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| C - Domingo 4o. del Tiempo Ordinario |
Sagrada Escritura:
Primera: Jer 1, 4-5.17-19;
segunda: 1Cor 12, 31
- 13, 13.
Evangelio: Lc 4, 21-30
NEXO ENTRE LAS LECTURAS
Jesucristo, Jeremías,
Pablo: Tres hombres con una única misión, cuyo vértice es
Jesucristo, plenitud de la revelación y de la misión salvífica
de Dios. En efecto, Jesús es el enviado del Padre
para la salvación de los pobres pecadores, sin distinción alguna
entre judíos y gentiles (Evangelio). La misión profética de Jesús
está prefigurada en Jeremías, el gran profeta de Anatot durante
el primer cuarto del siglo VI a.C, de cuya vocación
y misión, en tiempos de la reforma religiosa del rey
Josías y luego durante el asedio y la caída de
Jerusalén, trata la primera lectura. Pablo, segregado desde el seno
de su madre, prolonga en el tiempo la misión profética
de Jesús, poniendo el acento en el amor cristiano, como
el carisma que relativiza todos los demás y que constituye
la verdadera medida
MENSAJE DOCTRINAL
Características de la misión.
Son varios
los caracteres que los textos litúrgicos resaltan, al tratar de
la misión profética. Subrayo aquellos, que considero de mayor relevancia
e incidencia en nuestro tiempo.
1. La misión viene de
Dios. Es Dios quien dice a Jeremías: "Antes de formarte
en el vientre te conocí; antes que salieras del seno
te consagré, te constituí profeta de las naciones" (Jer 1,5).
Jesús en la sinagoga de Nazaret no se atribuye a
Sí mismo la misión, sino que la lee ya profetizada
en las Escrituras, es decir, ya prevista por el mismo
Dios. San Pablo, por su parte, sabe muy bien que
todo carisma proviene del Espíritu de Dios, máxime el carisma
por excelencia que es el del ágape.
2. Una misión
en doble dirección. Por un lado destruir, por otro edificar
(Jer 1, 10). Por un lado, el anuncio: proclamar la
Buena Nueva a los pobres, por otro, la denuncia: ningún
profeta es bien acogido en su tierra (Evangelio). Por un
lado, la devaluación de todo sin la caridad, por otro,
la caridad como valor supremo (segunda lectura). Es la dinámica
de la misión, y es la dinámica de la vida
cristiana, desde sus inicios hasta nuestros días.
3. Una misión
universal. Jeremías es llamado por Dios a ser "profeta de
las naciones"; Jesucristo ha sido ungido por el Espíritu para
ayudar a los pobres, a los cautivos, a los ciegos,
a los pecadores, y para proclamar a todos un año
de gracia del Señor, es decir, un jubileo. Si Dios
es creador y padre de todos, todos son por igual
objeto de su amor y de su redención.
4. Una
misión con riesgos. El riesgo principal de que los hombres
no escuchen ni acepten el mensaje de Dios, comunicado por
el profeta. El riesgo también está en ser maltratado, considerado
enemigo público, tenido por aguafiestas y profeta de desventuras. La
biografía de Jeremías está entretejida con episodios de este género.
Jesús estuvo a punto de ser apedreado por los nazarenos,
y Pablo vivió unas relaciones no poco tensas con los
cristianos de Corinto, cuando les escribió su primera carta.
5.
Una misión sin temor y con la fuerza de Dios.
Dios dice a Jeremías: "No les tengas miedo... Yo te
constituyo hoy en plaza fuerte, en columna de hierro y
muralla de bronce frente a todo el país". Jesús, ante
los nazarenos que quieren despeñarle, nos dice san Lucas que,
"abriéndose paso entre ellos, se marchó". ¡Qué valentía sobrehumana y
qué poder de Dios en la actitud de Jesús! ¿Y
acaso no muestra Pablo una fuerza divina cuando antepone el
ágape cristiano a la ciencia, a la pobreza total, a
las llamas, y a la misma fe?
6. Una misión
que exige una respuesta. Puede ser una respuesta de rechazo,
como en el caso de Jeremías: "Ellos lucharán contra ti"
(primera lectura). Puede ser una respuesta doble, como en el
caso de Jesús: por un lado, asentimiento y admiración, por
otro, indignación y deseo de despeñarlo por un precipicio (Evangelio).
Y Pablo, en la segunda lectura, al proponer a los
corintios el carisma de la caridad, no hace sino pedirles
que respondan con generosidad a dicho carisma.
SUGERENCIAS PASTORALES
La misión
cristiana, una provocación. Para el hombre, cualquiera que sea su
circunstancia, toda propuesta que venga de Dios es una provocación,
porque le saca de su rutina, de sus esquemas mentales,
de su aurea mediocridad. Jesús provoca a los nazarenos, al
herir su orgullo por no hacer en Nazaret los milagros
realizados en Cafarnaún, y les provoca poniendo fin a los
privilegios judíos y además dando preferencia a los gentiles, sobre
los judíos, como sucede en los ejemplos que Jesús pone
de Elías y Eliseo. El ágape que Pablo propone a
la Iglesia de Corinto es una provocación mayúscula para aquellos
griegos educados en el culto a la razón y al
eros. Ser y vivir hoy como cristiano es también provocar,
pero se trata de una provocación saludable. Hay que provocar
inseguridad en la mentalidad, para que se realice una verdadera
conversión, cambio de mentalidad, metanoia. Hay que provocar con la
"debilidad" de todo hombre, para que adquiera relevancia y sentido
en toda vida humana la fuerza y el poder de
Dios. Hay que provocar con las baratijas de felicidad que
los hombres compran en el supermercado de la sociedad o
de la cultura, para que abran los ojos a la
auténtica felicidad que está en Dios y que Dios nos
da. Hay que provocar al hombre en sus miserias y
ruindades, para que tome conciencia de su grandeza como imagen
de Dios, como hijo de Dios. Si el cristianismo no
provoca ni sacude al hombre en su interior, es que
ha perdido fuerza revulsiva y mordiente, es que ha perdido
su razón de ser en la historia.
El ágape cristiano,
medida de todo. Un grave y frecuente error del hombre
es confundir el contacto físico o la relación sexual, o
el eros sentimental, con el amor, con el ágape. El
amor cristiano no es un momento pasajero, epidérmico o sentimental,
efímero como las hojas de otoño, insatisfactorio como todo "juego"
egoísta y frecuentemente sensual. El amor cristiano reverbera corporal o
sentimentalmente, pero su más pura esencia es interior, espiritual, divina.
El amor cristiano es una actitud del alma que mide
todo objeto, toda ciencia, toda relación, toda actividad, todo acontecimiento.
¿Es el amor cristiano la medida de tus relaciones con
los demás, de tu vida familiar, de tu dinero, de
tu trabajo o profesión, de tus diversiones? ¿Es el amor
cristiano, en tu parroquia o en tu diócesis, el verdadero
metro con que se miden todas las demás realidades parroquiales
o diocesanas? Si el amor es la medida de todo,
la medida del amor es un amor sin medida. ¡Cuánto
queda todavía por hacer!
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