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Autor: P. Marcial Maciel, L.C. | Fuente: Regnum Christi
Vivencia cristiana de las vacaciones
No conviertas las vacaciones en una ocasión para echar por la ventana tus convicciones y valores
 
Vivencia cristiana de las vacaciones
Vivencia cristiana de las vacaciones
Durante estas fechas muchos de ustedes tienen puesta su mente y su corazón en la preparación de las vacaciones de verano, que resultan siempre muy saludables y necesarias. Por eso, pensé que sería de utilidad reflexionar un poco sobre el sentido del tiempo de descanso y la vivencia cristiana de nuestras vacaciones, tratando de sacar algunas consideraciones de orden práctico que nos ayuden a aprovecharlas de manera más fructuosa.

Para muchos las vacaciones son una especie de evasión, un espacio neutral libre de compromisos, cuya única finalidad es, como suele decirse, «pasarla bien». Tener unas «buenas vacaciones» quiere decir haber podido realizar, con los mínimos sobresaltos e inconvenientes, el proyecto de descanso que se habían trazado. Tal vez algunos puedan considerar éste un tema poco relevante. Sin embargo, si ustedes lo analizan, nuestro tiempo de descanso tiene más trascendencia de lo que a simple vista podría parecer. La mayor parte de la gente dedica una parte significativa de la vida al descanso (vacaciones de verano, de Navidad y Pascua, fines de semana, festividades...).

No viene mal, por tanto, preguntarnos cuál es el sentido que tiene para un cristiano este espacio vital tan considerable. Jesucristo decía a aquellos que absolutizaban el descanso sabático en detrimento de la caridad, que «el sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado; y que el Hijo del hombre también es señor del sábado» (cf. Mc 2,27-28; Mt 12,1ss). De igual modo hemos de afirmar que no podemos vivir para las vacaciones, esto es, hacer del tiempo de descanso un fin en sí mismo, sino que, por el contrario, hemos de convertir nuestro descanso en un medio de santificación y en ocasión de enriquecimiento para uno mismo y para los demás.

Es obvio que la primera finalidad de las vacaciones es recuperar las fuerzas físicas y contribuir al equilibrio mental y psicológico, tan necesario sobre todo después de un prolongado e intenso ritmo de trabajo. Para ello es muy recomendable interrumpir las ocupaciones ordinarias e incluso salir del ambiente en el que se desarrolla nuestra vida cotidiana.

Pero para un cristiano existe otra finalidad y una riqueza aún mayor en el descanso. El período de vacaciones es un don que Dios nos da, un talento que debemos hacer rendir, porque el tiempo, todo tiempo, es el medio principal que tenemos para realizar nuestra misión en la tierra. Por eso el descanso no puede ser tiempo de «ocio», entendido como un tiempo vacío de contenidos, como una escapatoria de las propias responsabilidades; sino que debe ser un tiempo de entretenimiento y diversión que facilite también el crecimiento humano y espiritual, el mutuo enriquecimiento con la familia y los amigos; debe ser un tiempo para compartir con los demás, para el servicio y el apostolado. Las vacaciones, por tanto, no son ocasión para vaciarse sino para llenarse.

El mundo nos propone, con frecuencia por simples intereses comerciales, un tipo de diversión que se confunde muchas veces con la superficialidad, la banalidad, e incluso con la transgresión. Para un discípulo de Jesucristo, el tipo de descanso que elige debe reflejar su escala de valores como cristiano, y esto le exigirá tal vez redimensionar su concepto de las vacaciones e incluso tomar elecciones en contra del ambiente o de la moda.

