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El misterio trinitario es un
misterio de Dios-Amor. Esto es evidente en las lecturas de
la liturgia. Dios-Amor interviene con mano fuerte y brazo poderoso
para sacar a su pueblo de Egipto, símbolo de servidumbre
y opresión (primera lectura). Dios-Amor regala a sus discípulos una
misión maravillosa y les asegura su compañía a lo largo
de los siglos (evangelio). Dios-Amor hace a los hombres sus
hijos adoptivos para que puedan clamar con Jesucristo: "abba", es
decir, "Padre".
Mensaje doctrinal
1. El Dios de Moisés. Aunque en el
AT se encuentran ya figuras que preparan la revelación del
misterio trinitario, el Dios del AT, el Dios de Moisés,
se revela en su unicidad de cara a otros dioses
que no son dioses. En la pedagogía de Dios con
el hombre tiene lugar primeramente la revelación de un Dios
único y personal que en su amor inenarrable se elige
un pueblo, lo libera y hace alianza con él. En
la capacidad de apertura del hombre a lo divino, está
primero la revelación de su carácter único, personal y salvífico
ante los acontecimientos y situaciones que en aquellos siglos remotos
encontraron los israelitas. El politeísmo circundante (sobre todo los dioses
cananeos: Baal, dios de la tierra y de sus frutos,
Astarté, diosa de la fecundidad, y Moloch, dios que exigía
sacrificios humanos) ejercían un fuerte atractivo sobre la religiosidad, todavía
elemental, de las doce tribus de Israel. Había que proclamar
y defender a toda costa la unicidad de Dios: "Reconoce
hoy y convéncete de que el Señor es Dios allá
arriba en los cielos y aquí abajo en la tierra,
y de que no hay otro" (primera lectura). En la
misma línea que el deuteronomista, el segundo Isaías pone en
boca de Dios estas palabras: "¿Hay algún dios fuera de
mí, algún otro apoyo que yo no conozca? (Is 44,8)
y poco antes había dicho de los ídolos: "Todos ellos
son una nulidad, sus obras una nada, viento y vacío
son sus estatuas"" (Is 41,29). La tentación de la idolatría
no pertenece al pasado. Acecha en la esquina de cada
época y de cada cuadrante de la historia. En nuestros
días, en una sociedad pluriétnica y religiosamente individualista, la tentación
casi parece invadente.
2. El Dios de Jesucristo. Tras una preparación
secular Dios consideró que el hombre estaba capacitado para recibir
la revelación de su vida íntima, de su misterio trinitario.
Dios-Amor envía a su Hijo para que nos descorra algo
el velo de su misteriosa intimidad, y el Espíritu Santo
nos instruye interiormente para que no seamos necios ni quedemos
ofuscados o ciegos ante tanto resplandor divino. El Dios de
Jesucristo es ante todo un Dios de donación: el Padre
nos dona a su Hijo, el Padre y el Hijo
nos donan su Espíritu, el Padre, Hijo y Espíritu nos
donan su propia vida haciéndonos hijos de Dios. El Dios
de Jesucristo es un Dios de salvación: El Padre quiere
que todos los hombres se salven, el Hijo lleva a
cabo la salvación de todos en su sangre, el Espíritu
hace eficaz en el corazón de cada hombre la salvación
de Dios. El Dios de Jesucristo es un Dios de
misión: Poneos en camino, haced discípulos a todos los pueblos,
bautizadlos en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, enseñadles a poner por obra todo lo
que yo os he mandado. La revelación de este misterio
divino se puede captar un poco con la inteligencia, pero
se penetra todavía algo más con el corazón y con
la experiencia de Dios en la oración. Por eso, este
misterio no es una barrera entre Dios y el hombre
(si fuera así, Dios no nos lo hubiese revelado), sino
un impulso intenso, vivo, constante a desear adentrarse más en
él para quedar maravillados, extasiados.
3. Dios con nosotros. El evangelio
según san Mateo comienza con el nacimiento del Enmanuel (Dios
con nosotros) y termina igualmente con la presencia de Jesucristo
glorioso entre sus discípulos y en la historia humana: "Yo
estoy con vosotros todos los días hasta el final de
este mundo" (evangelio). Israel había ya experimentado en su historia
la presencia y cercanía de Yahvéh. Ahora el nuevo Israel,
la Iglesia, experimenta la cercanía del Padre en la presencia
y en el rostro de su Hijo, Jesucristo, en virtud
del Espíritu Santo cuya misión es hacer presente en el
tiempo y en la historia la verdad completa sobre Dios
y sobre el hombre. En el tiempo de la Iglesia,
no sólo el Hijo, sino también el Padre y el
Espíritu, están realmente con nosotros y en nosotros.
Sugerencias pastorales
1.
La desilusión de los ídolos. En todas las épocas ha
sido verdad que si Dios no existe, habrá que inventarlo.
Y así ha sido efectivamente. No hay pueblo ni cultura,
desde la más primitiva hasta la más avanzada, que no
se haya fabricado sus dioses. La historia de las religiones
da fe de ello. Ni siquiera los ateos están exentos
de esta ley. Ellos cambiarán el rostro de sus ídolos,
divinizarán al "Partido", darán culto al "Jefe", lucharán por plantar
el cielo en la tierra... Es evidente que no se
puede asesinar eso que el hombre lleva inscrito en su
misma naturaleza. En la historia humana, las generaciones han visto
caer muchos ídolos, pero surgen otros nuevos. En el momento
en que nos toca vivir, los ídolos creados por el
comunismo han caído estrepitosamente, se derrumban otros ídolos como la
técnica, el progreso, el dinero, el erotismo... Estamos en un
momento muy propicio para que los cristianos hablemos al mundo
no de ídolos, sino del Dios único y verdadero, que
nos ha revelado Jesucristo. Es una enorme pena que, cuando
muchos hombres necesitan que alguien les hable de Dios, los
cristianos nos sumerjamos en el silencio por ignorancia, por temor
o por excesiva prudencia humana. No tengamos miedo, Dios mismo
pondrá en nuestros labios las palabras justas para que hablemos
bien de Él.
2. Hacer visible a Dios-Amor. Posiblemente, los
cristianos no hacemos visible a Dios, porque no tenemos una
experiencia viva de Él, porque nuestro trato con Dios es
a veces más con una abstracción que con un Dios
vivo, que se llama Padre, Hijo y Espíritu Santo. La
justicia se hace visible en un hombre justo, la verdad
en un hombre veraz, el amor en un hombre que
ama realmente, pues de esa misma manera Dios se hace
visible en un hombre que ha experimentado el amor, la
ternura, la grandeza y belleza de Dios; en un hombre
"que ha visto, ha oído, ha tocado" a Dios en
la Sagrada Escritura, en la oración, en los sacramentos, en
el hermano. ¿No es verdad que cada cristiano debería ser
como un ostensorio del Dios viviente, del Amor trinitario? Si
Dios no está más presente en nuestro mundo, no nos
desalentemos. Digámonos: "Es hora de esfuerzos, es hora de responsabilidad".
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