre
todo con el Verbo (Evangelio).
Mensaje doctrinal
1. Relaciones de Jesús.
Ser y existir como hombre es estar y entrar en
relación. Las relaciones humanas pueden ser sumamente variadas, pero al
final se reducen a tres fundamentales: relación con Dios, con
el hombre y con el mundo que lo rodea. A
la liturgia interesan las dos primeras relaciones. La relación fundamental
de Jesús es con su Padre. Es una relación filial
de obediencia: "Yo vengo para hacer, oh Dios, Tu voluntad"
(segunda lectura). Es la obediencia de un hijo que trata
de agradar en todo a su padre. Esta obediencia filial
llegará hasta el extremo del sacrificio. No se puede separar,
en el misterio cristiano, la Navidad de la Pasión, la
Navidad de la Pascua. Jesús mantiene su obediencia al Padre
mediante su relación con la profecía, una relación de cumplimiento.
El profeta Miqueas apostrofa a Belén, diciéndola que no será
la ciudad más pequeña de Judá, porque en ella nacerá
el dominador de Israel. Jesús, naciendo en Belén, lleva a
cumplimiento la profecía, en actitud de obediencia a la historia
salvífica trazada por el Padre. La relación de Jesús con
María es una relación oculta, extraordinaria: La de quien alimenta
su fe y se alimenta de su sangre. El Evangelio
nos habla, finalmente, de una relación misteriosa de Jesús, en
el seno de María, con Juan Bautista, en el seno
de Isabel. En la presencia de Dios en la historia,
mediante María santísima, llena de gozo al último de los
profetas de Israel y representante último y cualificado del Antiguo
Testamento, Juan Bautista. Es el gozo mesiánico, que preanuncia la
hora de la salvación. La obediencia filial de Jesús, que
asume la condición del tiempo y de la historia, fructifica
en la alegría redentora que aporta a los hombres.
2.
Relación de María. Hay dos relaciones de María, que no
aparecen en los textos litúrgicos, pero que están implícitas: la
relación con el Espíritu Santo y con el Verbo encarnado
en su seno. Sin estas dos relaciones no se explica
el episodio de la visita de María a su prima
Isabel. La relación íntima y personal del Espíritu Santo con
María ha hecho posible que el Verbo de Dios asuma
carne y se vaya formando hombre en su seno materno.
La relación de María con el Verbo de Dios es
extremamente misteriosa y delicada: Misteriosa porque la fecundación de su
seno es obra de Dios mismo; delicada, porque está dando
a Dios su carne y su sangre, pero sobre todo
su amor, su dedicación, su entrega total. La relación de
María con Isabel es de servicio. Viene a ayudarla en
los últimos meses de embarazo. Viene movida por los lazos
naturales, pero sobre todo por el Espíritu de Dios y
por el Verbo que siente presente en su seno: un
movimiento natural y pneumático, al mismo tiempo. En el canto
del Magnificat, María eleva su voz a Dios para alabarle
y agradecerle con gozo el misterio que encierra en su
seno, a pesar de su pequeñez y de su humildad.
¿Cómo no alabar a quien se ha dignado acudir a
ella para llevar a cumplimiento su designio de salvación, y
la aspiración más sublime e intensa de los hombres? Por
último, en María se lleva a cabo también la profecía
de Miqueas: Ella es aquélla que "dará a luz cuando
deba dar a luz" al Mesías. La relación de maternidad,
a través de la cual se expresa toda la feminidad
de María en relación con Jesús.
Sugerencias pastorales
1. Saber relacionarse.
En la conversación humana es frecuente escuchar: "Hay que saber
relacionarse". Con ello se quiere decir que es bueno tener
muchas relaciones, y sobre todo relaciones con gente influyente. La
razón es evidente: así se tiene la posibilidad de que
se abran muchas puertas en los diversos ámbitos de la
vida humana: político, financiero, social, profesional, educativo, religioso...Yo quiero invitar
a mis hermanos en la fe y en el sacerdocio
a saber relacionarse con personas de extraordinaria influencia: con Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo; con María santísima, nuestra madre
y nuestra reina; con los santos, nuestros hermanos y protectores
desde el cielo. Estas relaciones no te dan acceso, claro
está, a excelente puesto de trabajo, ni a un negocio
redondo. Estas relaciones, más bien ejercen su influjo en tu
interior, transformándolo; en tu visión de las cosas y de
la vida, haciendo que sea según Dios; en tu relación
con los hombres y con las cosas, de forma que
esté siempre inspirada por el amor y por el servicio;
en tu relación con tu propia historia, convirtiéndola, tal vez,
de una historia sin sentido a un sentido con historia.
¡Cuántos bienes nos pueden venir -y podemos obtener para los
demás-, si sabemos relacionarnos con Dios, con la Virgen, con
los santos! En el campo de la historia es importante
saber relacionarse, ¿no lo va a ser igualmente en el
campo del espíritu? Bienaventurados los que saben relacionarse, porque serán
como un árbol frondoso que dé frutos en sazón: frutos
de bien, de felicidad, de salvación.
2. Relacionarse por el
Reino. Los cristianos vivimos en el mundo, en el reino
de la historia, aunque pertenecemos al Reino de Dios. Y
en el reino de la historia no poco cuentan las
relaciones humanas. No tenemos por qué despreciarlas. Tampoco hemos de
abusar de ellas, poniéndolas al servicio de nuestros intereses egoístas.
Hemos de servirnos de ellas para la edificación del Reino
de Dios. Hemos de relacionarnos con quienes tienen poder, para
que nos ayuden en favor de quienes no sólo no
tienen poder, pero ni siquiera alimento, casa, vestido, derechos. Hemos
de relacionarnos con los necesitados, para que tomen conciencia de
que el Reino de Dios les pertenece y les invita
a poner todos los medios para hacer más humana su
existencia, más digna, más libre, más feliz. Hay que relacionarse
con las fuerzas vivas y poderosas de un pueblo, de
una ciudad, de un estado, de un país, para convencerlas,
si no lo están todavía, de que son hijos del
Reino de Dios en la medida en que utilizan sus
fuerzas y su poder en beneficio de los más necesitados.
Y una vez convencidos, que pongan manos a la obra.
Si todos los cristianos utilizáramos nuestras relaciones para ponerlas al
servicio del Reino, seguramente que el mundo caminaría por derroteros
más humanos, y más marcados por nuestra fe en Jesucristo.
Jesucristo entró en contacto con la historia para instaurar el
Reino de su Padre. Después de más de 2000 años,
¿qué hacemos nosotros los cristianos?
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