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Tiempo y eternidad
son como los dos polos que nos pueden servir para
organizar los textos de este domingo. Esto es evidente en
el texto evangélico que sitúa al rico Epulón y a
Lázaro primero en este mundo y luego en la eternidad.
Implícitamente se halla también en la primera lectura, según la
cual los ricos samaritanos viven en orgías y lujo, olvidados
del futuro juicio de Dios. Para vivir dignamente en el
tiempo y lograr la eternidad con Dios la fe viva
en Cristo ofrece una garantía segura (Segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Jugarse la eternidad en el tiempo. Para quienes
tenemos fe en la eternidad, el tiempo es un tesoro,
una verdadera riqueza, porque en él se pone en juego
nuestra situación en el más allá del tiempo. La parábola
del rico Epulón y del pobre Lázaro no subraya el
problema de la diferencia entre ricos y pobres. Acentúa más
bien el juicio de Dios, en la eternidad, sobre la
actitud acerca de la riqueza y de la pobreza. El
rico que en este mundo se dedica a descansar y
a pasárselo bien, despreocupándose de los pobres, verá tristemente cambiada
su suerte en el más allá. Así le sucedió al
rico Epulón. El pobre que en esta vida acepta serenamente
su condición, sin quejas y sin odios, será recompensado en
la eternidad con la gran Riqueza que es Dios mismo.
Esto es lo que aconteció al pobre Lázaro. El primero,
para su desgracia, vive como si la eternidad no existiese.
El segundo, para su bien, es un pobre de Yavéh,
que tiene puesta su confianza en la recompensa que Dios
le dará en la vida venidera. Al rico Epulón no
se le recrimina el ser rico, sino el no ser
misericordioso, el no tener corazón para quien yace llagado a
su puerta. A Lázaro no se le retribuye por su
condición de pobreza, sino por su paciencia y resignación, al
estilo de Job. Epulón pone su riqueza al servicio de
su sensualidad e intemperancia, Lázaro pone su pobreza al servicio
de su esperanza. Jesucristo en la parábola nos enseña que
en la eternidad –si no ya en el mismo tiempo
de la vida– Dios hará justicia y retribuirá a cada
uno según sus obras. Esta enseñanza ha de iluminar también
nuestra vida presente, de manera que podemos hablar también de
jugarnos el tiempo en la eternidad. Es decir, el pensamiento
del mundo futuro nos conducirá a ser justos y solidarios
en el mundo presente. Lo contrario les sucede a los
ricachones de Samaria, que, despreocupados del futuro y olvidados de
la suerte de su patria, viven “arrellenados en sus lechos
de marfil, comen corderos del rebaño y terneros del establo,
beben vinos en anchas copas y se ungen con los
mejores aceites” (Primera lectura).
2. Fe – tiempo – eternidad.
Pablo exhorta a Timoteo, hombre de Dios, creyente y cristiano
auténtico, a huir de estas cosas. ¿Cuáles son esas cosas?
La avaricia, el afán de riquezas, el apetito de dinero.
Debe huir porque “nosotros no hemos traído nada al mundo
y nada podemos llevarnos de él” (cf 1Tim 6,7 y
ss.). Le exhorta después “a combatir el buen combate de
la fe” en esta vida para poder alcanzar la eterna,
en la que reina Jesucristo, el Rey de los reyes
y el Señor de los señores. La fe es como
la morada en la que el cristiano vive ya la
eternidad en el tiempo y el tiempo en la eternidad.
Porque vive la eternidad en el tiempo “corre tras la
justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia en
el sufrimiento, la dulzura” (Segunda lectura). Porque vive el tiempo
en la eternidad busca con sinceridad de corazón honrar y
dar gloria a Dios. Amós, por su parte, nos
enseña que existe una fe equivocada, una falsa confianza en
el culto y en la religión, simbolizados en el monte
Garizín y en el monte Sión, como si el culto,
aisladamente, fuese suficiente para obtener la salvación. Nunca la fe
religiosa producirá automáticamente la salvación, cuando con ella se cubren
indignamente toda clase de injusticias y de desórdenes de la
vida. En definitiva, la eternidad está asegurada únicamente para aquellos
que viven una vida de fe, que actúa por
medio de la caridad.
