La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: www.cem.org.mx/ México en «proceso de transición»
Discurso del Papa Benedicto XVI al primer grupo de obispos mexicanos en «visita ad limina»
Propuesta de Benedicto XVI para México en «proceso de
transición»
Discurso al primer grupo de obispos en «visita ad limina»
Queridos Hermanos en el Episcopado:
Os manifiesto mi profunda alegría
al recibiros, con motivo de la visita «ad Limina» para
venerar los sepulcros de los Apóstoles Pedro y Pablo y
acrecentar también los lazos de comunión con el Sucesor de
Pedro. Agradezco las palabras que Monseñor José Fernández Arteaga, Arzobispo
de Chihuahua, me ha dirigido en nombre de todos vosotros,
Pastores de las provincias eclesiásticas de Chihuahua, Durango, Guadalajara y
Hermosillo. Deseo ahora reflexionar sobre algunos puntos de especial interés
para la Iglesia que peregrina en México.
Los momentos de encuentro
entre los Obispos son una valiosa ocasión para vivir y
profundizar la unidad. En este sentido, la Conferencia del Episcopado
Mexicano también está llamada a ser un signo vivo de
la comunión eclesial, orientada a facilitar el ministerio de los
Obispos y fortalecer la colegialidad. Hoy más que nunca es
necesario aunar fuerzas e intercambiar experiencias pues, como ha puesto
de relieve el Concilio Vaticano II, «los Obispos a menudo
no pueden desempeñar su función adecuada y eficazmente si no
realizan su trabajo de mutuo acuerdo y con mayor coordinación,
en unión cada vez más estrecha con otros Obispos» («Christus
Dominus», 37). Los aliento, por tanto, a proseguir por este
camino de comunión de cara a una acción más eficaz
y fructífera.
La nación mexicana ha surgido como encuentro de
pueblos y culturas cuya fisonomía ha quedado marcada por la
presencia viva de Jesucristo y la mediación de María, «Madre
del Verdadero Dios por quien se vive» («Nican Mopohua»). La
riqueza del «Acontecimiento Guadalupano» unió en una realidad nueva a
personas, historias y culturas diferentes, a través de las cuales
México ha ido madurando su identidad y su misión.
Hoy
México vive un proceso de transición caracterizado por la aparición
de grupos que, a veces de manera más o menos
ordenada, buscan nuevos espacios de participación y representación. Muchos de
ellos propugnan con particular fuerza la reivindicación en favor de
los pobres y de los excluidos del desarrollo, particularmente de
los indígenas. Los profundos anhelos de consolidar una cultura y
unas instituciones democráticas, económicas y sociales que reconozcan los derechos
humanos y los valores culturales del pueblo, deben encontrar un
eco y una respuesta iluminadora en la acción pastoral de
la Iglesia.
La preparación al Gran Jubileo contribuyó a que
los católicos mexicanos conocieran, aceptaran y amaran su historia como
pueblo y como comunidad creyente. Deseo recordar aquí la exhortación
de mi predecesor: «Es necesaria, para cada uno y para
los pueblos, una especie de ‘purificación de la memoria’, a
fin de que los males del pasado no vuelvan a
producirse más. No se trata de olvidar todo lo que
ha sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos, aprendiendo, precisamente
de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras
el odio produce destrucción y ruina» (Juan Pablo II, Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz, 3, 1 enero
1997).
Se trata de un reto que requiere una formación
integral, en todos los ámbitos de la Iglesia, que ayude
a cada fiel a vivir el Evangelio en las diversas
dimensiones de la vida. Sólo así se puede dar razón
de la propia esperanza (cf. 1 P. 3.15). Las formas
tradicionales de vivir la fe, transmitidas de manera sincera y
espontánea a través de las costumbres y enseñanzas familiares, han
de madurar en una opción personal y comunitaria. Esta formación
es particularmente necesaria para los jóvenes que, al dejar de
frecuentar la comunidad eclesial tras los sacramentos de iniciación, se
encuentran ante una sociedad marcada por un creciente pluralismo cultural
y religioso. Además, se enfrentan, a veces muy solos y
como desorientados, a corrientes de pensamiento según las cuales, sin
necesidad de Dios e incluso contra Dios, el hombre alcanza
su plenitud a través del poder tecnológico, político y económico.
