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Autor: P. Juan Carlos Ortega La santidad del matrimonio en el hogar
El matrimonio es un regalo de Dios que toda pareja ha de valorar y agradecer al Señor
La santidad del matrimonio en el hogar
Como Dios ha equipado a todos los hombres con
la vocación al amor y les ha regalado de forma
gratuita el fin y las fuerzas, así ha colocado a
cada individuo en su estado, que es el lugar y
la forma en los que tiene que tender a su
destino" (Von Balthasar, H.U., Estados de vida del cristiano, Ediciones
Encuentro, Madrid, 1994., pp. 55-56). De acuerdo a este pensamiento,
deducimos que Dios ha regalado al hombre el matrimonio como
instrumento y estructura que facilita a la persona humana la
vivencia de su vocación al amor. Y, por lo tanto,
el católico casado tiene la seguridad de haber recibido de
Dios todo lo que necesita para vivir esta misión en
el estado matrimonial.
A pesar de ello, el católico siente en
su mismo ser, tanto corporal como espiritual, el aguijón del
pecado y sus consecuencias. Pero, también, recibe la fuerza revitalizadora
de la gracia de Cristo. A causa de la redención,
operada ya en el ser humano por medio de Jesucristo,
el cristiano no ha de detener su mirada en lo
que era el hombre pecador, sino alargar su horizonte hasta
redescubrir lo que era el hombre del paraíso y prefigurar
lo que será el hombre celestial. Si lo anterior se
puede afirmar de todo cristiano, en cualquier estado al que
sea llamado, también se afirma del casado, quien encuentra en
el amor matrimonial la posibilidad de superar el desorden del
pecado y el camino hacia la perfección personal.
1.
El amor matrimonial supera el desorden del pecado.
Los esposos
cristianos, al poner su mirada en lo original de la
primera pareja, recordarán que lo realmente diverso en ellos es
el modo de amar. Un amor que les llevaba al
servicio pleno de Dios, manifestado en una total disponibilidad de
las cosas materiales y del propio cuerpo y libertad. Por
lo tanto, el amor en el estado matrimonial ha de
ayudar a ordenar el uso de las creaturas, del cuerpo
y de la libertad. En este sentido se podría afirmar
que el matrimonio católico es una verdadera consagración a Dios
que lleva a los esposos a alcanzar la santidad a
través de la vivencia por amor de los consejos evangélicos.
2.
Ordena el uso de las cosas materiales.
Los esposos
deben formar una actitud de pobreza interior que los lleva
a recibir como don de Dios al propio cónyuge y
a reconocer en él la única y principal riqueza de
su vida. Única porque deben estar dispuestos a renunciar a
todo lo material, si ello es obstáculo para la unidad
matrimonial. Principal porque desde el momento del matrimonio el valor
de una persona se mide, no por los elementos materiales
que posee sino, por la entrega al esposo. De este
modo el amor convierte la actitud de pobreza en un
servicio al amado.
El católico casado tiene la securidad de haber
recibido de Dios todo lo necesario para vivir en el
matrimonio.
Adán y Eva, en su pobreza, esperaban que
todo le viniera de Dios y vivían en una continua
solidaridad, hasta el punto que todo lo que tenían era
para donarlo al otro. De modo similar, en la vivencia
práctica de la vida matrimonial, la actitud de pobreza, vivida
por amor, llevará a los esposos cristianos, en cualquier circunstancia
económica que les toque vivir, a recibir con alegría lo
que el otro le puede aportar por medio de su
trabajo y a no guardar nada para sí, sino compartirlo
y desear que el otro disfrute de lo marterial antes
que uno mismo. Así los esposos, realizarán las palabras de
san Pablo: "aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría
y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad"
(2Co 8,2).
3. Ordena el ejercicio de la sexualidad.
El
ejercicio del amor conyugal supera el desorden introducido por el
pecado en la sexualidad humana y coloca el eros y
el sexo al servicio del amor cristiano y matrimonial. En
realidad los esposos no hacen otra cosa sino consagrar a
Dios su corazón y su cuerpo para el uso exclusivo
del cónyuge y se sirven de ellos para expresar amor
en los momentos y del modo como Dios lo ha
pensado. Jesucristo se entregó a su Padre y a todos
los hombres en la cruz. Su sacrificio y renuncia fueron
realizados tanto en el cuerpo como en el espíritu. Esta
renuncia realizada por el Hijo de Dios obtuvo la fertilidad
que el Padre quería: la redención del hombre.
