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Las tres
lecturas de esta fiesta centran la atención en la realidad
del "exaltamiento". En el libro de los Números (1L) se
nos dice que el Señor respondió a Moisés: "Haz una
serpiente y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente
quedarán sanos al mirarla". De este modo quedarían con vida
todos aquellos que fueran mordidos por aquellas serpientes venenosas que
el Señor les había enviado como castigo por su conducta
vergonzosa. Paradójicamente la exaltación de esa serpiente portadora de muerte
se convertía para el pueblo arrepentido en portadora de vida.
La lectura cristiana de este episodio ha visto una prefiguración
de la exaltación de Cristo en la cruz. Cristo mismo
anticipa esta lectura cristiana cuando al temeroso Nicodemo, que había
ido a hablar con el de noche le dice: "Lo
mismo que Moisés elevó a la serpiente en el desierto,
así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para
que todo el que crea en él tenga vida eterna".
San Pablo, que sufría las penas de la prisión a
causa de su servicio al Evangelio, sumido en una profunda
contemplación del misterio del amor de Dios en Cristo Jesús,
afirma en su carta a los filipenses (2L): "Por eso
Dios lo exaltó (a Cristo) y le otorgó el Nombre
que está sobre todo nombre". Con esto quiere decir que
no hay nombre posible de significar la magnitud, grandeza y
belleza de la obra de Cristo.
2. Mensaje doctrinal
1. Misterio del
anonadamiento de Dios. En la celebración de esta fiesta litúrgica
todo converge en la exaltación de Cristo Jesús, que siendo
Dios, se abajó haciéndose uno de nosotros, muriendo colgado sobre
el estandarte de la Cruz, para mostrarnos cuál es la
medida del amor de Dios hacia nosotros. Exaltar la cruz
es exaltar el amor de Dios por nosotros, es exaltar
la victoria del amor y de la misericordia sobre el
pecado, el egoísmo y la muerte.
El misterio de Cristo
crucificado está íntimamente unido al misterio de la encarnación del
Verbo, siendo una prolongación del mismo. A lo largo del
aZo litúrgico la Iglesia, al celebrar las diversas fiestas y
solemnidades, bajo diversos enfoques, pretende reflexionar y meditar en la
sublimidad insondable de este misterio de amor y extrayendo de
esta contemplación luz, fuerza y vida.
A los cristianos nos
cautiva de modo particular, el hecho de que Dios haya
querido salir de sí mismo para hacerse uno como nosotros.
Nos sentimos abrumados ante la presencia de un misterio tan
abismal por la inmensidad del amor que lo ilumina y
por la incapacidad absoluta de nuestra mente humana para abarcarlo.
La contemplación sincera de este misterio es incompatible con un
pasar por encima de él, con cierta superficialidad, dándolo por
descontado como un presupuesto del conjunto de la doctrina cristiana.
La contemplación de Dios hecho hombre es siempre transformante.Y uno
de los momentos más fuertes de está contemplación es justamente
el ver a Cristo muriendo colgado de una cruz, como
un criminal, desangrándose y asfixiándose, abandonado y humillado. El más
grande, sin punto alguno de comparación, el creador y Señor
del universo, en la condición la más vil que pueda
ser imaginada. El que es la vida misma, sufriendo en
primera persona la muerte más horrenda. Y esto libremente y
sin rebajar en nada su divinidad. Este es el misterio
del anonadamiento de Dios que la Iglesia no se cansa
de contemplar, y que nunca logra abarcar. El cristiano sabe
que nunca serán suficientes los días de esta vida ni
de la eternidad para agotar la contemplación de este don
que Dios hace de si mismo. La única clave de
comprensión es el amor. Sólo el amor explica esta entrega
por propia iniciativa, sin que lo hayamos ni merecido ni
pedido. Sólo porque él nos ama quiso venir hasta nosotros,
hacerse uno como nosotros, y morir por nosotros. "Tanto amó
Dios al mundo -dice Jesucristo a Nicodemo- que entregó a
su hijo único para que no perezca ninguno de los
que creen en él, sino que tengan vida eterna". Dios
nos muestra que su amor hacia nosotros realmente no tiene
medida.
