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Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Fuente: Ecclesia. Revista de cultura católica Pío XII: Cincuenta años después
El 9 de octubre del 2008 se cumplen 50 años de la partida del papa Pacelli, Pastor angelicus, desde esta tierra hacia la eternidad de Dio
Pío XII: Cincuenta años después
El 9 de octubre del 2008 se cumplen 50 años
de la partida del papa Pacelli, Pastor angelicus, desde esta
tierra hacia la eternidad de Dios. En el transcurso de
estos cincuenta años han tenido lugar no pocos acontecimientos de
gran envergadura en la historia de la Iglesia y en
el desarrollo integral de los pueblos, así como en las
relaciones internacionales. La historia humana ha entrado en un proceso
continuo de aceleración sin igual, que hace que estos cincuenta
años, con todas sus peripecias, con sus luces y sombras,
puedan parecer muy distantes de nuestro presente y, por tanto,
menos conocidos y menos influyentes en los hombres de nuestro
tiempo. Sin embargo, medio siglo es, incluso hoy en día,
un período de tiempo suficientemente amplio para lanzar la mirada,
con perspectiva histórica, a un pontificado y analizar con prudencia
y perspicacia, saber y honestidad, su huella y significado en
la Iglesia actual y en la humanidad de nuestro tiempo.
La
historia, desde sus comienzos, es un campo de batalla en
el que actúan simultáneamente las fuerzas del bien y del
mal. Como creyentes estamos convencidos de que las fuerzas del
bien triunfarán sobre las del mal (las puertas del infierno
no prevalecerán contra ella), pero el triunfo final no excluye
batallas perdidas ni escaramuzas del maligno y de sus secuaces
por tergiversar hábilmente la verdad y crear abundante confusión en
la mente de los hombres. En estos cincuenta años la
persona y figura de Pío XII ha estado sometida a
estas dos fuerzas de la historia. Ha sido exaltado y
glorificado como un hombre de gran estatura moral, de finísima
sensibilidad, de mente brillante y de notabilísima inteligencia, de “buen
samaritano” para tantos damnificados de guerra, especialmente judíos, de diplomático
perspicaz y super partes, de infatigable capacidad de trabajo metódico
al servicio de la Iglesia y de la humanidad, de
papa dotado de gran nobleza de alma y de elevación
mística. Ha sido a la vez maltratado casi hasta la
saciedad y brutalmente denigrado como un pontífice intransigente y autoritario,
un “vendido” a Hitler y al fascismo, un enemigo del
pueblo judío, un obsesionado por el comunismo ateo, el último
papa “monárquico y absolutista” amante de las ceremonias fastosas
y de las palabras y gestos grandilocuentes. En definitiva, Pío
XII, como el mismo Jesucristo, ha sido en estos cinco
decenios desde su muerte, una “bandera discutida” de la que
unos y otros desean apoderarse para agitarla ventajosamente a su
favor.
Se suele decir, refiriéndose a personas que han sido
incomprendidas en su vida y en su actividad, que “la
historia les hará justicia”. Es verdad y ojalá así sea,
pero hay que añadir que la historia en ocasiones hace
también injusticia. Porque, en definitiva, la historia la hacen los
historiadores y éstos como hombres, no están exentos de pasiones,
de fobias, de malas interpretaciones, de ambición de poder
e influencia, de “falsas verdades” creadas por ellos. La pura
objetividad histórica no está –nunca lo ha estado- al alcance
completo de los hombres. Con todo, el historiador, que, con
buena voluntad y simpatheia, entra en las intenciones y motivaciones
de los personajes históricos y de los acontecimientos de su
vida a través de los documentos, está más capacitado que
los demás para recrear fielmente la verdad histórica y para,
con honestidad, plasmarla por escrito en su obra. En otras
palabras, tiene el poder de hacer justicia y vencer la
injusticia histórica que rodea a tantos hombres sobresalientes, independientemente de
su rango, de su profesión, de su estado o de
sus creencias. Aquí radica la diferencia esencial entre el historiador
y el panfletista, entre el historiador por vocación y el
que no lo es.
Pío
XII fue un hombre de su tiempo (no podía ser
de otra manera), un papa de un momento histórico particular
tanto en la vida de la Iglesia como en el
escenario europeo y de los demás continentes y naciones.
No corresponde a la vocación del historiador hacer la apología
de su biografiado, digamos de Pío XII, pero tampoco “demonizarlo”,
reducirlo a una sola dimensión de su personalidad o interpretar
su pontificado bajo la perspectiva de un único acontecimiento: su
actuación respecto al pueblo judío, durante el segundo conflicto mundial
(1939-1945), que siendo importante no es el único ni el
más significativo. En la medida de lo posible, se han
de tener en cuenta todas las facetas de la personalidad,
todos los acontecimientos del pontificado, todas las enseñanzas de su
magisterio, toda su vida: tanto la pública como la privada,
todo el intrincado ovillo de las relaciones con los pueblos
y las naciones de la época. Un Pío XII, por
así decir, pluridimensional e integral, no una caricatura del mismo;
el Pío XII real, no el creado por los prejuicios
y la ideología.
