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El que come mi
carne y bebe mi sangre tiene vida eterna. Estas
palabras del evangelio de San Juan nos introducen en el
misterio de la presencia Eucarística que celebramos en esta solemnidad.
La liturgia nos ofrece tres elementos que orientan nuestra reflexión:
la experiencia del desierto del pueblo de Israel, el
alimento del camino y la vida que no es derrotada
por la muerte. El libro del Deuteronomio (1L)
evoca el paso del pueblo por el desierto. Este memorial
tiene el objeto de despertar la responsabilidad de los oyentes
con respecto a las tareas presentes. La historia enseña
al pueblo de Israel que su paso por el desierto,
lleno de adversidades y contratiempos, no es simplemente una situación
ciega, ajena a todo sentido y significado, sino un momento
de prueba. Un momento en el que Dios penetra el
corazón, se hace presente y ofrece el sustento a
los que desfallecen. Yahveh sale al paso de sus necesidades
y les da el maná. Este alimento que el Señor
ofrece en el desierto sostiene la vida del pueblo y
lo ayuda a continuar la marcha. Así como en el
pasado, Israel atravesó por el desierto y Dios probó su
corazón y lo mantuvo en vida, así ahora, en el
presente de nuestras vidas el Señor no es ajeno a
la suerte humana. . En verdad, Dios es amigo
la vida y no odia nada de cuanto ha creado.
Esta verdad encuentra su plenitud en Cristo que ha
venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Por eso nos da a comer su carne, verdadera comida,
y a beber su sangre, verdadera bebida, para que tengamos
vida eterna (EV). Participando todos de un solo pan (Eucarístico)
formamos un solo cuerpo (2L).
Mensaje doctrinal
1. El significado de la
experiencia del desierto para el pueblo de Israel. La experiencia
del Éxodo -no dice el Santo Padre en la Evangelium
Vitae- es original y ejemplar. Israel aprende de ella que,
cada vez que es amenazado en su existencia, sólo tiene
que acudir a Dios con confianza renovada para encontrar en
él asistencia eficaz: « Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te
he formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te
olvido! » (Is 44, 21). EV 31. Parece que
Dios en su pedagogía desea llevar al alma al
desierto y allí probar su corazón y hablarle al corazón.
Una prueba y una palabra. Una prueba que purifica, que
hace crecer, que fortalece el alma. Una palabra que ilumina,
que orienta y crea una amistad profunda. La experiencia de
Dios pasa siempre por una especie de desierto donde el
alma se desprende de sí, se purifica de sus pasiones
y va ascendiendo por etapas hasta entonces desconocidas. Entonces tiene
una experiencia nueva y más profunda de Dios y de
su amor. Así lo expresa el profeta Oseas hablando de
cómo Yahveh es esposo fiel del pueblo infiel: Voy a
seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.
En el desierto la esposa infiel conocerá al Señor, volverá
al amor primero. El Señor habla al corazón, toma cuidado
de su pueblo y lo quiere como un esposo quiere
a su esposa. No lo abandona, incluso cuando Él mismo
es abandonado.
En el texto del Deuteronomio que hoy nos ocupa
la experiencia del desierto es una prueba que desvela lo
que hay en el corazón; una prueba para ver
si el pueblo guarda los preceptos de Yahveh. Pero, sobre
todo, se subraya que el Señor es quien da sustento
a su pueblo en las horas de peligro, y que
este sustento no es sólo el pan material, sino cuanto
sale de la boca de Dios. Se le pide a
Israel una confianza y un abandono no indiferente ante Yahveh.
Se le pide que deje toda preocupación material en las
manos de Dios y que se ocupe en seguir la
marcha que se le ha propuesto. Un mensaje arduo:
alimentarse sólo de la Palabra de Dios, dar crédito total
y sin limitaciones a los planes de Dios en la
propia vida, sin temores, sin reticencias. Mensaje siempre actual
2. El
significado de la presencia eucarística. Gracias a Jesucristo, hombre y
Dios verdadero, nos es concedida, por medio de la fe,
la vida eterna. En el evangelio de hoy se subraya
que Jesús mismo es el pan de vida: su
carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida y
sólo el que come su carne y bebe
su sangre tiene vida eterna. Se trata de un
lenguaje muy realista que llama la atención. El evangelista hablando
de este modo, quiere dar a entender que el
pan eucarístico es “verdaderamente” el cuerpo de Cristo y el
vino consagrado es “verdaderamente” la sangre de Cristo. Quien come
este cuerpo y bebe esta sangre tiene la vida eterna
y la promesa de Cristo de que lo resucitará el
último día.
Nos encontramos pues de frente al maravilloso misterio de
la presencia real de Cristo en el Eucaristía. El catecismo
de la Iglesia Católica nos dice en el número 1374:
El modo de presencia de Cristo bajo las especies
eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos
los sacramentos y hace de ella "como la perfección de
la vida espiritual y el fin al que tienden todos
los sacramentos" (S. Tomás de A., s.th. 3, 73, 3).
En el santísimo sacramento de la Eucaristía están "contenidos verdadera,
real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con
el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y,
por consiguiente, Cristo entero" (Cc. de Trento: DS 1651). "Esta
presencia se denomina `real´, no a título exclusivo, como si
las otras presencias no fuesen `reales´, sino por excelencia, porque
essubstancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace
totalmente presente" (MF 39). No es, por tanto, una simple
presencia simbólica, sino una presencia real. En el sacrificio de
la Misa ha tenido lugar la transubstanciación: el pan se
ha convertido en el verdadero cuerpo de Cristo y el
vino en la verdadera sangre de Cristo.
