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Autor: Mons. Joan Piris, Obispo de Menorca Promover acciones evangelizadoras
Hoy, en un mundo cambiado y cambiante, es una exigencia revisar la pastoral para adaptarla a la situación actual
Promover acciones evangelizadoras
Nuestro objetivo general (2001-2003), fruto de la Asamblea Diocesana,
nos pide promover “acciones evangelizadoras” y eso equivale a proponernos
“optar por una pastoral misionera”. [una línea que, si en
un primer momento fue apoyada por movimientos y grupos “fronterizos”,
progresivamente ha estado presente en la Iglesia un poco por
todas partes queriendo orientar la pastoral ordinaria: Asamblea Conjunta, Medellín,
EN, Congreso de evangelización, NMI, etc].
Pero la actividad de la
Iglesia orientada a anunciar e instaurar el Reino de Dios
(la pastoral), no es una hacer exterior a nosotros. Es
un proceso que mira a la vez a la conversión
de los demás y a la propia: implica comunicar la
propia fe de muchas maneras y supone en el comunicador
actitudes cristianas bien asimiladas.
Para llevarla a la practica, es necesario
hacer un “discernimiento” entre las varias posibilidades y optar, o
sea, marcar preferencias, conceder la primacía a una cosa y
posponer otras. No se puede uno quedar con todo (Arca
de Noé).
Esto tiene también sus implicaciones (porque necesariamente repercute en
la distribución del tiempo, de los medios a utilizar, la
elección de los destinatarios, etc.) y, como las opciones pastorales
no se hacen de una vez para siempre, pide también
un análisis de la situación y un proyecto global al
que se quiere llegar, y después, es necesario confrontar, revisar,
corregir...
Además, para que la acción pastoral sea coherente, ha de
haber también una proporción real entre la situación descubierta y
la respuesta que se ofrece. A veces, se hace una
descripción amplia, casi dramática, de la profundidad del cambio que
estamos viviendo y, después, en las soluciones no se pide
más que: cuidar las homilías, aprovechar las catequesis ocasionales, etc.
Pues
bien, hace tiempo que estamos afirmando en todas partes que
la vocación propia de la Iglesia es Evangelizar (EN 14
y 15) y que cada día es más urgente anunciar
y hacer presente el evangelio buscando obtener una adhesión global
a la persona de Cristo (1ª conversión).
Sin embargo, tenemos una
pastoral principalmente “de conservación”, basada en la sacramentalización con
poca evangelización previa. Eso podía bastar cuando las estructuras sociales
y las estructuras religiosas coincidían: la familia, la escuela... estaban
impregnados de valores cristianos y la fe se transmitía por
la misma inercia de la tradición.
Hoy, en un mundo cambiado
y cambiante, es una exigencia revisar esta pastoral para adaptarla
a la situación actual (GS 4,11,44), (no basta cambiar el
lenguaje o mejorar la presentación). Los grandes interrogantes de los
nuevos contextos culturales en los que vivimos y la anemia
del catolicismo actual son un fuerte llamamiento a superar la
inercia pastoral que venimos arrastrando.
Por ejemplo, la “descristianización” plantea el
problema de los destinatarios: ¿a quién hemos de evangelizar?,
¿quién ha de escuchar la Buena Nueva que aún no
conoce?. La “secularidad” (típica de nuestra época) nos pide cambiar
las maneras: ¿como evangelizar al hombre secular?, ¿cuáles son las
formas secularizadas de creer en Jesús?. La “desmitificación” y la
crisis de credibilidad plantean dificultades de contenido: ¿qué anunciar, qué
decir, qué transmitir?. Finalmente, y como consecuencia de la “pérdida
de identidad cristiana” incluso entre creyentes cualificados, tenemos el reto
de los posibles portadores o testigos del mensaje: ¿quién ha
de evangelizar?, ¿quién puede hoy decir algo sobre Jesucristo?. La
pregunta radical, pues, es ésta: ¿los cristianos tenemos algo que
decir? (“¿qué aporta el cristianismo al humanismo?”).
Responder a esta pregunta
no es fácil en el momento actual, pero tampoco podemos
despacharla con una respuesta cualquiera. Permanecen por resolver algunas cuestiones
agravadas por condicionamientos históricos que no acabamos de superar (aunque
también hay “fijaciones” más que discutibles).
Por ejemplo: En nuestro país
son pocos los que sienten necesidad de conocer el cristianismo
a fondo. Unos porque lo suponen ya conocido y otros
porque no esperan que les lleve a solucionar los problemas
de cada día.
Por otro lado, los cristianos no presentamos la
homogeneidad que muchos desean y añoran, sino más bien una
diversidad tal que casi desorienta.
