La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
¿En qué
otra cosa puede estar centrada la liturgia de esta fiesta
sino en la santidad? El evangelio sintetiza admirablemente los caminos
de la santidad cristiana mediante las bienaventuranzas. En la primera
lectura, tomada del Apocalipsis, se pone ante nuestros ojos el
infinito número de los llamados a ser santos y a
participar aquí y en la eternidad del don de la
santidad. Finalmente, con la primera carta de san Juan, la
asamblea cristiana es introducida en la misteriosa relación existente entre
el amor que Dios nos tiene, amor de Padre, y
la santidad que nos otorga, en cuanto hijos en su
Hijo.
Mensaje doctrinal
1. Bienaventuranzas...y santidad. Los ocho tipos de personas
que son llamados dichosos y bienaventurados son, con la máxima
propiedad, los santos. Por eso, en lugar de decir "bienaventurados
los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los
que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los
limpios de corazón, los que trabajan por la paz y
los perseguidos por causa de la justicia", bastaría con haber
dicho "bienaventurados los santos". Porque cada una de esas categorías
de personas son expresión y, por así decir, camino de
santidad. Los pobres de espíritu son los santos, porque su
verdadera riqueza es Dios. Santos son los mansos, porque la
mansedumbre o humildad es la actitud propia de los hombres
ante el Creador y Señor. Santos son igualmente los que
lloran, porque son lágrimas de arrepentimiento por los propios pecados
y por los de los hombres, sus hermanos. ¿Quién más
que los santos tiene hambre y sed de justicia, es
decir, de que Dios justifique y salve a la humanidad
entera? Los santos son los más misericordiosos del mundo porque
ejercitan la misericordia con los más desgraciados de la tierra,
que son los pecadores. Los limpios de corazón son los
santos, porque su corazón y sus pupilas han sido lavadas
con la sangre del Cordero para que vean con claridad
divina las cosas del cielo y las de la tierra.
Los santos son quienes más trabajan por la paz, o
sea, porque se den en la sociedad humana aquellas condiciones
que favorezcan la concordia entre los pueblos, y sobre todo
el desarrollo y progreso humano y espiritual. Los perseguidos por
causa de la justicia, ¿qué otro nombre habrán de recibir
sino santos, mártires cuya vida ha sido santificada en la
soledad de la cárcel o en el patíbulo de una
cámara de gas? Muchos son los caminos que Dios ha
abierto a los hombres con su Evangelio, pero la meta
es siempre la misma: la santidad. Una sola santidad, o
mejor dicho UN SOLO SANTO, JESUCRISTO, y muchas maneras de
pronunciar y confesar su nombre con la vida. "Bienaventurados los
santos, porque de ellos es el Reino de los cielos,
de ellos es la fecundidad espiritual en la tierra". Del
santo es de quien se puede decir con mayor propiedad
que estando en la tierra vive ya en el cielo,
y, llegando al cielo, no dejará de estar muy presente
sobre la tierra.
2. Amor...y santidad. La santidad es el
precipitado de un encuentro de amor entre Dios y la
criatura. "Dios es amor", hemos leído en la segunda lectura.
Siendo Dios el principio de todo lo creado, su amor
no puede ser sino fecundo, amor de Padre. Puesto que
Dios es Padre, la mayor maravilla que ha podido acontecer
al hombre es ser hijo de Dios. Y su mayor
grandeza no será otra sino el vivir como tal, siguiendo
las huellas del Hijo encarnado. El amor de Dios otorga
al hombre la capacidad y la fuerza espiritual para ser
santo. El amor del hombre a Dios pone en acción
la capacidad recibida y la fuerza para la santificación. En
esta acción - reacción de amor Jesucristo es el caso
único y el portaestandarte. Caso único porque sólo él es
Hijo de Dios en sentido estricto, los demás somos hijos
en el Hijo en cuanto el Padre ve en el
hombre el reflejo de su Hijo. Portaestandarte porque los hombres
santos no hacen otra cosa sino mirar a Cristo, Camino,
Verdad, y Vida y seguir tras sus huellas. Al venir
Jesucristo a este mundo le hemos dado nuestros ojos para
que con ellos vea al Padre, aunque sea de un
modo opaco e imperfecto. Al pasar nosotros la puerta de
la eternidad, Jesucristo nos dará los suyos para que ya
no veamos al Padre como en sombra, sino como realmente
es. "Veremos a Dios tal como es" (segunda lectura). En
la relación amor-santidad se ha de mencionar el infinito número
de los llamados, a que hace referencia la primera lectura
tomada del Apocalipsis. No doce, como las tribus de Israel,
sino doce por doce, juntando así las tribus de Israel
y los Doce apóstoles de Jesucristo: los judíos y los
cristianos. Pero además, no sólo 144 sino éstos multiplicados por
mil, es decir, la entera humanidad. Sí, Dios quiere que
la humanidad en su totalidad sea santificada por el amor
y la gracia, y así tenga acceso al eterno destino
de felicidad en el cielo. El número 144.000 no es
un número reductivo, sino símbolo del universo humano.
