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Autor: Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes | Fuente: www.vatican.va Vivir cristianamente el turismo
Es preciso que cada uno mantenga el esfuerzo que le va a suponer vivir como cristiano su tiempo de turismo
Vivir cristianamente el turismo
El encuentro con Cristo, sellado por la gracia bautismal, llama
al cristiano a seguir el impulso del Espíritu Santo y
transformar toda su vida, a fin de que “Cristo pueda
recorrer con cada uno el camino de la vida, con
la potencia de la verdad acerca del hombre y del
mundo, contenida en el misterio de la Encarnación y de
la Redención, con la potencia del amor que irradia de
ella”[32]. Esta es la realidad que constituye la misión de
la Iglesia y que se revela como el corazón de
su acción pastoral, también en la realidad del turismo.
Ante
todo será preciso que cada uno reconozca la necesidad de
una visión cristiana del turismo, que mantenga el esfuerzo que
le va a suponer vivir como cristiano su tiempo de
turismo. La atenta meditación de la Palabra de Dios, en
primer lugar, le dispondrá a la contemplación de Dios a
través de la belleza de la creación, a la comunión
con sus hermanos en la nueva humanidad salvada, a la
fiesta, en fin, como manifestación de la esperanza que a
todos sostiene y que todo renueva. Iluminado por esta luz,
el cristiano descubrirá que su tiempo de descanso y de
turismo es un tiempo de gracia, una ocasión exigente que
le llama a la oración, a la celebración de su
fe y a la comunión con los hermanos.
Para que
pueda efectivamente conformar cristianamente su tiempo de turismo, el cristiano
compartirá con la comunidad del lugar la celebración de la
fe, en especial la Eucaristía en el Día del Señor
y las conmemoraciones centrales del año litúrgico, que a menudo
coinciden precisamente con el tiempo de vacaciones.[33] Sabiendo que en
ninguna comunidad debe sentirse extraño y que en cualquier rincón
del mundo debería encontrarse en casa y en la misma
familia, se ofrecerá para ayudar personalmente y facilitar la participación
de los demás turistas en las celebraciones litúrgicas. Si fuera
preciso, hará valer ante los responsables turísticos su derecho a
disponer de las condiciones necesarias para la práctica de su
fe.
En todo momento el cristiano debe abstenerse no ya
de todo comportamiento contrario a su vocación, sino de aquellas
palabras, gestos y actitudes que pueden ofender la sensibilidad de
los demás. Deberá abstenerse, en especial, de todo comportamiento que
manifieste ostentación de riqueza o derroche. Más aun, el testimonio
cristiano del turista encontrará una manifestación palpable en la entrega
de una parte de sus gastos para ayuda de los
más necesitados.
Esta actitud, alimentada por la oración y la
contemplación, será mantenida cuando las circunstancias del lugar hagan más
difícil la participación del turista en los actos religiosos de
la comunidad, por ejemplo, en países de escasa presencia cristiana.
En estos casos, el cristiano debe sentirse especialmente llamado a
vivir su fe en el testimonio de su ejemplo, dispuesto
a mantener, con respeto y prudencia, un diálogo religioso con
las personas que encuentra.
Las más de las
veces el viaje se emprende en compañía de la familia.
Es bien sabido que en la sociedad contemporánea numerosas circunstancias
dificultan la vida familiar, la comunicación y la convivencia de
sus miembros entre sí. Incluso la disposición del tiempo libre,
orientada las más de las veces por las preferencias individuales,
no consigue corregir esta situación. Desde esta perspectiva, el turismo
familiar puede ser propuesto como un medio muy eficaz para
intensificar e incluso recomponer los lazos familiares. La propuesta de
un viaje común, cuyo buen éxito requiere la participación responsable
de todos, multiplica las posibilidades de diálogo, intensifica la comprensión
y el aprecio, refuerza la propia estima en el seno
de la familia y estimula la generosidad en la ayuda
mutua[34].
El turismo familiar ofrece a los padres una ocasión
preciosa para cumplir su papel de catequistas de sus hijos
con su ejemplo y con el diálogo. Hacer turismo en
familia es una excepcional oportunidad para el enriquecimiento de la
persona en la cultura de la vida, en el respeto
de los valores morales y culturales y en la salvaguardia
de la Creación.
