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Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net B - La Ascensión del Señor
Primera: Hch 1,1-11; segunda: Ef 4,1-13; Evangelio: Mc 16, 15-20
B - La Ascensión del Señor
Domingo de la ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Primera: Hch 1,1-11 Segunda: Ef
4,1-13 Evangelio: Mc 16, 15-20
Nexo entre las lecturas
La ascensión del
Señor marca una etapa nueva y definitiva para los apóstoles.
El Señor resucitado ya no aparecerá más, sino que sube
al cielo para interceder por los hombres ante el Padre.
Este hecho es narrado por los hechos de los apóstoles
en la primera lectura subrayando el estupor y asombro de
aquellos hombres (1L). El evangelio insiste, de modo particular, en
la misión que Jesús confía a sus apóstoles. Se trata
de un verdadero mandato apostólico: Id y predicad (Ev). En
la segunda lectura, tomada de la carta a los Efesios,
Pablo subraya la necesidad de comportarse adecuadamente conforme a la
vocación, pues a cada uno se le ha dado la
gracia en la medida del don de Cristo (2L). Así
pues, los apóstoles se encuentran ante una nueva situación. Por
una parte, según las palabras de Cristo, deben esperar para
ser revestidos del Espíritu Santo, pero por otra parte, deben
meditar que ya ha empezado la hora de dar continuidad
a la obra de Cristo en su cuerpo que es
la Iglesia.
Mensaje doctrinal
1. Subió a los cielos. El evangelio de
Marcos, que leemos en nuestro ciclo B, nos dice claramente:
"Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado
al Cielo y se sentó a la diestra de Dios"
(Mc 16,19). Desde el instante de la resurrección el cuerpo
de Jesús fue inmediatamente glorificado. Sin embargo, durante los cuarenta
días en los que se aparece a sus discípulos, su
gloria aún permanece velada bajo los rasgos de una humanidad
ordinaria, no obstante los milagros que realiza. La última aparición
de Jesús termina con el ingreso irreversible de su
humanidad en la gloria divina. Esto es lo que propiamente
celebramos en la Ascensión del Señor.
Jesús resucitado se había aparecido
en diversas ocasiones a sus discípulos y esto tenía un
gran significado, porque confirmaba en ellos la victoria de Cristo
sobre el pecado y la muerte. Se dan cuenta de
que no han corrido en vano al creer en el
evangelio y de que ahora reciben una misión que compromete
toda su vida futura. En esta última aparición, advierten
que Jesús se despide definitivamente de ellos, pero al mismo
tiempo comprenden que se queda a su lado con su
asistencia hasta el fin de los tiempos. Comprenden que Cristo
ha alcanzado su fin y vive y reina con Dios
Padre. “Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración
del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel
respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio
imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y
lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que
nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn
7,14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron
en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Catecismo
de la Iglesia Católica 664). Y se dan cuenta de
que el Señor se ha ido para prepararles un lugar
(cf. Jn 14,2) El fin de Cristo, es también el
fin de ellos y de todos los que crean en
él. Si es verdad que su vida, como la de
cualquier otro hombre, se acerca a la muerte, ellos se
dan cuenta que no todo termina en la muerte, sino
en la comunión eterna con Dios. Por una parte, podrían
estar tristes, por la separación de Jesús; pero por otro
lado se sienten felices por el triunfo del Señor.
2.
La misión de los discípulos. Jesucristo comunica a sus discípulos
el deber de anunciar a todos los hombres el evangelio.
De ahora en adelante él obrará a través de ellos
y de sus sucesores. Ellos tienen la increíble misión de
dar continuidad a la obra de Cristo. Esta misión sigue
hoy vigente y la Iglesia tiene el deber siempre de
evangelizar y anunciar la salvación por Jesucristo. La esencia de
este evangelio es que “Jesús de Nazaret es Cristo el
Hijo de Dios” (Cf Rm 10,9) y que en él
tenemos la salvación y la plena revelación de Dios. “El
que ve a Cristo, ve al Padre”. Dios se ha
manifestado, se ha revelado al hombre y todo por amor.
Los
hombres estaban necesitados de salvación y Dios envió a su
Hijo para salvarlos. En Cristo tenemos el acceso al Padre.
