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Autor: Sínodo de los Obispos | Fuente: www.vatican.va La Eucaristía, Pan vivo para la paz del mundo
Mensaje final de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
MENSAJE DE LA XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO
DE LOS OBISPOS
La Eucaristía: Pan vivo para la paz del
mundo
Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes y diáconos, amados hermanos y
hermanas:
1. “¡La paz esté con vosotros!”. En nombre del
Señor que irrumpe en el Cenáculo de Jerusalén al atardecer
de la Pascua, repetimos: “La paz esté con vosotros!” (Jn
20, 21). ¡Que el misterio de su muerte y resurrección
os consuele y dé sentido a toda vuestra vida! ¡Que
Él os guarde en la alegría de la esperanza! Porque
Cristo vive en su Iglesia; según su promesa está con
nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cf.
Mt 28, 20). En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía,
Él mismo se nos entrega y con Él nos dona
la alegría de amar como Él ama, pidiéndonos que compartamos
su Amor victorioso con nuestros hermanos y hermanas del mundo
entero. Este es el mensaje de gozo que os anunciamos,
queridos hermanos y hermanas, al final del Sínodo de los
Obispos sobre la Eucaristía.
Bendito sea Dios Padre de Nuestro
Señor Jesucristo que nos ha reunido nuevamente, como en el
Cenáculo, con María, Madre del Señor y Madre nuestra, para
hacer memoria del don supremo de la Santísima Eucaristía.
2.
Convocados a Roma por Su Santidad el Papa Juan Pablo
II, de venerable memoria, y confirmados por Su Santidad Benedicto
XVI, hemos llegado desde de los cinco continentes para rezar
y reflexionar juntos sobre la Eucaristía, fuente y cumbre de
la vida y de la misión de la Iglesia. La
finalidad del Sínodo ha sido ofrecer al Santo Padre algunas
propuestas útiles para actualizar la pastoral eucarística de la Iglesia.
Hemos podido experimentar lo que la sagrada Eucaristía significa desde
los orígenes: una sola fe y una sola Iglesia, alimentada
por un mismo Pan de vida y en comunión visible
con el sucesor de Pedro.
3. El diálogo fraterno entre
obispos e invitados-oyentes, así como el diálogo con los representantes
ecuménicos, ha renovado nuestra convicción de que la Sagrada Eucaristía
no sólo anima y transforma la vida de nuestras Iglesias
particulares de Oriente y Occidente, sino también las múltiples actividades
humanas en los muy diversos medios en los que vivimos.
Experimentamos una profunda alegría al constatar la unidad de nuestra
fe eucarística dentro de la gran variedad de ritos, culturas
y situaciones pastorales. La presencia de tantos hermanos obispos nos
ha permitido experimentar de forma todavía más directa la riqueza
de nuestras diferentes tradiciones litúrgicas. Una riqueza que hace resplandecer
la profundidad del único misterio eucarístico.
Os invitamos a rezar
con más fervor, hermanos y hermanas cristianos de todas las
confesiones, para que llegue el día de la reconciliación y
de la plena unidad visible de la Iglesia, en la
celebración de la Santa Eucaristía, en conformidad con la oración
del Señor la víspera de su muerte: “Que todos sean
uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo
crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).
4.
Profundamente agradecidos a Dios por el pontificado del Santo Padre
Juan Pablo II y por su última encíclica Ecclesia de
Eucharistia, seguida de la carta apostólica Mane nobiscum Domine, que
abría el Año eucarístico, pedimos a Dios que multiplique los
frutos de su testimonio y de su enseñanza. Nuestra gratitud
va también a todo el pueblo de Dios cuya proximidad
y solidaridad hemos percibido durante estas tres semanas de oración
y de reflexión. Las Iglesias particulares en China, y sus
obispos que no han podido unirse a nuestros trabajos, han
ocupado un lugar especial en nuestros pensamientos y oraciones.
A
todos vosotros, obispos, sacerdotes y diáconos, misioneros del mundo entero,
hombres y mujeres consagrados, fieles laicos y también a vosotros
hombres y mujeres de buena voluntad, responsables de los medios
de comunicación: ¡En nombre de Cristo Resucitado: paz y alegría
en el Espíritu Santo!