Jesús sabía procurarse también sus tiempos de descanso y, mejor aún, sabía hacer descansar a todos los que estaban a su alrededor. En más de una ocasión sorprendió a sus apóstoles con un cambio de planes para llevárselos a pasar un día de pesca en el lago de Tiberíades; conocía de sobra, como pescadores que eran, su afición por el mar. Le gustaba tener amigos y dedicarles lo mejor de su tiempo y de su persona, como ocurrió en las bodas de Caná (cf. Jn 2,1ss) o en esos frecuentes encuentros con la familia de Pedro en Cafarnaúm donde Él -nos dice el Evangelio- se sentía como «en su casa» (cf. Mc 2,1; 9,33). Sabemos que siempre que podía, en sus viajes a Jerusalén, le gustaba ir a la casa de Marta, María y Lázaro, por quienes sentía una especial amistad (cf. Jn 11,36). En esa casa de Betania solía descansar de las fatigas del camino, se sentía a gusto (cf. Jn 12,1ss.). Pero también dedicaba una buena parte de su tiempo de descanso, incluso robando horas al sueño, para estar largos ratos de oración a solas con su Padre (cf. Lc 6,12).

De esa convivencia con Jesús y de ese descanso todos salían enriquecidos. Jesús siempre buscaba dejar una semilla de eternidad, una palabra de luz, una inquietud en el corazón. Incluso era capaz de renunciar a sus momentos de merecido descanso para entregarse a remediar las necesidades materiales y espirituales de las multitudes (cf. Mt 14,13-23) o de cualquier persona con la que se encontraba, ya fuese de noche, como en el caso de Nicodemo (cf. Jn 3) o bien a la hora de comida y bajo un sol abrasador, como sucedió con la samaritana (cf. Jn 4,1-42). Para Él, todo su tiempo, también el de descanso, era tiempo que le había sido donado por el Padre para realizar una misión, tiempo para amar, tiempo para invertirlo procurando el bien de los demás.

Creo que el pasaje de Jesús en la casa de Marta y de María (cf. Lc 10,38-42) puede ser muy aleccionador al respecto. A veces, en nada se diferencia nuestro descanso del aceleramiento ordinario, excepto en los lugares y modalidades, preocupados, como Marta, por muchas cosas para disfrutar más y mejor, para «aprovechar al máximo mis vacaciones». Y por eso nos lanzamos quizá a la búsqueda de lugares exóticos, de sensaciones nuevas; y hacemos depender el éxito de nuestras vacaciones de la cantidad y no de la calidad del uso de nuestro tiempo, de las cosas y no de las personas con las que compartimos nuestro descanso.

En definitiva, quizá se nos escapa que lo más importante es no olvidar lo esencial. Lo que marca la diferencia en unas vacaciones, el poso de riqueza interior que nos llevamos, más allá del aspecto circunstancial y anecdótico, depende en buena medida de las actitudes con que afrontemos nuestras vacaciones, del concepto mismo que tengamos de nuestro tiempo de descanso. Esa «mejor parte» de unas vacaciones que, como en el caso de María, no hemos de permitir que nada ni nadie nos arrebate, consiste básicamente en tres elementos que me permito comentar con ustedes a continuación.


1) Vacaciones, tiempo de reflexión y oración

No existen vacaciones para el alma ni paréntesis en la vida espiritual. Las vacaciones que muchos comenzarán en los próximos días, si no se «queman» en la disipación y en la simple diversión, pueden convertirse en una oportunidad maravillosa para crecer en su relación de amistad con Cristo e intensificar más los tiempos dedicados a la oración, a la reflexión o meditación, ya sea individualmente o bien con la familia o los amigos; redescubriendo así el primado de la vida interior, de cuyo tema tuve ocasión de hablarles en la carta que les escribí con motivo de la solemnidad de Cristo Rey (cf. Roma, 1 de octubre de 2004).

Durante el año sentimos a veces la dificultad de encontrar tiempo para dedicarlo a Dios con más calma. Las múltiples ocupaciones y el ritmo acelerado de la vida dificultan a veces el cultivo de la dimensión espiritual. En ese gran montañero de Dios e incansable caminante del humanismo y del espíritu que fue el Papa Juan Pablo II, hemos encontrado siempre un elocuente testimonio de lo que significa un empleo provechoso del descanso, entendido también como tiempo para Dios.

