Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net B - Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
Primera: Dan 7, 13-14;
salmo 93
segunda: Ap 1, 5-8;
Evangelio: Jn 18, 33b-37
B - Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo
Sagrada Escritura
Primera: Dan 7, 13-14; Salmo 93 Segunda: Ap 1, 5-8;
Evangelio: Jn 18, 33b-37
Nexo entre las lecturas
No puede haber
otro tema dominante en este día que la realeza de
Jesucristo. Esta realeza está prefigurada en el texto del profeta
Daniel: "Le dieron poder, honor y reino... su reino no
será destruido" (primera lectura). En el evangelio la realeza de
Jesús viene afirmada en términos categóricos: "Pilatos le dijo: ¿Luego
tú eres rey?. Jesús respondió: Sí, como dices, soy rey".
La segunda lectura, tomada del Apocalipsis, confirma y canta la
realeza de Jesús: "A él la gloria y el poder
por los siglos de los siglos. Amén". Al mismo tiempo
los cristianos son hechos partícipes de la realeza de Cristo:
"Ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su
Dios y Padre".
Mensaje doctrinal
1. Dos concepciones del rey. Pilatos
y Jesús representan dos concepciones contrapuestas del rey y de
la realeza. Pilatos no puede concebir otro rey ni otro
reino que un hombre con poder absoluto como el emperador
Tiberio o por lo menos con poder limitado a un
territorio y a unos súbditos, como el famoso Herodes el
Grande. Jesús, sin embargo, habla de un reino que no
es de este mundo, es decir, no tiene en el
mundo de los hombres su proveniencia, sino en solo Dios.
Pilatos piensa en un reino que se funda sobre un
poder que se impone por la fuerza del ejército, mientras
que Jesús tiene en mente un reino impuesto no por
la fuerza militar (en ese caso "mi gente habría combatido
para que no fuese entregado a los judíos"), sino por
la fuerza de la verdad y del amor. Pilatos no
puede concebir de ninguna manera un rey que es condenado
a muerte por sus mismos súbditos sin que oponga resistencia,
y Jesús está convencido y seguro de que sobre el
madero de la cruz va a instaurar de modo definitivo
y perfecto su misterioso reino. Para Pilatos decir que alguien
reina después de muerto es un contrasentido y un absurdo,
para Jesús, sin embargo, está perfectamente claro que es la
más verdadera realidad, porque la muerte no puede destruir el
reino del espíritu. Dos reinos diversos, dos concepciones diferentes. Después
de dos mil años del histórico encuentro entre Jesús y
Pilatos, ¿no es la concepción de Jesucristo la única que
ha podido pasar el test de la historia?
2. Características
del reino. El reino de Jesús es un reino preanunciado,
en el que se cumple lo que los profetas de
siglos anteriores habían prometido de parte de Dios. El señorío
de Jesús es el del Hijo del hombre, a quien
Dios le entrega todo poder y todo reino (primera lectura).
En segundo lugar, es un reino que vence todas las
potencias del mal, simbolizadas por Daniel en las cuatro bestias;
Cristo en, efecto, las vencerá todas en la cruz, que
el evangelista Juan ve como un trono, poniendo tales potencias
demoníacas como escabel de sus pies. En tercer lugar, el
reino de Jesucristo goza de una gran singularidad: no es
de este mundo, pero está presente en este mundo, aunque
no se vea porque pertenece al reino del espíritu. En
cuarto lugar, el rey se define como testimonio de la
verdad, y los súbditos como los que son de la
verdad y escuchan su voz. Sí, Cristo es rey en
cuanto da testimonio de la verdad, es decir, de la
Palabra del Padre que él encarna, y que el Espíritu
interioriza y hace eficaz en los corazones de los hombres.
Los hombres son súbditos de Cristo Rey si son de
la verdad, es decir, si viven, piensan y actúan movidos
por sintonía y connaturalidad con la Palabra de Jesucristo. En
quinto lugar, Jesús no es rey del espacio, sino del
tiempo, de todos los tiempos. El es el alfa y
la omega, el centro del tiempo y su principio normativo,
"Aquél que es, que era y que va a venir".
Finalmente, Jesucristo no sólo es rey, sino que hace partícipes
de su realeza a los cristianos: Ha hecho de nosotros
un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. De
esta manera, los cristianos participan del reinado de Cristo, con
las características ahora descritas.
Sugerencias pastorales
1. Dejar al Rey serlo
de verdad. Cuando un rey es despótico, tirano, esquilmador de
sus súbditos, entonces es justo y obligado rebelarse contra él.
Pero si un rey es justo, bueno, entregado al bienestar
de sus súbditos, comprensivo, buen gobernante, es necesario que los
súbditos le dejen hacer el rey y serlo de verdad.
El absolutismo regio de siglos pasados ha perturbado y desfigurado
la figura noble de un rey auténtico. Hay que hacer
todo lo posible para recuperarla en la mentalidad común de
los hombres, particularmente de los cristianos, porque no podemos renunciar
a llamar a Jesucristo, Señor y Rey del universo. Y
sería penoso que los cristianos, al menos algunos, entendieran ese
reinado de Jesús con las características negativas de un soberano
absoluto y despótico. Jesucristo quiere reinar -para eso ha venido
a este mundo-; hay que dejar a Cristo ser rey
de verdad. Ser rey como él quiere serlo, no conforme
a concepciones políticas trasnochadas; ser rey de todos los hombres
y de todo el hombre: de sus pensamientos y sentimientos,
de su voluntad y afectividad, de su tiempo y de
su existencia; de su trabajo y de su descanso; de
toda la vida del hombre para infundir en ella una
presencia divina, una soberanía que eleva, una realeza espiritual. ¿Cuál
es tu concepción de Jesucristo rey? ¿Dejas a Jesucristo ser
verdaderamente rey de tu vida? ¿Qué haces, qué puedes hacer
para que Cristo reine en el corazón de los hombres
y de la historia? ¿Qué vas a prometer a Jesús
en su fiesta de Rey del universo?
2. Un reino
de sacerdotes. En Jesucristo se unen en el madero de
la cruz su sacerdocio y su realeza. Nosotros, los cristianos,
somos pueblo de reyes y somos un reino de sacerdotes
en virtud de la muerte y resurrección de Jesucristo. Somos
un reino de sacerdotes porque amamos y seguimos la doctrina
de la verdad, porque todos juntos en la liturgia cantamos
las alabanzas y glorias del Señor, porque movidos por la
fe dejamos que él guíe nuestros pasos hacia el Padre.
Todos. Cada uno en su individualidad, y todos como comunidad
de fe y de adoración. Somos además un pueblo de
reyes, porque el reinado de Jesucristo no somete ni esclaviza,
sino que hace hombres libres, perfectamente libres frente a sí
mismo y a las propias pasiones, frente al mundo con
sus poderes y sus insidias, frente a Dios que atrae
con ternura y con amor. Estoy convencido de que la
belleza de la vida cristiana está escondida para la mayoría
de los hombres. Porque estoy plenamente seguro de que nos
enamoraríamos de ella, el día que la entreviéramos y se
nos abrieran los ojos de la inteligencia y del amor.
De todos y cada uno de nosotros depende el que
la Iglesia sea un pueblo de reyes y un reino
de sacerdotes.
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