EN ESCUCHA DEL SUFRIMIENTO DEL
MUNDO
5. La Asamblea Sinodal ha sido un tiempo intenso de
intercambios y testimonios sobre la vida de la Iglesia en
los diversos continentes. Hemos tomado conciencia de las situaciones dramáticas
y de los sufrimientos causados por las guerras, el hambre,
las diferentes formas de terrorismo y de injusticia, que afectan
a la vida cotidiana de centenares de millones de seres
humanos. Las explosiones de violencia en Medio Oriente y en
África nos han sensibilizado ante el olvido que sufre el
continente africano en la opinión pública mundial. Los desastres naturales,
que parecen hacerse más frecuentes, obligan a considerar la naturaleza
con más respeto y a reforzar los lazos de solidaridad
con las poblaciones afectadas.
No hemos permanecido en silencio ante
los graves problemas causados por la secularización, presente sobre todo
en Occidente, que conducen a la indiferencia religiosa y a
varias manifestaciones de relativismo. Hemos recordado y denunciado las situaciones
de injusticia y de pobreza extrema que proliferan por todas
partes pero especialmente en América Latina, en África y en
Asia. Todos estos sufrimientos claman a Dios e interpelan la
conciencia de la humanidad. Ante ellos nos preguntamos: ¿en qué
se transforma la aldea global de nuestra tierra, con un
ambiente amenazado que corre el riesgo de ir a la
ruina? ¿Qué hacer para que, en esta era de globalización,
la solidaridad triunfe sobre el sufrimiento y la miseria? Nuestro
pensamiento se dirige también a los que gobiernan las Naciones,
para que, con diligencia, aseguren a todos el bien común
y promuevan la dignidad de cada persona, desde su concepción
hasta su muerte natural. Les pedimos que promuevan leyes respetuosas
del derecho natural respecto al matrimonio y a la familia.
Por nuestra parte continuaremos a participar activamente en el esfuerzo
común para crear las condiciones duraderas de un progreso real
para toda la familia humana, en el que a nadie
falte el pan de cada día.
6. Hemos llevado estos
sufrimientos y problemas a la celebración y a la adoración
eucarísticas. En nuestros debates, escuchándonos con hondura los unos a
los otros, nos ha emocionado y conmovido el testimonio de
mártires en varios puntos de la tierra que, como en
toda la historia de la Iglesia, no faltan en nuestros
días. Los Padres sinodales han recordado que, gracias a la
Santísima Eucaristía, los mártires han encontrado el vigor necesario para
vencer el odio con el amor y la violencia con
el perdón.
HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA
7. La víspera de
su pasión, “Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió
y lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Tomad, comed, esto
es mi Cuerpo’. Después, tomando una copa, dio gracias y
se la pasó diciendo: ‘Bebed todos de ella; porque esta
es mi sangre, sangre de la alianza, que va a
ser derramada por la multitud en remisión de los pecados’”
(Mt 26, 25-28); “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,
19; 1 Cor 11, 24-25). Desde el inicio la Iglesia
hace memoria de la muerte y resurrección de Jesús con
sus mismas palabras y sus mismos gestos en la Última
Cena, pidiendo al Espíritu Santo que transforme el pan y
el vino en el Cuerpo y en la Sangre del
Señor. Con la Tradición constante de la Iglesia creemos firmemente
y enseñamos que las palabras de Jesús que el sacerdote
pronuncia en la Misa, por el poder del Espíritu, realizan
lo que significan. Realizan la presencia real de Cristo resucitado
(CIC 1366). La Iglesia vive de este don supremo que
la reúne, la purifica y la transforma en un solo
Cuerpo de Cristo animado por un solo Espíritu (cf. Ef
5, 29).
La Eucaristía es el don del Amor del
Padre que ha enviado a su Hijo único para que
el mundo se salve por medio de Él (cf. Jn
3, 17); amor de Cristo que nos ha amado hasta
el extremo (cf. Jn 13, 1); amor de Dios derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,
5), que clama en nosotros “¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6;
Rm 8, 15). Así pues, al celebrar el Santo Sacrificio
de la Misa, anunciamos con gozo la salvación del mundo
proclamando la muerte victoriosa del Señor hasta que venga; y
al comulgar de su Cuerpo, recibimos las “arras” de nuestra
resurrección.
