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La obra de la salvación se realiza en Cristo
5. Dios,
que "quiere que todos los hombres se salven y lleguen
al conocimiento de la verdad" (1 Tim., 2,4), "habiendo hablado
antiguamente en muchas ocasiones de diferentes maneras a nuestros padres
por medio de los profetas" (Hebr., 1,1), cuando llegó la
plenitud de los tiempos envió a su Hijo, el Verbo
hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a
los pobres y curar a los contritos de corazón, como
"médico corporal y espiritual", mediador entre Dios y los hombres.
En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo,
fue instrumento de nuestra salvación. Por esto en Cristo se
realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud
del culto divino. Esta obra de redención humana y de
la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que
Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo
la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada
pasión. Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión. Por
este misterio, "con su Muerte destruyó nuestra muerte y con
su Resurrección restauró nuestra vida. Pues el costado de Cristo
dormido en la cruz nació "el sacramento admirable de la
Iglesia entera".
En la Iglesia se realiza por la Liturgia
6.
Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el
Padre, Él, a su vez, envió a los Apóstoles llenos
del Espíritu Santo. No sólo los envió a predicar el
Evangelio a toda criatura y a anunciar que el Hijo
de Dios, con su Muerte y Resurrección, nos libró del
poder de Satanás y de la muerte, y nos condujo
al reino del Padre, sino también a realizar la obra
de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos,
en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica.
Y así, por el bautismo, los hombres son injertados en
el misterio pascual de Jesucristo: mueren con El, son sepultados
con El y resucitan con El; reciben el espíritu de
adopción de hijos "por el que clamamos: Abba, Padre" (Rom.,
8,15) y se convierten así en los verdaderos adoradores que
busca el Padre. Asimismo, cuantas veces comen la cena del
Señor, proclaman su Muerte hasta que vuelva. Por eso, el
día mismo de Pentecostés, en que la Iglesia se manifestó
al mundo "los que recibieron la palabra de Pedro "fueron
bautizados. Y con perseverancia escuchaban la enseñanza de los Apóstoles,
se reunían en la fracción del pan y en la
oración, alabando a Dios, gozando de la estima general del
pueblo" (Act., 2,14-47). Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado
de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo "cuanto a
él se refieren en toda la Escritura" (Lc., 24,27), celebrando
la Eucaristía, en la cual "se hace de nuevo presentes
la victoria y el triunfo de su Muerte", y dando
gracias al mismo tiempo " a Dios por el don
inefable" (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, "para alabar su
gloria" (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo.
Presencia
de Cristo en la Liturgia
7. Para realizar una obra tan
grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo
en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de
la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora
por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se
ofreció en la cruz", sea sobre todo bajo las especies
eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de
modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está
presente en su palabra, pues cuando se lee en la
Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente,
por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el
mismo que prometió: "Donde están dos o tres congregados en
mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt.,
18,20). Realmente, en esta obra tan grande por la que
Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia
siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca
a su Señor y por El tributa culto al Padre
Eterno.
Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio
del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan
y, cada uno a su manera, realizan la santificación del
hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir,
la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo
sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es
acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título
y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra
acción de la Iglesia.
Liturgia terrena y Liturgia celeste
8. En la
Liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial,
que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia
la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está
sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario
y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de
gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de
los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de
su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que
se manifieste El, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos también
gloriosos con El.
La Liturgia no es la única actividad de
la Iglesia
9. La sagrada Liturgia no agota toda la actividad
de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar
a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a
la fe y a la conversión: "¿Cómo invocarán a Aquel
en quien no han creído? ¿O cómo creerán en El
sin haber oído de El? ¿Y como oirán si nadie
les predica? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?" (Rom.,
10,14-15). Por eso, a los no creyentes la Iglesia proclama
el mensaje de salvación para que todos los hombres conozcan
al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y
se conviertan de sus caminos haciendo penitencia. Y a los
creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia,
y debe prepararlos, además, para los Sacramentos, enseñarles a cumplir
todo cuanto mandó Cristo y estimularlos a toda clase de
obras de caridad, piedad y apostolado, para que se ponga
de manifiesto que los fieles, sin ser de este mundo,
son la luz del mundo y dan gloria al Padre
delante de los hombres.
Liturgia, cumbre y fuente de la vida
eclesial
10. No obstante, la Liturgia es la cumbre a la
cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo
tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues
los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos
hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos
se reúnan para alabar a Dios en medio de la
Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del
Señor. Por su parte, la Liturgia misma impulsa a los
fieles a que, saciados "con los sacramentos pascuales", sean "concordes
en la piedad"; ruega a Dios que "conserven en su
vida lo que recibieron en la fe", y la renovación
de la Alianza del Señor con los hombres en la
Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante
caridad de Cristo. Por tanto, de la Liturgia, sobre todo
de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de
su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella
santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de
Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia
tienden como a su fin.
Necesidad de las disposiciones personales
11. Mas,
para asegurar esta plena eficacia es necesario que los fieles
se acerquen a la sagrada Liturgia con recta disposición de
ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y
colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano.
Por esta razón, los pastores de almas deben vigilar para
que en la acción litúrgica no sólo se observen las
leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también
para que los fieles participen en ella consciente, activa y
fructuosamente.
Liturgia y ejercicios piadosos
12. Con todo, la participación en la
sagrada Liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto,
el cristiano, llamado a orar en común, debe, no obstante,
entrar también en su cuarto para orar al Padre en
secreto; más aún, debe orar sin tregua, según enseña el
Apóstol. Y el mismo Apóstol nos exhorta a llevar siempre
la mortificación de Jesús en nuestro cuerpo, para que también
su vida se manifieste en nuestra carne mortal. Por esta
causa pedimos al Señor en el sacrificio de la Misa
que, "recibida la ofrenda de la víctima espiritual", haga de
nosotros mismos una "ofrenda eterna" para Sí.
Se recomiendan las
prácticas piadosas aprobadas
13. Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del
pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes
y a las normas de la Iglesia, en particular si
se hacen por mandato de la Sede Apostólica.
Gozan también de
una dignidad especial las prácticas religiosas de las Iglesias particulares
que se celebran por mandato de los Obispos, a tenor
de las costumbres o de los libros legítimamente aprobados.
Ahora bien,
es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en
cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo
con la sagrada Liturgia, en cierto modo deriven de ella
y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia,
por su naturaleza, está muy por encima de ellos. |