«En este remanso de paz, ante el maravilloso espectáculo de la naturaleza -nos dice el Papa-, se experimenta fácilmente cuán benéfico es el silencio, un bien hoy cada vez más raro. Las numerosas oportunidades de relación y de información que ofrece la sociedad moderna amenazan a veces con quitar espacio al recogimiento, impidiendo a las personas reflexionar y orar. En realidad, sólo en el silencio el hombre logra escuchar en lo más profundo de la conciencia la voz de Dios, que verdaderamente lo hace libre. Y las vacaciones pueden ayudar a redescubrir y a cultivar esta indispensable dimensión interior de la existencia humana» (Ángelus, 11 de julio de 2004).

Silencio, reflexión, oración... a veces estas realidades tienen para nosotros connotaciones un tanto negativas, como si fuese algo que coarta la espontaneidad y la alegría, como si se tratase incluso de una actividad pesada o aburrida, que hay que sobrellevar con paciencia y tratar de limitarla a lo estrictamente necesario. Nos hace falta descubrir la riqueza del silencio, experimentar la belleza de esos momentos de oración, el gusto por una saludable soledad, condición indispensable para un profundo y fecundo diálogo consigo mismos y con Dios. El ambiente de mayor serenidad de las vacaciones nos ofrece un espacio propicio para cultivar esta importante faceta.

Las vacaciones nos dan la posibilidad, por ejemplo, de gozar de un tiempo más prolongado para estar con Cristo en la Eucaristía o para una provechosa lectura de carácter espiritual. Muchos de ustedes viven ya de manera muy natural esta realidad. Hay católicos que coinciden en lugares de descanso y se ponen de acuerdo para participar juntos en la misa dominical o para cumplir sus compromisos. Conozco a muchos jóvenes o padres de familia que en vez de rezar un misterio del rosario, en vacaciones acostumbran a rezar el rosario completo; o en lugar de diez minutos, dedican quince minutos diarios a la lectura y reflexión evangélica. Y a la meditación diaria le reservan un tiempo más prolongado, sea ante Cristo Eucaristía o ante la belleza de la creación. Éstas y otras muchas son maneras de vivir las vacaciones como María, prestando atención a la «mejor parte»; son modos de santificar el tiempo de descanso (cf. Gn 2,3), llevándonos a Dios con nosotros de vacaciones.


2) Vacaciones, tiempo de enriquecimiento personal y familiar

No hay vacaciones en la formación permanente de sí mismo. Como ocurre en la vida biológica, es necesario crecer y desarrollarse ininterrumpidamente. Un modo inteligente de descansar es aquel que, además de reponer fuerzas, distraernos y entretenernos a gusto, nos enriquece y ayuda a crecer como personas y como cristianos. Qué oportunidad nos ofrecen las vacaciones, por ejemplo, para realizar aquellas actividades a las que no podemos entregarnos durante el año o al menos no con la calma y la intensidad que desearíamos.

No es para nada indiferente la elección que hagamos de los lugares de vacaciones, que dependen también de las posibilidades económicas y de los propios gustos. Es obvio que hay lugares y ambientes que objetivamente propician más unas vacaciones de «calidad», por el enriquecimiento humano y espiritual, por las oportunidades que ofrecen de mayor convivencia; y que hay otros ambientes que entorpecen la consecución de estos fines o incluso que un prudente juicio los hace desaconsejables. Hemos de ser muy honestos y sensatos para preferir aquellos lugares, ambientes y modalidades de descanso que más y mejor nos ayuden, en lo personal y como familia, a vivir unas buenas y santas vacaciones.