8. Cuarenta años después del Concilio Vaticano II, hemos
querido verificar en qué medida los misterios de la fe
se expresan y celebran adecuadamente en nuestras asambleas litúrgicas. El
Sínodo reafirma que el Concilio Vaticano II ha puesto las
bases necesarias para una reforma litúrgica auténtica. Es importante cultivar
sus frutos positivos y corregir los abusos que se hayan
introducido en la práctica litúrgica. Estamos convencidos de que el
respeto del carácter sagrado de la liturgia pasa por una
fidelidad auténtica a las normas litúrgicas de la autoridad legítima.
Que nadie se considere dueño de la liturgia de la
Iglesia. La fe viva, que reconoce la presencia del Señor,
constituye la primera condición para una celebración bella que culmine
con el Amén para gloria de Dios.
LUCES EN
LA VIDA EUCARÍSTICA DE LA IGLESIA
9. Los trabajos del Sínodo
se han desarrollado en una atmósfera de alegría y de
fraternidad, alimentada por la discusión abierta de los problemas y
el testimonio espontáneo de los frutos del año eucarístico. La
escucha y las intervenciones de nuestro Santo Padre Benedicto XVI
han sido para todos nosotros un ejemplo y una ayuda
preciosa. Muchos testimonios nos han hablado de hechos positivos y
consoladores. Por ejemplo la toma de conciencia de la importancia
de la Misa dominical; el aumento de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada en varias partes del
mundo; la experiencia fuerte de las Jornadas Mundiales de la
Juventud que han culminado en Colonia, Alemania; el desarrollo de
numerosas iniciativas para la adoración del Santísimo Sacramento prácticamente en
todo el mundo; la renovación de la catequesis del Bautismo
y de la Eucaristía a la luz del Catecismo de
la Iglesia Católica; el crecimiento de movimientos y comunidades que
forman misioneros para la nueva evangelización; el aumento de grupos
de monaguillos que dan la esperanza de nuevas vocaciones; y
muchas otras experiencias que suscitan nuestra acción de gracias.
En
fin, los Padres sinodales desean que el Año eucarístico sea
un inicio y un punto de apoyo para una nueva
evangelización, a partir de la Eucaristía, de la humanidad en
vías de globalización.
10. Deseamos que el “estupor eucarístico” (EE
6) lleve a los fieles a una vida de fe
cada vez más fuerte. Con este fin, las tradiciones orientales,
ortodoxas y católicas, celebran la Divina Liturgia, cultivan la oración
de Jesús, el ayuno eucarístico, mientras que la tradición latina
propone una “espiritualidad eucarística” que culmina en la celebración e
incluye también la adoración del Santísimo Sacramento fuera de la
Misa, las bendiciones eucarísticas, las procesiones con el Santísimo Sacramento,
y otras sanas manifestaciones de la piedad popular. Esta espiritualidad
será sin duda de lo más fecundo para sostener la
vida cotidiana y reforzar nuestro testimonio.
11. Damos gracias a
Dios porque en varios países donde los sacerdotes estaban ausentes
o confinados a la clandestinidad, la Iglesia puede ahora celebrar
libremente los Santos Misterios. La libertad de evangelizar y los
testimonios de renovado fervor despiertan poco a poco la fe
en zonas profundamente descristianizadas. Saludamos con afecto y alentamos a
los que aún sufren persecución. Pedimos también que donde los
cristianos son minoría puedan celebrar el Día del Señor con
toda libertad.
RETOS PARA UNA RENOVACIÓN EUCARÍSTICA
12. La
vida de nuestras Iglesias está marcada también por sombras y
problemas que no hemos eludido. Pensamos ante todo en la
pérdida del sentido del pecado y en la crisis persistente
de la práctica del sacramento de la penitencia. Es importante
que se redescubra su sentido profundo: es una conversión y
un remedio precioso dado por Cristo resucitado para la remisión
de los pecados (cf. Jn 20, 23) y el crecimiento
en el amor a Dios y a nuestros hermanos.
Es
interesante subrayar que un número creciente de jóvenes, habiendo recibido
una catequesis adecuada, practican la confesión personal de los pecados
y muestran una sensibilidad a la reconciliación requerida para recibir
dignamente la santa comunión.