Los esposos
no hacen otra cosa sino consagran a Dios su corazón
y su cuerpo para uso exclusivo del cónyuge.
Así
los esposos cristianos, para obtener la fertilidad que, en conciencia,
creen que Dios les quiere otorgar, unas veces se entregarán
mutuamente, por amor, con el cuerpo y el espíritu, y
en otras ocasiones, también por amor, renunciarán al deseo espiritual
de la posesión del cuerpo.
4. Ordena el ejercicio
de la libertad.
El tercer desorden provocado por el pecado, el
desorden de la libertad, también es purificado por el sacramento
del matrimonio. Al momento de unir sus vidas, los católicos
se comprometen a vivir en obediencia a Dios manifiestada en
las necesidades y deseos legítimos del esposo respectivo y a
ejercer sobre los hijos la autoridad amorosa y delegada de
su verdadero Padre. Adán vivía en plena libertad y autonomía
aceptando en todo lo que Dios quería de él. Su
obediencia no era sentida como imposición, pues el amor le
movía a realizar todo mandato y deseo que podía hacer
feliz a Dios, a quien amaba. De modo similar, los
esposos cristianos, en el ejercicio perfecto de su libertad y
movidos por el amor, no desean otra cosa sino hacer
feliz al cónyuge en el cumplimiento de sus mandatos y
deseos. De este modo el hombre cristiano casado, sin renunciar
definitivamente a la libertad, ni al ejercicio de la sexualidad,
ni a la propiedad, supera el desorden provocado por el
pecado en el uso de las cosas materiales, del cuerpo
y de la libertad. Lo supera, como el hombre original,
por medio del amor. Pero si la vivencia del amor
cristiano en el matrimonio, ayudado por la gracia de la
redención otorgada por Cristo, sólo devolviera al hombre la capacidad
de ordenar lo que el pecado desordenó, su función sería
netamente negativa y condicionada por el pecado. El amor matrimonial
encierra mayores riquezas para los esposos cristianos.
5.
El amor matrimonial, camino de perfección.
El Nuevo Testamento nos ha
revelado que todos los católicos son "elegidos de Dios, santos
y amados" (Col 3,12). Y así lo experimentan aquellos que
con sinceridad buscan vivir su vocación de ser imagen de
Dios en el amor. El cristiano, aunque permanecerá siempre copia,
cada día podrá asemejase más al original. La posibilidad de
crecer es una condición humana de la que nadie puede
escapar. Y esto también se aplica al laico quien ha
recibido del evangelio, al igual que el sacerdote y el
religioso, el mandato de alcanzar la perfección del Padre sin
indicación alguna sobre el hasta dónde debe tender a la
santidad o de qué aspectos está dispensado.
....se sirven de ellos
para expresar amor en los momentos y del modo como
Dios lo ha pensado.
Por consiguiente, si el esposo cristiano
está llamado a ser santo y perfecto en el estado
matrimonial al que Dios le ha llamado y Él mismo
le ha regalado, significa que junto con el estado encontrará
todo lo que necesita para ser perfecto y santo. La
santidad consiste en reproducir con la mayor perfección posible la
imagen original del amor de Dios. Pero recordemos que dicha
imagen divina en nuestras almas es fruto principalmente de la
acción de Dios, a la que se suma la colaboración
dócil del hombre.
6. Signo de la presencia
sacramental.
La acción del amor divino en el alma se realiza
principalmente por medio de los sacramentos, en los que el
Hijo de Dios actúa personal y directamente sobre quienes los
reciben. Por otra parte, para que Él se haga presente
en medio de nosotros basta una comunidad de dos o
tres reunidos en su nombre (Mt 18,20). Por ello, el
matrimonio, comunidad de personas en Cristo, es un ámbito humano
propicio para que Él, por medio de la vivencia de
los esposos, actúe los contenidos de su amor de acuerdo
a cada uno de los sacramentos. El sacramento del matrimonio
es signo de la vida y entrega total del Hijo
de Dios al Padre y a la humanidad. Los esposos
cuanto más se entregan por amor el uno al otro,
más son signos de la presencia de Jesucristo vivo que
vino a salvar a los hombres. La entrega exige en
primer lugar la renuncia a lo propio. Como Cristo tuvo
que despojarse de su apariencia divina para devolver al hombre
el bien que había perdido. Así, por el bautismo, todos
nosotros hemos muerto al pecado (Rm 6,2), es decir, al
egoísmo de los propios gustos para buscar el bien de
los demás. Igualmente, la vida matrimonial exige de los esposos
un nuevo modo de pensar y actuar, no centrado ya
en sí mismo sino en el bien del matrimonio y
de los hijos. En la medida que sean capaces de
renunciar por amor a lo propio en beneficio de la
familia, están siendo signos de la presencia del amor de
Cristo que se hizo hombre, no buscando su bien sino
el de la humanidad.
