La vida cultual: comunión con el Padre, por Cristo,
en el Espíritu
76. En la historia de la revelación, la
salvación del hombre se presenta continuamente como un don de
Dios, que brota de su misericordia, de una manera absolutamente
libre y totalmente gratuita. Todo el conjunto de los acontecimientos
y palabras mediante los cuales se manifiesta y se actualiza
el plan de salvación, se configura como un diálogo continuo
entre Dios y el hombre, diálogo en el que Dios
tiene la iniciativa y que exige por parte del hombre
una actitud de escucha en la fe, y una respuesta
de "obediencia a la fe" (Rom 1,5; 16,26).
En el diálogo
salvífico tiene una importancia singular la Alianza establecida en el
Sinaí entre Dios y el pueblo elegido (cfr. Ex 19-24),
que convierte a este último en "propiedad del Señor", en
un "reino de sacerdotes y una nación santa" (Ex 19,6).
E Israel, aunque no fue siempre fiel a la Alianza,
encontró en ella inspiración y fuerza para acomodar su comportamiento
al comportamiento del mismo Dios (cfr. Lev 11,44-45; 19,2) y
a lo que se contenía en su Palabra.
De manera particular
el culto de Israel y su oración tienen como objeto
especialmente la memoria de las mirabilia Dei, esto es, de
las intervenciones salvíficas de Dios en la historia; esto mantiene
viva la veneración de los acontecimientos en los que se
han actualizado las promesas de Dios y que constituyen, consiguientemente,
la referencia obligada tanto para la reflexión de fe como
para la vida de oración.
77. Conforme a su designio eterno,
"Dios, que había hablado ya en los tiempos antiguos muchas
veces y de diversas maneras a los padres por medio
de los profetas, en esta etapa final de la historia
nos ha hablado por medio del Hijo, a quien ha
constituido heredero de todas las cosas y por medio del
cual ha creado también el mundo" (Heb 1,1-2). El misterio
de Cristo, sobre todo su Pascua de Muerte y de
Resurrección, es la plena y definitiva revelación y realización de
las promesas salvíficas. Como Jesús, "el Hijo Unigénito de Dios"
(Jn 3,18) es aquel en quien el Padre nos ha
dado todo, sin reservarse nada (cfr. Rom 8,32; Jn 3,16),
es evidente que la referencia esencial para la fe y
la vida de oración del pueblo de Dios está en
la persona y en la obra de Cristo: en Él
tenemos al Maestro de la verdad (cfr. Mt 22,16), al
Testigo fiel (cfr. Ap 1,5), al Sumo Sacerdote (cfr. Heb
4,14), al Pastor de nuestras almas (cfr. 1 Pe 2,25),
al Mediador único y perfecto (cfr. 1 Tim 2,5; Heb
8,6; 9,15; 12,24): por medio de Él el hombre va
al Padre (cfr. Jn 14,6), asciende a Dios la alabanza
y la súplica dela Iglesia y desciende sobre la humanidad
todo don divino.
Sepultados con Cristo y resucitados con Él en
el bautismo (cfr. Col 2,12; Rom 6,4), apartados del dominio
de la carne e introducidos en el del Espíritu (cfr.
Rom 8,9), estamos llamados a la perfección según la medida
de la madurez en Cristo (cfr. Ef 4,13); en Cristo
tenemos el modelo de una existencia que en todo momento
refleja la actitud de escucha de la Palabra del Padre
y de aceptación de su querer, como un "sí" incesante
a su voluntad: "mi alimento es hacer la voluntad del
que me ha enviado" (Jn 4,34).
Así pues, Cristo es el
modelo perfecto de la piedad filial y de la conversación
incesante con el Padre, es decir, el modelo de una
búsqueda permanente del contacto vital, íntimo y confiado con Dios,
que ilumina, sostiene y guía al hombre durante toda su
vida.
78. En su vida de comunión con el Padre, los
fieles son guiados por el Espíritu Santo (cfr. Rom 8,14),
que les ha sido dado para transformarles progresivamente en Cristo;
para que infunda en ellos el "espíritu de los hijos
adoptivos", para que adquieran la actitud filial de Cristo (cfr.
Rom 8,15-17) y sus mismos sentimientos (cfr. Fil 2,5); para
que haga presente en ellos la enseñanza de Cristo (cfr.