13. Por otro lado, la falta
de sacerdotes para celebrar la Eucaristía del domingo nos preocupa
enormemente y nos invita a rezar y a promover más
activamente las vocaciones sacerdotales. Algunos sacerdotes se ven obligados a
multiplicar las celebraciones y los desplazamientos de un lugar a
otro para responder lo mejor posible a las necesidades de
los fieles, al precio de grandes fatigas. Merecen nuestra estima
y solidaridad. Nuestro agradecimiento se dirige también a los numerosos
misioneros cuyo entusiasmo en el anuncio del Evangelio permite seguir
siendo fieles al mandato del Señor de ir al mundo
entero y bautizar en su Nombre (cf. Mt 28, 19).
14. Por otro lado, estamos preocupados porque la falta del
sacerdote impide la celebración de la Misa, el Día del
Señor. En los distintos continentes que padecen esa falta de
sacerdotes existen diferentes formas de celebraciones dominicales. Por otra parte,
la práctica de la “comunión espiritual”, muy apreciada por la
tradición católica, ciertamente se podría y debería promover y explicar
mejor, tanto para ayudar a los fieles a mejorar la
comunión sacramental, como para dar un verdadero consuelo a los
que, por diversas razones, no pueden recibir la comunión del
Cuerpo y Sangre de Cristo. Creemos que esta práctica ayudaría
a las personas solas, en particular a discapacitados, ancianos, prisioneros
y refugiados.
15. Conocemos la tristeza de los que no
pueden recibir la comunión sacramental por causa de una situación
familiar no conforme con el mandamiento del Señor (cf. Mt
19, 3-9). Algunas personas divorciadas y vueltas a casar aceptan
con dolor no poder comulgar sacramentalmente y lo ofrecen a
Dios. Otras no entienden esta restricción y viven una gran
frustración interior. Aunque no estemos de acuerdo con su elección
(cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2384), reafirmamos que no
son excluidos de la vida de la Iglesia. Les pedimos
que participen en la Misa dominical y escuchen frecuentemente la
Palabra de Dios para que alimente su vida de fe,
de caridad y de conversión. Deseamos decirles que estamos cercanos
a ellos con la oración y la solicitud pastoral. Juntos
pedimos al Señor obedecer fielmente a su voluntad.
16. Hemos
constatado también en ciertos ambientes una disminución del sentido de
lo sagrado que afecta no sólo a la participación activa
y fructuosa de los fieles en la Misa, sino también
a la manera de celebrar y a la cualidad del
testimonio de vida que los cristianos están llamados a dar.
Tratemos de reavivar, a través de la Sagrada Eucaristía, el
sentido y el gozo de pertenecer a la comunidad católica,
ya que en ciertos países se multiplican los abandonos. La
descristianización reclama una mejor formación a la vida cristiana en
las familias, para que la práctica de los sacramentos se
renueve y manifieste realmente el contenido de la fe. Invitamos
pues a los padres, pastores y catequistas a movilizarse en
un gran trabajo de evangelización y de educación a la
fe al inicio de este nuevo milenio.
17. Ante el
Señor de la historia y ante el futuro del mundo,
los pobres de siempre y los nuevos, las víctimas de
injusticias, cada vez más numerosas, y todos los olvidados de
la tierra nos interpelan, nos recuerdan a Cristo en agonía
hasta el final de los tiempos. Estos sufrimientos no pueden
ser extraños a la celebración del misterio eucarístico, que compromete
a todos nosotros a obrar por la justicia y la
transformación del mundo de manera activa y consciente, a partir
de la enseñanza social de la Iglesia que promueve la
centralidad y dignidad de la persona.
“No podemos engañarnos: es
por el amor mutuo y, en particular, por la solicitud
que manifestaremos a los que están en necesidad por lo
que seremos reconocido como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn
13, 35; Mt 25, 31-46). Este es el criterio que
probará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (Mane nobiscum Domine
28).
SERÉIS MIS TESTIGOS
18. “Jesús, habiendo amado a los
suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo” (Jn 13, 1). San Juan revela el sentido de
la Institución de la Santísima Eucaristía por medio de la
narración del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20).
Jesús se abaja a lavar los pies de sus discípulos
como signo de su Amor supremo. Este gesto profético anticipa
su abajamiento del día siguiente en la muerte de la
cruz, que redime el pecado del mundo y lava nuestras
almas de toda mancha. La Sagrada Eucaristía es el don
del Amor, un encuentro con Dios que nos ama y
una fuente que mana vida eterna. Obispos, sacerdotes y diáconos
somos los primeros testigos y servidores de este Amor
19.
