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Dozavario a Nuestra Señora de Guadalupe | tema
Autor: María Modelo Nuestro | Fuente: www.virgendeguadalupe.org.mx
5 diciembre. Mujer de fe ante el ministerio incomprendido de su Hijo
Dozavario a Nuestra Señora de Guadalupe. 5 de diciembre
 
5 diciembre. Mujer de fe ante el ministerio incomprendido de su Hijo
5 diciembre. Mujer de fe ante el ministerio incomprendido de su Hijo
Introducción

Estamos viendo, hermanos, la figura de María Santísima como ejemplo nuestro, como Santa, en plan de prepararnos en el Dozavario a su fiesta del 12 de diciembre.


María ante la vida pública de su Hijo

Veremos hoy un aspecto casi inexplorado, porque le hacemos poco caso, pero que es muy importante para que entendamos a ambos, a María y a Jesús como nuestros modelos: La actitud de ambos en la vida pública de Jesús. Y la primera impresión que podemos recibir es un tanto extraña, pues parecería haber una especie de rechazo, hasta como de desprecio de Jesús hacia su Madre. No lo hay, por supuesto, pero así nos puede parecer:

En una ocasión una mujer, embelesada al oír a Jesús, le dice: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te dieron de mamar! Y Jesús, en vez de aplaudir eso elogio hecho a su madre, contesta: "Más bien dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc. 11, 27-28). O sea, aunque de ninguna manera descalifica a su madre, afirma tajantemente que el parentesco biológico cuenta menos que cumplir la Palabra de Dios, vivirla.


Jesús fuera de sus cabales

Y más todavía: en otra ocasión, cuando "estaba Jesús hablando a la gente, su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno le avisó: -Oye, tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablar contigo. Pero él contestó al que le avisaba: -¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: -Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es hermano mío, y hermana y madre." (Mt. 12, 46-50). Y no sale a recibirlos, al menos no en ese momento, cosa que todos esperaríamos que hiciera: que dejara todo y fuera a ver a su mamá. Más aún, San Marcos nos dice que lo venían a buscar porque pensaban "que no estaba en sus cabales" (Mc. 3, 21).

Eso nos puede extrañar, de hecho como que no conciliamos la figura de Jesús y su Madre en esa forma, de que su mamá pueda pensar "que no está en sus cabales" y de que Él no deje al instante cualquier cosa que esté haceindo para atenderla; sin embargo, pensemos un poco en qué cosa está realmente enseñándonos esto. Los seres humanos, como casi todos los animales superiores, tenemos un instinto fortísimo de protección a los hijos; el amor hacia un chiquito es connatural e instintivo en los más de los animales, también con nosotros, por supuesto. Sin embargo, en todos los animales, cuando crece el cachorro, también deja de ser hijo. Digamos un perrito, su madre, la perra, se dejaría matar por él mientras es pequeño: pero cuando ya son grandes los dos, se pelean igual que todos, ya no se reconocen como madre e hijo. Entre los humanos no pasa eso: tenemos la maravilla que Dios nos dió, de que siempre, siempre, siempre, nos sintimos y reconocemos como padres e hijos. Toda madre humana, aunque sea ya una frágil anciana, ve a su hijo, que puede ser un boxeador fortísimo, como su bebé. Por eso los humanos entendemos el amor de Dios en esa forma: un amor tan incondicional, tan entregado como es el de una madre o de un padre con un niño pequeño (Cfr. Is. 66, 13).


"El más pequeño de mis hijos"

Aquí oímos a nuestra Madre Santísima, llamar a Juan Diego, y en él a todos nosotros, "Noxocoyouh" = "el más pequeño de mis hijos" (Nican Mopohua v. 23 et passim). Eso, tan delicado y consolador, es quizá la forma más delicada como Dios nos manifestó su amor: "Como un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo" (Is. 66, 13), y está totalmente acorde con nuestra forma más profunda de concebir el verdadero amor "que es paciente, afable, no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo, no se exaspera ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, sino con la verdad. Disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, soporta siempre." (1 Cor. 13, 4-7). Así nos ama Dios, como ama una madre "al más pequeño de sus hijos", y así querríamos todos poder amar y ser amados; pero nuestra condición de pecadores puede echar a perder esa relación tan bella, introduciendo el abuso de que a veces pretendamos no superar la infancia, de no sepamos o no queramos, ni padres ni hijos, aceptar la madurez, aceptar el crecimiento.

