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Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net Todos los Fieles Difuntos
Primera: Is 25, 6-9;
Segunda: Rom 5, 5-11;
Evangelio: Jn 6, 37-40
Todos los Fieles Difuntos
Sagrada Escritura:
Primera: Is 25, 6-9; segunda: Rom 5, 5-11
Evangelio: Jn 6, 37-40
Nexo entre las lecturas
La
liturgia en la conmemoración de los fieles difuntos canta la
victoria de Cristo y del cristiano sobre la muerte. En
efecto, en la segunda lectura san Pablo dice a los
romanos que Cristo murió por nosotros y de esa manera,
justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de
la ira, es decir, venceremos con Cristo el pecado y
la muerte. A esta victoria alude Isaías (primera lectura) cuando
enseña que el mismo Dios: "Vencerá la muerte definitivamente, y
enjugará las lágrimas y el llanto". El cristiano recibe de
su Señor y Maestro el alimento que ya en esta
tierra es alimento de vida eterna: la eucaristía pan de
vida, anticipación de la vida con Dios después de la
muerte (evangelio).
Mensaje doctrinal
1. La muerte ha sido vencida. La
realidad más dramática de la existencia humana es tener que
morir, teniendo en el alma sed de inmortalidad. Esa muerte
no es sólo dramática, es también en no pocas ocasiones
absurda, cuando viene segada una vida joven y prometedora, cuando
a pagar el salario a la muerte es una vida
inocente, cuando la muerte llega inesperada, cuando troncha un porvenir
magnífico, cuando crea un agudo problema en la familia, cuando...
El dramatismo y la absurdez aumentan cuando se carece de
fe o ésta es mortecina, casi completamente apagada. En este
caso, todo se derrumba, porque se vive como quien no
tiene esperanza. En ese caso, la muerte lleva en su
mano la palma de la victoria y la vida termina
bajo la losa de un sepulcro, dejando a los vivos
en la desesperación y en la angustia sin sentido. La
fe cristiana, en cambio, nos dice que la muerte es
un túnel negro que termina en un nuevo mundo de
luz y de vida esplendorosas. Nos dice que la muerte
es ciertamente una pérdida, por parte de quien se va
(pierde su relación con el mundo) y por parte de
quien se queda (pierde un ser querido), pero una pérdida
que Dios es capaz de transformar, de forma a nosotros
desconocida, en ganancia, porque la muerte del hombre como en
el caso de la crisálida desemboca en vida. En Cristo
resucitado, vencedor de la muerte, todos hemos ya comenzado, en
cierta manera, a vencer la muerte mediante la participación en
su resurrección.
2. Eucaristía y vida. El cristiano, como cualquier
otro ser humano, siente día a día el paso del
tiempo sobre su cuerpo, el acercarse del encuentro definitivo con
la realidad de la muerte, la llamada constante de la
tierra. El cristiano no está exento de todo lo que
eso significa existencialmente para todo hombre, en su unidad psicosomática.
Mientras se va acercando al atardecer de la vida, el
cristiano experimenta, sin embargo, a un nivel profundo la llamada
de la vida divina, la voz del Padre que le
dice: ¡Ven! Esta experiencia se hace, sin lugar a duda,
en la oración personal en que cada uno habla de
corazón a corazón con el Padre que llama, con el
Hijo que salva, con el Espíritu que vivifica. Esta experiencia
se profundiza en la recepción del Cuerpo y la Sangre
de Jesucristo en la Eucaristía. Porque el cristiano, cuando come
del pan y bebe del cáliz, recibe a Cristo vivo,
en su humanidad y en su divinidad, prenda y anticipación
de la gloria del cielo. Y porque, cada vez que
se celebra la Eucaristía se realiza la obra de nuestra
redención y "partimos un mismo pan que es remedio de
inmortalidad, antídoto no para morir, sino para vivir en Jesucristo
para siempre"(S. Ignacio de Antioquía, Eph 20, 2), como nos
recuerda el Catecismo (CIC 1405). El ansia de inmortalidad y
de vida eterna que anida en cada uno de los
hombres y mujeres del planeta viene satisfecha, lenta pero de
modo continuo y eficaz, por la extraordinaria experiencia de vida
nueva que va apoderándose del hombre al contacto frecuente con
la Eucaristía. Con la Eucaristía bien recibida va creciendo en
el hombre la vida, la vida nueva de Cristo resucitado
y glorioso en el cielo.
Sugerencias pastorales
1. La virtud de
la esperanza. Esperar es desear aquello que todavía no se
posee. Y está pidiendo entregarse con toda el alma a
conseguirlo lo antes posible. Existe la esperanza humana con un
horizonte puramente temporal. El estudiante espera obtener buenas calificaciones en
los exámenes; el joven espera casarse y formar una hermosa
familia; el enfermo espera recuperarse prontamente, mientras el sano espera
no enfermar; el marinero espera llegar a casa y abrazar
a su esposa y a sus hijos; el misionero espera
poder construir una iglesia para sus fieles desprovistos de ella;
el sacerdote espera que se llene su parroquia en todas
las misas del domingo, etcétera. Estas esperanzas humanas, buenas y
perfectamente legítimas, Dios las completa en los cristianos concediéndonos la
virtud teologal de la esperanza. Esta esperanza cristiana tiene su
meta principal y definitiva en el cielo, a donde todos
esperamos llegar con la ayuda de Dios, al terminar nuestra
vida terrena. Pero la esperanza cristiana tiene también sus metas
parciales, más pequeñas, y que están ordenadas a la última
meta. Por ejemplo, la esperanza del niño de hacer la
primera comunión o la de la joven novicia por hacer
la profesión religiosa; el esfuerzo y la esperanza de un
párroco para que sus parroquianos vayan a misa los domingos,
o la esperanza de una catequista de que sus alumnos
asimilen bien la fe y la vida cristiana, etcétera. Tengamos
por seguro que la esperanza, cuando es auténtica, cuando Dios
nos la infunde, no engaña jamás ni decepciona a quien
en ella pone su confianza.
2. La muerte no es
lo peor. Quien no tiene fe puede fácilmente pensar que
la muerte es el mayor mal, porque con ella se
vuelve a la nada, al mundo del no ser. El
buen cristiano mira a la muerte con otros ojos, porque
la muerte no es el aniquilamiento del ser sino la
puerta para un nuevo modo de ser y de vivir
para siempre. Los cementerios cristianos no son sólo lugares del
recuerdo, son sobre todo lugares de esperanza, lugares desde los
que sube hasta Dios el anhelo de eternidad de los
hombres. Por eso la muerte no es el peor de
los males, ni mucho menos el mal absoluto. El mayor
mal del hombre es el pecado, es el mal uso
de la libertad, es la voluntad de rechazar a Dios
ahora en el tiempo y luego para siempre en el
más allá. Los mártires son esos hombres que con su
vida y su muerte nos están diciendo que vale la
pena morir para no pecar, para no ofender a Dios
y a nuestra vocación cristiana. Por eso, los mártires tienen
que tener un lugar mayor en la educación cristiana de
los niños y de los jóvenes. Ellos con su muerte
por la fe nos están gritando que la muerte no
es lo peor ni tiene la última palabra. Cristo, el
Viviente, nos espera con los brazos abiertos del otro lado
de la frontera.
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