Queridos sacerdotes, hemos pensado mucho en vosotros en estos días.
Conocemos vuestra generosidad y vuestros retos. En comunión con nosotros
vuestros obispos lleváis el peso del servicio pastoral cotidiano al
lado del pueblo de Dios. Anunciáis la Palabra de Dios
procurando introducir a los fieles en el misterio eucarístico. ¡Qué
espléndida gracia la de vuestro ministerio! Rezamos con vosotros y
por vosotros para que juntos seamos fieles al amor del
Señor; os pedimos ser, con nosotros y siguiendo el ejemplo
del Santo Padre Benedicto XVI, “humildes obreros de la viña
del Señor”, con una vida sacerdotal coherente. Que la paz
de Cristo que dais a los pecadores arrepentidos y a
las asambleas eucarísticas, resplandezca sobre vosotros y sobre las comunidades
que viven de vuestro testimonio.
Con gratitud recordamos el empeño
de los diáconos permanentes, de los catequistas, de los agentes
de pastoral y de numerosos laicos que activamente trabajan en
favor de la comunidad. ¡Pueda vuestro servicio ser siempre fecundo
y generoso, apoyados por una plena comunión de intenciones y
de acción con los Pastores de la comunidad!
20. Amados
hermanos y hermanas, cualquiera que sea el estado de vida
en el que somos llamados a vivir nuestra vocación bautismal,
revistámonos de los sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fil 2,
2) y compitamos en humildad los unos con los otros
a ejemplo de Jesucristo. Nuestra caridad mutua no es solamente
una imitación del Señor, es una prueba viva de su
presencia activa en medio de nosotros. Saludamos y damos las
gracias a todas las personas consagradas, porción escogida de la
viña del Señor, que testimonian gratuitamente la Buena Nueva del
Esposo que viene (cf. Ap 22, 17-20). Vuestro testimonio eucarístico
de seguimiento de Cristo es un grito de amor en
la noche del mundo, un eco del Stabat Mater y
del Magnificat. Que la Mujer eucarística por excelencia, coronada de
estrellas e inmensamente fecunda, la Virgen de la Asunción y
de la Inmaculada Concepción, os mantenga en el servicio de
Dios y de los pobres, en la alegría de Pascua,
para la esperanza del mundo.
21. Queridos jóvenes, el Santo
Padre Benedicto XVI os ha dicho e insistido que no
perdéis nada dándoos a Cristo. Repetimos sus palabras fuertes y
serenas de la Misa de comienzo de su ministerio que
os orientan hacia la verdadera felicidad, respetando por completo vuestra
libertad: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada,
y lo da todo. Quien se da a él, recibe
el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en
par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.
Confiamos en vuestras capacidades y en vuestro deseo de desarrollar
los valores positivos del mundo y de cambiar lo que
es injusto y violento. Contad con nuestro apoyo y nuestra
oración para que juntos nos enfrentemos con el reto de
construir el futuro con Cristo. Sois los “centinelas de la
aurora” y los “exploradores del futuro”. No dejéis de beber
en la fuente de la fuerza divina de la Sagrada
Eucaristía para realizar las transformaciones necesarias.
A los jóvenes seminaristas
que se preparan para el ministerio sacerdotal y que comparten
con su generación las mismas esperanzas para el futuro, les
deseamos que su vida de formación esté impregnada de una
auténtica espiritualidad eucarística.
22. Queridos esposos cristianos y familias, vuestra
vocación a la santidad, como iglesia doméstica, se alimenta en
la Mesa de la Eucaristía. En el sacramento del matrimonio
vuestra fe transforma la unión conyugal en un templo del
Espíritu Santo, en fuente fecunda de nueva vida que engendra
los hijos, fruto de vuestro amor. Hemos hablado a menudo
de vosotros en el Sínodo, porque somos conscientes de las
fragilidades y de las incertidumbres del mundo presente. No os
desaniméis en el esfuerzo por educar vuestros hijos en la
fe. Sois el semillero de las vocaciones al sacerdocio y
a la vida consagrada. No olvidéis que Cristo habita en
vuestra unión y la bendice con todas las gracias que
necesitáis para vivir santamente vuestra vocación. Os animamos a conservar
la costumbre de participar en familia en la Eucaristía dominical.