Qué duda cabe que el contacto con la naturaleza, sobre todo para quienes viven habitualmente en las grandes ciudades o en lugares donde no lo tienen, es una verdadera «escuela de vida», como afirma el Papa Juan Pablo II, en especial para los niños y jóvenes. «Cada vez que tengo la posibilidad de venir a la montaña y contemplar estos paisajes -nos decía el Papa desde su casa de verano en la región de Valle d´Aosta-, doy gracias a Dios por la majestuosa belleza de la creación. Le doy gracias por su Belleza, de la que el mundo es sólo un reflejo, capaz de fascinar a los hombres atentos y llevarlos a alabar su grandeza. La montaña, en particular, no sólo constituye un magnífico escenario para contemplar, sino también una escuela de vida. En ella se aprende a esforzarse por alcanzar una meta, a ayudarse recíprocamente en los momentos difíciles, a gustar juntos el silencio y a reconocer la propia pequeñez en un ambiente majestuoso y solemne» (Ángelus, 11 de julio de 1999).

Pero también es necesario discernir bien cómo ocupamos nuestro tiempo de descanso. ¡Qué importante es cultivar, en nosotros mismos y en nuestros hijos, los valores y bienes espirituales por encima de los meramente materiales, el ser sobre el tener; saber descubrir el gusto por las cosas sencillas, cuya riqueza no siempre se encuentra en las sofisticadas! Un buen libro, por ejemplo, puede ser un excelente compañero de vacaciones; podemos cultivar aficiones musicales, artísticas, culturales o deportivas; podemos también aprender a juzgar las realidades que nos rodean analizando en familia una buena película o documental, etc. Hay que tener el ingenio, la iniciativa, y a veces sacudirse un poco cierta pereza que se nos puede ir metiendo, para abrir nuestros horizontes a otras opciones útiles y provechosas.

De manera particular, las vacaciones son el tiempo por excelencia para convivir con la familia. Lamentablemente el trajín de nuestra vida cotidiana no nos permite convivir como deberíamos con nuestros seres queridos. En muchos casos las ocupaciones de cada quien obligan a que sólo pueda reunirse la familia al final de la tarde, cuando cansados, de regreso del trabajo, no se dan quizá las mejores circunstancias para conversar en pareja o para estar con los hijos. Incluso a veces esos momentos de convivencia parecen más una coexistencia, donde varias personas se acostumbran a vivir bajo un mismo techo y donde las conversaciones no pasan del nivel meramente anecdótico. Nunca como ahora el hombre ha tenido tantos medios técnicos y facilidades de comunicarse y, curiosamente, parece que es cuando menos se sabe dialogar en la familia y en la pareja.

Hay que aprender el difícil arte de la comunicación, del saber escuchar y dialogar con la pareja y con los hijos. Y las vacaciones, precisamente porque ofrecen tiempos más largos y tranquilos para estar juntos, son una ocasión maravillosa para ello. ¡Cuánto agradecen sus hijos pequeños el hecho de poder jugar y divertirse con sus padres y hermanos! ¡Cuánto necesitan sus hijos, sobre todo en la difícil edad de la adolescencia, de una relación con sus padres (en especial la relación padre-hijo, madre-hija) de mayor calidad y profundidad, que trascienda el nivel de las indicaciones («haz esto», «deja de hacer aquello») y que no se quede en un conocimiento epidérmico del otro! Tal vez no todos puedan dar más tiempo a la familia, pero sí, ciertamente, podrán darse mejor en ese tiempo a su familia.

Muchos problemas se podrían prevenir o solucionar si los hijos pudiesen tener unos padres con los cuales conversar a gusto, con plena confianza, sobre cualquier tema, sabiendo que siempre serán escuchados y comprendidos, sin temor a represalias y sin medias verdades. En su padre o en su madre, los hijos han de encontrar siempre una autoridad, pero, sobre todo, un amigo, un confidente, un ejemplo a imitar, no obstante sus defectos y limitaciones; alguien que les exige porque les ama y quiere lo mejor de ellos. Convivir y dialogar: éste es quizá el regalo más precioso que pueden darse como pareja, las mejores vacaciones que pueden ofrecer a sus hijos.