La vida matrimonial exige de los
esposos un nuevo modo de pensar y actuar.
Además de la
renuncia, la entrega tiene otra cara, que se llama sacrificio,
y al que la revelación nos invita expresamente: mbién nosotros
debemos dar la vida por los hermanos"(1Jn 3,16). Cada vez
que los esposos se sacrifican por el cónyuge o los
hijos son signos de la presencia del amor de Jesucristo,
para quien no fue suficiente entregarse de una vez para
siempre, sino que quiso perpetuar su sacrificio cada día y
en todas las partes del mundo. Así, en el sacrificio
eucarístico, los esposos encuentran fuerzas para no poner límites en
el tiempo a su entrega sacrificada y diaria. Pero la
finalidad del sacrificio de Cristo es la unidad de todos
los cristianos en Él: "todos nosotros seamos un cuerpo, ya
que todos participamos de un sólo pan" (1Co 10,17). Del
mismo modo, todo sacrificio que exige la vida matrimonial debe
buscar, ante todo, mantener la unidad entre los cónyuges, de
ellos con los hijos y de los hermanos entre sí.
Entonces, la unidad familiar, fruto del amor conyugal, será signo
del amor que debe existir entre todos los cristianos, fruto
de la unidad de cada uno con Jesucristo.
El culmen
del sacrificio del Hijo de Dios se descubre en la
cruz, cuando perdona a aquellos que le crucificaron. Perdón, que
como su sacrificio, ha querido perdurar durante toda la vida
y en todo lugar por medio del sacramento de la
penitencia. Como el maestro, así los cristianos debemos perdonarnos unos
a otros (Ef 4,32; Col 3,13). Por su parte, los
esposos cristianos no pueden quedar excluidos de esta obligación en
el seno de su matrimonio. Han de perdonar, incluso cuando
sientan que ha sido su propio esposo quien les ha
colocado en la altura de la cruz. Y han de
perdonar como Él, para quien no existe una última oportunidad:
´porque te amo te perdono, y también te perdonaré mañana
si vuelves a ofenderme´. Esta actitud del corazón del esposo
cristiano es signo del amor por el hombre que Cristo
tuvo desde la cruz.
Mientras caminaba por los senderos y
ciudades de Palestina, Jesús manifiesta una especial sensibilidad por los
enfermos y tullidos. Hoy mantiene esta expresión de su amor
por medio de la unción de los enfermos. No quiere
dejar sólo ni desamparado al cristiano en el momento del
dolor y de la muerte. Así la presencia del esposo
junto al lecho de la enfermedad del cónyuge, incluso cuando
éste, por su debilidad, ya no tiene posibilidad de ofrecerle
nada, expresa el amor fiel del Padre y de su
Hijo quienes le recibirán y colmarán el amor matrimonial vivido
en este mundo.
Cada vez que los esposos se sacrifican
por el cónyuge o los hijos son signos de la
presencia del amor de Jesucristo.
Todo lo anterior no
es sino la realización del sacramento de la confirmación, por
la que cada cristiano se convierte en apóstol y transmisor
de la doctrina y vida de Cristo. Aún más, vivido
el matrimonio de este modo, también los esposos son signos
del sacramento del sacerdocio instituido por el amor de Cristo
para administrar las gracias de Dios. Los esposos entre sí
y como padres de familia respecto a sus hijos son
instrumentos de la gracia Dios. Los hijos se acercan a
los sacramentos preparados por su padres. Y éstos se apoyan
mutuamente para mantener y recuperar la vida de gracia y
de unión con Dios.
Se trata pues de una participación
del hombre en la soberanía de Dios que manifiesta también
la responsabilidad específica que le es confiada en relación con
la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que alcanza su
vértice en el don de la vida mediante la procreación
por parte del hombre y la mujer en el matrimonio.
8. La oración, escuela de amor.
La estructura matrimonial
facilita, por lo tanto, a los esposos el ser imagen
de la acción del amor de Dios a través de
los sacramentos. Pero el amor de Dios se derrama también
por medio de la oración.
Oración que pueden realizar ayudándose
de la predicación de los ministros, siempre y cuando la
reciban "no como palabra de hombre, sino cual es en
verdad, como Palabra de Dios" (1Ts 2,13). Los esposos, al
acudir unidos a la predicación, pueden con más facilidad, mediante
el diálogo, hecho también oración, aplicar la Palabra de Dios
escuchada tanto a lo ordinario como a lo circunstancial de
su vida matrimonial.
