La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Congregación para el Clero Formación permanente del diácono
Asume el carácter de la «fidelidad» a Cristo y a la Iglesia y de la «conversión continua»
Características
63. La formación permanente de los diáconos implica una
exigencia humana que se pone en continuidad con la llamada
sobrenatural a servir ministerialmente a la Iglesia y con la
inicial formación al ministerio, considerando los dos momentos como partes
del único proceso orgánico de vida cristiana y diaconal. (227)
En efecto, «quien recibe el diaconado contrae la obligación de
la propia formación doctrinal permanente que perfeccione y actualice cada
vez más la formación requerida antes de la ordenación», de
modo que la vocación "al" diaconado continúe y se muestre
como vocación "en" el diaconado, mediante la periódica renovación del
«si, lo quiero» pronunciado el día de la ordenación. (228)
Debe ser considerada —sea de parte de la Iglesia que
la da, sea de parte de los diáconos que la
reciben— como un mutuo derecho-deber fundado sobre la verdad de
la vocación aceptada. El hecho de tener que continuar siempre
a ofrecer y recibir una correspondiente formación integral es una
obligación para los obispos y para los diáconos, que no
se puede dejar pasar.
Las características de obligatoriedad, globalidad, interdisciplinariedad, profundidad,
rigor científico y de preparación a la vida apostólica de
esa formación permanente, están constantemente presentes en la normativa eclesiástica,
(229) y resultan todavía más necesarias si la formación inicial
no se hubiera conseguido según el modelo ordinario.
Esta formación asume
el carácter de la «fidelidad» a Cristo y a la
Iglesia y de la «conversión continua», fruto de la gracia
sacramental vivida dentro de la dinámica de la caridad pastoral
propia de cada uno de los grados del ministerio ordenado.
Ella se configura como elección fundamental, que exige ser reafirmada
y reexpresada a lo largo de los años del diaconado
permanente mediante una larga serie de respuestas coherentes, radicadas en
y vivificadas por el «sí» inicial. (230)
Motivaciones
64. Inspirándose en la
oración usada en el rito de ordenación, la formación permanente
se funda en la necesidad para el diácono de un
amor por Jesucristo que le empuja a su imitación («sean
imagen de tu Hijo»); tiende a confirmarlo en la fidelidad
indiscutible a la vocación personal al ministerio («cumplan fielmente la
obra del ministerio»); propone el seguimiento de Cristo Siervo con
radicalidad y franqueza («el ejemplo de su vida sea un
reclamo constante al Evangelio... sean sinceros... atentos... vigilantes...»).
La formación permanente
encuentra, por lo tanto, «su fundamento propio y su motivación
original en el mismo dinamismo del orden recibido», (231) y
se alimenta primordialmente de la Eucaristía, compendio del misterio cristiano,
fuente inagotable de toda energía espiritual. También al diácono se
le puede, aplicar, de alguna manera, la exhortación del apóstol
Pablo a Timoteo: «Te recomiendo que reavives el carisma de
Dios que está en ti» (2 Tim 1,6; cf. 1
Tim 4, 14-16).
Las exigencias teológicas de su llamada a una
singular misión de servicio eclesial piden del diácono un amor
creciente por la Iglesia y para sus hermanos, manifestado en
un fiel cumplimiento de las propias funciones. Escogido por Dios
para ser santo, sirviendo ministerialmente a la Iglesia y a
todos los hombres, el diácono debe crecer en la conciencia
de la propia ministerialidad en una manera continua, equilibrada, responsable
solícita y siempre gozosa.
Sujetos
65. Considerada desde la perspectiva del diácono,
primer responsable y protagonista, la formación permanente representa, antes que
nada, un perenne proceso de conversión. Esta transformación atañe al
ser mismo del diácono como tal —esto es: toda su
persona consagrada y puesta al servicio de la Iglesia— y
desarrolla en él todas sus potencialidades, con el fin de
hacerle vivir en plenitud los dones ministeriales recibidos, en cada
período y condición de vida y en las diversas responsabilidades
ministeriales conferidas por el obispo. (232)
La solicitud de la Iglesia
por la formación permanente de los diáconos sería ineficaz sin
el esfuerzo de cada uno de ellos. Tal formación no
puede reducirse a la sola participación a cursos, a jornadas
de estudio, etc., sino que pide a cada diácono, sabedor
de esta necesidad, que las cultive con gran interés y
con un cierto espíritu de iniciativa. El diácono tenga interés
por la lectura de libros escogidos con criterios eclesiales, se
informe mediante alguna publicación de probada fidelidad al Magisterio, y
no deje la meditación cuotidiana. Formarse siempre más y mejor
es una parte importante del servicio que se le pide.
