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El amor de Dios embarga cada página de
la Biblia y de la liturgia cristiana. En los textos
del presente domingo resaltan de modo especial. El amor de
Dios a todas las criaturas, porque todas tienen en el
amor de Dios su razón de ser (primera lectura). El
amor de Dios por todos los hombres, sin distinción alguna,
porque todos son sus hijos (Evangelio). El amor de Dios
hacia los cristianos, "para que el nombre de Jesús sea
glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia
de nuestro Dios y del Señor Jesucristo" (segunda lectura).
Mensaje
doctrinal
1. La aventura del amor divino. Desde el momento mismo
en que Dios inició su obra creadora, dio comienzo para
El, la aventura del amor. La aventura maravillosa de ser
correspondido en el amor. Pero también la aventura del riesgo
del amor, del rechazo del amor, de la incomprensión del
amor, del rostro doloroso del amor. "Amas a todos los
seres y no aborreces nada de lo que hiciste, pues
si algo odiases, no lo habrías creado", dice la Sabiduría.
Pero, ¿no da la impresión de que los cataclismos y
las catástrofes naturales de nuestro planeta se rebelan contra el
gobierno soberano del amor? "Hoy ha llegado la salvación a
esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán", dice
Jesús en el Evangelio. Pero, y las demás "casas" de
publicanos, ¿aceptarán el amor? Y las demás casas de los
ricos, ¿se convertirán, como Zaqueo y su casa, al amor
de Dios? Dios nos ha llamado a la vocación cristiana,
para ser glorificado en nuestras vidas; pero, ¿realmente nuestras vidas
son la gloria del amor? El amor de Dios, en
su aventura histórica, en cierto modo está sometido a la
gran ley, creada por Dios y que El respeta, del
libre albedrío. Y así será hasta el final de los
tiempos. Esos tiempos últimos, cuyo final nos resulta totalmente desconocido,
y que hacemos bien si lo dejamos confiadamente en el
sagrario del corazón de Dios, que siempre quiere lo mejor
para sus hijos. No queramos escrutar ansiosamente el misterio que
se nos escapa y sobrepasa nuestras capacidades de conocimiento. ¡Vigilantes,
sí, pero serenos! Entonces sí, tras el telón final de
la historia, la aventura del amor de Dios habrá terminado.
El amor de Dios será entronizado en los cielos y
los hombres adorarán eternamente la triple faz del Amor.
2.
Un amor sin fronteras. Así es el amor de Dios.
No tiene la frontera del tiempo, porque Él ama en
el tiempo y antes del tiempo y más allá del
tiempo. No tiene la frontera del espacio, porque Él ha
creado el espacio y lo ha llenado con obras surgidas
únicamente de su amor: el cielo, la tierra y cuanto
en ellos habitan (primera lectura). No está limitado por la
frontera de la edad, de la condición social o económica,
del estado de vida de los hombres, porque lo que
más cuenta para Dios es que todos son imagen suya
y a todos los ama como a hijos. Dios no
ama al ciego de Jericó porque es pobre (Lc 18,
35-43) ni a Zaqueo porque es rico, sino porque ambos
son sus hijos. Para Dios no cuentan esas barreras que
tanto cuentan no pocas veces para los hombres. Dios no
ama por "méritos", sino en total libertad. Tampoco está coartado
Dios en su amor por la barrera del pecado. Los
hombres somos pecadores, Zaqueo es un pecador público. Eso no
importa. El pecado no es por así decir una derrota
del amor, sino ocasión para que el amor de Dios
se manifieste con nuevo resplandor. ¿Y acaso podrán ser nuestras
preocupaciones, nuestros temores, nuestros pensamientos sobre la "inminencia" del "
fin de la historia" una muralla infranqueable del amor de
Dios? Deus semper maior. Dios está por encima de todos
los límites que los hombres podamos poner a su amor.
