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¿Cuál es y cómo el destino último del hombre? A
esta inquietante pregunta trata de responder la liturgia de este
domingo. Jesús nos enseña que el destino es la vida,
pero que esa vida en el más allá no se
iguala a la vida terrena (evangelio). El martirio de la
madre y sus siete hijos en tiempo de la guerra
macabea ofrece al autor sagrado la ocasión para proclamar vigorosamente
la fe en la resurrección para la vida (primera lectura).
Pablo pide oraciones a los tesalonicenses para que "la palabra
del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria" (segunda lectura), una
palabra que incluye la suerte final de los hombres ante
el Juez supremo, que es Dios.
Mensaje doctrinal
1. Misterio y
realidad. Conviene afirmar siempre que el destino final del hombre
no es claro como un teorema matemático ni cognoscible como
la composición química del agua. Jesús, en su razonamiento con
los saduceos, sostiene que es un misterio y por eso
no acude al raciocinio, sino a la revelación. "El Dios
de Abrahán, de Isaac y de Jacob es un Dios
de vivos, no de muertos". La historia de la salvación
nos ayuda comprender que, siendo misterio, no ha sido objeto
de un conocimiento natural o de una revelación inmediata. Más
bien, ha habido un proceso largo y pedagógico de revelación
desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo. Los saduceos exageran
tanto el carácter misterioso de la resurrección que simplemente la
niegan. Es tal vez una solución fácil, pero impropia del
hombre que es un eterno buscador de la verdad. Procurar
entrar en el misterio, sin destruirlo, ahí está la grandeza
del ser humano sobre la tierra. Pero la resurrección no
sólo es misterio, es también realidad. Una realidad que no
es perceptible con los ojos de la carne, sino únicamente
con los ojos de la fe. Ya Horacio había llegado
a formular, con su sola razón, la creencia en la
inmortalidad: "Non omnis moriar" (no he de morir totalmente). Los
cristianos podemos formular nuestra fe en la resurrección: "Omnis vivam"
(viviré todo entero), en cuerpo y alma, en toda mi
realidad psicofísica. Evidentemente que no se ha de resaltar tanto
la resurrección corporal que se llegue a imaginar como la
vida terrena en su grado máximo de perfección. "No pueden
ya morir, porque son como ángeles" (Evangelio). El hombre será
transformado y, sin dejar de ser hombre, experimentará y vivirá
su humanidad de un modo adecuado a un mundo infinito
y eterno. El destino del hombre no es sino una
realidad misteriosa y un misterio empapado de realidad. Separar el
misterio de la realidad o la realidad del misterio conduce
a distorsionar la verdad de la fe en la resurrección
de los muertos.
2. Martirio y vida. El martirio, incluso
para los no creyentes, tiene un poder seductor muy notable.
Un mártir por su fe no es sólo gloria de
su religión, sino de la entera humanidad. Es un héroe
y, si es cristiano, es además un santo, un héroe
de la gracia y un evangelizador, porque transmite la fe
cristiana con la ofrenda de su vida. La madre y
los siete hijos de que nos habla la primera lectura
han sido para los judíos y para los cristianos un
ejemplo permanente de fortaleza espiritual y de fe en la
resurrección. "El Rey del mundo, a nosotros que morimos por
sus leyes, nos resucitará a una vida eterna", así formula
su fe el segundo de los hermanos. El martirio de
tantos cientos de miles de cristianos a lo largo de
21 siglos es el signo de credibilidad más fehaciente de
la resurrección de los muertos. Un martirio que radica en
el gran Martirio de Jesucristo en la cruz para redimirnos
del pecado y alcanzarnos la vida eterna. La "corta pena"
del sufrimiento se trueca en "vida perenne" y sin fin
(primera lectura). Junto al martirio de sangre está el martirio
de la vida, el testimonio diario de la fe que
da sustancia y peso a la última verdad del Credo:
"Creo en la resurrección de los muertos y en la
vida futura". Porque en verdad mártir es quien prefiere al
Dios de la vida sobre el amor de la vida,
quien está dispuesto a cerrar la puerta de la vida
por fidelidad a Dios y a abrir el cancel del
Paraíso para estar siempre con el Señor. Ésta es la
Palabra del Señor que debemos anunciar y que hemos de
propagar por todas partes. En un mundo no poco secularizado
y bastante miope para las cosas de la fe, es
muy necesario que los cristianos sellemos nuestra fidelidad a la
vida, en esta tierra en que estamos y en la
eternidad, con una vida de fidelidad.