Los períodos de descanso, en particular el tiempo de verano, nos ofrecen una magnífica oportunidad para continuar cultivando nuestra formación humana, espiritual y apostólica.

Un medio excelente para todos, en especial para los adolescentes y los jóvenes, son los cursillos y convenciones de verano del ECYD y del Regnum Christi. Estos encuentros son quizá las ocasiones más intensas y provechosas de formación integral que un miembro del Regnum Christi puede recibir. Considero que un joven que de verdad ama a Jesucristo, que le interesa conocer mejor su fe y prepararse para vivirla en el mundo de hoy, que siente como propia la misión que Dios le ha dado de ser apóstol y quiere perseverar en ella, debería habitualmente, salvo motivaciones graves, participar en esta cita anual tan llena de gracias que Dios le ofrece.

Estimados jóvenes, vale la pena, no digo «sacrificar», sino invertir una parte de sus vacaciones en estos cursillos y convivencias que, además de un ambiente de diversión y sana amistad, les ofrecen un sinfín de posibilidades de enriquecimiento personal, que, si las analizan con honestidad, difícilmente pueden recibir de otro modo.

Una última recomendación que como sacerdote y amigo quisiera hacer especialmente a ustedes, queridos jóvenes, es que no conviertan las vacaciones en una ocasión para echar por la ventana sus convicciones y valores ni para exponer temerariamente su vida de gracia. Hay muchas maneras de divertirse, de pasárselo bien, sin necesidad de estar en el límite de ofender a Dios y ser causa de que otros lo ofendan. ¡Qué pena que haya jóvenes que sólo sepan divertirse y pasar unas vacaciones, a costa de sacrificar su vida de gracia, su amistad con Cristo y su dignidad de personas humanas e hijos de Dios! ¡Si al menos de esta manera fueran realmente felices, se sintieran llenos! Pero ni siquiera eso.

Yo les invito a que sean prudentes. No caigan en la ingenuidad ni en la tremenda insensatez de jugar con el fuego, con amistades o frecuentando ambientes que saben que pueden representar para ustedes una ocasión próxima de pecado. Esto, lejos de ser un signo de debilidad y cobardía, representa un noble gesto de coherencia y madurez que exige, por el contrario, gran valentía y mucho amor a Dios. Qué importante es, por ello, saber emplear bien su tiempo de vacaciones, descansando de una manera activa y constructiva, y no matar el tiempo en la ociosidad, ocupados en hacer nada.


3) Vacaciones, tiempo para hacer algo por los demás

En el corazón del auténtico apóstol, enamorado de Jesucristo, nunca se verá colgado el letrero: «cerrado por vacaciones» o «tiempo para mí: no molesten». Quien ama, quien se sabe enviado, quien vibra de verdad en su interior con la misión, no puede no transmitir a Cristo allí donde se encuentre: en la montaña o en la playa, con los amigos o con la familia, en un baile o en una fiesta... todo es ocasión para comunicar a Cristo, para testimoniar lo que uno es y lleva en su corazón, con naturalidad y sencillez. No hay lugar ni espacio verdaderamente humano que sea ajeno a Cristo, que no sea susceptible de evangelización.

Para el cristiano no existen vacaciones en su donación a los demás. Gracias a Dios es cada vez mayor el número de laicos dentro de la Iglesia, niños, jóvenes y familias, que están creando una cultura de la solidaridad y de la caridad, para quienes el tiempo de descanso, las vacaciones, son sinónimo de tiempo para los demás.

