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| 6 diciembre. Mujer de fe, esperanza y caridad en el Calvario |
Introducción
En este Dozavario de la Virgen de Guadalupe, hemos estado
considerando a María Santísima, nuestra Madre, no solamente como un
objeto de nuestra devoción, ni sólo como nuestra intercesora ante
Dios, sino principalmente como un modelo para nuestra imitación, cosa
que parecería no tan fácil. Sin embargo, hemos ido viendo
que, realmente, Ella es modelo de cristiana, por tanto, modelo
de todos nosotros que somos cristianos.
El drama de la cruz
Hoy
veamos el momento más trágico de su vida, lo que
vivió Ella al pie de la cruz, en el Calvario,
y veámoslo bajo el ángulo, no solamente de compadecerla, sino
de poder saber imitarla.
Nadie necesita ninguna motivación para entender el
drama horrible de cualquier madre que vea morir en esa
forma atroz a su hijo; sea quien fuere el hijo,
así fuere el peor de los criminales, así mereciera esa
muerte mil veces, toda madre, cualquier madre, merecería profunda compasión
ante ese drama espantoso. Eso es muy fácil que lo
entendamos; también resultaría muy fácil que nos explayáramos enfatizándolo, como
solemos hacer muchas veces, en "sermones de pésame" o piezas
similares.
Lo más profundo y lo más doloroso
Pero ahora fijémonos en
una cosa mucho más profunda y mucho más dolorosa, así
como más mucho más útil para nosotros; algo que parece
bonito, y lo es hasta lo sublime, pero que también
es terriblemente trágico: Que María es designada por su Hijo
Jesús, Madre nuestra: "Al ver a su madre y a
su lado al discípulo amado, dijo Jesús: -Mujer, ese es
tu hijo. Y luego al discípulo: -Esa es tu madre."
(Jn. 19, 27). En ese momento Jesús, agonizante, le encarga
a Juan que se vea por Ella y a Ella
le asegura que Juan es su hijo. En eso momento
eso es todo, y como que no queda tan claro
que Ella sea Madre no sólo de Juan, sino de
todos nosotros; pero la Iglesia siempre lo ha entendido así,
no solamente como una especie de testamento inmediato, de dejarle
un tutor que vea por Ella en su lugar, sino
como un gesto por el cual la hace Madre de
toda la humanidad. Podríamos aceptar que eso no está tan
claro allí, pero nos quedó clarísimo aquí en el Tepeyac.
"Madre
compasiva, tuya y de todos"
Lo que tenemos la fortuna de
amarla a través de la devoción de Guadalupe, sabemos perfectamente
que no hay la menor duda, porque Ella se lo
dijo expresamente a Juan Diego. Desde sus primeras palabras: "Escucha,
hijo mío el más pequeño, Juanito. ¿A dónde te diriges?"
(Nican Mopohua, v. 23) ya lo llama así: "Noxocoyouh", que
equivale a "Mi benjamín, mi hijo más pequeño". Lo vuelve
a repetir cuando se presenta: "Sábelo, tenlo por cierto, hijo
mío el más pequeño, que yo soy la siempre Virgen
Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive..."
(N. M. V. 26), y después de que le ha
pedido un templo para darnos ahí a su Hijo, le
asegura: "Yo, en verdad, soy vuestra Madre compasiva, tuya y
de todos los que en esta tierra estáis en uno,
y de las demás variadas estirpes de hombres, los que
me amen, los que a mí acudan, los que me
busquen, los que me hagan el honor de confiar en
mí" (N. M. vv. 20-31).
De manera que no hay
duda posible para quienes aceptamos que Ella aquí nos habló,
en cuanto que ese gesto de Jesús, allí en la
cruz, la constituyó Madre no sólo de Juan, sino nuestra,
de toda la humanidad. Eso suena muy bonito, y lo
es, ¡por supuesto! pero, penetremos un instante en el drama
que implicó para Ella.
