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« La vida de los ancianos [...] ayuda a captar
mejor la escala de los valores humanos, enseña la continuidad
de las generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia del pueblo
de Dios ». (8) La Iglesia es, de hecho, el
lugar donde las distintas generaciones están llamadas a compartir el
proyecto de amor de Dios en una relación de intercambio
mutuo de los dones que cada cual posee por la
gracia del Espíritu Santo. Un intercambio en el que los
ancianos transmiten valores religiosos y morales que representan un rico
patrimonio espiritual para la vida de las comunidades cristianas, de
las familias y del mundo.
La práctica religiosa ocupa un lugar
destacado en la vida de las personas ancianas. La tercera
edad parece favorecer una apertura especial a la trascendencia. Lo
confirman, entre otras cosas, su participación, en gran número, en
las asambleas litúrgicas; el cambio decisivo en muchos ancianos que
se acercan de nuevo a la Iglesia después de años
de alejamiento, y el espacio importante que se da a
la oración: ésta representa una aportación invaluable al capital espiritual
de oraciones y sacrificios del cual la Iglesia se beneficia
abundantemente y que ha de revalorarse en las comunidades eclesiales
y en las familias.
Vivida en forma sencilla, pero no por
esto menos profunda, la religiosidad de las personas ancianas, hombres
y mujeres —determinada también por la mayor o menor intensidad
que ha tenido su modo de vivir la fe en
las etapas anteriores de la vida— se presenta en formas
bastante diversificadas.
A veces lleva las connotaciones de un cierto fatalismo:
en tal caso, el sufrimiento, las limitaciones, las enfermedades, las
pérdidas vinculadas con esta fase de la vida se consideran
como un signo de Dios, ciertamente no benévolo, más bien
como castigo. La comunidad eclesial tiene la responsabilidad de purificar
ese fatalismo, haciendo evolucionar la religiosidad del anciano y dando
una perspectiva de esperanza a su fe.
En esta tarea, la
catequesis tiene el papel fundamental de disolver la imagen de
un Dios implacable, llevando al anciano a descubrir el Dios
del amor. El conocimiento de la Escritura, la profundización de
los contenidos de nuestra fe, la meditación sobre la muerte
y resurrección de Cristo, ayudarán al anciano a superar una
concepción retributiva de su relación con Dios, que nada tiene
que ver con su amor de Padre. Al participar en
la oración litúrgica y sacramental de la comunidad cristiana y
compartir su vida, el anciano comprenderá cada vez más que
el Señor no permanece impasible ante el dolor del hombre
ni ante el peso de su propia vida.
Es deber de
la Iglesia anunciar a los ancianos la buena noticia de
Jesús que se revela a ellos como se reveló a
Simeón y a Ana, los anima con su presencia y
los hace gozar interiormente por el cumplimiento de las esperanzas
y promesas que ellos han sabido mantener vivas en sus
corazones (cf. Lc 2, 25-38).
Es deber de la Iglesia ofrecer
a los ancianos la posibilidad de encontrarse con Cristo, ayudándoles
a redescubrir el significado de su propio Bautismo, por medio
del cual han sido sepultados con Cristo en la muerte,
para que « así como Cristo ha resucitado de entre
los muertos por el poder del Padre, así también [ellos]
lleven una vida nueva » (Rom 6, 4), y encuentren
el sentido de su propio presente y futuro. La esperanza,
en efecto, hunde sus raíces en la fe en esa
presencia del Espíritu de Dios, « que resucitó a Jesús
de entre los muertos » y hará revivir nuestros cuerpos
mortales (cf. ibid. 8, 11). La conciencia de una nueva
vida en el Bautismo hace que en el corazón de
una persona anciana no desfallezca el asombro del niño ante
el misterio del amor de Dios manifestado en la creación
y en la redención.
Es deber de la Iglesia hacer adquirir
a los ancianos una viva conciencia de la tarea que
tienen, ellos también, de transmitir al mundo el Evangelio de
Cristo, revelando a todos el misterio de su perenne presencia
en la historia. Y hacerlos también conscientes de la responsabilidad
que se desprende, para ellos, de ser testigos privilegiados —ante
la comunidad humana y cristiana— de la fidelidad de Dios,
que mantiene siempre sus promesas al hombre.