También Dios es más grande y está más allá de
la muerte, ese monstruo en cuyo territorio parece que ni
siquiera el amor de Dios tiene acceso. Dios es "amigo
de la vida" (primera lectura) o, en una traducción quizá
más fiel, "autor de la vida". A Él la muerte
no le infunde temor como a nosotros, pobres mortales, pasa
su barrera y la destruye, para que los hombres, sus
hijos, vivan para siempre. Realmente, para Dios la frontera del
amor es el amor sin frontera.
Sugerencias pastorales
1. Ojos para
amar. La realidad se mira de modo muy diverso cuando
se tienen ojos para el amor o cuando no se
tienen. ¡Ojos para amar a Dios en la grandeza y
el esplendor del firmamento! Puedo contemplar una estrella en una
noche de primavera con el ojo escrutador del científico que
indaga sobre su distancia de la tierra, los años que
tiene o el material de que está compuesta. Y puedo
contemplarla con el ojo simple de quien descubre en ella
un reflejo de la belleza de Dios, un regalo de
Dios en esa encantadora noche primaveral. ¡Ojos para ver el
amor de Dios en el poder y belleza de la
naturaleza! Esa naturaleza que revive después del invierno y como
que resucita. Esa naturaleza mediante la cual Dios recuerda al
hombre la ley de la renovación permanente y le reclama
su vocación a la resurrección con Cristo glorioso. ¡Ojos para
admirar el amor de Dios como se muestra en el
hombre y en las obras magníficas de su pensamiento! Es
distinto considerar la inteligencia del hombre como fruto de la
casualidad evolutiva a ver en ella la obra más preciosa
y sublime del amor creador de Dios. Es muy diverso
el trato que daré a un hombre si me quedo
solamente en que es un cuadrúpedo inteligente o si, traspasando
con la mirada el ámbito corporal, lo veo como un
hijo de Dios, nacido para una eternidad feliz en el
amor. Los hombres solemos tener ojos para el mal, para
la crítica, para la basura del mundo. Está bien, pero
hemos de mirar todo eso con ojos de amor, con
los mismos ojos con que Dios lo ve. Y sobre
todo hemos de abrir de par en par nuestra mirada
para el bien, para la benedicencia, para la verdad, la
belleza y la santidad que hay en el mundo. En
definitiva, tener ojos para el amor es tener ojos para
Dios.
2. La creatividad del amor. Que el amor sea
creativo, pienso que nadie lo ponga en duda. Ya conocemos
la creatividad del amor de Dios: la Sagrada Escritura, la
Iglesia como institución del amor redentor, la presencia de Jesucristo
en la Eucaristía, o la perfección del cerebro humano, y
la inmensidad del cosmos y sus galaxias, por poner algunos
ejemplos. Quiero detenerme, sin embargo, en la creatividad del amor
humano y cristiano, esa creatividad que es la propia nuestra,
y que hemos de actuar día tras día, para mostrar
que somos cristianos de verdad. ¿Quién ignora la potencia "creativa"
de una caricia al esposo, al hijo, a la madre,
a la novia? ¿Quién no ha podido constatar alguna vez
la creatividad de una palabra, de una mirada, de un
abrazo? Buscar cada día creatividad en el amor dentro de
la familia. ¡Pequeñas cosas del amor, no importa, pero nuevas,
inesperadas, sorprendentes! Buscar la creatividad en el amor para servir
mejor a los demás, como empleado en una oficina, como
párroco, como enfermera en un hospital, como asistente social en
una residencia de ancianos, como maestro en una escuela o
profesor en una universidad, etc. Y sobre todo buscar la
creatividad en nuestro amor a Dios. Creativos cuando hablamos con
Dios para decirle lo mismo, pero con lenguaje y música
diversos. Creativos en multiplicar lo más posible las obras del
amor, las maneras de expresar el amor. Creativos para pensar
y formular el amor de Dios y comunicarlo creativamente a
los hombres. Creativos para hablar a Dios y para hablar
de Dios. ¡Creatividad! ¡Creatividad en el amor! ¿Acaso no es
el amor por su misma naturaleza creativo? Si por una
casualidad el amor dejara de ser creativo, sería aburrimiento, rutina,
hastío. Dejaría de ser amor. ¿Qué hacer para ejercitar diariamente
la creatividad del amor?
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