Ningún historiador serio puede negar
el amor sincero del papa Pacelli por el pueblo judío
y su extraordinario interés práctico y eficaz por salvar del
genocidio al mayor número posible de ellos. Ningún historiador serio
puede negar tampoco su particular afecto por el pueblo alemán
y, en consecuencia, sus notables esfuerzos por salvar a la
Iglesia católica de las garras del fascismo y de la
paranoia de Hitler. ¿Cómo lograr mantener estos dos intereses en
la balanza histórica del momento, sin que uno de ellos
quede perjudicado, yendo uno en detrimento del otro? Esta es
la verdadera pregunta a la que los historiadores han de
buscar justa respuesta, no de modo apriorístico o ideológico, sino
a través de la documentación completa hasta ahora accesible, críticamente
analizada. A la luz de esa pregunta se ha de
iluminar, por ejemplo, la discreción del papa, el así llamado
“silencio” ante la Shoah, su actuación “política” oculta e indirecta,
su ayuda infatigable y permanente a los judíos, incluso personal,
pero sobre todo a través de las instituciones católicas. No
faltan historiadores que han visto en la prudente actitud del
Santo Padre el modo más justo y eficaz de salvar
a quienes, judíos o no, estaban condenados a una muerte
segura e inhumana.
La huella y el significado del pontificado
de Pío XII en la historia, en estos cincuenta años
pasados desde su muerte, son en gran parte independientes del
historiador y del modo cómo éste interprete la persona y
el quehacer diplomático, institucional y magisterial del papa Pacelli. Lo
que no es del todo independiente del historiador es la
visión que los hombres del futuro tengan de esa historia.
De esa visión puede resultar que el pontificado piano tenga
mayor o menor influjo futuro, deje una huella más o
menos marcada en el devenir histórico. Por eso, la responsabilidad
del historiador es grande de cara a la construcción del
futuro. Por eso, el historiador no debe ceder a otras
instancias -a veces sumamente atractivas y seductoras- que no sean
la búsqueda sincera y honesta de la verdad. Sucede, por
otra parte, que la historiografía posee en sí cierta capacidad
de corregirse a sí misma con el paso de los
lustros y decenios, con lo que la reconstrucción histórica poco
a poco se va decantando más y más, hasta
llegar, a largo plazo, a un cierto equilibrio entre la
verdad histórica y la realidad de los hechos. Estas reflexiones
son importantes, en nuestro entender, al cumplirse el cinquentenario de
la muerte de Pío XII, porque, hay que decirlo, buen
número de los historiadores no han hecho gala de honestidad
al reconstruir y narrar los acontecimientos de su pontificado,
al pergeñar su figura y su personalidad en el tiempo
y en el espacio que le tocó vivir. Es deseable
que la historiografía del futuro revise y corrija, en lo
que sea necesario, la de estos decenios pasados para que
la figura y el pontificado de Pío XII aparezcan, sí
con sus luces y sombras, pero por ello en toda
su verdad.
Se destaca, del magisterio de Pío XII, el
hecho de ser con mucho el más citado en las
Constituciones, Decretos y Declaraciones del Concilio Vaticano II: son citadas
15 encíclicas con 65 citaciones y se hallan 87 referencias
de otros documentos. Es un indicio claro de que para
los padres conciliares el magisterio piano era un magisterio vivo,
sumamente rico, abarcador de todos los grandes temas tratados, discutidos
y aprobados en el Concilio. Durante los 19 años de
su pontificado, en efecto, el papa Pacelli abordó con gran
competencia y profundidad todas las cuestiones doctrinales de fe y
de moral, que interesaron a los hombres de su tiempo.
Para todos, en sus diversas categorías profesionales, tenía una palabra
acertada, iluminadora de la mente y orientadora del obrar. Quedarse,
sin embargo, en el mero número de citas me parece
superficial e insuficiente. Hay que llegar a los contenidos de
esas citas, a las reflexiones que llevaron a los padres
del Concilio a incluir esas citas en los diversos documentos.
Hay que preguntarse si hubiese sido posible el concilio Vaticano
II sin ese magisterio pontificio, si Juan XXIII hubiese tenido
la osadía de convocar el Concilio si no hubiese encontrado
y no hubiese sido estimulado por ese intento de concilio
que Pío XII no se decidió a convocar por las
circunstancias de su vida personal y de la historia humana.
Hay quienes subrayan la ruptura de los documentos del Vaticano
II con el pasado. Conviene más bien hablar de novedad,
pero una novedad que se engarza dentro de una continuidad
con la tradición doctrinal, litúrgica y disciplinar de la Iglesia,
y sobre todo con el magisterio piano; una continuidad diacrónica
plurisecular que contribuyó de modo significativo a la sincronía de
la novedad conciliar, sincronía altamente apreciada y celosamente buscada por
el papa Pablo VI, verdadero timonel de la asamblea conciliar
a partir de la segunda sesión del Vaticano II.