La ley de Dios es muy clara: "Honrarás a tu padre y a tu madre" (Ex. 20, 12), y vale para siempre, no pone límites, no fija edades; pero también nos prescribre: "Que deje a su padre y a su madre cada quien, se una con su esposa y sean uno solo ellos dos" (Cfr. Gn. 2, 24). Por lo tanto, la madurez humana, supone, no romper con el amor filial, pero sí madurarlo cuando a su vez el hijo o hija pasan a poder ser padres y madres. El pecado nuestro, que todo lo corrompe y enreda, hace que muchas veces haya una serie de sufrimientos, a veces durísimos, y a veces verdaderos fracasos, en cuanto a la interferencia que provocar en nuestra forma de comportarnos. O sea, que los hijos nunca se corten el cordón umbilical, que opten por la comodidas de seguir dependientes de sus padres, sobre todo de su madre, y que los padres, sobre todo la madre que es la más amorosa, quiera siempre seguir posesionada de su hijo. Eso es muy común, lo vemos todos los días, quizá lo vivimos todos los días.

Ahora veamos esto en Jesús y María. Evidentemente que son la pareja de madre e hijo más bella de la tierra: han vivido años y años solos, Jesús no estaba casado, de manera que podemos suponer cuan íntimo, cuan completo, cuan total era ese contacto de madre e hijo. Sin embargo, en un momento dado, Jesús cumple el mandato de su Padre, dejado su casa y a su madre para entregarse a su esposa, que es la Iglesia, que somos todos nosotros. (Cfr. Ef. 5, 25-33; Apoc. 21, 9). Y esa entrega, que culminará en dar su vida, desde un primer momento resulta alarmante para su Mamá. Imaginemos a una mamá que de repente se da cuenta que su hijo, que siempre había sido normal y tranquilo, se le va al desierto y no prueba bocado en cuarenta días y cuarenta noches. ¿Qué pensaría cualquier madre de un hijo que le sale con eso? Y más una madre que, como Ella, es la mejor de las madres. No podría menos que asustarse: ¿Qué le pasa a mi niñito, a mi bebé?

Después oye, sí, o presencia milagros maravillosos, hasta interviene en ellos, como en Caná; escucha y se pasma con la elocuencia de su Hijo. Está, como toda madre, feliz, orgullosísima de ver esa grandeza en su vástago, pero también se espanta al ver que ese "niño", ese "bebito" suyo, no come, no duerme, está asediado por la gente, que cuando vuelve a su propio pueblo, casi lo linchan los paisanos de Nazaret (Cfr. Lc. 4, 28-30). Y como toda madre de este mundo, por supuesto que se siente angustiada con eso, como toda madre, y siente tan fuerte la urgencia de protegerlo que no piensa en que eso puede ser interferir en su madurez e independencia. Por eso lo va a buscar, para pedirle que mo exagere, que se cuide, que se modere, y vemos que Jesús responde en forma que la honra profundamente a Ella, pero que al mismo tiempo subraya su independencia: "Vale más quien cumpla la voluntad de mi Padre, que todo parentezco biológico conmigo".


Condena al nepotismo

Jesús ahí condena al nepotismo. Nepotismo es que favorezcamos, obedezcamos, atendamos más a quien es nuestro pariente biológico, que a quien tiene derecho de ser atendido por nosotros. Algo tan común, por desgracia, en los gobiernos y que por siglos fue llaga de la Iglesia. Y Jesús, rompe con eso, clara, tajantemente. Pero de ninguna manera rompe con su Madre, al contrario. Quien piense bien en lo que pasa, la exalta por encima de todos, puesto que ¿quién cumple mejor que Ella la voluntad del Padre? ¿Quién atiende y pone en práctica mejor que nadie la Palabra de Dios? ¡Su Madre Santísima!

De modo que Ella vale mucho más, es mejor ejemplo nuestro y mucho más imitable, por ser dócil a la Palabra de Dios y ponerla en práctica, que no por ser madre biológica del Señor.


"Que el crezca y que yo me haga a un lado"

Esto, ¿qué nos dice a nosotros hoy? Por supuesto que muchas cosas. Es fácil que nos retratemos, que nos veamos allí, en ese cuadro, en ese espejo. Aunque suena muy raro: el máximo amor materno, la máxima madurez del amor materno, no es cuando el hijo depende de la madre, sino cuando la madre es capaz de entregarlo a otra mujer para que lo haga padre de sus propios hijos. O sea, el máximo amor de una mujer por su hijo, no es tanto saber ser atenta y cuidadosa cuando es un bebé, sino saber decir: "Lo que importa es que él crezca, y que yo me haga un lado." (Jn. 3, 30). Es decir: toda madre es más que nunca madre, más que nunca generosa, cuando sabe ser suegra. Y esto es tan difícil entre nosotros los humanos, que incluso la palabra misma "suegra", nos suela más bien a burlona y despectiva.

