La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Los textos litúrgicos
de este tercer domingo de adviento son un himno a
la alegría. Alegría para los habitantes de Jerusalén que verán
alejarse el dominio asirio y la idolatría y podrán rendir
culto a Yahvéh con libertad (primera lectura). Alegría de los
cristianos, una alegría constante y desbordante, porque la paz de
Dios "custodiará sus mentes y sus corazones en Cristo Jesús"
(segunda lectura). Alegría del mismo Dios que exulta de gozo
al estar en medio de su pueblo para protegerlo y
salvarlo (primera lectura). Alegría que comunica Juan el Bautista al
pueblo mediante la predicación de la Buena Nueva del Mesías
salvador, que instaurará con su venida la justicia y la
paz entre los hombres (Evangelio).
Mensaje doctrinal
1. ¿Por qué alegrarse?.
Son varias las causas que se hallan en los textos
litúrgicos.
1) Primeramente, porque Dios ha anulado tu sentencia. Sofonías
imagina a Yahvéh como a un jefe de tribunal que,
después de haber dictado sentencia condenatoria, la anula. ¿Cómo no
alegrarse? Históricamente se refiere a la pesante opresión que el
imperio asirio ejercía sobre el reino de Judá en tiempo
del rey Josías, y de la que Yahvéh le ha
liberado (primera lectura).
2) Alegrarse, porque Yahvéh está en medio
de ti. Esa presencia divina de poder y de salvación
libra de todo miedo, y renueva al reino de Judá
con su amor. Es una presencia protectora y segura (primera
lectura).
3) Alegrarse, porque el cristiano posee la paz de
Dios que supera toda inteligencia (segunda lectura). Esa fe de
Dios, que es fruto de la fe y del bautismo,
y que se experimenta de modo eficaz en la celebración
litúrgica, cuando "presentamos a Dios nuestras peticiones, mediante la oración
y la súplica, acompañadas de la acción de gracias" (segunda
lectura).
4) Finalmente, alegrarse porque Juan el Bautista, el precursor,
proclama la Buena Nueva de Cristo (Evangelio) y, con él
y como él, todos los precursores de Cristo en la
sociedad y en el mundo. Por todo ello, podemos decir
que el cristianismo es la religión de la alegría. Pero,
alegría en el Señor, como nos recuerda san Pablo.
2.
La alegría del precursor. La alegría de Juan el Bautista
está expresada mediante tres imágenes. La imagen del patrono y
del siervo, con lo que indica la superioridad de Jesús
sobre Juan. Jesús es como el patrón que cuando llega
del campo o de la ciudad tiene a su disposición
un siervo (Juan el Bautista) que le desate la correa
de las sandalias. Juan está alegre porque el Mesías, su
patrono, está por llegar. Usa también la imagen del agricultor
que al llegar el verano, siega las espigas, las trilla,
separa mediante el bielde el grano de la paja, guarda
el grano y quema la paja. La alegría de Juan
es la alegría de quien recoge el fruto de su
trabajo, el fruto de tantos otros profetas que prepararon junto
con él la venida del Mesías. Por último, Juan se
alegra porque, mientras él bautiza en agua, el que está
por venir, es decir, el Mesías, bautizará en Espíritu Santo
y fuego. O sea, en Espíritu santo que es fuego
purificador del pecado, fuego impulsor y difusor de grandes empresas.
En el bautismo el cristiano recibe al Espíritu, uno de
cuyos primeros frutos es la alegría.
3. El evangelio de
la alegría. Reflexionando sobre la perícopa evangélica, el Evangelio de
la alegría se dirige a todo tipo de personas: a
la gente en general, a los publicanos, a los mismos
soldados. Este Evangelio consiste sobre todo en la donación y
amor al prójimo, que cada categoría debe vivir según sus
circunstancias. Así la gente es invitada a compartir con los
más necesitados el vestuario y la comida. Los publicanos vivirán
el amor fraterno cobrando los impuestos con exactitud y justicia,
sin adiciones egoístas de lucro personal. Respecto a los soldados,
por un lado que estén contentos con el salario que
reciben, suponiendo que es justo; por otro lado, que a
nadie extorsionen y a nadie denuncien falsamente. En resumen, el
Evangelio de la alegría se implanta y produce frutos magníficos
allí donde se vive el mandamiento del amor, cada uno
según su profesión y su condición de vida.
Sugerencias pastorales
1.
Alegrarse ya del futuro. Sofonías anuncia la liberación de Jerusalén
y Judá, pero todavía no ha llegado. Con todo, ya
el mismo anuncio debe ser causa de alegría. Juan Bautista
goza ya por anticipado de la venida del Mesías, aunque
todavía no se haya hecho presente. Los cristianos vivimos con
alegría este período de adviento, aun a sabiendas de que
la Navidad no ha llegado todavía. Los cristianos estamos afincados
en el presente, pero con la mirada puesta en el
futuro, que ha de ser siempre fuente de alegría. Hay
un viejo refrán que dice: "Todo tiempo pasado fue mejor".
Ciertamente no es verdad, y menos para el cristiano. El
cristiano, hombre de la esperanza, dirá más bien: "Todo tiempo
futuro será mejor" y esto le infunde una grande alegría.
Mejor, no precisamente por mérito de los hombres, sino por
acción misteriosa y eficaz del Espíritu Santo en la historia
y en las almas. Mejor, porque el progreso científico, y
sobre todo moral de la humanidad, sin olvidar la ambivalencia
y deficiencias del progreso, contribuye de alguna manera al reinado
de Dios en el tiempo y en la vida de
los hombres. Y ¿cómo no alegrarnos del futuro si estamos
convencidos de que el futuro está en manos de Dios,
porque Él es el Señor de la historia y quien
tiene en su poder las llaves del futuro? Incluso en
medio de la prueba y de la tribulación, el futuro
sonríe al cristiano maduro en su fe.
2. Alegría y
paz. Amor, alegría y paz son dones del Espíritu Santo.
En cuanto dones del Espíritu Santo sería un error identificar
el amor con el sentimiento amoroso o con los amoríos,
la alegría con las alharacas y la paz con la
ausencia de guerra, destrucción y muerte. La paz de Dios
es algo, nos dice san Pablo, que supera toda inteligencia.
Y lo mismo vale para la alegría. Siendo dones del
Espíritu Santo, únicamente quien las ha recibido por la fe,
está en condiciones de experimentarlas, conocerlas, poseerlas, disfrutarlas, transmitirlas. Hay
una cierta reciprocidad entre ambos dones del Espíritu. La paz
que habita en el alma del creyente inspira una alegría
interior atrayente, que se manifiesta en el talante de la
persona, que se contagia hasta con la sola presencia. Por
su parte, la alegría de la que el Espíritu dota
al creyente, transmite paz y orden en la vida, serenidad
y armonía, y sobre todo una especie de ataraxía, de
imperturbabilidad espiritual, que provoca en todos admiración. ¿Por qué no
pedir al Espíritu Santo que nos conceda más abundantemente estos
dones de la paz y de la alegría para prepararnos
a la Navidad? Alegrémonos en el Señor. Vivamos la Paz
de Dios. La Navidad está ya a las puertas.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Un servicio exclusivo para sacerdotes. Orientación y acompañamiento espiritual a Sacerdotes. Dudas y cuestiones acerca de la Vida Sacerdotal, la Liturgia, el uso y aplicación del Derecho canónico, la Formación en los seminarios y la Formación permanente del Sacerdote
Ver todos los consultores