Sugerencias pastorales
1. La riqueza,
objeto de servicio. En el catecismo leemos: “Los bienes
de la creación están destinados a todo el género humano”.
Esta afirmación es “absoluta” y no está sometida al cambio
de épocas o de mentalidad, al progreso técnico o a
la globalización económica. Por otra parte, siempre ha habido en
la historia humana diferencias en la posesión de bienes y
recursos, siempre han existido y seguirán existiendo “ricos y pobres”.
Y, finalmente, no en pocas ocasiones estas diferencias provienen a
causa de grandes injusticias que han atravesado toda la geografía
de nuestro planeta. Ante estos tres factores, nosotros los cristianos
tenemos una gran obra y misión que realizar entre nuestros
hermanos, los hombres. La primera tarea, sin duda, es la
de relativizar la riqueza. No es un dios, al que
tengamos que rendir culto a expensas del pobre y del
necesitado. Es un bien, pero no es el único ni
el supremo. Un bien que está en nuestras manos, que
nos ha sido dado por Dios a cada uno, pero
que no es enteramente nuestro, es decir, que no podemos
hacer con él lo que queramos, porque su destino es
universal. Y con esto ya aparece la segunda tarea: “La
riqueza nos ha sido dada para servir, no para dominar”,
y de este modo hacer más libres a quienes carecen
de ella. La inclinación del hombre a dominar sobre los
demás es ancestral y potentísima. Por eso, la riqueza –entre
otras muchas cosas– puede ser peligrosa, porque es como una
sirena, que posee el encanto del dominio y del
poder. Como cristianos, seremos los primeros en vivir el evangelio
de la pobreza. Seremos para todos un ejemplo y un
reclamo de que el dinero o sirve al hombre o
no sirve para nada, al menos a los ojos de
la fe, a los ojos de Dios.
2. La avaricia,
pecado contra la eternidad. El avaricioso sólo tiene ojos para
el tiempo presente, que se imagina largo como los siglos.
Quisiera meter la eternidad en el tiempo, pero se da
cuenta de que es imposible. Y reacciona, haciendo caso omiso
de ella, aferrándose más a la roca arenosa del presente.
La avaricia, se puede afirmar sin lugar a dudas, es
una pasión que anida en todo corazón humano. Acumular, querer
poseer más, tener hambre de bienes y de medios, vivir
con mayores comodidades, etc., no es ajeno a ningún mortal:
cristianos o no cristianos, creyentes o ateos, sacerdotes, religiosos o
laicos. No es que todo eso en sí mismo sea
pecado, pero cuando la tendencia se convierte en pasión absorbente
y la vida entera se cifra sólo en acumular, tener,
vivir cómodamente, entonces el pecado de la avaricia ya te
ha esclavizado. En efecto, por la avaricia el hombre peca
contra la pobreza, porque su corazón, en vez de estar
puesto en Dios su Bien supremo, se ha postrado ante
el dios insaciable y efímero del dinero. Peca contra la
pobreza, porque sus riquezas no le sirven para servir, sino
para satisfacer una pasión. Peca contra el designio de Dios
que ha dado a todos los bienes de este mundo
un destino universal. Y ha dejado a los hombres de
cada época y generación que lo lleven a cabo. ¿No
tendremos muchos cristianos que realizar una verdadera “conversión” de pobreza
evangélica? ¿No tendremos que librarnos de muchas ataduras y cadenas
pecuniarias, que nos quitan libertad para vivir la autenticidad del
Evangelio? ¿Lograré convencerme de que la pobreza de corazón es
el corazón de la pobreza, y es manantial cristalino de
paz y de fraternidad? ¡Pobre de corazón, y de vida,
como la Madre Teresa de Calcuta, a fin de ser
una bendición de Dios para los hombres!
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