Jn 14,26; 16,13-25), de modo que interpreten a su luz
los acontecimientos de la vida y los avatares de la
historia; para que los conduzca al conocimiento de las profundidades
de Dios (cfr. 1 Cor 2,10) y les disponga a
convertir su vida en un "culto espiritual" (cfr. Rom 12,1);
para que les sostenga en las contrariedades y en las
pruebas a las que deben hacer frente en el camino
fatigoso de transformación en Cristo; para que suscite, alimente y
dirija su oración: "El Espíritu de Dios viene en ayuda
de nuestra debilidad, porque nosotros ni siquiera sabemos pedir lo
que nos conviene, pero el mismo Espíritu intercede insistentemente por
nosotros con gemidos inefables; y el que escruta los corazones
sabe cuáles son los deseos del Espíritu, porque intercede por
los creyentes conforme a los designios de Dios" (Rom 8,26-27).
El
culto cristiano tiene su origen y su fuerza en el
Espíritu, y se desarrolla y perfecciona en Él. Así, se
puede afirmar que sin la presencia del Espíritu de Cristo
no hay auténtico culto litúrgico y tampoco puede expresarse la
auténtica piedad popular.
79. A la luz de los principios expuestos
se muestra que es necesario que la piedad popular se
configure como un momento del diálogo entre Dios y el
hombre, por Cristo, en el Espíritu Santo. No hay duda
de que ésta, a pesar de las carencias que se
notan aquí y allá – como por ejemplo la confusión
entre Dios Padre y Jesús -, tiene en sí una
impronta trinitaria.
La piedad popular es muy sensible al misterio de
la paternidad de Dios: se conmueve ante su bondad, se
admira de su poder y sabiduría; se alegra por la
belleza de la creación y alaba al Creador por ella;
sabe que Dios Padre es justo y misericordioso, y que
se ocupa de los pobres y de los humildes; proclama
que Él manda hacer el bien y premia a los
que viven honradamente siguiendo el buen camino, en cambio aborrece
el mal y aleja de sí a los que se
obstinan en el camino del odio y de la violencia,
de la injusticia y de la mentira.
La piedad popular se
detiene con gusto en la figura de Cristo, Hijo de
Dios y Salvador del hombre: se conmueve ante la narración
de su nacimiento e intuye el amor inmenso que se
esconde en ese Niño, Dios verdadero y verdadero hermano nuestro,
pobre y perseguido desde su infancia; goza con la representación
de numeras escenas de la vida pública del Señor Jesús,
el Buen Pastor que se acerca a los publicanos y
a los pecadores, el Taumaturgo que cura a los enfermos
y socorre a los necesitados, el Maestro que habla con
verdad; y sobre todo le gusta contemplar los misterios de
la Pasión de Cristo, porque advierte en ellos su amor
ilimitado y la medida de su solidaridad con el sufrimiento
humano: Jesús traicionado y abandonado, flagelado y coronado de espinas,
crucificado entre malhechores, bajado de la cruz y sepultado en
la tierra, llorado por amigos y discípulos.
La piedad popular no
ignora que en el misterio de Dios está la persona
del Espíritu Santo. Cree que "por obra del Espíritu Santo"
el Hijo de Dios "se ha encarnado en el seno
de la Virgen María y se ha hecho hombre" y
que en los comienzos de la Iglesia se dio el
Espíritu a los Apóstoles (cfr. Hech 2,1-13); sabe que la
fuerza del Espíritu de Dios, cuyo sello está impreso en
los cristianos de manera particular mediante la confirmación, está viva
en todo sacramento de la Iglesia; sabe que "En el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo"
comienza la celebración de la Misa, se confiere el Bautismo
y se da el perdón de los pecados; sabe que
en el nombre de las tres Divinas Personas se realiza
toda forma de oración de la comunidad cristiana y se
invoca la bendición divina sobre el hombre y sobre todas
las criaturas.
80. Así pues, es preciso que en la piedad
popular se fortalezca la conciencia de la referencia a la
Santísima Trinidad que, como se ha dicho, ya lleva en
sí misma, aunque todavía como una semilla. Para este fin
se dan las siguientes indicaciones:
- Es necesario ilustrar a los
fieles sobre el carácter particular de la oración cristiana, que
tiene como destinatario al Padre, por la mediación de Jesucristo,
en la fuerza del Espíritu Santo.