A partir de la Ascensión del Señor, los discípulos tuvieron
que meditar profundamente sobre este encargo apostólico. Ciertamente sólo con
la venida del Espíritu Santo, ellos recibirán la fortaleza para
ser verdaderos testigos, pero ya desde el primer día de
su llamado sabían que Jesús los convocaba para “que estuvieran
con Él y para enviarlos a predicar”. La fiesta de
la Ascensión subraya el mandato misionero.
Sugerencias pastorales
1. El cultivo
de la virtud de la esperanza. La fiesta de
la Ascensión del Señor es una cordial invitación a levantar
nuestra mirada a las cosas del cielo, sabiendo que allá
donde ha entrado Cristo cabeza, entrará también el cuerpo de
Cristo que es la Iglesia. La exhortación del apóstol Pablo
resulta siempre actual: Así pues, si habéis resucitado con Cristo,
buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a
la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de
arriba, no a las de la tierra. Porque habéis
muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios.
(Col 3, 1-3). La vida del cristiano está siempre escondida
con Cristo en Dios. En un mundo como el nuestro
en el que el avance tecnológico es formidable y en
el que las posibilidades de manipulación se han extendido casi
sin límites a todos los sectores de la existencia humana,
se hace presente un cierto temor. El temor de que
todo este avance se vuelva de algún modo contra el
mismo hombre. “El hombre por tanto vive cada vez más
en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos
y no la mayor parte sino algunos y precisamente los
que contienen una parte especial de su genialidad y de
su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él
mismo”. Estas palabras de la encíclica de Juan Pablo II
(Redemptor Hominis n.15) nos invitan a estudiar el
problema en toda su profundidad.
Para superar este miedo y,
más aún, para evitar que las creaciones del hombre se
vuelvan contra él mismo, es menester que, a la par
con el avance tecnológico, exista un verdadero desarrollo de la
ética y de la moral. Sólo respetando las leyes de
su creador, el hombre podrá llevar a cabo realizaciones dignas
de su vocación y misión. Cuando el hombre se separa
de la ley divina y de los dictámenes de la
recta razón se precipita en la falta de sentido.
Podemos
decir que la fiesta de la Anunciación nos invita a
tener nuestra mirada fija en el cielo, donde reside Cristo
a la derecha del Padre, pero las manos y el
esfuerzo en esta tierra que sigue teniendo necesidad de la
manifestación de los hijos de Dios. Es una invitación a
seguir trabajando por construir la “civilización del amor” y “dar
razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos la
pidiere”(1 Pt 3,15). El cristiano debe ser un hombre de
esperanza y de luz en medio de un mundo de
tanta tiniebla. “La evangelización comprende además la predicación de la
esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva
alianza en Jesucristo; la predicación del amor de Dios para
con nosotros y de nuestro amor hacia Dios, la predicación
del amor fraterno para con todos los hombres —capacidad de
donación y de perdón, de renuncia, de ayuda al hermano—
que por descender del amor de Dios, es el núcleo
del Evangelio; la predicación del misterio del mal y de
la búsqueda activa del bien” (Evangelium nuntiandi n.28).
2. El
incansable esfuerzo de la evangelización. Deseamos hacer sólo dos anotaciones
tomadas de la Evangelium nuntiandi de Pablo VI. La primera
se refiere a la importancia del propio testimonio en la
acción evangelizadora. Son conmovedoras las imágenes de los evangelizadores del
nuevo mundo, hombres de la altura de Fray Toribio de
Benavente (o Motolinia), evangelizador de la nueva España, o Toribio
de Mogrovejo, o Fray Sebastián de Aparicio y otros muchos
que no podemos aquí mencionar... Su primer y más grande
obra evangelizadora era su propio testimonio. Su ejemplo de vida
santa arrastraba a sus fieles a un mejor conocimiento
En
segundo lugar conviene insistir en la necesidad de un anuncio
explícito del mensaje de la evangelización. Esto hoy se puede
hacer de muchas maneras, pero lo importante es que todos
sientan la responsabilidad de ser misioneros, es decir, enviados por
Cristo a anunciar el evangelio. No es fácil superar la
fuerte tendencia al individualismo en la vivencia de la fe
de muchos cristianos. Debemos, por ello, predicar con oportunidad o
sin ella, sobre la necesidad de ser apóstoles allí donde
la providencia nos ha colocado.
XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales
Este domingo 24 de mayo de 2009, la Iglesia celebra
la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, en la solemnidad
de la Ascensión del Señor.
Ponemos a su disposición el
siguiente material desarrollado por la Conferencia Episcopal Española para este
fin:
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