Un ejemplo muy hermoso en este sentido son las misiones de evangelización durante la Semana Santa, en las que cada año participan decenas de miles de misioneros. Recuerdo que una vez un señor me comentaba que el 31 de diciembre tenía como costumbre dedicar el día para ir con toda su familia a ayudar a la gente pobre o a llevar un poco de consuelo y alegría a los hospitales y a los asilos, para de esta manera enseñar a sus hijos que el mejor modo de terminar el año es viviendo la caridad, haciendo el bien a los demás. Recuerdo también el testimonio de los jóvenes del Regnum Christi que durante el día del Carnaval organizan un «carnaval alternativo», que consiste en una jornada de adoración eucarística y de misiones humanitarias y de evangelización en sus parroquias. Los ejemplos, gracias a Dios, se podrían multiplicar al infinito.

¿Quieren de verdad hacer la experiencia de lo que significan unas vacaciones felices? Busquen hacer felices a cuantos tienen a su alrededor y encontrarán la respuesta. A veces bastan los detalles y gestos más insignificantes para lograrlo: una muestra sincera de interés, hacer que el otro se sienta acogido, saber escuchar, una sonrisa, preocuparme por las necesidades de los demás, darles gusto en aquello que buenamente pueda, etc. ¡Qué manera tan sencilla y al alcance de la mano de vivir el verdadero espíritu de caridad! El descanso es mejor cuando todos se preocupan por hacer descansar a los demás, por pensar en el otro más que en sí mismos.

En este sentido, el ejemplo de la Santísima Virgen María vale más que mil palabras. Para Ella estar en familia, con su prima Isabel, era una ocasión para servir y desvivirse por los demás. Una fiesta o un banquete de bodas era para Ella una oportunidad para remediar un posible bochorno para aquellos novios de Caná y sus familiares; y esto sin protagonismos y sin mendigar agradecimientos, porque para María la felicidad de los demás era la recompensa más valiosa, el mejor «gracias» que podía recibir.

¡Cuántas ocasiones nos ofrecen las vacaciones para dar testimonio cristiano, empezando por nuestros familiares y amigos! Ser sal, luz, fermento en la masa allí donde vamos. Recuerdo que un muchacho me comentaba un tanto apesadumbrado sus dificultades para preservarse en el ambiente de las fiestas que, según me decía, suele ser muy «pesado». Yo le pregunté: ¿qué estás haciendo tú para cambiar ese ambiente, para ser sal, luz, fermento; para, si es necesario, crear otras formas y ambientes sanos de diversión? No se puede vivir sólo a la defensiva; se necesitan jóvenes valientes, con liderazgo positivo.

Ustedes, chicos y chicas, si se lo proponen, pueden transformar sus ambientes, crear un estilo diferente y mejor de diversión, un modo sano y respetuoso de relacionarse entre ustedes. Se puede ser un joven moderno y al mismo tiempo fiel a Cristo. No olviden las palabras que nos dirigió el Papa Juan Pablo II: «Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!».

Cuántos contactos con personas, con amigos o familiares que, para quien está atento, para quien vive en clave de misión, pueden ser ocasiones para dejar una semilla de bien en esas personas, para lanzar una inquietud espiritual, para acercarles a Cristo. Qué diferente sería el mundo si cada cristiano se propusiese dejar siempre un mensaje positivo a los demás en cualquier conversación, aunque no fuera estrictamente espiritual; que no pase un día sin que hayan hablado a alguien de Cristo.

Termino haciéndome eco de la exhortación que el Papa Juan Pablo II nos hacía al inicio del período de vacaciones hace ya muchos años: «¡no tengáis miedo, queridos hermanos, de abrir vuestro tiempo a Cristo!» (Angelus, 5 de julio de 1998). No tengan miedo, queridos jóvenes y familias, de abrir su tiempo de descanso a Cristo; de convertir sus vacaciones en un tiempo para Dios, tiempo para los demás y tiempo para su enriquecimiento personal y familiar.

Confiando a la Santísima Virgen el fruto de estas reflexiones y deseándoles unas santas y felices vacaciones, me despido reiterándoles mis saludos y asegurándoles un recuerdo en mis oraciones.


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