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Los términos "justicia y oración" resumen bien las lecturas de
hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el
publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y
sólo el último es justificado. El Sirácida, en la primera
lectura, aplica la justicia divina a la oración y enseña
que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y
por eso escucha la oración del oprimido. Finalmente, san Pablo
se confidencia con Timoteo manifestándole sus sentimientos y deseos más
íntimos: "Me aguarda la corona de la justicia que aquel
Día me entregará el Señor, el justo juez" (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Actitudes del orante ante Dios. En la oración,
que es una relación entre personas que se aman, interesa
tanto el orante cuanto la persona a la que se
dirige el temblor de la plegaria. Fijemos la atención en
el orante ante Dios. ¿Cuáles son las actitudes del orante
que en la liturgia de hoy hallamos como dibujadas?
1) Se agradece a Dios el no ser como
los demás. Quien así ora no puede ser sino un
sectario, alguien para quien los demás son todos menos los
de su grupo. Alguien para quien los que no son
como él son malos, dignos de reprobación y de condena.
Quien ora así muestra que no le domina el Espíritu
de Dios, sino el espíritu de partido. ¡Cuánto desprecio en
esa individuación de "los demás": "éste publicano"! ¿Cómo es posible
agradecer a Dios algo que va contra el mismo designio
de Dios? El hombre que así ora, cualquiera que sea,
no puede ser escuchado por Dios. Dios no toma partido
por unos cuantos, para Él todos son sus hijos.
2) Se agradece a Dios los propios "méritos". Primeramente,
lo que él no es y que los demás son.
Como si dijese: "Los demás son ladrones, yo no; los
demás son injustos, yo no; los demás son adúlteros, yo
no". Bajo esos tres nombres, que tienen que ver con
el quinto, sexto y séptimo mandamiento, se resumen todos los
preceptos negativos que un judío considerado piadoso había de cumplir.
Los demás podrían pecar, podrían inclumplir alguno de esos preceptos,
pero un fariseo, jamás. ¡Esa es la gloria del fariseo:
cumplidor de la Ley hasta el último detalle! Agradecer a
Dios la propia gloria, ¿no es como una especie de
contradicción? Pero además el fariseo cumple también con todos los
preceptos así llamados "positivos" sea que estén tomados de la
Torah, sea que provengan de la tradición de la secta
de los fariseos. Así el ayunar forma parte de los
preceptos de la Torah, pero hacerlo dos veces por semana
(lunes y jueves), es propio de los fariseos. Igualmente, pagar
el diezmo es una exigencia de la Ley, pero pagarlo
sobre todo lo que se compra en el mercado, es
una norma adicional de la propia secta farisaica. En su
conciencia, el fariseo orante no tiene pecados, sólo "méritos". No
agradece beneficios recibidos, sino méritos adquiridos. Pero entonces, ¿qué tipo
de oración es esa?
3) Se reconoce uno
a sí mismo pecador. ¿Quién puede, por muy fariseo que
sea, reconocerse justo ante Dios? Esta es la actitud del
publicano, y debería ser la del fariseo, y tiene que
ser la de todos. Hay un detalle en el texto
griego, que pasa desapercibido en las traducciones, y que me
ha conmovido: "Ten piedad de mí, EL pecador". Por un
lado, acepta la equiparación que los judíos del tiempo de
Jesús hacían entre publicano y pecador. Y por otro lado
parece reconocer que él, como publicano, es el pecador par
excelence. Con ese grado de humildad y de arrepentimiento, se
asegura que Dios oiga su oración.
2. Dios, juez del
orante. Hay algo que impresiona en los textos litúrgicos del
día de hoy. Al decirnos la actitud de Dios ante
el orante, subraya la de juez. No se excluye que
Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia.
Hace justicia a quien ora con la actitud adecuada, como
el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien
ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del
templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto,
no lo necesitaba. Dios es un juez que no tiene
acepción de personas, y por eso escucha con especial atención
al orante que le suplica en su opresión. Su oración
"penetra hasta las nubes" (primera lectura), es decir hasta allí
donde Dios mismo tiene su morada. Dios juzga al orante
según sus parámetros de redentor, y no conforme a los
parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta
al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer
la "equidad", la justicia. Por eso, la corona que Pablo
espera no es fruto del mérito personal, cuanto justicia de
Dios para con él y para con todos los que
son imitadores suyos en el servicio al Evangelio (segunda lectura).
Sugerencias pastorales
1. Sólo a Dios la gloria. Este domingo es
una buena ocasión para examinar nuestra actitud cuando oramos. Porque
puede suceder que, sin saberlo y sin quererlo, estemos orando
"al estilo del fariseo". Rezo porque me lleva a la
iglesia la esposa o la novia, pero estoy ante el
Santísimo o ante una imagen de la Virgen más que
orando, rumiando en mi interior mis preocupaciones o mis proyectos.
O hablo con Dios, no tanto porque sienta necesidad de
Él, sino porque necesito de todas a todas desahogarme. O
voy a una casa de ejercicios espirituales o de retiro,
o hago "turismo religioso", que a cuanto parece se está
poniendo de moda, no tanto para orar, sino para lograr
una cierta armonía interior, para arrancar del alma el estrés.
O muchas veces voy a la Iglesia, más que para
encontrarme con Dios, para encontrarme con mis amistades; más que
para alabar y dar gloria a Dios, para mantener mi
reputación de buen católico, de persona que cumple con Dios.
Recordemos: orar es conectar con Dios. Y con Dios sólo
se conecta, si se es humilde. Si en mi humildad
bendigo a Dios, le agradezco su perdón y misericordia, le
suplico por las necesidades espirituales y materiales propias y de
los hombres, entonces Dios prestará oídos a mi oración. Nuestra
oración será del agrado de Dios, si buscamos su gloria
y sólo su gloria. "A Él el honor y la
gloria por los siglos de los siglos".
2. La oración
del corazón. En la oración interviene todo el ser humano:
su cuerpo y su espíritu, su inteligencia y su voluntad,
sus gestos y posturas como sus actitudes profundas. Con todo,
se ora sobre todo con el corazón. De los labios
del orante tienen que brotar las palabras que han nacido
primero en su corazón. La postura de su cuerpo ha
de ser un reflejo de la postura con que está
delante de Dios en la intimidad de su alma. Los
pensamientos, los afectos, las mociones interiores, las decisiones, para que
verdaderamente sean de un hombre o una mujer orante, han
de tener su manantial más puro en el espíritu humano,
habitado por el Espíritu Santo, maestro de la oración auténtica.
Con el corazón no se señala la afectividad humana, sino
todo el mundo interior, ese sagrario intocable en el que
se encuentra uno consigo mismo, se expone a la verdad
de Dios, y le declara con humildad su indigencia, su
pecado, su arrepentimiento, su amor. Hemos de cuidar la oración
del corazón en las oraciones vocales, para lograr que no
se conviertan en algo rutinario, en un sonsonete tantas veces
oído que nos deja igual. Hemos de cuidar la oración
del corazón cuando meditamos, para conseguir que nuestra meditación no
sea una mera especulación, por muy elevada que ésta sea;
o una reflexión interesante y bella sobre la vida o
sobre el mundo, sin que llegue a "mi vida" y
"mi mundo"; o un monólogo en el que yo me
hablo y me respondo, sin dejar lugar a la escucha
silenciosa y atenta de la voz de Dios. Oremos a
corazón abierto, para que Dios nos escuche igualmente con su
corazón de misericordia y de amor.
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