Por eso se ve la necesidad de acompañar a los
jóvenes y convocarlos con entusiasmo para que, integrados de nuevo
en la comunidad eclesial, asuman el compromiso de transformar la
sociedad como exigencia fundamental del seguimiento de Cristo.
Asimismo, las
familias requieren un acompañamiento adecuado para poder descubrir y vivir
su dimensión de «iglesia doméstica». El padre y la madre
necesitan recibir una formación que les ayude a ser los
‘primeros evangelizadores’ de sus hijos; sólo así podrán realizarse como
la primera escuela de la vida y de la fe.
Pero el solo conocimiento de los contenidos de la fe
no suple jamás la experiencia del encuentro personal con el
Señor. La catequesis en las parroquias y la enseñanza de
la religión y de la moral en las escuelas de
inspiración cristiana, así como el testimonio vivo de quienes lo
han encontrado y lo transmiten, con el fin de suscitar
el anhelo de seguirlo y servirlo con todo el corazón
y toda el alma, deben favorecer esta experiencia de conocimiento
y de encuentro con Cristo.
Una manifestación de la riqueza
eclesial es la existencia de más de cuatrocientos Institutos de
vida consagrada, sobre todo de mujeres y muchos de ellos
fundados en México, que evangelizan en todo el país y
en los diversos ambientes, culturas y lugares. Muchos de ellos
están dedicados a todos los niveles de la educación, particularmente
en algunas universidades; otros trabajan entre los más pobres uniendo
la evangelización y la promoción humana; en hospitales; en medios
de comunicación social; en el campo del arte y las
humanidades; acompañando en la formación espiritual y profesional a profesionales
del mundo de la economía y de la empresa. A
esto hay que añadir una mayor participación de los fieles
laicos a través de diversas iniciativas que ponen de manifiesto
su vocación y misión en la sociedad. Hay también una
presencia creciente de movimientos laicales nacionales e internacionales que promueven
la renovación de la vida matrimonial y familiar, así como
una mayor vivencia comunitaria.
La Iglesia en México refleja el
pluralismo de la sociedad misma, plasmada en muchas y diversas
realidades, algunas muy buenas y prometedoras y otras más complejas.
Ante ello, y en el respeto de las realidades locales
y regionales, los Obispos han de favorecer unos procesos pastorales
orgánicos que den un mayor sentido a las manifestaciones derivadas
de una mera tradición o costumbre. Estos procesos han de
buscar ante todo integrar las directrices del Concilio con los
desafíos pastorales que presentan las diversas situaciones concretas.
La sociedad
actual cuestiona y observa a la Iglesia, exigiendo coherencia e
intrepidez en la fe. Signos visibles de credibilidad serán el
testimonio de vida, la unidad de los creyentes, el servicio
a los pobres y la incansable promoción de su dignidad.
En la tarea evangelizadora hay que ser creativos, siempre en
fidelidad a la Tradición de la Iglesia y de su
magisterio. Por encontrarnos en una nueva cultura marcada por los
medios de comunicación social, la Iglesia en México ha de
aprovechar, a este respecto, la colaboración de sus fieles, la
preparación de tantos hombres de cultura y las oportunidades que
las instituciones públicas concedan en materia de dichos medios (cf.
Juan Pablo II, «Ecclesia in America», 72). Poner el rostro
de Cristo en ese ambiente mediático requiere un serio esfuerzo
formativo y apostólico que no puede postergarse, necesitando también para
ello la aportación de todos.
Queridos Hermanos: celebramos hoy la
fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María. Unidos
en un solo corazón y una sola alma, os encomiendo
bajo sus cuidados maternales, junto con los sacerdotes, comunidades religiosas
y fieles de vuestras diócesis. Llevadles a todos el saludo
y la expresión de amor del Papa, a la vez
que os imparto con afecto mi Bendición Apostólica.
CASTEL GANDOLFO,
jueves, 8 septiembre 2005
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Un servicio exclusivo para sacerdotes. Orientación y acompañamiento espiritual a Sacerdotes. Dudas y cuestiones acerca de la Vida Sacerdotal, la Liturgia, el uso y aplicación del Derecho canónico, la Formación en los seminarios y la Formación permanente del Sacerdote
Ver todos los consultores