Alegráis así el corazón de Jesús que dijo: “Dejad que
los niños se acerquen a mí” (Mc 10, 14).
23.
Deseamos dirigir una palabra especial a todos los que sufren,
especialmente a los enfermos y discapacitados que están unidos al
sacrificio de Cristo por su sufrimiento (cf. Rm 12, 2).
Por el dolor que sentís en vuestro cuerpo y en
vuestro corazón participáis de manera singular en el sacrificio de
la Eucaristía, como testigos privilegiados del amor que de ella
deriva. Estamos seguros de que en el momento en el
que experimentamos la debilidad y nuestros propios límites, la fuerza
de la Eucaristía puede ser una gran ayuda. Unidos al
misterio pascual de Cristo, encontramos la respuesta a las cuestiones
candentes del sufrimiento y de la muerte, sobre todo cuando
la enfermedad toca a niños inocentes. Nos sentimos cercanos a
todos vosotros pero especialmente a los moribundos que reciben el
Cuerpo de Cristo como viático para su último paso al
Reino.
QUE TODOS SEAN UNO
24. El Santo Padre Benedicto
XVI ha reiterado el compromiso solemne de la Iglesia con
la causa ecuménica. Todos somos responsables de esta unidad (cf.
Jn 17, 21), pues somos miembros de la familia de
Dios por nuestro bautismo, hemos recibido la misma gracia y
dignidad fundamental y compartimos el inestimable don sacramental de la
vida divina. Todos sentimos el dolor de la separación que
impide la celebración común de la Santa Eucaristía. Queremos intensificar
en las comunidades la oración por la unidad, el intercambio
de dones entre las Iglesias y las comunidades eclesiales, así
como los contactos respetuosos y fraternos entre todos, para conocernos
mejor y amarnos, respetando y apreciando nuestras diferencias y nuestros
valores comunes. Normas precisas de la Iglesia determinan cómo hay
que conducirse respecto a la comunión eucarística de los hermanos
y hermanas que no están todavía en plena comunión con
nosotros. Una sana disciplina impide la confusión y los gestos
precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión.
25.
Como cristianos nos reconocemos muy cercanos a todos los otros
descendientes de Abraham: a los judíos, herederos de la primera
Alianza, y a los musulmanes. Al celebrar la sagrada Eucaristía,
nos consideramos también, como dice San Agustín, “sacramento de la
humanidad” (De civ. Dei, 16), voz de todas las oraciones
y súplicas que suben de la tierra hacia Dios.
CONCLUSIÓN: UNA PAZ LLENA DE ESPERANZA
Amados hermanos y hermanas, 26.
Damos gracias a Dios por esta XI Asamblea Sinodal, que
nos ha hecho volver a la fuente del misterio de
la Iglesia, cuarenta años después del Concilio Vaticano II. Terminamos
así felizmente el Año de la Eucaristía, confirmados en la
unidad y renovados en el entusiasmo apostólico y misionero.
A
comienzos del siglo cuarto, el culto cristiano aún estaba prohibido
por las autoridades imperiales. Los cristianos del norte de África,
vinculados con fuerza a la celebración del Día del Señor,
desafiaron la prohibición. Murieron mártires declarando que no podían vivir
sin la celebración dominical de la Eucaristía. Los 49 mártires
de Abitinia, unidos a tantos santos y beatos que han
hecho de la Eucaristía el centro de sus vidas, interceden
por nosotros al inicio del nuevo milenio. Nos enseñan la
fidelidad al encuentro de la Nueva Alianza con Cristo resucitado.
Al final de este Sínodo, experimentamos la paz llena de
esperanza que los discípulos de Emaús, con el corazón encendido,
recibieron del Señor resucitado. Se levantaron y volvieron apresuradamente a
Jerusalén para compartir su alegría con sus hermanos y hermanas
en la fe. Os deseamos que vayáis alegremente a su
encuentro en la Santa Eucaristía y que experimentéis la verdad
de su palabra: “Y yo estoy con vosotros hasta el
fin del mundo” (Mt 28, 20).
¡Queridos hermanos y hermanas,
la Paz esté con vosotros!
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