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La Eucaristía es un don que brota del amor
del Padre, de la obediencia filial de Jesús llevada hasta
el sacrificio de la cruz, hecho presente para nosotros en
el sacramento, de la potencia del Espíritu Santo que, llamado
sobre los dones por la oración de la Iglesia, los
transforma en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús.
En ella se desvela plenamente el misterio del amor de
Dios por la humanidad y se cumple Su designio de
salvación marcado por una gratuidad absoluta, que responde sólo a
Sus promesas, cumplidas más allá de toda medida.
La Iglesia acoge,
adora, celebra este don con trémula y fiel obediencia, sin
arrogarse ningún poder de disponibilidad que no sean los que
Jesús le ha confiado para que el rito sacramental se
realice en la historia.
Bajo la cruz, la Santísima Virgen se
une plenamente al don sacrificial del Salvador. Por su inmaculada
concepción y plenitud de gracia, María inaugura la participación de
la Iglesia en el sacrificio del Redentor.
Los fieles «tienen derecho
a recibir abundantemente de los sagrados pastores los bienes espirituales
de la Iglesia, sobre todo las ayudas de la Palabra
de Dios y los sacramentos» (LG 37; cf. CIC can.
213; CCEO can. 16), cuando el derecho no lo prohíba.
A
tal derecho, corresponde el deber de los pastores de hacer
todo lo posible para que el acceso a la Eucaristía
no sea impedido en la práctica, mostrando a este respecto
solicitud inteligente y gran generosidad. El Sínodo aprecia y agradece
a los sacerdotes que, incluso a costa de sacrificios a
veces grandes y arriesgados, aseguran a las comunidades cristianas este
don de vida y las educan a celebrarlo en verdad
y plenitud. |