- Por lo tanto, es
necesario que las expresiones de la piedad popular muestren claramente
la persona y la acción del Espíritu Santo. La falta
de un "nombre" para el Espíritu de Dios y la
costumbre de no representarlo con imágenes antropomórficas han dado lugar,
al menos en parte, a cierta ausencia del Espíritu Santo
en los textos y en otras formas de expresión de
la piedad popular, aunque sin olvidar la función de la
música y de los gestos del cuerpo para manifestar la
relación con el Espíritu. Esta ausencia se puede solucionar mediante
la evangelización de la piedad popular, de la que ha
tratado tantas veces el Magisterio de la Iglesia.
- Es necesario,
por otra parte, que las expresiones de la piedad popular
pongan de manifiesto el valor primario y fundamental de la
Resurrección de Cristo. La atención amorosa dedicada a la humanidad
sufriente del Salvador, tan viva en la piedad popular, se
debe unir siempre a la perspectiva de su glorificación. Sólo
con esta condición se presentará de manera íntegra el designio
salvífico de Dios en Cristo y se captará en su
unidad inseparable el Misterio pascual de Cristo; sólo así se
trazará el rostro genuino del cristianismo, que es victoria de
la vida sobre la muerte, celebración del que "no es
un Dios de muertos, sino de vivos" (Mt 22,32), de
Cristo, el Viviente, que estaba muerto y ahora vive para
siempre (cfr. Ap 1,28), y del Espíritu "que es Señor
y dador de vida".
- Finalmente es necesario que la devoción
a la Pasión de Cristo lleve a los fieles a
una participación plena y consciente en la Eucaristía, en la
que se da como alimento el cuerpo de Cristo, ofrecido
en sacrificio por nosotros (cfr. 1 Cor 11,24); y se
da como bebida la sangre de Jesús, derramada en la
cruz para la nueva y eterna Alianza, y para la
remisión de todos los pecados. Esta participación tiene su momento
más alto y significativo en la celebración del Triduo pascual,
culminación del Año litúrgico, y en la celebración dominical de
los sagrados Misterios.
La Iglesia, comunidad cultual
81. La Iglesia, "pueblo reunido
en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo" es una comunidad de culto. Por voluntad de su
Señor y Fundador, realiza numerosas acciones rituales que tiene como
objetivo la gloria de Dios y la santificación del hombre,
y que son todas, de distinto modo y en diverso
grado, celebraciones del Misterio pascual de Cristo, orientadas a realizar
la voluntad de Dios de reunir a los hijos dispersos
en la unidad de un solo pueblo.
En las diversas acciones
rituales, la Iglesia anuncia el Evangelio de la salvación y
proclama la Muerte y Resurrección de Cristo, realizando a través
de los signos su obra de salvación. En la Eucaristía
celebra el memorial de la santa Pasión, de la gloriosa
Resurrección y de la admirable Ascensión, y en los otros
sacramentos obtiene otros dones del Espíritu que brotan de la
Cruz del Salvador. La Iglesia glorifica al Padre con salmos
e himnos por las maravillas que ha realizado en la
Muerte y en la Exaltación de Cristo su Hijo, y
le suplica que el misterio salvífico de la Pascua llegue
a todos los hombres; en los sacramentales, instituidos para socorrer
a los fieles en diversas situaciones y necesidades, suplica al
Señor para que toda su actividad esté sostenida e iluminada
por el Espíritu de la Pascua.
82. Sin embargo, en la
celebración de la Liturgia no se agota la misión de
la Iglesia por lo que se refiere al culto divino.
Los discípulos de Cristo, según el ejemplo y la enseñanza
del Maestro, rezan también en lo escondido de su morada
(cfr. Mt 6,6); se reúnen a rezar según formas establecidas
por hombres y mujeres de gran experiencia religiosa, que han
percibido los anhelos de los fieles y han orientado su
piedad hacia aspectos particulares del misterio de Cristo; rezan de
unas formas determinadas, que han surgido de una manera prácticamente
anónima desde el fondo de la conciencia colectiva cristiana, en
las cuales las exigencias de la cultura popular se armonizan
con los datos esenciales del mensaje evangélico.
83. Las formas auténticas
de la piedad popular son también fruto del Espíritu Santo
y se deben considerar como expresiones de la piedad de
la Iglesia: porque son realizadas por los fieles que viven
en comunión con la Iglesia, adheridos a su fe y
respetando la disciplina eclesiástica del culto; porque no pocas de
dichas expresiones han sido explícitamente aprobadas y recomendadas por la
misma Iglesia.