66.
Considerada desde la perspectiva del obispo (233) y de los
presbíteros, cooperadores del orden episcopal que llevan la responsabilidad y
el peso de su cumplimiento, la formación permanente consiste en
ayudar a los diáconos a superar cualquier dualismo o ruptura
entre espiritualidad y ministerialidad, como también y primeramente, a superar
cualquier fractura entre la propia eventual profesión civil y la
espiritualidad diaconal, «a dar una respuesta generosa al compromiso requerido
por la dignidad y responsabilidad que Dios les ha confiado
por medio del sacramento del Orden; en cuidar, defender y
desarrollar su específica identidad y vocación; en santificarse a sí
mismo y a los demás mediante el ejercicio del ministerio».
(234) Ambas perspectivas son complementarias y se necesitan mutuamente en
cuanto fundamentadas, con la ayuda de los dones sobrenaturales, en
la unidad interior de la persona.
La ayuda, que los formadores
deberán ofrecer, será tanto más eficaz cuanto más corresponda a
las necesidades personales de cada diácono, porque cada uno vive
el propio ministerio en la Iglesia como persona irrepetible y
en las propias circunstancias.
Tal acompañamiento personalizado hará que el diácono
sienta el amor, con el que la Madre Iglesia está
junto a su esfuerzo por vivir la gracia del sacramento
en la fidelidad. Por eso, es de capital importancia que
los diáconos puedan elegir un director espiritual, aprobado por el
obispo, con el que puedan tener regulares y frecuentes diálogos.
Por otra parte, toda la comunidad diocesana se encuentra, de
alguna manera, comprometida en la formación de los diáconos (235)
y, en particular, el párroco u otro sacerdote designado para
ello, que debe prestar su ayuda personal con solicitud fraterna.
Especificidad
67.
El cuidado y el trabajo personal en la formación permanente
son signos inequivocables de una respuesta coherente a la vocación
divina, de un amor sincero a la Iglesia y de
una auténtica preocupación pastoral por los fieles cristianos y por
todos los hombres. Se puede extender a los diáconos cuanto
ha sido afirmado de los presbíteros: «La formación permanente es
necesaria ... para lograr el fin de su vocación: el
servicio a Dios y a su pueblo». (236)
La formación permanente
es verdaderamente una exigencia, que se pone después de la
formación inicial, con la que se condivide las razones de
finalidad y significado y, en confronto con la cual, cumple
una función de integración, de custodia y de profundización.
La esencial
disponibilidad del diácono delante de los otros, constituye una expresión
práctica de la configuración sacramental a Cristo Siervo, recibida por
el sagrado Orden e imprimida en el alma por el
carácter: es una meta y una llamada permanente para el
ministerio y la vida de los diáconos. En tal perspectiva,
la formación permanente no se puede reducir a un simple
quehacer cultural o práctico para un mayor y mejor saber
hacer. La formación permanente no debe aspirar solamente a garantizar
la actualización, sino que debe tender a facilitar una progresiva
conformación práctica de la entera existencia del diácono con Cristo,
que ama a todos y a todos sirve.
Ambitos
68. La formación
permanente debe unir y armonizar todas las dimensiones de la
vida y del ministerio del diácono. Por lo tanto, como
la de los presbíteros, debe ser completa, sistemática y personalizada
en sus diversas dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral. (237)
69.
Cuidar los diversos aspectos de la formación humana de los
diáconos, tanto en épocas pasadas como ahora, es trabajo fundamental
de los Pastores. El diácono, consciente que ha sido elegido
como hombre en medio de los hombres para dedicarse al
servicio de la salvación de todos los hombres, debe estar
dispuesto a dejarse ayudar en la mejora de sus cualidades
humanas —preciosos instrumentos para su servicio eclesial— y a perfeccionar
todos aquellos modos de su personalidad, que puedan hacer que
su ministerio sea más eficaz.
