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Autor: Ángel Gutiérrez Sanz La educación que estamos necesitando
Más que de hombres ilustrados, de lo que estamos necesitados es de hombres con principios
Se está tomando conciencia a nivel general de la
importancia de la educación. Tratar de mejorar el sistema educativo,
asunto del que se está hablando y se seguirá hablando
durante mucho tiempo, supone afrontar la educación en su dimensión
humana y transcendente. La educación no es sólo la transmisión
de unos saberes, es también la formación integral de la
persona.
Una educación verdaderamente liberadora ha de saber integrar estos
dos aspectos de la personalidad humana: instrucción de la mente
y la formación del ethos a través de la
voluntad; ambas cosas han de ir juntas, no se puede
renunciar a ninguna de las dos, puesto que debemos de
instruir cuando educamos y debemos educar cuando instruimos.
En cuanto
a lo primero, es obligado decir que, la instrucción implica
a su vez, no sólo transmisión de conocimientos, sino también
capacitación de unas mentes que están en fase
de desarrollo. Trátase pues no sólo de transmitir contenidos,
también de ir conformando la mente de los educandos con
los correspondientes hábitos intelectuales, para que llegado el momento puedan
valerse por sí mismos. El aprendizaje de contenidos ha de
estar debidamente seleccionado, apostando por la cultura de lo esencial,
asunto este de particular interés, sobre todo teniendo en cuenta,
que hoy estamos viviendo unas tiempos en los que predomina
la cultura de lo banal y también porque existe el
peligro de una manipulación interesada que amenaza con distorsionar métodos
contenidos y fines.
La transmisión de saberes ha de ser algo
bien distinto de la manipulación y el adoctrinamiento partidista, basados
en prejuicios y arbitrariedades. Lo que debe prevalecer por encima
de todo es la búsqueda desinteresada de la Verdad, que
es la que debe alentar todo el proceso del aprendizaje.
Quien se disponga a enseñar debe estar convencido que ésta
existe y que merece la pena esforzarse por encontrarla y
transmitirla a los demás. Instalarse en una postura interesada, que
nos haga pensar que se puede enseñar cualquier cosa, según
las conveniencias y las circunstancias, es cuestionar ya
de entrada el propio aprendizaje.
Por otra parte lo que se
enseña no tiene porque tener necesariamente el carácter de practicidad.
Paradójicamente las conocimientos más esenciales, humanamente hablando, son los
menos prácticos, por lo que apenas interesan a la
gente. Es sintomático que lo primero que te preguntan
los alumnos, el primer día de clases es ¿para qué
me va a servir esto? Si el profesor no tiene
una respuesta convincente , muy posiblemente su asignatura quedará excluida
del interés del alumno. Esta obsesión por el conocimiento práctico
es algo característico de nuestra cultura y las escuelas deberían
hacer algo para que desapareciera.
El creciente deterioro del saber humanístico
en nuestro sistema educativo sigue siendo motivo de una justificada
preocupación. Se ha optado por una enseñanza masificada que ha
traído como consecuencia la bajada espectacular de los niveles, hasta
el punto que, nuestros alumnos son, humanísticamente hablando, casi unos
analfabetos. En esto ha tenido bastante que ver también la
ampliación del curriculum escolar, por cuanto que la incorporación de
nuevas asignaturas de relativo interés incide negativa en el aprovechamiento
y asimilación de los saberes humanos fundamentales. Si el
horario escolar no permite abarcar toda la gama de conocimientos,
que hoy se pueden ofertar, lo razonable sigue siendo quedarnos
con los que son más importantes. Es cuestión de dar
con la adecuada selección de los saberes que hay que
transmitir a nuestros alumnos. Todos los saberes son buenos pero
si no podemos abarcarlos todos, quedémonos con los mejores.
El otro
aspecto que interesa resaltar en la educación, es la formación
del carácter de las personas. La escuela pública no debe
dejar al margen esta cuestión, también a ella le corresponde
comprometerse en la tarea de la formación moral de nuestros
escolares, mucho más en un tiempo, como el nuestro
de tanta desorientación, en el que hasta se llega a
confundir lo útil con lo honesto. Una vez perdidos los
principios morales absolutos de valor universal nos hemos quedado sin
asideros donde podernos agarrar.