Jesús en su Evangelio nos prescribió algo
dificilísimo: que "No nos opongamos a quien nos agravia. Al
contrario, que si uno nos abofetea en la mejilla derecha,
le pongamos la otra, que a quien nos pretenda quitar
la túnica, le cedamos también el manto, que a quien
nos obliga a andar con él mil pasos a su
servicio, le acompañemos dos mil" (Cfr. Mt. 5, 39-41). Suena
heróico y lo es, aunque sonaría también un tanto a
hacernos cómplices de la injusticia, como que estaríamos favoreciendo la
explotación, el abuso; pero Jesús, que conoce mejor que nadie
la realidad humana, para nada pretendía eso, sino exactamente lo
contrario, como dirá después San Pablo: "No te dejes vencer
por el mal, sino vence al mal con el bien"
(Rm. 12, 21).
La máxima derrota la máxima victoria
La máxima derrota
del mal, la máxima derrota de mi enemigo, no es
que lo venza y lo humille, no es que lo
mate; su máxima derrota sería que lo hiciera mi amigo.
No puede haber mayor cambio, mayor contraste que el de
quien, atacándome como enemigo, acabe yo convenciéndolo de ser mi
amigo: Si yo elimino a un enemigo, tengo un enemigo
menos: pero si hago de él un amigo, no sólo
eliminé a un enemigo, sino que incrementé mi fuerza con
un amigo más. El máximo bien, la máxima victoria, no
es humillar, aplastar a los adversarios, es pasarlos a nuestro
lado como amigos, como hermanos.
Pensemos: María Santísima ¿qué es lo
que oye en ese instante, que acepte ser Madre de
quiénes? Que sea madre de toda la humanidad, o sea
también de los asesinos de su Hijo; que acepte ser
Madre de quienes le están gritando a Jesús: "-¡Baja ahora
de la cruz para que lo veamos y creamos!" (Mc.
15, 32). De quienes lo azotaron, de quienes lo coronaron
de espinas, de quienes lo clavaron, de quienes están solazándose
con su agonía espantosa... Y de todos los demás que,
en todas las generaciones futuras, repetiríamos eso mismo una y
otra vez. Jesús le pide a Ella no sólo que
no los odie, ni siquiera que los perdone, que nos
perdone, sino que nos ame y nos acepte como hijos.
María
es mujer real, -no olvidemos eso- no es una diosa,
no está por encima de las realidades y sentimientos humanos,
de modo que lo que le pide su Hijo en
ese instante, que Ella entiende perfectamente puesto que su inteligencia
no tiene pecado que la perturbe, es que nos dé
ejemplo, el máximo concebible de llevar a la práctica lo
que El enseñó: "No te opongas a quien te agravia.
Vence al mal con el bien. Haz de tu enemigo
tu mejor amigo. Haz del asesino de tu Hijo, tu
hijo fiel, tu hijo amante..."
Cencalli
Eso mismísimo nos pidió aquí Ella
aquí: que aceptemos a los enemigos como hermanos. En la
sociedad india prehispánica la familia no era como para nosotros:
papá, mamá e hijos. La familia india era poligámica, puesto
que no había suficientes hombres para que cada mujer tuviese
un esposo, ya que muchos jóvenes morían en las batallas
o en el sacrificio. Siendo así, el concepto de familia
era "Cencalli", que significa "toda la casa". Es decir: quien
vive en mi casa, aunque no sea mi consanguíneo, aunque
sea mi servidor, aunque sea el enemigo que mi padre
capturó y que después será sacrificado, por el hecho de
estar en mi casa, es mi familia.
Y la máxima autoridad
en la cencalli era la madre, ya que el padre
con reitarada frecuencia partía a lejanas guerras, de las que
era posible que nunca volviera, y la madre india era
como toda madre, bondadosa, entregada, pero también rigurosa y exigente.
En ese contexto el indio perfectamente entendió qué cosa le
estaba pidiendo María al revelarle que Ella era "Madre de
todos los en esta tierra estáis en uno": quería decir
que "toda la tierra en la que estamos es mi
cencalli", que sus enemigos -en ese momento los españoles y
cualquiera que hubieran podido tener después- no eran tales, sino
eran sus hermanos, que los aceptaran y amaran como hermanos.
Y nuestros padres indios lo cumplieron, tan lo cumplieron dentro
de su realidad humana de débiles y de limitados, que
nacimos nosotros los hijos de los dos: nacimos el pueblo
mestizo que tenemos la gloria de ser los mexicanos.