2. Misterio de la fealdad y magnitud del pecado del
hombre. Si por una parte, Jesucristo pendiendo de la cruz
es testimonio del amor, de la ternura y de la
misericordia de Dios hacia nosotros, pobres pecadores, por otra parte
lo es también de la fealdad del pecado. Con la
razón y la experiencia natural los hombres podemos percibir, sin
grande problema, el desorden que existe en las malas acciones
humanas. Pero ver a Jesucristo en la cruz, "pagando por
nuestras culpas" nos hace descubrir que esa fealdad del pecado,
de las malas acciones, es inmensamente más grave de lo
que nunca hubiéramos imaginado. El pueblo en el desierto, agotado
y extenuado por el camino y las dificultades peca hablando
mal contra Dios y contra su enviado. Esas murmuraciones contra
Dios, aparentemente nos podrían parecer, que si bien no eran
justificables, si eran comprensibles, y por ello no tan graves
ni tan daZosas. Sin embargo, Dios envía serpientes venenosas como
castigo, para hacerles ver, que a pesar de ese cansancio
y de esas dificultades, sus murmuraciones han sido profundamente injustas
y desordenadas. Pero es un castigo de la pedagogía amorosa
de Dios, y por ello, una vez arrepentidos, Dios
les da la serpiente de bronce para que no mueran.
Pero esto era sólo preparación para comenzar a comprender la
malicia de ese primer pecado original, y de todos los
demás pecados que le han seguido. Ahora bien, sólo a
la luz de Cristo crucificado podemos comprender, un poco más,
lo desordenado y horrendo del pecado.
3. Sugerencias pastorales
Desprendimiento de
sí. Para nosotros este misterio de Cristo crucificado, desprendido de
sí mismo, es una de las principales lecciones que debe
quedar grabada en nuestra alma. Si Él, siendo Dios, se
despojó de sí mismo por amor a nosotros, no menos
debemos hacer nosotros por amor a Él. Desprendernos de nosotros
mismos, renunciar a todo lo que tenga sabor a egoísmo
y empeZarnos por apropiarnos de los sentimientos de Cristo, debe
ser nuestra respuesta de amor. Este es el primer paso
que debemos dar si de verdad queremos ser cristianos auténticos,
si queremos ser testigos de nuestra fe en este mundo.
El cristiano debe ser imitador de Cristo.
Por ello, es necesario
habituarnos a desprendernos de nosotros mismos sobreponiéndonos al egoísmo, al
racionalismo, al naturalismo y a las situaciones anímicas adversas, y
combatiendo sin tregua todas esas manifestaciones que pueden presentarse en
nuestra vida y que denotan que nos pertenecemos todavía mucho
a nosotros mismos.
La vida ordinaria, a cada uno según su
estado de vida y sus circunstancias, nos ofrece un sinnúmero
de oportunidades para ejercitarse cotidianamente en el desprendimiento, sobre todo
del propio juicio y voluntad. Pensemos en los mil quehaceres
del lugar, la formación de los hijos, la obediencia a
los padres, las relaciones de trabajo, el esfuerzo del deber,
las penurias económicas... Quien se habitúa a negarse a sí
mismo por amor a Cristo en esos pequeZos o grandes
actos que le exige el cumplimiento de los propios deberes
familiares, sociales, profesionales, o de estudiantes, avanza con pasos de
gigante en el camino de la imitación de Cristo, y
por lo tanto va siendo testigo del amor divino. La
renuncia de sí mismo no es sino el abrir más
espacio en nuestra alma para la invasión del amor de
Dios. No hay alegría comparable con el gozo que comunica
el amor sobrenatural que anima todos los actos de un
alma. Siempre debemos tener muy claro que no hay verdadero
amor sin renuncia; cuanto más auténtico sea el propio sacrificio,
tanto más auténtico será el amor y la felicidad.
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