La práctica del turismo,
además, asocia a grupos de personas bien por razón de
la edad o por otras circunstancias de la vida laboral
y social. La atención pastoral de la Iglesia toma en
consideración estos grupos y ofrece su ayuda para que, tanto
los promotores como los turistas, puedan vivir esta circunstancia en
toda su riqueza humana y espiritual.
Merecen ser destacados,
en primer lugar, los viajes emprendidos por grupos de adolescentes
y de jóvenes, generalmente en el marco de su formación
escolar. Los organizadores de estos viajes, en particular aquellos que
pertenecen al sector de la educación de inspiración cristiana o
a similares organizaciones formativas, deben esforzarse en ofrecer las condiciones
oportunas para que tales experiencias de viaje lleven a los
jóvenes a profundizar en su propia fe. De modo semejante
será oportuno aprovechar aquellas iniciativas de voluntariado en que una
parte de las vacaciones es dedicada a la ayuda en
situaciones de necesidad o para la promoción del desarrollo[35]. Una
atención pastoral particular debería ser también emprendida, tanto en los
países de origen como en los de llegada, a favor
de aquellos jóvenes que aprovechan las vacaciones para una estancia
en países extranjeros con el fin de conocer su lengua.
Por otra parte, son siempre cada vez más numerosas las
oportunidades de viajar que se ofrecen a la gente de
mayor edad. Deberían ser viajes llenos de alegría, caracterizados por
una incesante acción de gracias y por “un sentido de
confiado abandono en las manos de Dios”, con los que
“se conserva y aumenta el gusto de la vida, don
fundamental de Dios”[36].
El acceso al turismo, sin embargo, no
es algo al alcance de todos; son muchos los que
no pueden aprovecharse de sus beneficios, tanto en el aspecto
personal como cultural y social. Bajo el nombre de “turismo
social”, numerosas asociaciones vienen trabajando para hacer del turismo algo
accesible a todos, bien a través de sistemas que ayudan
a las personas y a las familias a su financiación,
bien mediante la planificación y desarrollo de determinadas actividades turísticas.
La atención pastoral de la Iglesia debe apreciar y sostener
estas iniciativas que ponen realmente el turismo al servicio de
la realización humana y del desarrollo social. No faltan incluso
acciones que, a través del turismo, ofrecen una vía de
inserción muy eficaz para situaciones de soledad y de marginalidad.
Con su presencia en estas iniciativas la Iglesia da testimonio
de la particular predilección de Dios hacia los más humildes.
El turismo, como ya quedó indicado, representa una
capítulo muy importante de la economía mundial y constituye una
red de actividades que se desarrollan hoy en el marco
de unas estructuras de economía de mercado[37] inmersas en un
proceso de globalización. Un objetivo fundamental de la pastoral del
turismo será, por tanto, hacer que todo el ámbito empresarial
y laboral del sector turístico sea comprendido e iluminado por
la doctrina social de la Iglesia.
En el turismo se
evidencia aquella verdad fundamental que debe orientar toda la actividad
económica y que Juan Pablo II resumía con estas palabras:
“Hoy más que nunca, trabajar es trabajar con otros y
trabajar para otros: es hacer algo para alguien”[38]. En toda
la actividad turística, en efecto, figura la persona como protagonista
y se busca satisfacer algunos de sus deseos más íntimos
y personales. Esta especial vinculación a la persona impone a
la actividad turística unas mayores exigencias éticas de respeto a
la dignidad de la persona y a los derechos del
hombre, poniendo en práctica el principio de solidaridad, de la
justicia en las relaciones laborales, de la opción preferencial por
los pobres.
La Pastoral del turismo, por tanto, deberá
promover iniciativas para que los operadores y los trabajadores cristianos
tengan la oportunidad de conocer la doctrina social de la
Iglesia, con las aplicaciones específicas al sector, y a ella
conformen su comportamiento.
Por lo que se
refiere a los empresarios y promotores del turismo, será oportuno
subrayar algunos aspectos de la doctrina social de la Iglesia
particularmente relevantes en su actividad.
Así, en la promoción
del turismo, sobre todo en la creación de nuevos destinos
o la apertura de nuevos espacios para la actividad turística,
hay que valorar la inversión como “opción moral y cultural”[39].
Es decir, dejarse guiar por aquellos criterios que valoran la
actividad económica como servicio a las personas y a la
comunidad, y no puramente como fuente de rédito.