Los esposos deben realizar también la oración
personal y privada, para que, una vez conocidas y asimiladas
las virtudes de Cristo, traduzcan en obras, bajo la guía
de un prudente director, los frutos de su contemplación. Es
en la oración donde el Espíritu de Cristo ilumina a
los esposos para amar al cónyuge y a los hijos
como el mismo Jesucristo los ama en las circunstancias concretas
de edad y temperamento.
...para quien no fue suficiente de
entregarse de una vez para siempre, sino que quiso perpetuar
su sacrificio cada día.
9. Signo de
la vivencia de las virtudes teologales.
Al ser signo del amor
de Cristo que se derrama a través de los sacramentos
y de la oración, el estado matrimonial se convierte en
luz del mundo, cumpliendo lo mandado por el Señor: "¡Luzca
así vuestra luz delante de los hombres!" (Mt 5,16). El
acto mismo del compromiso matrimonial que ambos cónyuges declaran el
día de su boda es signo claro de lo que
debe ser toda la vida cristiana: una respuesta de amor
a la llamada amorosa de Dios.
¡Qué importante es para
los esposos que su promesa de fidelidad sea, en primer
lugar, promesa a Dios, y, sólo después, promesa al cónyuge!
¿Por qué? Porque sólo Dios es fiel, y nada más
él puede asegurar lo que el amado promete. Sólo porque
se tiene la fe y la confianza en la gracia
de Dios, que acompañará al consorte, se puede esperar y
creer en las palabras de fidelidad de éste. Pero el
acto del compromiso matrimonial no es luz para el mundo
sólo por lo que entraña de fiarse de la palabra
ajena. Su luz más radiante proviene de lo que uno
mismo es capaz de prometer. Toda vida matrimonial que inicia
entraña un verdadero riesgo, se inicia una hoja en blanco
en la que ninguno de los dos esposos saben qué
se escribirá en ella. Pero ambos prometen amor y entrega
absoluta incluso en la adversidad, entendida ésta tanto como proveniente
de fuera de la pareja como causada por el propio
cónyuge. Prometer una fidelidad tal es "para los hombres, imposible;
pero no para Dios, porque todo es posible para Dios"
(Mc 10,27).
De este modo, la vida matrimonial se convierte
también en modelo de la cruz y el sacrificio de
Jesús:"A vosotros se os ha concedido la gracia no sólo
de creer en Cristo, sino de padecer por él" (Flp
1,29). Los esposos sufren por Jesucristo cuando, en respuesta a
su generosidad, no reciben del cónyuge lo prometido. Ellos, en
razón de la promesa realizada a Dios, permanecen fieles. "Si
obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella
ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que
también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis
sus huellas" (1Pe 2,20-21). Bien había entendido la verdad de
su compromiso aquella esposa que un día me dijo: "veo,
padre, que Dios me pide ser mártir de mi matrimonio".
Los esposos cristianos han de estar convencidos que el sacrificio
no puede desaparecer de su vida matrimonial, como no desapareció
de la vida de Cristo, cuyo amor tratan de reproducir
en el matrimonio.
10. Exigencia del apostolado.
Pero aún
quedaría un aspecto más en el que la vida matrimonial
debe ser imagen del amor de Dios. "En esto se
manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios
envió al mundo a su Hijo único para que vivamos
por medio de él" (1Jn 4,9). Si el amor de
Dios hizo que él viniera al encuentro del hombre para
acercarle a sí mismo, los esposos cristianos serán imagen del
amor de Dios cuando, saliendo de su entorno familiar, vayan
al encuentro de otros hombres para transmitir su fe en
Dios.
Los dones de ser imágenes de Dios y de
reproducir su amor divino a través de la vida matrimonial
no pueden ser recibidos por los esposos cristianos de forma
pasiva. Los esposos cristianos tienen la misión de ser apóstoles
del matrimonio y de la familia. Han de transmitir con
su testimonio, con su palabra y con sus acciones la
grandeza de la gracia del matrimonio que Dios les ha
regalado y ellos se esfuerzan por vivir.
Ciertamente el matrimonio
cristiano es un don de Dios a la humanidad, pues
ofrece todos los elementos que el ser humano requiere, no
sólo para superar el desorden creado en él por el
pecado, sino que lo encauza a la vivencia del amor
absoluto para realizar su misión de ser imagen y semejanza
de Dios.
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