Ante esta situación cabe preguntar ¿qué
tendremos que hacer para sacar a nuestros jóvenes del vacío
moral en que se encuentran? Se me ocurre pensar, que
lo primero que se necesita es que quienes hayan de
orientarles, tengan ellos mismos las ideas claras, que dispongan de
criterios válidos de discernimiento moral, con un sistema de valores
bien definido y bien jerarquizado; pero me temo que esto
es mucho pedir.
El pluralismo y la diversidad ha hecho que
las normas universales de comportamiento dejen paso a la vía
del consenso. Hoy se funciona no por principios sino por
pactos. La recta razón , intérprete de la naturaleza, ha
sido sustituida por la razón dialógica , vía consenso; pero
sigue siendo cierto que el fundamento de la legitimación moral
no siempre se encuentra en el consenso, sino que por
encima del mismo está la obligatoriedad del deber moral. No
es el consenso por sí sólo el que engendra el
deber moral, sino que es el deber moral el que
pide y exige a todos un consenso universal.
Incluso dando por
supuesta una correcta formación de la conciencia moral de nuestros
alumnos, la cosa no debería quedar aquí , se necesita
dar un paso adelante y tratar de ir a la
conquista de los valores, de las actitudes y hábitos
operativos del bien, algo por supuesto nada fácil; pero de
todo punto necesario en unas vidas en periodo de formación
y desarrollo físico y espiritual. Es el momento de aprender
a hacer no lo que se quiere sino lo
que se debe , pues eso es exactamente lo
que significa ser libres, ser dueños de sí mismo. Cuando
hablamos de la necesidad de educar voluntades estamos hablando
de disciplina y sacrificio en el continuo ejercicio de nuestras
acciones, que nos van disponiendo a la adquisición de los
hábitos, lo cuales acabará finalmente conformando el modo de ser
, el ethos y la personalidad de los educandos. Si
a nuestros alumnos no se les da el alimento espiritual,
que en estos momentos están necesitando, si no se fomenta
en ellos el espíritu de superación y de trabajo, si
no se hace de ellos sujetos de valores: respetuosos y
disciplinados, compresivos y responsables, de poco van a servir los
controles, las reválidas y los exámenes.
Más que de hombres ilustrados,
de lo que estamos necesitados es de hombres con
principios, íntegros y cabales. Ésta debiera ser una de los
principales preocupaciones para una Administración, que quiere tomar en
serio las exigencias de una educación responsable.
Esta educación moral de
la que estoy hablando, es difícil concebirla si no es
integrándola en la esfera de lo religioso. Nada menos que
Kohlbert reconoce que la moralidad prepara y aún reclama
la creencia religiosa. Al fin y al cabo el sentido
que demos a la vida es la que acabará
orientando nuestro comportamiento; ahora bien la pregunta sobre el sentido
de la vida sólo tiene respuesta en la religión.
Una educación
sin una referencia al sentido transcendente de la vida es
empobrecedora. El vacío de Dios en el contexto de una
educación laica, no puede ser llenado con nada y supone
una esencial limitación del hombre. Nadie ha podido demostrar jamás
que la educación laica sea más conveniente que la
educación cristiana, ni que prepara mejor para el ejercicio de
la ciudadanía. Por contra justo es reconocer que el cristianismo
está imbuido de humanismo y que ayuda al hombre a
ser más hombre y mejor ciudadano.
Sus aspiraciones de fraternidad universal,
amor, perdón y demás rasgos del humanismo cristiano son
los que mejor nos podrían ayudar en estos momentos a
salir de la crisis de deshumanización que estamos padeciendo. La
presencia del humanismo cristiano en las escuelas, garantiza el respeto
a la dignidad humana y cuando digo esto, me estoy
refiriendo tanto a la escuela estatal como a la que
no lo es. Me pregunto si en los próximos
años tendrá la escuela publica un mayor respeto por el
orden existencial transcendente, si no es así la sociedad del
mañana lo echará en falta, pues está claro que de
la escuela de hoy dependerá la sociedad del mañana.
Angel GUTIÉRREZ
SANZ. Doctor y Catedrático de Filosofia de EE. MM. (D.N.I.6479752)
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