Prueba de
que es posible lo imposible
Por tanto, somos un ejemplo de
que eso que parece tan imposible: hacer de mi enemigo
mi mejor amigo, venciendo su mal con mi actitud correcta
de bien, es perfectamente posible, tan posible que ocurrió entre
nosotros y somos prueba viviente quienes descendemos de esos antiguos
enemigos.
La gracia no cambia la naturaleza, Dios hace milagros pero
no nos cambia, no nos impide que sigamos siendo capaces
ni de abyectas miserias ni de esfuerzos titánicos. Hoy en
día, a Dios gracias, las cosas han mejorado bastante, pero
no del todo por supuesto, ni cambiarán del todo jamás.
Todavía hoy podemos pensar en alguna forma lo mismo: ¿Voy
a amar a quien secuestró a mi hijo, a quien
mató a mi padre, a quien me despojó de todo
lo que tenía? Son cosas que estamos hoy viviendo y
sufriendo los mexicanos, y no a manos de extraños, sino
unos contra otros. Respuesta de Dios, respuesta de María: (Por
supuesto. ¡Amalos: son tus hermanos! ¡Son hijos míos tanto como
lo eres tú!
Y no simplemente doblegues tu cuello ante ellos,
bajes la cabeza y te dejes humillar, al contrario, impónles
a ellos la máxima "humillación" posible, que nada tiene de
realmente de humillación, sino todo lo contrario: Sacarlos de su
error, librarlos de su actitud contraria y hacerlos tus hermanos,
hijos amantes de la misma Madre y del mismo Padre.
Conclusión
¡Esto
es muy difícil, por supuesto! Pero precisamente por eso recordemos
que nuestra Madre Santísima lo vivió peor que nosotros, que
Ella jamás guardó el mínimo rencor contra los asesinos de
su Hijo, sino que los aceptó -nos aceptó- como hijos,
y como hijos amadísimos: "¿No estoy yo aquí, que soy
tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No
soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en
el hueco de mi manto, en el cruce de mis
brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?" (N. M. v.
119) Y está hablando, no olvidemos, de todos nosotros, de
los que le asesinaron a su Hijo en el Calvario
y de los que continuamos asesinándoselo en nuestros hermanos.
De modo
que sintamos y aceptemos la responsabilidad de ser herederos de
algo tan bello, tan sublime, tan cristiano y, por tanto,
tan humano, como es el que Ella haya aceptado ser
Madre nuestra y lo haya puesto en práctica tan a
fondo como lo logró con nosotros los mexicanos, que nacimos
de enemigos feroces que, a petición de Ella, dejaron de
matarse y nos dieron el ser.
Esto es urgente además, ahora.
Aún por conveniencia propia más nos vale que venzamos esos
odios y que demos ejemplo al mundo de que eso
se puede. El Señor tiene favores y favoritos, pero nunca
favoritismos, y "a quien mucho se le da, mucho se
le pedirá" (Lc. 12, 48). ¡Y vaya que a nosotros
nos ha dado mucho! "Non fecit taliter omni nationi" =
"No hizo cosa igual con ninguna otra nación" (Sal. 147,
20), comentó S. S. Benedicto XIV ; "un gran ejemplo
de evangelización perfectamente inculturada", añadió hace poco S. S. Juan
Pablo II.
El Señor puede decirnos con todo derecho:
"Te he hecho luz de las naciones, para que mi
salvación alcance hasta el confín de la tierra" (Is. 49,
6); "No se enciende un vela para ponerla debajo de
una olla, sino en el candelero, para que alumbre a
todos los de casa. Que así brille vuestra luz ante
los hombres, para que viendo el bien que hacéis, glorifique
a vuestro Padre del Cielo." (Mt. 5, 15-16). Y no
es para menos nada de eso, porque si a nosotros
nos dió tanto al darnos tan especialmente a su Madre
y haciendo que naciéramos hijos de antiguos enemigos, el mundo
entero tiene derecho a reclamarnos eso que Dios nos entregó
para que, a través del ejemplo, lo compartiéramos con todos
ellos.
De manera que pidamos al Señor y a su Madre
Santísima, nuestra Madre Santísima que entendamos esto y podamos, de
veras, llevarlo a la práctica como Ella lo hizo desde
el Calvario al recibirnos como hijos, como hijos reales, por
mandato de su Hijo Jesús. Dozavario a Nuestra Señora de
Guadalupe
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sepulcro vacío
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