La
cuestión ecológica, vinculada al turismo de una forma muy sensible,
es un aspecto que la promoción de la actividad turística
deberá tener muy en cuenta. Para responder al “problema moral”[40],
que la crisis ecológica está significando para el mundo actual,
es necesario promover una actividad que respete ante todo la
situación medioambiental, que dé preferencia a las necesidades de la
comunidad local, llegando, si fuera preciso, a la limitación de
la misma actividad turística. Todo el esfuerzo que se haga
en invitar a los cristianos a un estilo de vida
austero y solidario, en sus viajes a países menos desarrollados,
será vano si no va acompañado de una exigencia similar
a operadores y promotores.
Los criterios morales y cristianos que
deben dirigir la promoción del turismo pasan, a su vez,
por una necesaria colaboración entre los operadores, los responsables políticos
y los representantes de la comunidad local. Para el operador
turístico cristiano esta colaboración es una oportunidad de testimonio y
de comunión, anuncio del Reino de Dios en la justicia
y en la fraternidad.
La oferta de
programas turísticos, la presentación de destinos o la publicidad sobre
las actividades del periodo de vacaciones, son el rostro más
visible y más llamativo del mundo del turismo. A través
suyo las personas ven revestidos de color y atractivo sus
deseos y sus sueños. Es obvio que en tales circunstancias
se exija de los promotores la veracidad en sus informaciones,
el absoluto respeto a la dignidad de las personas y
a la idiosincrasia de los lugares a que se refieren,
la honestidad respecto de las ofertas y la absoluta fiabilidad
en los servicios ofrecidos. Si la práctica del turismo es
una expresión de la libertad de la persona, toda la
información que la promueve debe tender a favorecer el ejercicio
de la libertad responsable[41]. Esta responsabilidad de los promotores se
prolonga durante el viaje e incluye la disponibilidad a recibir
después las justas observaciones y las sugerencias de los usuarios.
El servicio, que los promotores prestan a los turistas,
se compadece obviamente con la virtud cristiana de la caridad
que se practica al ofrecer un consejo recto, al compartir
las dificultades y las alegrías del camino. En este sentido,
los promotores cristianos deberán distinguirse por la rectitud y el
respeto con que presentarán los lugares de significado religioso y
cuidarán en incluir y mencionar en sus programas las atenciones
previstas para las exigencias propias de cada religión.
La acción
pastoral tomará iniciativas para que los promotores cristianos tengan ocasión
de reflexionar sobre estos criterios de su actuación. Será muy
importante, además, que con la colaboración de otras personas y
grupos reciban una información adecuada a sus necesidades acerca de
los lugares o acontecimientos religiosos que suelen figurar como destinos
turísticos. Esta acción merece ser emprendida también en colaboración con
los organismos competentes de otros países, a fin de que
los objetivos propuestos sean igualmente conseguidos en la promoción del
turismo internacional. Para alcanzar estos propósitos, por otra parte, será
útil la presencia de los organismos de la pastoral del
turismo en las ferias del sector.
Durante su
viaje el turista es acompañado en multitud de ocasiones por
los guías, que le ayudan a alcanzar los objetivos de
su viaje. Muchas veces se convierten para el turista en
la causa más inmediata del éxito o del fracaso de
sus vacaciones. En verdad, nunca será suficientemente ponderada la influencia
que pueden ejercer los guías sobre los turistas y la
consecuente responsabilidad que ellos adquieren en vista de procurarse una
buena formación para ejercer su trabajo.
Por ello mismo, promuévanse
asociaciones y encuentros en los que los cristianos, que trabajan
como guías, puedan actualizar su formación humana y espiritual, y
sostenerse mutuamente en un trabajo que exige respeto, entrega a
los demás y atención al bien espiritual de los turistas.
Tengan presente que su especial relación con los turistas hace
más exigente su testimonio de fe.
Cuando los guías presenten
a los turistas lugares, monumentos o acontecimientos de carácter religioso,
háganlo con competencia y total dedicación, conscientes de que con
ello son auténticos evangelizadores, siempre con absoluto respeto y con
prudencia.
Las iniciativas pastorales que se refieren a los
guías pueden abrirse igualmente a la categoría de los animadores
de actividades, cada vez más numerosos y más presentes en
la jornada de los turistas. En sus manos se encuentra,
en buena parte, la llave que permitirá que el tiempo
libre sea un espacio lleno de sentido, de sana diversión
y de crecimiento humano y espiritual.