Por ello, para realizar eficazmente su
vocación a la santidad y su peculiar misión eclesial, —con
los ojos fijos en Aquel que es perfecto Dios y
perfecto hombre— debe tener en cuenta la práctica de las
virtudes naturales y sobrenaturales, que lo harán más semejante a
la imagen de Cristo y más digno de afecto por
parte de sus hermanos. (238) En particular debe practicar, en
su ministerio y en su vida diaria, la bondad de
corazón, la paciencia, la amabilidad, la fortaleza de ánimo, el
amor por la justicia, el equilibrio, la fidelidad a la
palabra dada, la coherencia con las obligaciones libremente asumidas, el
espíritu de servicio, etc... La práctica de estas virtudes ayudará
a los diáconos a llegar a ser hombres de personalidad
equilibrada, maduros en el hacer y en el discernir hechos
y circunstancias.
También es importante que el diácono, consciente de la
dimensión de ejemplaridad de su comportamiento social, reflexione sobre la
importancia de la capacidad de diálogo, sobre la corrección en
las distintas formas de relaciones humanas, sobre las aptitudes para
el discernimiento de la culturas, sobre el valor de la
amistad, sobre el señorío en el trato. (239)
70. La formación
espiritual permanente se encuentra en estrecha conexión con la espiritualidad
diaconal, que debe alimentar y hacer progresar, y con el
ministerio, sostenido «por un verdadero encuentro personal con Jesús, por
un coloquio confiado con el Padre, por una profunda experiencia
del Espíritu». (240) Los Pastores deben empujar y sostener en
los diáconos el cultivo responsable de la propia vida espiritual,
de la cual mana con abundancia la caridad, que sostiene
y fecunda su ministerio, evitando el peligro de caer en
el activismo o en una mentalidad «burocrática» en el ejercicio
del diaconado.
Particularmente la formación espiritual deberá desarrollar en los diáconos
aspectos relacionados con la triple diaconía de la palabra, de
la liturgia y de la caridad. La meditación asidua de
la Sagrada Escritura realizará la familiaridad y el diálogo adorante
con el Dios viviente, favoreciendo una asimilación a toda la
Palabra revelada. El conocimiento profundo de la Tradición y de
los libros litúrgicos ayudará al diácono a redescubrir continuamente las
riquezas inagotables de los divinos misterios a fin de ser
digno ministro. La solicitud fraterna en la caridad moverá al
diácono a llegar a ser animador y coordinador de las
iniciativas de misericordia espirituales y corporales, como signo viviente de
la caridad de la Iglesia.
Todo esto requiere una programación cuidadosa
y realista de medios y de tiempo, evitando siempre las
improvisaciones. Además de estimular la dirección espiritual, se deben prever
cursos y sesiones especiales de estudio sobre cuestiones de temas,
que pertenecen a la grande tradición teológica espiritual cristiana, períodos
particularmente intensos de espiritualidad, visitas a lugares espiritualmente significativos.
Con ocasión
de los ejercicios espirituales, en los cuales debería participar por
lo menos cada dos años, (241) el diácono no olvidará
trazar un proyecto concreto de vida, para examinarlo periódicamente con
el propio director espiritual. En este proyecto no podrá faltar
el tiempo dedicado cada día a la fervorosa devoción eucarística,
a la filial piedad mariana y a las prácticas de
ascética habituales, además de la oración litúrgica y la meditación
personal. El centro unificador de este itinerario espiritual es la
Eucaristía. Esta constituye el criterio orientativo, la dimensión permanente de
toda la vida y la acción diaconal, el medio indispensable
para una perseverancia consciente, para un auténtica renovación, y para
alcanzar así una síntesis equilibrada de la propia vida. En
tal óptica, la formación espiritual del diácono descubre la Eucaristía
como Pascua en su anual celebración (Semana Santa), semanal (de
Domingo) y diaria (la Misa de cada día).
71. La inserción
de los diáconos en el misterio de la Iglesia, en
virtud de su bautismo y del primer grado del sacramento
del Orden, hace necesario que la formación permanente refuerce en
ellos la conciencia y la voluntad de vivir en comunión
motivada, real y madura con los presbíteros y con su
propio obispo, especialmente con el Sumo Pontífice, que es el
fundamento visible de la unidad de toda la Iglesia.
Formados de
esta manera, los diáconos en su ministerio serán animadores de
comunión. En particular en aquellos casos en los que existen
tensiones, allí propondrán la pacificación por el bien de la
Iglesia.
