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Autor: P. Octavio Ortiz | Fuente: Catholic.net B - El Bautismo del Señor
Primera: Is 55, 1-11; Interleccional: Isaías 12,2-6; Segunda: 1Jn 5,1-9; Evangelio: Mc 1,7-11
B - El Bautismo del Señor
Sagrada Escritura:
Primera: Is 55, 1-11; Interleccional: Isaías 12,2-6 Segunda: 1Jn 5,1-9;
Evangelio: Mc 1,7-11
Nexo entre las lecturas
En el bautismo de
Jesús, como en todo bautismo, el agua ocupa el puesto
central (evangelio). En el banquete de alianza entre Dios y
los hombres, imaginado por Isaías, no puede faltar el agua,
al lado de otras bebidas (primera lectura). San Juan en
su primera carta nos dice que "Jesucristo vino por agua
y sangre" y que "tres son los que dan testimonio
de Jesucristo: el Espíritu, el agua y la sangre, y
los tres están de acuerdo" (segunda lectura). En el evangelio,
después de que Jesús, bautizado por Juan, salió del agua,
se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió sobre
él en forma de paloma. El agua es la realidad
más presente en todos los textos, el agua con toda
su riqueza simbólica y con los demás elementos que la
acompañan y completan.
Mensaje doctrinal
1. El hombre, sediento de Dios.
El hombre es un ser naturalmente sediento: sediento de gozo
y felicidad, sediento de justicia y de paz, sediento de
eternidad, sediento de Dios. "El deseo de Dios está inscrito
en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido
creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa
de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios
encontrará el hombre la verdad y la dicha de no
cesar de buscar" (CIC 27). Esta sed de Dios nadie
la puede apagar, si no es el mismo Dios. Por
eso, Dios, a través de Isaías, invita y exhorta a
los hombres: "Venid por agua todos los sedientos... prestad atención,
venid a mí; escuchadme y viviréis" (primera lectura).
2. El
agua y Jesús. El agua que apaga la sed del
hombre es el agua del bautismo. Jesús, prototipo de todo
ser humano, quiso sumergirse en esas aguas de purificación, no
por ser él pecador, sino por haber cargado con el
pecado del mundo. En las aguas del Jordán, en las
que Cristo se sumergió, la humanidad entera se sumergió en
él y con él, y quedó purificada de su pecado.
Jesucristo, el Santo de Dios, además santificó las aguas del
Jordán, y así la sed de santidad que todo hombre
tiene comienza a satisfacerse con el agua del bautismo y
busca apagarse con el agua del Espíritu, a través de
una existencia espiritual, es decir, guiada y promovida por el
Espíritu de Dios.
3. El agua y la sangre. ¿Basta
el agua para apagar la sed? En la existencia cristiana
se añade la sangre, esa sangre que, junto con el
agua, brotó del costado de Cristo (Jn. 19, 34). Del
costado de Cristo, atravesado por una lanza, manaron, nos dirán
los Padres de la Iglesia, dos sacramentos: el bautismo y
la eucaristía. Ellos forman, junto con la confirmación, los sacramentos
de la iniciación cristiana. Ahora ya no sólo el hombre
tiene sed de Dios, sino que tiene sed del Dios,
revelado en Jesucristo, "imagen perfecta de su ser" (Heb 1,3).
"Bebed todos de ella (la copa), porque ésta es mi
sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por
todos para el perdón de los pecados" (Mt 26, 28).
4. El agua, la sangre y el Espíritu. "Los tres
están de acuerdo" (segunda lectura). ¿En qué consiste este acuerdo?
En revelar el amor de Dios, que se nos ha
hecho visible en Cristo Jesús. En efecto, el agua (bautismo
de Jesús) y la sangre (crucifixión de Jesús) manifiestan que
la humanidad de Jesús es una humanidad como la nuestra,
contra toda idealización platónica o toda manipulación gnóstica. El Espíritu,
por su parte, que viene del cielo, revela que ese
Jesús, enteramente hombre, es el Hijo en que Dios tiene
todas sus complacencias. ¿En qué consiste este acuerdo? Consiste además
en que el Espíritu es quien da eficacia al agua
para purificar del pecado y a la sangre para saciar
la sed de redención. "El Misterio de salvación se hace
presente en la Iglesia por el poder del Espíritu Santo"
(CIC 1111) y "la misión del Espíritu Santo es hacer
presente y actualizar la obra salvífica de Cristo con su
poder transformador" (CIC 1112).
Sugerencias personales
1. La espiritualidad bautismal. Por
el bautismo, el cristiano se ha revestido de Cristo, imagen
y prototipo del hombre nuevo, creado a imagen de Dios,
y tiene delante de sí la tarea de hacerlo crecer
hasta la plena madurez interior. La verdadera novedad abarca a
todo el hombre, pero radica especialmente en el corazón, un
corazón nuevo capaz de conocer, amar y servir a Dios
con espíritu filial, y de amar a los hombres y
a las cosas de Dios. Esta es la tarea inaplazable,
fundamental y permanente de toda vida cristiana, en cualquier estado,
en cualquier época y en cualquier situación.
A partir de
este nuevo modo de ser, vivido conscientemente por acción del
Espíritu Santo, el hombre nuevo imprime a su vida un
dinamismo interior orientado a desarrollar los rasgos de su conducta
religiosa y moral, en conformidad con su modelo Jesucristo, y
mediante la purificación incesante de sus pasiones desordenadas de sensualidad
y soberbia.
2. La construcción, día tras día, de este
hombre nuevo constituye el objetivo primordial de la vida cristiana
y del apostolado en la Iglesia. De aquí que sea
necesario meditar asiduamente en la riqueza y hondura del don
del bautismo y del compromiso que conlleva, una meditación tanto
individual como comunitaria. Porque "todo el organismo de la vida
sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo bautismo",
ya que éste le hace capaz de creer en Dios,
de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes
teologales; le concede poder vivir y obrar bajo la moción
del Espíritu Santo; le permite crecer en el bien mediante
las virtudes morales (CIC 1266). ¿Tenemos los cristianos suficiente conciencia
de la espiritualidad bautismal? ¿Qué puedo hacer para desarrollar esta
espiritualidad en mí mismo y en mis hermanos?
En
el ciclo B pueden utilizarse tambien las siguientes lecturas:
Primera: Isaías
42,1-4.6-7 Salmo responsorial: 28 Segunda: Hechos de los apóstoles 10, 34-38
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