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"Todo es don" en el mundo de la fe.
Como don no tenemos derecho a él, sino que hemos
de pedirlo humildemente en la oración. Así la viuda de
la parábola no se cansa de suplicar justicia al juez,
hasta que recibe respuesta (Evangelio). Por su parte, Moisés, acompañado
de Aarón y de Jur, no cesan durante todo el
día de elevar las manos y el corazón a Yavéh
para que los israelitas salgan vencedores sobre los amalecitas (primera
lectura). Mediante el estudio y la meditación de la Escritura,
"el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para
toda obra buena" (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Orar para
recibir. Como en la vida espiritual todo es don, nada
se puede recibir sin la oración humilde y constante a
Dios. Con ella se abre la puerta del corazón de
Dios de un modo invisible, pero real y eficaz. "Sin
mí no podéis hacer nada". "Todo es posible para el
que cree", para el que ora con fe. Dios es
tan bueno que, incluso sin orar, recibimos muchas cosas de
Él. Lo que ciertamente resulta infalible es que, si pedimos
a Dios lo que Jesús nos enseña a pedir y
en el modo en que nos enseña, Dios nos lo
concederá.
La viuda de la parábola sufre de la injusticia
de los hombres; sólo el juez puede hacerle justicia, y
por eso le persigue día tras día hasta conseguirla. Traduciendo
la parábola en términos reales, Dios juzgará, con toda seguridad,
las injusticias humanas. Si elevamos a Dios nuestra súplica, Él
nos escuchará y responderá a nuestra plegaria. Si Moisés, Aarón
y Jur no hubiesen rogado a Yavéh por la victoria
de Israel sobre los amalecitas, ¿la habrían obtenido? La oración,
más que la espada, consiguió la victoria. El cristiano orante
ha sido "dotado" por Dios, como Timoteo, para realizar bien
sus tareas: el conocimiento de las Escrituras, la fidelidad a
la tradición recibida, el anuncio del Evangelio.
De este modo,
los textos litúrgicos de este domingo dan un valor extraordinario
a la oración, como elemento constitutivo de la ortopraxis y
como fundamento del progreso espiritual y de toda victoria en
las luchas diarias de la fe. Hay que orar para
recibir, pero también para dar según el don recibido. El
don de Dios estará acompañado por la acción del hombre,
basada en el don mismo. La victoria es de Dios,
pero no sin que el hombre ponga los medios para
la acción divina eficaz. Sin la espada de Josué no
hubiese habido victoria, pero la sola espada, sin la intervención
de Dios, hubiese terminado en derrota. Sin el esfuerzo de
Timoteo por ser primeramente buen judío y luego buen discípulo
de Pablo, Dios no hubiese podido "dotarle" para llevar a
cabo la misión de dirigente de la comunidad de Éfeso.
Como en la persona de Jesús lo humano y lo
divino se unen inseparablemente, pero sin confundirse, de igual manera
en la vida espiritual del cristiano lo divino y lo
humano convergen, manteniendo su identidad, en un único resultado. Eliminar
uno de los términos conduce a una mutilación mortal, a
no ser que se interponga una acción extraordinaria de Dios.
2. Rasgos del orante.
1) El rasgo más
sobresaliente en los textos es la constancia en el orar.
Sin esa constancia ni la viuda hubiera logrado que se
le hiciera justicia, ni el pueblo de Israel que los
amalecitas fueran vencidos. Una constancia que, en nuestra mentalidad, hasta
nos puede parecer inoportuna, pero que a Dios le agrada
y conmueve. Una constancia que puede ser exigente, incluso dura,
y requerir no poco esfuerzo, como en el caso de
Moisés, pero que Dios bendice.
2) El orante
suplica porque tiene conciencia muy clara de su necesidad y
de su propia impotencia para responder por sí mismo a
ella. La distancia entre la poquedad del orante y la
necesidad que le apremia, sólo Dios puede colmarla. El pueblo
de Israel sentía urgente necesidad de derrotar a los amalecitas,
sin lo cual no podrían llegar hasta la tierra prometida,
pero a la vez sabían que eran poca cosa para
tamaña empresa. Tendrán que acudir a Yavéh para arrancar de
él la victoria anhelada.
