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El presente y el futuro son dos categorías que descuellan
de alguna manera en este penúltimo domingo del ciclo litúrgico.
Los "arrogantes y malvados" del presente serán arrancados de raíz
el Día de Yahvé, mientras que los "adeptos a mi
Nombre" serán iluminados por el sol de justicia (primera lectura).
Las tribulaciones y las desgracias del presente no debe perturbar
la paz de los cristianos, porque, mediante su perseverancia en
la fe, recibirán la salvación futura (Evangelio). San Pablo invita
a los tesalonicenses a imitarle en su dedicación al trabajo,
aquí en la tierra, para recibir luego en el mundo
futuro la corona que no se marchita (segunda lectura).
Mensaje
doctrinal
1. Ciudadanos de dos mundos. Todo hombre, quiera o no,
está inscrito en el registro de dos mundos diversos. Uno
es el mundo presente, la tierra que pisamos y el
aire que respiramos, un mundo pasajero, sellado por el límite
y la caducidad. El otro mundo es el mundo en
el que reina el siempre y la infinitud, el mundo
futuro al que el hombre y la historia se encaminan.
Lo interesante es que estos dos mundos se suceden cronológicamente,
pero sobre todo se entrecruzan y entrelazan en la vida
de los hombres. Ninguno de ellos nos es ajeno, en
ninguno vivimos como si el otro no existiera. En el
mundo presente no podemos dejar de pensar en el futuro,
y en el mundo futuro no se podrá olvidar el
presente. Las vicisitudes de la historia, sus conflictos y sus
penas nos remiten casi inexorablemente hacia el futuro. La dicha
y la plenitud del mundo futuro solicitarán nuestro interés porque
todos los hombres de este mundo puedan alcanzarla. Como ciudadanos
del presente hemos de estar ocupados y dedicados a la
tarea del progreso, de la justicia, del avance en humanismo
y en solidariedad, del crecimiento en valores. Como ciudadanos del
futuro hemos de mirar por la instauración del Reino de
Cristo y por la santidad de los cristianos. El presente
en que vivimos es tarea de elección y de renuncia,
el futuro será tiempo de posesión y de gozo. El
presente es tiempo de ideales y de realizaciones, el futuro
será de encuentro y de intimidad. El presente es tiempo
de constancia en la lucha, el futuro será de descanso
en la paz. El presente es tiempo de esperanza en
la fe y en el amor, el futuro será de
triunfo pleno del amor perfecto. Dos mundo distintos, pero no
distantes, sino unidos en el corazón del hombre. Dos mundos
en los que el cristiano ha de vivir a tope,
haciendo honor a su nombre.
2. La luz de la
justicia. En este mundo no siempre brilla con todo su
esplendor la luz de la justicia. Hay también mucha tiniebla
de injusticia. Y por eso al hombre honrado y bueno
le acecha la tentación de decir: "¡Es inútil servir a
Dios! ¿Qué ganamos con guardar sus mandamientos?" (Primera lectura). Tal
vez llegan a nuestros oídos voces de falsos profetas que
gritan: "¡Yo soy!" o que predicen con presunción: "El tiempo
está por llegar" (Evangelio). Y llegan a preocuparnos esas voces
y crean en los cristianos algo de perplejidad. Oscurecidos sobre
el futuro, había también entre los cristianos de Tesalónica algunos
que "no trabajaban y se metían en todo" (segunda lectura).
Evidentemente creaban confusión y perturbaban la vida y la paz
de la comunidad. Esa tiniebla de injusticia no es propia
sólo del tiempo del Antiguo o del Nuevo Testamento, sigue
actualísima en nuestro tiempo. ¿No hay acaso mucha gente convencida
del triunfo del mal sobre el bien? ¿No hay quienes
atemorizan a la gente, sobre todo sencilla y sin mucha
cultura, hablando de revelaciones recibidas sobre que el fin del
mundo está por llegar? ¿No abundan falsos profetas y doctores,
que merodean aquí y allá enseñando doctrinas erróneas? La revelación
de Dios, recogida en los textos litúrgicos de este domingo,
nos recuerda: "Dios hará brillar la luz de la justicia".