La pastoral de evangelización
o reevangelización del anciano debe estar enfocada hacia el desarrollo
de la espiritualidad que caracteriza esa edad, es decir, la
espiritualidad de ese continuo renacer que Jesús mismo indica al
anciano Nicodemo, invitándolo a que no se deje detener por
la vejez y se empeñe a renacer, en el Espíritu,
a una vida siempre nueva, llena de esperanza, porque «
lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por
el Espíritu, es espiritual » (Jn 3, 5).
A todos sus
discípulos, en todas las etapas de la vida, Cristo hace
un llamamiento a la santidad: « Sed perfectos, como vuestro
Padre celestial es perfecto » (Mt 5, 48). Los ancianos
también, no obstante el transcurso de los años que puede
apagar impulsos y entusiasmos, deben sentirse más que nunca llamados
a medirse con los horizontes fascinantes de la santidad cristiana:
el cristiano no debe dejar que la apatía y el
cansancio lo detengan en su camino espiritual.
Esta tarea pastoral incluye
la necesidad de formar sacerdotes, operadores y voluntarios —jóvenes, adultos
y los mismos ancianos— que, ricos en humanidad y espiritualidad,
tengan la capacidad de acercarse a las personas de la
tercera y de la cuarta edad y de satisfacer esperanzas,
con frecuencia muy individualizadas, de orden humano, social, cultural y
espiritual.
Los ancianos, con sus exigencias espirituales, tendrán que ser tenidos
en cuenta también por los distintos sectores de la pastoral
especializada: desde la pastoral familiar —que no puede descuidar su
relación con la familia, no sólo en el ámbito de
los servicios, sino en el de la vida religiosa— hasta
la pastoral social, sin olvidar la pastoral de los agentes
sanitarios.
Es indispensable, en la tarea pastoral, la aportación de los
ancianos mismos que, de su riqueza de fe y de
vida, pueden sacar cosas nuevas y cosas antiguas, no sólo
en beneficio propio, sino de toda la comunidad. Lejos de
ser sujetos pasivos de la atención pastoral de la Iglesia,
los ancianos son apóstoles insustituibles, sobre todo entre sus coetáneos,
pues nadie conoce mejor que ellos los problemas y la
sensibilidad de esa fase de la vida humana. Cobra especial
importancia, hoy, el apostolado de los ancianos con los ancianos
en forma de testimonio de vida. En nuestros tiempos, escribió
Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, el hombre « escucha
más a gusto a los que dan testimonio que a
los que enseñan, o si escucha a los que enseñan
es porque dan testimonio » (n. 41). No es secundario,
por tanto, el anuncio directo de la palabra de Dios
del anciano al anciano, y del anciano a las generaciones
de los hijos y de los nietos.
Mediante la palabra y
la oración, pero también con las renuncias y los sufrimientos
que la edad avanzada lleva consigo, los ancianos han sido
y siguen siendo siempre testigos elocuentes y comunicadores de la
fe en las comunidades cristianas y en las familias. A
veces incluso en condiciones de verdadera persecución. Como ha sido
el caso, por ejemplo, en los regímenes totalitarios ateos del
socialismo real en el siglo veinte. ?Quién no ha oído
hablar de las « babuskas » rusas? Las abuelas que,
durante largas décadas en las que cualquier expresión de fe
equivalía a ejercer una actividad criminal, fueron capaces de mantener
viva la fe cristiana, transmitiéndola a las generaciones de sus
nietos. Gracias a su valor, no desapareció totalmente la fe
en los países ex-comunistas, y hoy existe un punto de
apoyo —aunque mínimo— para la nueva evangelización. El Año del
Anciano brinda una ocasión preciosa para recordar esas figuras extraordinarias
de ancianos —hombres y mujeres— y su silencioso y heroico
testimonio. No sólo la Iglesia, sino la civilización humana, les
debe mucho.
Un papel importante en la promoción de la participación
activa de los ancianos en la obra de evangelización lo
desempeñan, hoy, las asociaciones y movimientos eclesiales, « uno de
los dones del Espíritu a [la Iglesia de] nuestro tiempo
». (9) En las varias asociaciones presentes en nuestras parroquias,
los ancianos ya han encontrado un terreno muy fértil para
su propia formación, su compromiso y su apostolado, transformándose en
verdaderos protagonistas en la comunidad cristiana. No faltan tampoco asociaciones,
grupos y comunidades que trabajan específicamente en el mundo de
la tercera edad. Gracias a sus carismas, todas estas realidades
crean ambientes de comunión entre las generaciones y un clima
espiritual que ayuda a los ancianos a mantener el impulso
y la juventud espiritual.
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