Cristo se hace totalmente
presente y se nos ofrece como alimento, como viático del
camino. Su gracia es la que nos sostiene, su amor
es el que nos reanima. Gracias a su sacrificio y
a su presencia eucarística nosotros podemos aspirar a la vida
eterna. San Juan Crisóstomo comenta al respecto: Cuando veas que
está sobre el altar el cuerpo de Cristo, di a
ti mismo: por este cuerpo no soy ya en adelante
tierra y ceniza; ya no soy cautivosino libre; por este
cuerpo, espero los cielos y estoy seguro de que obtendré
los bienes que hay en ellos: la vida inmortal,
la suerte de los apóstoles, la conversación con Cristo. Éste
es aquel cuerpo que fue ensangrentado, traspasado con lanza y
que manó fuentes saludables, la de la sangre, la del
agua para toda la tierra... Este cuerpo se nos dio
para que lo tuviéramos y comiéramos, lo cual fue de
amor intenso". (S.Juan Crisostomo, In epist. 1 ad Cor
24,4: PG 61, 203; R1195).
El sacramento de la Eucaristía es
el sacramento que nos hace más patente el “amor hasta
el fin” de Cristo Señor. En la Eucaristía encontramos la
vida, en la Eucaristía encontramos las fuerzas para seguir el
camino, en la Eucaristía encontramos al amigo incomparable de nuestras
almas que está allí siempre para escucharnos y ofrecernos su
amistad. Podemos atravesar ya cualquier desierto, podemos ser puestos a
prueba por innumerables adversidades, en la Eucaristía encontraremos las fuerzas
necesarias para superar el combate.
Sugerencias pastorales
1. Promoción del amor a
la Eucaristía. En tiempos pasados, cuando el sacerdote celebraba la
Eucaristía mirando a oriente y daba la espalda al pueblo,
los fieles deseaban ardientemente poder mirar la Eucaristía en el
momento de la elevación. En algunos casos, nos narran los
historiadores, se subían a las bancas para tener una mejor
visión o incluso se movían de un altar lateral a
otro para poder tener esta oportunidad. En los fieles,
por tanto, existe un vivo deseo de mirar a Jesús
sacramentado. Lo percibimos en las procesiones Eucarísticas, en los momentos
de adoración con el Santísimo expuesto, en el momento mismo
de recibir la comunión. Como pastores nos corresponde promover el
amor a la Eucaristía usando todos los medios a nuestro
alcance. Entre ellos podemos destacar los siguientes:
a) Valoración del sentido
de lo Sagrado en la Celebración Eucarística y en el
culto al Santísimo Sacramento en el tabernáculo. Esta valoración
la podemos hacer por muy diversos medios como el cuidado
y decoro de la acción litúrgica, de los vasos sagrados,
de los ornamentos. La instrucción de los fieles en la
homilía, en conferencias y catequesis. Finalmente, esta valoración de
lo sagrado convendría hacerla desde la infancia y muy particularmente
en la preparación a la primera comunión.
b) La participación activa
en la celebración Eucarística. Esta participación requiere de unos presupuestos.
Es decir, los fieles deben acercarse a la celebración con
unas disposiciones interiores que favorezcan la vivencia de la Misa.
En especial pensamos en el silencio y el recogimiento. Son
dos condiciones sin las cuales difícilmente se podrá participar con
fruto en la celebración. Silencio de las palabras. Silencio de
las inquietudes. Se trata de disponer el alma para entrar
en el ámbito de Dios. Después, en la celebración misma,
se buscará una participación activa en las respuestas, en los
cantos, en las posturas, pero sobre todo en la actitud
del alma de unirse al sacrificio de Cristo en el
altar. Éste es el sentido original del “participar”, es decir,
tomar parte en el sacrificio de Cristo. La actitud del
Cireneo es muy instructiva a este respecto, él toma parte
en la cruz de Cristo y la recibe como un
don. El cristiano que verdaderamente “participa”, “toma parte en la
cruz de Cristo”, sale del templo santo con una nueva
actitud ante la vida y con una nueva conciencia de
su misión como cristiano.
c) Promoción de la adoración eucarística.
Es sumamente conmovedor ver que en medio de las grandes
ciudades, se encuentran capillas e Iglesias en las que se
tiene la adoración eucarística permanente. Pensemos, por ejemplo, a la
misma Basílica de San Pedro. En la capilla del Santísimo
Sacramento vemos desfilar un número enorme de personas que se
recogen para orar un momento en medio de su visita
a la tumba de San Pedro. El momento de adoración
es para ellos ocasión para detenerse y experimentar la presencia
eucarística de Cristo. ¡Cuánto bien haremos a nuestro fieles ayudándoles
a vivir una vida eucarística intensa! Se tratará de promover
pues la adoración eucarística en diversos momentos. Sabemos, por ejemplo,
que a los jóvenes les resulta muy motivadora la adoración
eucarística nocturna. Desean pasar a solas con Cristo un momento
en medio de la obscuridad y el silencio.
2. Promoción entre
los fieles de la recepción digna y frecuente del sacramento
de la Eucaristía. Esto supone una acción a dos niveles.
Por una lado conviene insistir en todos los frutos espirituales
que se siguen de la comunión frecuente; pero, por otro
lado, conviene insistir en la necesidad de acercarse al sacramento
con una conciencia limpia. En este sentido es importante valorar
la necesidad del sacramento de la penitencia
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