72. Se deben organizar oportunas iniciativas (jornadas de estudio, cursos
de actualización, asistencia a cursos o seminarios en instituciones académicas)
para profundizar la doctrina de la fe. Particularmente útil en
este campo, fomentar el estudio atento, profundo y sistemático del
Catecismo de la Iglesia Católica.
Es indispensable verificar el correcto conocimiento
del sacramento del Orden, de la Eucaristía y de los
sacramentos comúnmente confiados a los diáconos, como el bautismo y
el matrimonio. Se necesita también profundizar en los ámbitos y
las temáticas filosóficas, eclesiológicas, de la teología dogmática, de la
Sagrada Escritura y del derecho canónico, útiles para el cumplimiento
de su ministerio.
Además de favorecer una sana actualización, estos encuentros
deberían llevar a la oración, a una mayor comunión y
a una acción pastoral cada vez más incisiva como respuesta
a la urgente necesidad de la nueva evangelización.
También se deben
profundizar, de modo comunitario y con un guía autorizado, los
documentos del Magisterio, especialmente los que explican la posición de
la Iglesia en relación con los problemas doctrinales o morales
más frecuentes de cara al ministerio pastoral. De este modo
se manifestará y demostrará eficazmente la obediencia al Pastor universal
de la Iglesia y a los pastores diocesanos, reforzando así
la fidelidad a la doctrina y a la disciplina de
la Iglesia en un sólido vínculo de comunión.
Además, resulta de
gran interés y utilidad estudiar, profundizar y difundir la doctrina
social de la Iglesia. De hecho, la inserción de buena
parte de los diáconos en las profesiones, en el trabajo
y en la familia, permitirá llevar a cabo manifestaciones eficaces
para el conocimiento y la actuación de la enseñanza social
cristiana.
A quienes posean la debida capacidad, el obispo puede encaminarlos
a la especialización en una disciplina teológica, consiguiendo, si es
posible, los títulos universitarios en los centros académicos pontificios o
reconocidos por la Sede Apostólica, que aseguren una formación doctrinalmente
correcta.
Finalmente, tengan siempre presente el estudio sistemático, no solamente a
fin de perfeccionar su conocimiento, sino también para dar nueva
vitalidad a su ministerio, haciendo que responda cada vez más
a las necesidades de la comunidad eclesial.
73. Junto a la
debida profundización en las ciencias sagradas, se debe cuidar una
adecuada adquisición de las metodologías pastorales (242) para lograr un
ministerio eficaz.
La formación pastoral permanente consiste, en primer lugar, en
promover continuamente la dedicación del diácono por perfeccionar la eficacia
del propio ministerio de dar a la Iglesia y a
la sociedad el amor y el servicio de Cristo a
todos los hombres sin distinción, especialmente a los más débiles
y necesitados. De hecho, el diácono recibe la fuerza y
modelo de su actuar en la caridad pastoral de Jesús.
Esta misma caridad empuja y estimula al diácono, colaborando con
el obispo y los presbíteros a promover la misión propia
de los fieles laicos en el mundo. Él está estimulado
«a conocer cada vez mejor la situación real de los
hombres a quienes ha sido enviado; a discernir la voz
del Espíritu en las circunstancias históricas en las que se
encuentra; a buscar los métodos más adecuados y las formas
más útiles para ejercer hoy su ministerio» (243) en leal
y convencida comunión con el Sumo Pontífice y con el
propio obispo.
Entre estas formas, el apostolado moderno requiere también el
trabajo en equipo que, para ser fructuoso, exige saber respetar
y defender, en sintonía con la naturaleza orgánica de la
comunión eclesial, la diversidad y complementariedad de los dones y
de las funciones respectivas de los presbíteros, de los diáconos
y de todos los otros fieles.
Organización y medios
74. La diversidad
de situaciones, presentes en las iglesias particulares, dificulta la definición
de un cuadro completo sobre la organización y sobre los
medios idóneos para una congrua formación permanente de los diáconos.
En necesario escoger los instrumentos para la formación en un
contexto de claridad teológica y pastoral. Parece más oportuno, por
lo tanto, ofrecer solamente algunas indicaciones de carácter general, fácilmente
traducibles a las diversas situaciones concretas.
75. El primer lugar de
formación permanente de los diáconos es el mismo ministerio. A
través de su ejercicio, el diácono madura, centrándose cada vez
más en su propia vocación personal a la santidad en
el cumplimiento de los propios deberes eclesiales y sociales, en
particular las funciones y responsabilidades ministeriales. La conciencia de ministerialidad
constituye el tema preferencial de la específica formación, que viene
dada.