3) El orante tiene
que ser un hombre profundamente creyente. Si no se tiene
fe en lo que se pide, ¿para qué entonces sirve
la oración? ¿No es acaso hacer de la oración una
pantomima? O se ora con fe o mejor dejar de
una vez por todas la oración. La disminución o el
aumento de la oración es correlativa del aumento o la
disminución de la vida de fe.
Sugerencias pastorales
1. Oración y
acción, reflexión y lucha. Ya san Benito enseñaba a sus
monjes: "Ora et labora". "Ni ores sin trabajar, ni trabajes
sin orar". Desde entonces está claro que no estamos hablando
de dos caminos, sino de un único y solo camino
en el que se entrecruzan la oración y la acción,
la reflexión y la lucha diaria. En la iglesia se
ora, pero activamente, metiendo en la oración los trabajos y
las preocupaciones del día. En la oficina, en el campo,
en la fábrica, en la casa se trabaja, pero metiendo
en el trabajo a Dios, porque "Dios está entre los
pucheros", como decía acertadamente santa Teresa de Ávila. El hombre,
por tanto, no compartimenta su vida diaria o el domingo
en, por un lado, horas de trabajo y, por otro,
ratos de oración. Digamos mejor que, cuando ora, está trabajando
pero de otra manera, y, cuando trabaja, está orando, pero
de diferente modo.
Así el cristiano experimenta y mantiene una
grande armonía interior, dejando al margen toda división innatural, rechazando
decididamente cualquier forma de ruptura y desarmonía. Porque hoy en
día, efectivamente, hay peligro de caer en la herejía de
la acción, porque son muchas las tareas y pocos los
hombres y el tiempo para realizarlas. ¿No hay párrocos quizá
tentados por esta sutil herejía, por esta sirena que halaga
sus oídos con música de una acción febril que no
deja espacio ni tiempo para Dios? Hoy con menos frecuencia,
pero también pueden los cristianos ser tentados por la herejía
del quietismo, ese dejar que Dios haga todo sumergiéndose en
una piedad misticoide, pasiva e infecunda. Ni una ni otra
son posturas propias de un verdadero cristiano. Hagamos un esfuerzo
por mantener el fiel de la balanza entre la reflexión
y la lucha, entre la acción y la oración.
2.
Diversos modos de orar. La Iglesia nos enseña que hay
diversos modos de orar.
1) La oración vocal.
La oración para que sea auténtica nace del corazón, pero
se expresa con los labios. Por eso la más bella
oración cristiana es una oración vocal, enseñada por el mismo
Jesús: el padrenuestro. Los evangelios en diversas ocasiones narran que
Jesús oraba y, en algunas de ellas, nos ofrecen las
oraciones vocales de Jesús, por ejemplo, en la agonía de
Getsemaní. La oración vocal es como una exigencia de nuestra
naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad
de traducir en palabras nuestros sentimientos más íntimos. La oración
vocal es la oración por excelencia de la multitud, por
ser exterior y a la vez plenamente humana. Hay en
la Iglesia bellísimas oraciones vocales, que aprenden los niños en
la catequesis y que alimentan nuestra vida de fe a
lo largo de toda la vida: además del padrenuestro, el
avemaría, el "gloria al Padre", el credo, la "salve regina".
Oraciones que alimentan la piedad de los cristianos desde el
inicio de la vida hasta su término natural.
2) La oración mental o meditación. El que medita busca
comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana
para adherirse a lo que Dios quiere. Por eso, se
medita sobre las Sagradas Escrituras, sobre las imágenes sagradas, sobre
los textos litúrgicos, sobre los escritos de los Padres espirituales,
etcétera. La oración cristiana se aplica sobre todo a meditar
"los misterios de Cristo" para conocerlos mejor, y sobre todo
para unirse a Él. Cuando se logra esta unión con
Jesucristo, ya la oración se hace contemplativa y el ser
entero del orante se siente transformado por la experiencia espiritual
y profunda del Dios vivo. Contemplación, que no está exenta
de pruebas ni de la noche oscura de la fe.
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