Sugerencias pastorales
1.
La doxología de una vida santa. "Alabanza, gloria, sabiduría, acción
de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por
los siglos de los siglos": ésta es la doxología que
resuena sin cesar en labios de los santos del cielo.
Esta doxología la hemos de pronunciar aquí en la tierra,
de manera particular, los cristianos mediante una vida santa. Una
doxología con la que manifestamos nuestra felicidad y nuestro agradecimiento
a Dios. Somos felices en medio del sufrimiento, y alabamos
a Dios. Somos felices, aunque a los ojos de los
hombres no nos vaya bien, porque intuimos en ello la
sabiduría divina. Somos felices, viviendo en la pobreza y en
la falta de poder, y agradecemos a Dios las muestras
de su providencia sobre nosotros. Somos felices, por más que
la enfermedad nos tenga postrados y hasta inutilizados, para que
Dios sea glorificado en nuestra carne enferma y haga más
patente el poder de su resurrección. Somos felices, porque estamos
en paz con Dios y con nuestra conciencia, porque creemos
en la victoria de la gracia sobre el pecado, porque
buscamos únicamente la voluntad y la gloria de Dios. La
ganga de felicidad que vende el mundo al por mayor,
pero que dura lo que la flor de un día,
y que recibe nombres efímeros como diversión, pasatiempo, placer, alborozo,
jarana, contento y otros semejantes, son sólo partículas, átomos de
felicidad. Nosotros reservamos el nombre de felicidad para algo más
grande: la posesión y el amor de Dios, iniciado aquí
en la tierra y que tendrá su culminación en el
cielo. Esta doxología de una vida santa se puede cantar,
aquí en la tierra, en cualquier parte: en la iglesia
y en la casa, en la oficina y en el
gimnasio, en la montaña y en la playa, etcétera. Sólo
hemos de tener en cuenta el consejo de san Agustín:
"Cantate ore, cantate corde; cantate semper, cantate bene": "cantad con
los labios, cantad con el corazón; cantad siempre, cantad bien".
2. Comunión con los santos del cielo. La Iglesia, con
la fiesta de todos los santos, celebra a todos los
difuntos que ya gozan definitivamente y para siempre del amor
a Dios y del amor a los hombres y entre
sí. Tenemos la certeza, por otra parte, de que si
vivimos en la gracia y amistad con Dios ya somos
santos aquí en la tierra. Existe por tanto una comunión
de los santos. Es decir, los santos del cielo están
unidos a nosotros, se interesan por nosotros, iluminan nuestra vida
con la suya, interceden por nosotros ante Dios. Todos podrían
decir, como Teresa de Lisieux: "Me pasaré en el cielo
haciendo el bien a la tierra". Yo quiero, sin embargo,
referirme especialmente a la comunión de los santos de la
tierra con los santos de cielo. Son nuestros hermanos mayores,
que nos han precedido en la llegada a la meta
y que anhelan que toda la familia vuelva a reunirse
en la eternidad. Son las estrellas de nuestro firmamento que
nos iluminan en la noche, no con luz propia, sino
con la que han recibido del Sol Invicto, que es
Cristo. Son modelos, por así decir caseros, que nos acercan
de alguna manera una virtud o un aspecto de la
plenitud de perfección y santidad que es Jesucristo. ¿No habrá
que renovar y vitalizar nuestra comunión con los santos del
cielo? Hoy es un buen día para hacerlo.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Un servicio exclusivo para sacerdotes. Orientación y acompañamiento espiritual a Sacerdotes. Dudas y cuestiones acerca de la Vida Sacerdotal, la Liturgia, el uso y aplicación del Derecho canónico, la Formación en los seminarios y la Formación permanente del Sacerdote
Ver todos los consultores