Los promotores
y los trabajadores del turismo ocupan un lugar específico en
la acogida que se presta a los visitantes. Ellos son,
de alguna manera, los primeros protagonistas de la acogida. Por
su trabajo están directamente relacionados con los visitantes y son
los primeros en conocer sus esperanzas y sus eventuales decepciones,
se convierten a menudo en sus confidentes y pueden ejercer
de consejeros y guías.
El cristiano, que ejerce su profesión
en el turismo, descubre en esta situación una gran responsabilidad.
De su honestidad profesional y de su compromiso cristiano depende
en gran medida que para el visitante la estancia resulte
provechosa humana y espiritualmente.
Para responder a este reto,
los profesionales del turismo deben poder contar con un apoyo
decidido por parte de la comunidad y de los agentes
pastorales. Es indispensable que se les ofrezca una preparación específica
durante su tiempo de formación, bien en las escuelas profesionales,
bien a través de otras iniciativas complementarias. Las características de
su trabajo serán tenidas a la hora de programar celebraciones
y encuentros catequéticos.
La Pastoral del turismo debe mostrarse particularmente
sensible ante la peculiar situación de los trabajadores del sector.
Será preciso disponer de una atención religiosa y sacramental adecuada
a sus horarios de trabajo, sin romper el ritmo de
la vida de la comunidad. Esta adaptación se tendrá también
presente al promover la participación de los trabajadores en la
vida parroquial, en los movimientos apostólicos o en la formación
de grupos específicos y movimientos especializados. La formación de estos
grupos es un instrumento de actuación pastoral que debe ser
potenciado con todos los recursos disponibles, tanto en el ámbito
del trabajo como fuera de él.
Existen algunas situaciones a
las que se debe dedicar particular solicitud, como es la
situación en la que a menudo se encuentran los trabajadores
respecto de la vida de familia. Las condiciones laborales ya
mencionadas pueden influir sobre la convivencia normal de la familia,
de los esposos entre sí o de los padres con
sus hijos, bien por razones de horario laboral, bien porque
el trabajador ha tenido que desplazarse lejos de su domicilio.
Los jóvenes en periodo de formación y al inicio de
su vida laboral constituyen otro grupo al que se deberá
prestar un servicio específico. Estos jóvenes viven un momento decisivo
de su vida personal y les será de gran utilidad
poder hallar el apoyo de la Iglesia. En este campo,
deberán jugar un papel destacado la parroquia, los grupos y
los centros donde puedan reunirse en ocasión de reuniones de
formación, reflexión o celebración de la fe.
La condición
de las mujeres que trabajan en el sector turístico es
otro tema prioritario de la pastoral del turismo. Es necesario
intensificar y apoyar todas las iniciativas conducentes a un mayor
respeto de la dignidad de las mujeres y de su
lugar específico en la familia y en la sociedad.
[32]Juan Pablo II,
Carta enc. Redemptor hominis (4.3.1979), 13.
[33]De este modo
viene a realizarse lo que anhelaba S. Juan Crisóstomo: “Nuestro
espíritu se siente elevado más alto, nuestro ánimo se hace
más robusto, el compromiso mayor, la fe más ardiente”, (De
Droside martyre 2: PG 50,685B); Teodoreto di Ciro en su
narración sobre Simeón Estilita afirma: “Quien acude para un espectáculo,
regresa instruido en las cosas divinas” (Hist. relig. 26,12: SCh
257,188).
[34]Cf. Juan Pablo II, Angelus, Castel Gandolfo (1.8.1999).
[35]Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7.12.1990),
82.
[36]Juan Pablo II, Carta a los ancianos, (1.10.1999),
16.
[37]Cf. Juan Pablo II, Carta enc.Centesimus annus(1.5.1991), 42.
[38]Ibíd., 31.
[39]Ibíd., 36. Juan Pablo II aclara:
“Me refiero al hecho de que también la opción de
invertir en un lugar y no en otro, en un
sector productivo en vez de otro, es siempre una opción
moral y cultural” .
[40]Juan Pablo II, Mensaje de
la Jornada Mundial de la Paz 1990, 15.
[41]Cf.
Juan Pablo II, Mensaje para la XV Jornada Mundial de
las Comunicaciones Sociales del 1981, 3.
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