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S.S. San Pío X. Exhortación Apostólica HAERENT ANIMO, sobre la
Santidad del Clero, 4 Agosto 1908. Extractos de los números
10-15.
La santidad de la vida en tanto es fruto de
nuestra voluntad, en cuanto es fortificada por Dios mediante el
auxilio de la gracia; y Dios mismo nos ha provisto
colmadamente para que no careciésemos jamás, si no queremos, del
don de la gracia, lo cual logramos principalmente por el
espíritu de oración. En efecto, entre la santidad y la
oración existe dicha relación tan necesariamente que de ningún modo
puede existir la una sin la otra. Por esto, muy
conforme a la verdad es la frase del Crisóstomo: Yo
creo ser evidente para todos que es sencillamente imposible el
vivir en la virtud sin la defensa de la oración;
y San Agustín, agudamente, formula esta conclusión: Verdaderamente sabe vivir
bien quien sabe orar bien. Jesucristo mismo nos persuade con
más fuerza estas enseñanzas por la exhortación constante de su
palabra, y más todavía con su ejemplo: sabido es cómo
para orar, se retiraba a los desiertos, o se acogía
a la soledad de las montañas; gastaba noches enteras con
gran empeño en esta ocupación; iba frecuentemente al templo, y
hasta rodeado de las muchedumbres oraba en público con los
ojos alzados al cielo; en fin, clavado en la cruz,
aun entre los mismos dolores de la muerte, llorando y
con gran clamor suplicó a su Padre. -Tengamos, por lo
tanto, como cierto y probado que el sacerdote, a fin
de poder cumplir dignamente con su puesto y su deber,
necesita darse de lleno a la oración. No es raro
tener que deplorar que lo haga más por costumbre que
por devoción interior; que a su tiempo rece el oficio
con descuido o que recite a veces algunas oraciones, pero
después ya no se acuerde de consagrar parte alguna del
día para hablar con Dios, elevando su corazón al cielo.
Y sin embargo, el sacerdote, mucho más que cualquier otro,
debe obedecer al precepto de Cristo: Preciso es orar siempre;
precepto que seguía San Pablo, cuando insistía con tanto empeño:
Perseverad en la oración, pasando en ella las vigilias con
acción de gracias; Orad sin cesar. Y ¡cuántas ocasiones se
presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un
alma poseída por el deseo de la propia santificación y
de la salvación de las otras almas! Angustias íntimas, fuerza
y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y
esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencia y, finalmente,
el temor a los juicios divinos: todas estas cosas nos
incitan poderosamente a llorar ante el Señor para enriquecernos fácilmente,
a sus ojos, de méritos y, además, conseguir su protección.
Y hemos de llorar no tan sólo por nosotros. Entre
el gran diluvio de pecados que, sin cesar se extiende
por todas partes, a nosotros nos corresponde, sobre todo, el
implorar y suplicar la divina clemencia, así como el insistir
ante Cristo, dador muy benigno de toda gracia, en el
admirable Sacramento: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo.
Conviene, además, que
el sacerdote adquiera cierta facilidad y hábito para elevarse y
tender hacia las cosas celestiales, a fin de gustar las
cosas de Dios, enseñarlas y aconsejarlas con ahínco. De esta
unión como espontánea del alma con Dios, se produce y
se conserva principalmente gracias a la meditación cotidiana. Confirmación de
todo esto, bien triste por cierto, podemos hallar en la
vida de aquellos sacerdotes que o hacen poco caso de
la meditación de las cosas eternas, o la miran con
fastidio. Y así son de ver aquellos hombres, en quienes
ha languidecido bien tan importante como el sentir de Cristo,
entregados por completo a las cosas de la tierra, pretendiendo
cosas vanas, hablando fútiles palabras y tratando las cosas santas
negligente, fría y aun indignamente quizá.
Entre aquellos mismos a
quienes es gravoso recogerse en su corazón o que lo
descuidan, no faltan ciertamente quienes no disimulan la consiguiente pobreza
de su alma, y se excusan poniendo por causa que
se entregaron totalmente a la actividad del ministerio sacerdotal, a
la múltiple utilidad de los demás. Mas se engañan miserablemente.
Porque, no acostumbrados ya a tratar con Dios, cuando de
El hablan a los hombres o cuando les dan consejos
para la vida cristiana, carecen totalmente del espíritu de Dios,
de suerte que en ellos la palabra evangélica parece casi
muerta.
Que en ellos, como en todos vosotros, hijos amadísimos, se
grabe muy bien Nuestra exhortación, porque es también de Cristo
Señor Nuestro: Atended, vigilad y orad. Ante todo, que cada
cual aplique su industria al empeño de meditar piadosamente; procure
esto mismo con diligencia y ánimo confiado, suplicando: ¡Señor, enséñanos
a orar! Ni tiene poco peso para inducirnos a meditar
esta especial razón: a saber, cuán gran influencia en el
consejo y virtud procede de aquí, cosa muy útil para
la recta cura de almas, obra la más difícil de
todas. -Y muy a propósito viene, siendo digna de ser
recordada, la alocución pastoral de San Carlos: Entended, hermanos, que
nada es tan necesario a todos los varones eclesiásticos como
la oración mental, que preceda, acompañe y siga a todas
nuestras acciones; "Cantaré, dice el Profeta, y entenderé". Si administras
los sacramentos, oh hermano, medita qué haces; si celebras la
misa, piensa qué ofreces; si cantas, mira con quién y
qué cosas hablas; si diriges las almas, piensa en la
sangre con que están lavadas. El documento lo pueden
encontrar en nuestra página del Centro pastoral Logos |