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Fiestas y Solemnidades | tema
Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net
B - Solemnidad de la Santísima Trinidad
Primera: Deut 4, 32-34.39-40; Salmo 33; Segunda: Rom 8, 14-17; Evangelio: Mt 28, 16-20
 
B - Solemnidad de la Santísima Trinidad
B - Solemnidad de la Santísima Trinidad
Sagrada Escritura

Primera: Deut 4, 32-34.39-40
Salmo 33
Segunda: Rom 8, 14-17
Evangelio: Mt 28, 16-20



Nexo entre las lecturas

El misterio trinitario es un misterio de Dios-Amor. Esto es evidente en las lecturas de la liturgia. Dios-Amor interviene con mano fuerte y brazo poderoso para sacar a su pueblo de Egipto, símbolo de servidumbre y opresión (primera lectura). Dios-Amor regala a sus discípulos una misión maravillosa y les asegura su compañía a lo largo de los siglos (evangelio). Dios-Amor hace a los hombres sus hijos adoptivos para que puedan clamar con Jesucristo: "abba", es decir, "Padre".


Mensaje doctrinal

1. El Dios de Moisés. Aunque en el AT se encuentran ya figuras que preparan la revelación del misterio trinitario, el Dios del AT, el Dios de Moisés, se revela en su unicidad de cara a otros dioses que no son dioses. En la pedagogía de Dios con el hombre tiene lugar primeramente la revelación de un Dios único y personal que en su amor inenarrable se elige un pueblo, lo libera y hace alianza con él. En la capacidad de apertura del hombre a lo divino, está primero la revelación de su carácter único, personal y salvífico ante los acontecimientos y situaciones que en aquellos siglos remotos encontraron los israelitas. El politeísmo circundante (sobre todo los dioses cananeos: Baal, dios de la tierra y de sus frutos, Astarté, diosa de la fecundidad, y Moloch, dios que exigía sacrificios humanos) ejercían un fuerte atractivo sobre la religiosidad, todavía elemental, de las doce tribus de Israel. Había que proclamar y defender a toda costa la unicidad de Dios: "Reconoce hoy y convéncete de que el Señor es Dios allá arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra, y de que no hay otro" (primera lectura). En la misma línea que el deuteronomista, el segundo Isaías pone en boca de Dios estas palabras: "¿Hay algún dios fuera de mí, algún otro apoyo que yo no conozca? (Is 44,8) y poco antes había dicho de los ídolos: "Todos ellos son una nulidad, sus obras una nada, viento y vacío son sus estatuas"" (Is 41,29). La tentación de la idolatría no pertenece al pasado. Acecha en la esquina de cada época y de cada cuadrante de la historia. En nuestros días, en una sociedad pluriétnica y religiosamente individualista, la tentación casi parece invadente.

2. El Dios de Jesucristo. Tras una preparación secular Dios consideró que el hombre estaba capacitado para recibir la revelación de su vida íntima, de su misterio trinitario. Dios-Amor envía a su Hijo para que nos descorra algo el velo de su misteriosa intimidad, y el Espíritu Santo nos instruye interiormente para que no seamos necios ni quedemos ofuscados o ciegos ante tanto resplandor divino. El Dios de Jesucristo es ante todo un Dios de donación: el Padre nos dona a su Hijo, el Padre y el Hijo nos donan su Espíritu, el Padre, Hijo y Espíritu nos donan su propia vida haciéndonos hijos de Dios. El Dios de Jesucristo es un Dios de salvación: El Padre quiere que todos los hombres se salven, el Hijo lleva a cabo la salvación de todos en su sangre, el Espíritu hace eficaz en el corazón de cada hombre la salvación de Dios. El Dios de Jesucristo es un Dios de misión: Poneos en camino, haced discípulos a todos los pueblos, bautizadlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñadles a poner por obra todo lo que yo os he mandado. La revelación de este misterio divino se puede captar un poco con la inteligencia, pero se penetra todavía algo más con el corazón y con la experiencia de Dios en la oración. Por eso, este misterio no es una barrera entre Dios y el hombre (si fuera así, Dios no nos lo hubiese revelado), sino un impulso intenso, vivo, constante a desear adentrarse más en él para quedar maravillados, extasiados.

3. Dios con nosotros. El evangelio según san Mateo comienza con el nacimiento del Enmanuel (Dios con nosotros) y termina igualmente con la presencia de Jesucristo glorioso entre sus discípulos y en la historia humana: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo" (evangelio). Israel había ya experimentado en su historia la presencia y cercanía de Yahvéh. Ahora el nuevo Israel, la Iglesia, experimenta la cercanía del Padre en la presencia y en el rostro de su Hijo, Jesucristo, en virtud del Espíritu Santo cuya misión es hacer presente en el tiempo y en la historia la verdad completa sobre Dios y sobre el hombre. En el tiempo de la Iglesia, no sólo el Hijo, sino también el Padre y el Espíritu, están realmente con nosotros y en nosotros.


Sugerencias pastorales

1. La desilusión de los ídolos. En todas las épocas ha sido verdad que si Dios no existe, habrá que inventarlo. Y así ha sido efectivamente. No hay pueblo ni cultura, desde la más primitiva hasta la más avanzada, que no se haya fabricado sus dioses. La historia de las religiones da fe de ello. Ni siquiera los ateos están exentos de esta ley. Ellos cambiarán el rostro de sus ídolos, divinizarán al "Partido", darán culto al "Jefe", lucharán por plantar el cielo en la tierra... Es evidente que no se puede asesinar eso que el hombre lleva inscrito en su misma naturaleza. En la historia humana, las generaciones han visto caer muchos ídolos, pero surgen otros nuevos. En el momento en que nos toca vivir, los ídolos creados por el comunismo han caído estrepitosamente, se derrumban otros ídolos como la técnica, el progreso, el dinero, el erotismo... Estamos en un momento muy propicio para que los cristianos hablemos al mundo no de ídolos, sino del Dios único y verdadero, que nos ha revelado Jesucristo. Es una enorme pena que, cuando muchos hombres necesitan que alguien les hable de Dios, los cristianos nos sumerjamos en el silencio por ignorancia, por temor o por excesiva prudencia humana. No tengamos miedo, Dios mismo pondrá en nuestros labios las palabras justas para que hablemos bien de Él.

2. Hacer visible a Dios-Amor. Posiblemente, los cristianos no hacemos visible a Dios, porque no tenemos una experiencia viva de Él, porque nuestro trato con Dios es a veces más con una abstracción que con un Dios vivo, que se llama Padre, Hijo y Espíritu Santo. La justicia se hace visible en un hombre justo, la verdad en un hombre veraz, el amor en un hombre que ama realmente, pues de esa misma manera Dios se hace visible en un hombre que ha experimentado el amor, la ternura, la grandeza y belleza de Dios; en un hombre "que ha visto, ha oído, ha tocado" a Dios en la Sagrada Escritura, en la oración, en los sacramentos, en el hermano. ¿No es verdad que cada cristiano debería ser como un ostensorio del Dios viviente, del Amor trinitario? Si Dios no está más presente en nuestro mundo, no nos desalentemos. Digámonos: "Es hora de esfuerzos, es hora de responsabilidad". ¡Manos a la obra!
 
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