84. En cuanto expresión de la piedad eclesial, la
piedad popular está sometida a las leyes generales del culto
cristiano y a la autoridad pastoral de la Iglesia, que
ejerce sobre ella la acción de discernir y declarar auténtico,
y la renueva al ponerla en contacto con la Palabra
revelada, la tradición y la misma Liturgia, un contacto que
resulta fecundo.
Es necesario, por otra parte, que las expresiones de
la piedad popular estén siempre iluminadas por el "principio eclesiológico"
del culto cristiano. Esto permitirá a la piedad popular:
- tener
una visión correcta de las relaciones entre la Iglesia particular
y la Iglesia universal; la piedad popular suele centrarse en
los valores locales, con el riesgo de cerrarse a los
valores universales y a las perspectivas eclesiológicas;
- situar la veneración
de la Virgen Santísima, de los Ángeles, de los Santos
y Beatos, y el sufragio por los difuntos, en el
amplio campo de la Comunión de los Santos y dentro
de las relaciones existentes entre la Iglesia celeste y la
Iglesia que todavía peregrina en la tierra;
- comprender de modo
fecundo la relación entre ministerio y carisma; el primero, necesario
en las expresiones del culto litúrgico; el segundo, frecuente en
las manifestaciones de la piedad popular.
Sacerdocio común y piedad popular
85.
Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana el fiel entra
a formar parte de la Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y
real, al que corresponde dar culto a Dios en espíritu
y en verdad (cfr. Jn 4,23). Este pueblo ejerce dicho
sacerdocio por Cristo en el Espíritu Santo, no sólo en
ámbito litúrgico, especialmente en la celebración de la Eucaristía, sino
también en otras expresiones de la vida cristiana, entre las
que se cuentan las manifestaciones de la piedad popular. El
Espíritu Santo le confiere la capacidad de ofrecer sacrificios de
alabanza a Dios, de elevar oraciones y súplicas y, ante
todo, de convertir la propia vida en un "sacrificio vivo,
santo y agradable a Dios" (Rom 12,1; cfr. Heb 12,28).
86.
Desde este fundamento sacerdotal, la piedad popular ayuda a los
fieles a perseverar en la oración y en la alabanza
a Dios Padre, a dar testimonio de Cristo (cfr. Hech
2,42-47) y, manteniendo la vigilante espera de su venida gloriosa,
da razón, en el Espíritu Santo, de la esperanza de
la vida eterna (cfr. 1 Pe 3,15); y mientras conserva
aspectos significativos del propio contexto cultural, expresa los valores de
eclesialidad que caracterizan, en diverso modo y grado, todo lo
que nace y se desarrolla en el Cuerpo místico de
Cristo.
Palabra de Dios y piedad popular
87. La Palabra de Dios,
contenida en la Sagrada Escritura, custodiada y propuesta por el
Magisterio de la Iglesia, celebrada en la Liturgia, es un
instrumento privilegiado e insustituible de la acción del Espíritu en
la vida cultual de los fieles.
Como en la escucha de
la Palabra de Dios se edifica y crece la Iglesia,
el pueblo cristiano debe adquirir familiaridad con la Sagrada Escritura
y llenarse de su espíritu, para traducir en formas adecuadas
y conformes a los datos de la fe, el sentido
de piedad y devoción que brota del contacto con el
Dios que salva, regenera y santifica.
En las palabras de la
Biblia, la piedad popular encontrará una fuente inagotable de inspiración,
modelos insuperables de oración y fecundas propuestas de diversos temas.
Además, la referencia constante a la Sagrada Escritura constituirá un
índice y un criterio, para moderar la exuberancia con la
que no raras veces se manifiesta el sentimiento religioso popular,
dando lugar a expresiones ambiguas y en ocasiones incluso incorrectas.
88.
Pero "la lectura de la Sagrada Escritura debe estar acompañada
de la oración, para que pueda realizarse el diálogo entre
Dios y el hombre"; por lo tanto, es muy recomendable
que las diversas formas con las que se expresa la
piedad popular procuren, en general, que haya textos bíblicos, oportunamente
elegidos y debidamente comentados.
89. Para este fin ayudará el modelo
que ofrecen las celebraciones litúrgicas, donde la Sagrada Escritura tiene
un papel constitutivo, propuesta de maneras diversas, según los tipos
de celebración. Sin embargo, como a las expresiones de la
piedad popular se les reconoce una legítima variedad de forma
y de organización, no es necesario que en ellas la
disposición de las lecturas bíblicas sea un calco de las
estructuras rituales con las que la Liturgia proclama la Palabra
de Dios.