Si fijamos nuestra atención en los documentos estructurales del
Concilio, la Constitución dogmática Sacrosanctum Concilium sobre la liturgia fue
precedida por la reforma que ya en gran parte fue
realizando Pío XII durante los años de su pontificado, particularmente
mediante la encíclica Mediator Dei y las normas litúrgicas que
de ella se derivaron, por ejemplo, para la celebración eucarística,
el rezo del breviario, etcétera. La Constitución dogmática sobre la
divina revelación, Dei verbum, de cierto no hubiese sido posible
sin la encíclica Divino afflante Spiritu del año 1943, que
fue considerada por los estudiosos como una bocanada de aire
nuevo para la exégesis católica. ¿Y qué decir de la
Constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium? Sin la encíclica Mystici
Corporis Christi, ¿hubiese sido ésta la misma que es sea
en su estructura que en sus contenidos fundamentales? Y los
diversos temas de la Constitución pastoral de la Iglesia en
el mundo, Gaudium et spes, ¿hubiesen sido abordados de la
misma manera sin el magisterio de Pacelli sobre la concepción
del hombre, sobre el ateísmo, sobre las relaciones entre las
naciones, sobre el matrimonio y la familia, sobre la moral,
sobre la cultura, sobre la vida económica y social?
Y, para no ser prolijos, digamos que algo semejante podría
decirse de los otros doce documentos del Concilio Vaticano II,
en temas de tanta valencia actual como la educación, la
libertad religiosa, los medios de comunicación, la vida religiosa y
el ministerio pastoral, etcétera.
Pasando a un aspecto
poco tenido en cuenta, como es la espiritualidad y santidad
de Pío XII, los testimonios de que disponemos documentan una
vida espiritualmente rica y moralmente intachable en Pacelli. El
título de Pastor angelicus le encaja como anillo al dedo.
Su majestuosidad litúrgica, su profundo recogimiento en las ceremonias, sus
gestos solemnes, la nobleza de su porte y su mirada
casi mística hacían sentir y palpar a los peregrinos la
presencia cercana del Dios trascendente, la majestad divina que se
hace visible en su vicario junto con su amor y
misericordia. Ver a Pío XII, sobre todo en las celebraciones
litúrgicas, era para sus contemporáneos como una invitación impelente a
entrar en un espacio sacro, en la esfera del Dios
vivo y verdadero. La disciplina y austeridad de vida, según
cuentan quienes le conocieron de cerca, fueron en él ejemplares;
su espíritu de penitencia y sacrificio, extraordinarios; su vida de
oración y de intimidad con Dios, propia de un alma
que vive habitualmente en el mundo sobrenatural; su devoción a
María, de ternura filial. En el trato con los íntimos
y conocidos, era de una encantadora sencillez; en las relaciones
oficiales de papa o de jefe de estado, de una
elevada nobleza. Como obispo de Roma se preocupó de las
necesidades tanto espirituales como corporales de sus hijos, particularmente durante
la segunda guerra mundial y los años inmediatamente posteriores; como
Pastor de la Iglesia universal, iluminó con su enseñanza, a
través de numerosos escritos, discursos y homilías, las conciencias y
dio orientaciones prácticas para dirigir el comportamiento y la actuación
de los católicos en el ambiente familiar y profesional, en
el campo político, socio-económico y cultural.
Aquí surge espontáneamente la
pregunta: ¿por qué Pío XII no ha sido beatificado ni
canonizado? ¿Por qué su causa, que fue introducida en el
pontificado de Pablo VI, no ha seguido adelante? ¿Qué es
lo que ha impedido a la Iglesia elevar a los
altares a un hombre y a un papa de vida
ejemplar y de reconocida santidad, ya durante su vida? Se
puede buscar una respuesta mediante una mirada retrospectiva a los
cincuenta años pasados desde su deceso, una respuesta que requeriría
mucha dedicación, mucha ciencia histórica y que sería, por tanto,
una respuesta larga, intrincada y compleja, difícilmente satisfactoria para todos,
hiriente y lacerante para no pocos. Sea bienvenida esa respuesta,
que es necesaria y será provechosa para la Iglesia y
para la sociedad civil, con todo nosotros queremos mirar hacia
el horizonte temporal que tenemos por delante, queremos lanzar una
mirada de proyección hacia el futuro. Consideramos urgente eliminar con
prudencia y con tesón los obstáculos “políticos”, y esforzarse porque
la causa de beatificación se acelere y llegue pronto a
feliz término. Nuestro más vivo deseo es que los artículos
de este número de nuestra revista puedan, por una parte,
elucidar algunos aspectos poco conocidos de Pío XII y su
pontificado y, por otra, colaborar a hacer avanzar, aunque sea
un poquito, la causa de beatificación del Pastor angelicus.
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