Sugerencias pastorales
1. Continuidad, no
igualdad. Nuestra fe nos dice que el ser humano resucitará
en su integridad. Hay, por tanto, una continuidad innegable entre
el hombre histórico, que muere y vuelve al polvo, y
el hombre resucitado. No resucitará una "entelequia" humana, sino el
hombre y la mujer que ha pisado esta tierra, que
ha amado, que ha hecho el bien, que ha procreado
y educado a sus hijos, que ha trabajado para poder
vivir, que ha muerto besando un crucifijo o rezando el
rosario. Si alguien pusiese en duda o negase esta continuidad,
¿en qué consistiría entonces la resurrección de los muertos? ¿No
sería tal expresión un simple flatus vocis, un sonido sin
sentido? Al mismo tiempo nuestra fe nos dice que la
continuidad no equivale a igualdad. Nuestro polvo revivirá, pero trascendido.
Seremos íntegramente hombres, pero nuestra vida no estará ya sometida
a la condición histórica. En la eternidad ni se trabaja,
ni se come, ni se procrea ni se muere. "Serán
como los ángeles" (Evangelio). Resucitaremos idénticos, pero diversos en razón
de la misma diversidad del mundo en el que se
entra y en el que se vivirá para siempre. El
hombre entero vivirá en la condición de los ángeles, porque
su misma dimensión corpórea quedará penetrada y como transformada por
la dimensión espiritual, y principalmente por el Espíritu de Dios.
Todo esto es importante para la catequesis, la predicación, y
el acompañamiento espiritual. No está mal que a los niños
se les hable del cielo en lenguaje imaginativo y sensorial.
Con todo, creo que hay que ir elevándolos gradualmente de
una concepción sensorial a una concepción cada vez más espiritual
de la vida eterna. Efectivamente, querer plantar la tierra en
el cielo ha sido siempre una gran tentación del hombre.
¿No sucede a veces que hay personas de 50 y
60 años cuya concepción del cielo sigue siendo la de
la infancia? ¿No será ésta una, entre otras causas, por
las cuales está en crisis la fe en la resurrección
de los muertos y en la vida futura?
2. Un
mensaje de esperanza. Si razonamos con fe, no cabe duda
de que la resurrección de los muertos es un mensaje
de esperanza. Para el creyente, el tesoro más precioso no
es la vida que se tiene, sino la que se
espera. Con todo, la vida actual es preciosísima. ¿Cómo no
va a serlo, si en ella el hombre se juega
toda la eternidad? La esperanza cristiana no hace vivir ajenos
a la realidad del mundo y de la historia, sino
enteramente entregados a hacer historia: historia de salvación. Construir la
historia no es tarea de los no creyentes, es todavía
con mayor razón tarea de quien cree en el Señor
de la historia y en la marcha de la historia
a su desembocadura final. Sí, como cristiano, espero en que
Dios abrirá las puertas de la eternidad a mi mente,
a mi corazón, a mi cuerpo, a mi vida. Porque
la esperanza cristiana en la resurrección es mensaje de vida
en plenitud, de presencia viva ante el mismo Dios vivo.
Es vivir sin reloj ni cronología, estando siempre con el
Señor, como sumergidos en el océano mismo de la Vida.
El mensaje cristiano es un mensaje de esperanza, porque anuncia
el triunfo de la vida sobre el tiempo y sobre
el mal, el triunfo de Dios sobre todos sus enemigos,
el último del cual es la muerte. Este mensaje no
se lo ha inventado la Iglesia, proviene del Dios "que
nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza
dichosa" (segunda lectura). ¡Vale la pena testimoniar con palabras y
obras este mensaje de esperanza!
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