El modelo litúrgico constituirá, en cualquier caso, para la
piedad popular, una especie de garantía de una correcta escala
de valores, en la cual el primer lugar le corresponde
a la actitud de escucha de Dios que habla; enseñará
a descubrir la armonía entre el Antiguo y el Nuevo
Testamento y a interpretar el uno a la luz del
otro; presentará soluciones, avaladas por una experiencia secular, para actualizar
de manera concreta el mensaje bíblico y ofrecerá un criterio
válido para valorar la autenticidad de la oración.
En la elección
de los textos es deseable que se recurra a pasajes
breves, fáciles de memorizar, incisivos, fáciles de comprender aunque resulten
difíciles de llevar a la práctica. Por lo demás, algunos
ejercicios de piedad, como el Vía Crucis y el Rosario,
favorecen el conocimiento de la Escritura: al vincular directamente los
episodios evangélicos de la vida de Jesús a gestos y
oraciones aprendidas de memoria, se recuerdan con mayor facilidad.
Piedad popular
y revelaciones privadas
90. Desde siempre, y en todas partes, la
religiosidad popular se ha interesado en fenómenos y hechos extraordinarios,
con frecuencia relacionados con revelaciones privadas. Aunque no se pueden
circunscribir al ámbito de la piedad mariana, en esta especialmente
se dan las "apariciones" y los consiguientes "mensajes". En este
sentido recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: "A lo
largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas "privadas", algunas
de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de
la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de
la fe. Su función no es la de "mejorar" o
"completar" la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar
a vivirla más plenamente en una cierta época de la
historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir
de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo
que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo
o de sus santos a la Iglesia" (n.67).
Enculturación y
piedad popular
91. La piedad popular está caracterizada, naturalmente, por el
sentimiento propio de una época de la historia y de
una cultura. Una muestra de esto es la variedad de
expresiones que la constituyen, florecidas y afirmadas en las diversas
Iglesias particulares en el transcurso del tiempo, signo del enraizarse
de la fe en el corazón de los diversos pueblos
y de su entrada en el ámbito de lo cotidiano.
Realmente "la religiosidad popular es la primera y fundamental forma
de "enculturación" de la fe, que se debe dejar orientar
continuamente y guiar por las indicaciones de la Liturgia, pero
que a su vez fecunda la fe desde el corazón".
El encuentro entre el dinamismo innovador del mensaje del Evangelio
y los diversos componentes de una cultura es algo que
está atestiguado en la piedad popular.
92. El proceso de adaptación
o de enculturación de un ejercicio de piedad no debería
presentar dificultades por lo que se refiere al lenguaje, a
las expresiones musicales y artísticas y al uso de gestos
y posturas del cuerpo. Los ejercicios de piedad, por una
parte no conciernen a aspectos esenciales de la vida sacramental
y por otra son, en muchos casos, de origen popular,
nacidos del pueblo, formulados con su lenguaje y situados en
el marco de la fe católica.
Sin embargo, el hecho de
que los ejercicios de piedad y las prácticas de devoción
sean expresión del sentir del pueblo, no autoriza a actuar
en esta materia de modo subjetivo y con personalismo. Manteniendo
la competencia propia del Ordinario del lugar o de los
Superiores Mayores – si se trata de devociones vinculadas a
Órdenes religiosas -, cuando se trata de ejercicios de piedad
que afectan a toda una nación o a una amplia
región, conviene que se pronuncie la Conferencia de Obispos.
Es preciso
una gran atención y un profundo sentido de discernimiento para
impedir que, a través de las diversas formas del lenguaje,
se insinúen en los ejercicios de piedad nociones contrarias a
la fe cristiana o se abra la puerta a expresiones
contaminadas por el sincretismo.
En particular es necesario que el ejercicio
de piedad, objeto de un proceso de adaptación o de
enculturación, conserve su identidad profunda y su fisonomía esencial. Esto
requiere que se mantenga reconocible su origen histórico y las
líneas doctrinales y cultuales que lo caracterizan.
En lo referente al
empleo de formas de piedad popular en el proceso de
enculturación de la Liturgia, hay que remitirse a la Instrucción
de este Dicasterio sobre el tema en cuestión.
Se recomienda la
lectura del documento completo: DIRECTORIO SOBRE LA PIEDAD POPULAR
Y LA LITURGIA. PRINCIPIOS Y ORIENTACIONES
Sagrada Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 17 de diciembre de
2001 |
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