Sin embargo, basta que veamos lo que son las cosas; la máxima generosidad es saber entregar lo que más se ama. Y si amo de veras a alguien, quiero que crezca cuanto pueda crecer. Una madre no puede hacer padre a su hijo, al menos no debe de ninguna manera, podría ser una cosa monstruosa: un incesto. El máximo bien que puede hacerle una madre a su hijo, la máxima grandeza que puede ella hacer que su hijo tenga, es que sea, con otra mujer, padre, a su vez, de hijos propios. Y padre completo, o sea, no una gente que siga dependiente de ella, sino alguien capaz de ser plenamente uno con su esposa y admiración y modelo de sus hijos, como proveedor, como sustentador, como autónomo.

Y veamos que de eso nos dan un ejemplo perfecto, acabadísimo, tanto Jesús como María. El no fue casado y explicó el por qué con una palabra muy fuerte: "porque se había castrado a Sí mismo por amor de su misión" (Cfr. Mt. 19, 12). Quiso ser, y lo fue, esposo de todas las esposas, Hijo de todas las madres... no aceptó un parentesco biológico de cónyuge o de padre de unos pocos, para poder serlo de todos.

Su Esposa, por tanto, como lo dice San Pablo, somos nosotros, somos la Iglesia: se entregó a ella por completo. Con eso también su madre María es su esposa, puesto que es la parte principalísima de la Iglesia, Madre de la Iglesia en cierto sentido. Y supieron Él y Ella aceptar esa vocación sublime... que no siempre sabemos aceptar nosotros.


Conclusión

Cuánta fe, cuánta caridad, cuánta entrega no supone, -piensen todas las mamás- saber ser buenas, no solamente como madres, sino como suegras. ¡Cuán difícil es eso! Y María Santísima supo hacerlo hasta extremos verdaderamente heróicos: entregó a su Hijo a la muerte por nosotros. Y Él supo, por supuesto, honrando a su Madre, imponer decididamente ese papel de independencia.

Todo mundo debemos y podemos imitarlos. No es nada fácil. El matrimonio supone, para poder ser matrimonio real, el mínimo de la máxima madurez humana. No se pueden casar dos novios, aunque tengan cronológicamente edad para hacerlo, si mentalmente, psicológicamente aún son niños, puesto que están inmaduros. Pero basta el mínimo, que ya sean un hombre y una mujer auténticos, sin embargo, el entregar correctamente a un hijo al matrimonio, sí que exige el máximo de la madurez humana, tanto que pocos la alcanzan y nadie la alcanza totalmente; pero todos debemos luchar por tener esa entrega tan completa que nos enseña el ejemplo de María y de Jesús.

De modo que, pidámosle a Ellos, a Ella sobre todo, que es en este caso la más generosa, que podamos entender algo tan bello y tan difícil, para poder aplicarlo a nuestra vida.

Dozavario a Nuestra Señora de Guadalupe

  • 1 de diciembre
    Mujer de fe ante el proyecto de Dios: Anunciación


  • 2 de diciembre
    Mujer de fe y prudencia que se traduce en caridad en la visita a Isabel


  • 3 de diciembre
    Mujer de fe y caridad en la huida a Egipto


  • 4 de diciembre
    Mujer de fe que se traduce en caridad en Las Bodas de Caná


  • 5 de diciembre
    Mujer de fe ante el ministerio incomprendido de su Hijo


  • 6 de diciembre
    Mujer de fe, esperanza y caridad en el Calvario


  • 7 de diciembre
    Mujer de fe y esperanza ante el sepulcro vacío


  • 8 de diciembre
    Mujer de fe y esperanza en la oración expectante de
    Pentecostés


  • 9 de diciembre
    Fiesta de San Juan Diego


  • 10 de diciembre
    Madre de fe y esperanza en el Tepeyac otorga su plena confiaza a un indígena


  • 11 de diciembre
    Madre de profunda caridad ante la Evangelización fundante de México


  • 12 de diciembre
    SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE GUADALUPE




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