76. El itinerario de formación permanente debe desarrollarse sobre la
base de un preciso y cuidadoso proyecto establecido y verificado
por la autoridad competente, con el distintivo de la unidad,
estructurada en etapas progresivas, en plena sintonía con el Magisterio
de la Iglesia. Es oportuno establecer un mínimo indispensable para
todos, sin confundirlo con los itinerarios de profundización. Este proyecto
debe tomar dos niveles formativos íntimamente unidos: el diocesano que
tiene como punto de referencia el obispo o a su
delegado, y aquel de la comunidad en donde el diácono
ejerce el ministerio, que tiene su punto de referencia en
el párroco u otro sacerdote.
77. El primer nombramiento de un
diácono para una comunidad o un ámbito pastoral represente un
momento delicado. Su presentación a los responsables de la comunidad
(párrocos, sacerdotes, etc.) y de ésta hacia el mismo diácono,
además de favorecer el conocimiento recíproco, contribuirá a lograr rápidamente
la colaboración sobre la base de la estima y del
diálogo respetuoso en un espíritu de fe y de caridad.
Puede resultar fructuosamente formativa la propia comunidad cristiana, cuando el
diácono se configura en ella con el ánimo de quien
sabe respetar las sanas tradiciones, sabe escuchar, discernir, servir y
amar a la manera del Señor Jesús.
Un sacerdote ejemplar y
responsable, encargado por el obispo, seguirá con particular atención la
experiencia pastoral inicial.
78. Se deben facilitar a los diáconos encuentros
periódicos de contenido litúrgico, de espiritualidad, de actualización, de evaluación
y de estudio a nivel diocesano o supradiocesano.
Será oportuno prever,
bajo la autoridad del obispo y sin multiplicar las estructuras,
reuniones periódicas entre sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos y laicos comprometidos
en el ejercicio del cuidado pastoral, sea para superar el
aislamiento de pequeños grupos, sea para garantizar la unidad de
perspectivas y de acción ante los distintos modelos pastorales.
El obispo
seguirá con solicitud a los diáconos, sus colaboradores, presidiendo los
encuentros, según sus posibilidades y, si se encuentra impedido, procurará
que alguien le represente.
79. Se debe elaborar, con la aprobación
del obispo, un plan de formación permanente realista y realizable,
según las disposiciones presentes, que tenga en cuenta la edad
y las situaciones específicas de los diáconos, junto con las
exigencias de su ministerio pastoral.
Con esa finalidad, el obispo podrá
constituir un grupo de formadores idóneos o, eventualmente, pedir colaboración
a las diócesis vecinas.
80. Sería de desear que el obispo
instituya un organismo de coordinación de diáconos, para programar, coordinar
y verificar el ministerio diaconal: desde el discernimiento vocacional, (244)
a la formación y ejercicio del ministerio, comprendida también la
formación permanente.
Integrarán tal organismo el mismo obispo, el cual lo
presidirá, o un sacerdote delegado suyo, junto a un número
proporcionado de diáconos. Dicho organismo no dejará de tener los
debidos lazos de unión con los demás organismos diocesanos.
El obispo
dictará normas propias que regularán todo lo que se refiere
a la vida y al funcionamiento de ese organismo.
81. Para
los diáconos casados se deber programar, además de las ya
dichas, otras iniciativas y actividades de formación permanente, en las
que, según la oportunidad, participarán, de alguna manera, su mujer
y toda la familia, teniendo siempre presente la esencial distinción
de funciones y la clara independencia del ministerio.
82. Los diáconos
deben valorar todas aquellas iniciativas que las Conferencias Episcopales o
las diócesis promuevan habitualmente para la formación permanente del clero:
retiros espirituales, conferencias, jornadas de estudio, convenios, cursos interdisciplinares de
carácter teológico-pastoral.
También procurarán no faltar a las iniciativas que más
señaladamente pertenecen a su ministerio de evangelización, de liturgia y
de caridad.
El Sumo Pontífice, Juan Pablo II, ha aprobado el
presente Directorio ordenando su promulgación.
Roma, desde el Palacio de las
Congregaciones, 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San
Pedro, del 1998.
