Tanto
la primera lectura como el Evangelio hablan del libro de
la Escritura. Esdras, en la primera lectura, lee el libro
de la Ley ante todo el pueblo, "aclarando e interpretando
el sentido, para que comprendieran la lectura". En la sinagoga
de Nazaret, Jesús se levanta, un día de sábado, para
hacer la lectura del volumen del profeta Isaías, que le
fue entregado por el sacristán de la sinagoga (Evangelio). Para
dar vida a la Escritura y hacerla real, Dios puso
en la Iglesia los apóstoles, los profetas, los maestros, el
don de lenguas, el don de interpretación..., de modo que
la Palabra de Dios sea viva, vivifique y permanezca para
siempre.
Mensaje doctrinal
1. La Escritura, libro del judaísmo. Se puede
decir que el judaísmo, el cristianismo y el islamismo son
en cierta manera las religiones del Libro. Los judíos tienen
la Torah (Revelación de Dios en el AT), los cristianos
el Evangelio (Antiguo y Nuevo Testamento), los musulmanes el Corán.
Para un pío judío del tiempo de Jesús dos eran
sus puntos fundamentales de referencia religiosa: el templo y la
Torah. En ambos está presente Yavéh con su benevolencia y
su amor. En ambos dialoga con el hombre como un
amigo con sus amigos, como se ve en la primera
lectura en que el pueblo entero hizo un gran festejo
"porque había comprendido las palabras que les habían enseñado". Ambos
son camino de salvación no sólo para los judíos, sino
para todas las naciones. En el templo estaba permanentemente encendido
el candelabro de los siete brazos para señalar la providencia
de Yavéh sobre su pueblo. Cada día, cuando el judío
oraba, cubría su frente y sus brazos con filacterias para
tener siempre presente algunos textos fundamentales de la Torah: Ex
13, 1-10 (ley de la Pascua); Ex 13, 11-16 (consagración
de los primogénitos); Deut 6, 4-9 (amor a Dios sobre
todas las cosas); Deut 11, 13-21 (cumplimiento de los mandamientos).
Cuando en el año 70 d.C. fue destruido el templo
de Jerusalén, el pueblo judío se quedó únicamente con la
Torah como punto de referencia religiosa y como centro de
unificación y de identidad de los judíos dispersos. La Escritura
es libro del judaísmo, porque es Palabra de Dios, y
porque es el código fundamental de su identidad religiosa y
cultural.
2. Jesús, el Libro y el cristiano. Jesús, como
buen judío, escuchó y leyó la Torah, escrita y oral,
en múltiples ocasiones y celebraciones religiosas. Estaba familiarizado con ella,
porque en ella se había educado durante treinta años y
en ella se veía reflejado, en virtud de la conciencia
que tenía de sí mismo. Por eso, podrá decir sin
titubeo alguno en la sinagoga de Nazaret: "Hoy se ha
cumplido esta Escritura que acabáis de oír" (Evangelio). Después de
la ascensión de Jesús a los cielos, los primeros cristianos,
gracias a la mayor comprensión del misterio de Jesús por
obra del Espíritu, hicieron de Jesús el libro viviente, el
evangelio de nuestra salvación. De este modo, el cristianismo no
es principalmente la religión del libro, sino la religión de
la persona de Jesucristo, libro siempre vivo que revela a
los hombres las vicisitudes y los tortuosos caminos de la
historia. En la Escritura cristiana (Antiguo y Nuevo Testamento), se
hace presente y viva la persona de Jesús para todos
los creyentes. Por eso, los primeros cristianos, tanto provenientes del
judaísmo como del mundo pagano, no predican la Torah, sino
el Evangelio. Por eso, desde los inicios del cristianismo hay
carismas relacionados con el libro de la Escritura: los apóstoles
que predican el Evangelio que es Jesús, los maestros que
enseñan la continuidad, discontinuidad y superación del Evangelio respecto al
libro de la Torah, los profetas que leen los acontecimientos
de la vida y de la historia a la luz
del Evangelio, libro viviente de Jesús, etc. (segunda lectura). A
lo largo de los siglos y milenios, los cristianos se
han inspirado y continúan inspirándose en el Evangelio (AT y
NT), libro viviente de Jesús, que es para ellos la
guía inequívoca de su ser y de su actuar como
creyentes.
Sugerencias pastorales
1. Lectura cristiana de la Biblia. Toda la
Biblia es cristiana. El Antiguo y el Nuevo Testamento son
los dos pulmones con los que respira la fe, la
moral y la piedad de los cristianos. Marción, en el
siglo II, quiso suprimir el Antiguo Testamento del cristianismo, pero
su posición fue rechazada por la Iglesia como herética. En
la historia del cristianismo, ha habido creyentes o comunidades cristianas
que en ciertos campos de la fe y de la
moral se han quedado en el Antiguo Testamento; por ejemplo,
en la concepción de Dios o de la justicia, en
el rigorismo de la ley, etc. Como no hay alma
sin cuerpo, tampoco puede haber Nuevo Testamento sin el Antiguo.
Por eso, es muy necesario que los cristianos, ya desde
niños, desde la educación básica, nos familiaricemos con toda la
Biblia: con el Antiguo y con el Nuevo Testamento. A
la vez, es urgente que sepamos leer el Antiguo Testamento
"con ojos cristianos", en cuanto que en él ya está
presente, en forma velada, el Nuevo Testamento. Porque "toda la
Escritura es un solo libro, y ese libro es Cristo",
nos enseña Hugo de san Víctor. ¡Qué labor tan grande
tienen entre manos los catequistas que preparan a los niños
para la primera comunión o para la confirmación! ¡Qué importante
que los catequistas de jóvenes y adultos sepan guiarlos hacia
una lectura cristiana de la Biblia!
2. La Biblia me
lee e interpreta. La Biblia es un libro sagrado, que
norma nuestra fe y nuestra vida. Por tanto, no puede
ser un libro de pasatiempo o de lectura superficial, no
comprometida. La Biblia no es un libro que se lee
para conciliar el sueño por la noche. La Biblia es
Palabra que Dios me dirige personalmente a mí cuando la
leo. Y desde el texto la Palabra de Dios me
interpela, me lee y me interpreta. Me interpela, buscando una
respuesta a lo que me dice mediante la lectura del
texto. Me lee, desentrañando los secretos de mi corazón, y
suscitando el deseo de cambio. Me interpreta, dando una orientación
segura a mi existencia: a mi modo de ser, de
pensar, de vivir, de actuar en el mundo, y moviendo
mi voluntad a seguirla. En el supermercado de las interpretaciones,
no pocas de ellas deshumanizantes, el hombre corre el riesgo
de hacerse con una u otra interpretación equivocadas y dañinas.
Es un imperativo, por tanto, para nosotros, los cristianos, dejarnos
interpretar por la Palabra del Dios vivo, pues Ella es
la interpretación más genuina y auténtica del hombre, en cualquier
tiempo o lugar en que éste se encuentre. Los domingos,
en la liturgia de la Palabra, ¿escucho la Palabra de
Dios con la conciencia y el deseo de ser leído
e interpretado por Ella? Como sacerdote, ¿me dejo interpretar por
la Palabra de Dios antes de explicarla e interpretarla para
la comunidad?
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