Esa luz puede ser que ya comience a brillar en
este mundo, pero ciertamente el sol de justicia irradiará sus
rayos de luz en el mundo futuro. El cristiano, por
tanto, en medio de las injusticias y de las persecuciones,
ha de mantenerse tranquilo, paciente y en grande paz, porque
Dios intervendrá a su tiempo. "Con vuestra perseverancia, nos dice
Jesucristo en el evangelio, salvaréis vuestras almas".
Sugerencias pastorales
1. El
tiempo de la Iglesia. Entre Pentecostés y el final de
la historia está el tiempo de la Iglesia. Esta Iglesia
que tiene ya 21 siglos de historia, que vive el
presente tratando de ser fiel a su Fundador, y que
mira al futuro con esperanza. Jesucristo a esta Iglesia no
le ha ahorrado tribulaciones. Pero tampoco ha sido parco con
Ella en consolaciones. En su historia pasada y presente vemos
una innumerable fila de hombres y mujeres fieles a su
Señor, y juntamente defecciones, falsos maestros, apostasía, traición. A lo
largo de los siglos, en muchos lugares donde no había
paz, los cristianos santos han sembrado paz y concordia entre
los hombres. Pero también ha habido cristianos, en esos mismos
siglos, que han esparcido discordia, guerra, revolución, desavenencias en la
familia, en los grupos humanos, entre las naciones. Ha habido
en la larga historia del cristianismo reyes y gobernantes cristianos,
sumamente santos y que han hecho tanto bien. A su
lado, ha habido igualmente y continúa habiendo reyes y gobernantes
que han perseguido a sus hermanos en la fe por
motivos políticos o por intereses ideológicos. En la historia están
también los enemigos de Dios y de su Iglesia. Recordemos
a los emperadores que durante tres siglos, con mayor o
menos intensidad, persiguieron al cristianismo como religio illicita y consideraban
a los cristianos como ateos porque no adoraban a los
dioses del Imperio. Pensemos en los tormentos que sufrieron los
hijos de la Iglesia en Japón y en China, por
considerar el cristianismo como extranjero y como ajeno completamente a
las propia tradiciones religiosas. ¿Y qué decir de la brutal
persecución y hostigamiento del comunismo hacia los cristianos allí donde
el socialismo real fue o continúa siendo una triste y
horrenda pesadilla de la humanidad en su historia? El tiempo
de la Iglesia ha sido y continuará siendo así hasta
el final: tiempo de tribulación, y tiempo de consolación y
paz. ¡Esta es la Iglesia en que vivimos, a la
que amamos, y en la que trabajamos por el Reino
de Dios!
2. Vivir el presente desde el futuro. Frecuentemente
se piensa que hay que vivir el presente con un
ojo en el pasado, para aprender del mismo, puesto que
"la historia es maestra de la vida". No niego que
esto sea verdad. Quiero señalar, sin embargo, un aspecto propio
de nuestra fe cristiana. Hay que vivir el presente como
quien ya hubiera recorrido el camino de la vida y
se hallara en el mundo futuro. Es claro que las
perspectivas y el modo de vivir el presente serían muy
diversos. Esto vale en la vida del hombre: si fuera
posible vivir los veinte años desde la perspectiva de los
sesenta, sin duda alguna que se vivirían de distinta manera.
Con mayor razón vale cuando hipotéticamente nos colocamos en el
más allá. Preguntémonos: Desde la eternidad, ¿cómo hubiese querido vivir
el día de hoy, esta situación familiar, este momento personal
de crisis, esta relación afectiva, este ambiente en el trabajo?
Ese futuro crea una distancia entre nosotros y nuestro presente,
y al crear distancia nos permite ver las cosas con
mayor paz y objetividad. Ese futuro nos mete en el
mundo de Dios y de esta manera nos otorga el
poder de pensar en las diversas situaciones del presente y
de la vida con el mismo modo de pensar de
Dios. Desde el futuro conocemos mejor y sabemos aplicar con
mayor exactitud y coherencia al presente la regla de nuestra
fe y la medida de nuestra conducta. No hay que
caer en la utopía, pero una chispa de futuro en
nuestro presente es suficiente para encender el ama con nuevo
ardor y entusiasmo.
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