Darío Card. Castrillón Hoyos Prefecto
Csaba Ternyák Arzobispo titular
de Eminenziana Secretario
ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
MARÍA,
Maestra
de fe, que con tu obediencia a la Palabra de
Dios, has colaborado de modo eximio en la obra de
la Redención, haz fructuoso el ministerio de los diáconos, enseñándoles
a escuchar y anunciar con fe la Palabra.
MARÍA,
Maestra de caridad,
que con tu plena disponibilidad al llamado de Dios, has
cooperado al nacimiento de los fieles en la Iglesia, haz
fecundo el ministerio y la vida de los diáconos, enseñándoles
a donarse en el servicio del Pueblo de Dios.
MARÍA,
Maestra de
oración, que con tu materna intercesión, has sostenido y ayudado
a la Iglesia naciente, haz que los diáconos estén siempre
atentos a las necesidades de los fieles, enseñándoles a descubrir
el valor de la oración.
MARÍA,
Maestra de humildad, que por tu
profunda conciencia de ser la Sierva del Señor has sido
llena del Espíritu Santo, haz que los diáconos sean dóciles
instrumentos de la redención de Cristo, enseñándoles la grandeza de
hacerse pequeños.
MARÍA,
Maestra del servicio oculto, que con tu vida normal
y ordinaria llena de amor, has sabido secundar en manera
ejemplar el plan salvífico de Dios, haz que los diáconos
sean siervos buenos y fieles, enseñándoles la alegría de servir
en la Iglesia con ardiente amor.
Amén.
Notas
(227) Juan Pablo II,
Exhort. Ap. Post-sinodal Pastores dabo vobis, 42.
(228) Juan Pablo II,
Catequesis en la Audiencia general 20 de octubre de 1993),
n. 4: Enseñanzas, XVI, 2 (1993), p. 1056.
(229) Cf. Pablo
VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, II, 8-10; III, 14-15:
l.c., 699-701; Carta ap. Ad pascendum, VII: l.c., 540; C.I.C.,
can. 236, can. 1027, can. 1032, § 3.
(230) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis, 70: l.c.,
778.
(231) Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis,
70: l.c., 779.
(232) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal
Pastores dabo vobis, 76; 79: l.c., 793; 796.
(233) Cf. Conc.
Ecum. Vaticano II, Decr. Christus Dominus 15; Juan Pablo II,
Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis, 79: l.c., 797.
(234) Congregación
para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida
de los presbíteros (31 de enero de 1994), n. 71:
ed cit., p. 73.
(235) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap.
post-sinodal Pastores dabo vobis, 78: l.c., 795.
(236) Congregación para el
Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los
presbíteros Tota Ecclesia, 71: ed. cit., p. 72.
(237) Cf. Juan
Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis, 71: l.c.,
783; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y
la vida de los presbíteros Tota Ecclesia, n. 74. ed.
cit., p. 75.
(238) Cf. S. Ignacio de Antioquía: «Es necesario
que los diáconos, que son diáconos de los misterios de
Cristo Jesús, agraden a todos. No son, en efecto, diáconos
de comida y bebida sino que sirven a la Iglesia
de Dios» (Epist. ad Trallianos, 2, 3: F. X. Funk,
o.c., I. pp. 244-245).
(239) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap.
post-sinodal Pastores dabo vobis, 72: l.c., 783; Congregación para el
Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los
presbíteros Tota Ecclesia, n. 75: ed. cit., pp. 75-76.
(240) Juan
Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo vobis 72: l.c.,
785.
(243) Juan Pablo II, Exhort. ap. post-sinodal Pastores dabo
vobis, 72: l.c., 783.
(244) Cf. C.I.C., can. 1029.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Este artículo ha sido de gran interés para mí porque sueño con el diaconado. A la edad de trece años creí que mi padre me llevaría al seminario para estudiar el sacerdocio, él rechazó mi deseo y no me inscribió.
Hoy en día tengo cincuenta y siete años, tengo dos hijos y dos nietos, sigo con el deseo de lograr la consagración al diaconado.
Los estudios los podría realizar en Sarasota pero me queda distante de donde vivo.
Llevo veintidos años en los caminos del Señor, sirvo de Minis. Eucaristía
Consultores
de la comunidad Un servicio exclusivo para sacerdotes. Orientación y acompañamiento espiritual a Sacerdotes. Dudas y cuestiones acerca de la Vida Sacerdotal, la Liturgia, el uso y aplicación del Derecho canónico, la Formación en los seminarios y la Formación permanente del Sacerdote
Ver todos los consultores