Son muchos los que piensan que
los cristianos (ellos dicen “la Iglesia”) estamos todavía demasiado atados
a determinadas clases sociales o preferencias políticas...
Y hemos de reconocer
que podemos ofrecer a la gente pocas “comunidades signo” o
“testigos evangélicos comunitarios”. Más bien, la imagen es la
de una masa amorfa y poco comprometida... Tenemos bastantes bautizados
sólo superficialmente evangelizados, que no sienten la necesidad de confrontar
con el evangelio sus actitudes, sus opciones radicales, sus compromisos
temporales...
Tenemos que plantearnos, pues, con seriedad cómo ser más fieles
a la misión que nos confió el Señor, con objeto
de constituir como Iglesia, una mediación transparente, humilde y servicial
de Cristo.
Por lo tanto, cuando hablamos de promover "Acciones evangelizadoras”
en los ámbitos de la familia, la juventud y la
enseñanza", estamos diciendo que:
1. (Contra la disociación fe-vida) hemos
de presentar el Evangelio como “Buena Noticia” (“para que creyendo
tengáis vida”-Ju 20,31), como “anuncio dichoso” que tenemos que hacer
llegar a todas las parcelas de la vida humana: porque
concierne a la persona y a la sociedad, a los
problemas concretos, a la conciencia personal y colectiva de la
gente, a sus actividades como “ciudadanos”, los criterios de juicio,
los valores, los centros de interés, las líneas de
pensamiento, las fuentes que los inspiran y los modelos de
vida que se presentan en contraste con el Reino (EN
18 y 19).
Esto es evangelizar. No únicamente exponer sistemáticamente la
doctrina, sino provocar el movimiento hacia la fe ayudando a
descubrir el sentido de la vida a la luz de
Cristo: dar testimonio vitalmente, de manera simple y directa, del
Dios revelado en Jesús.
2. (Frente a la dicotomía
Iglesia que enseña - Iglesia que aprende) el sujeto y
el “signo” evangelizador es la comunidad eclesial (1Cor 15; Rom
1,1; Act.2,14): Evangelizan los 12 y todos aquellos que han
compartido la experiencia de “haber visto” a Jesús resucitado(1Tess 1,5-8).
Toda la Iglesia es evangelizadora, y lo hace encarnándose a
las Iglesias particulares (diocesanas) y con ministerios y tareas
diferentes (EN 66 y 73; LG 10, 11, 13, 17-18
y 30-32): Papa, Obispos, Presbíteros, Religiosos/as y Laicos... Pero, todas
las tareas se tienen que coordinar en la acción pastoral
–de manera complementaria y subsidiaria- (GS 43; PO 7-9; ChD
3-7). Evangelizar no es un acto aislado y individual, ni
ningún cristiano es señor absoluto de su acción evangelizadora.
3.
Y hemos de evangelizar a todos sin fronteras (EN 18
y 19): la Iglesia es enviada “a todos” los hombres
y grupos humanos [Opción prioritaria serán los marginados –sean obreros,
universitarios, o intelectuales...-]. Y a todas las dimensiones del mundo
actual: economía, política, cultura, movilidad, religión... (Evangelización y Promoción humana:
liberación).
También, y con el debido respeto, tenemos que presentar a
Jesucristo a los miembros de las religiones no cristianas, personas
no creyentes y/o descristianizadas (o cristianos no católicos), no practicantes
y practicantes, masas y pequeñas comunidades (cfr. Cap. V de
EN ).
Tarde o temprano, la gente se pregunta sobre el
sentido de la vida y la oferta cristiana se presenta
como algo capaz de dar sentido y dirección a
la existencia humana (Rom 1,17).
4. -(EN 75) Los métodos,
los modelos y las estructuras utilizadas en la comunicación de
la fe son un desafío a nuestra capacidad pastoral (EN
40) porque no son únicamente “medios”: expresan ya una opción
fundamental en la manera de comprender el ser humano,
la sociedad, Dios, Cristo, la Iglesia, el pasado, el presente,
el futuro...
-Tenemos que dar preferencia al testimonio vivido (-“gestos”-)(EN 41):
ser signo auténtico de lo que se proclama...
-Con contactos personales
(EN 46): presencia “de igual a igual” y no de
poder; sin ninguna actitud de dominio, ni ninguna forma
de vida contraria a un serio concepto de servicio (revisar
l’organización pastoral y el ejercicio de la autoridad...).
-Tampoco situándonos como
emisor y receptor: el que tiene fe, que sabe, que
conoce la revelación y la comunica a quién no tiene
o no conoce... la evangelización es un proceso vivo y
el receptor tiene que “recibir” y asumir el mensaje y
hacerlo suyo de forma personal, “reinventándolo” de alguna manera.
-Hemos de
emplear la palabra en todas sus formas –MCS- (EN 42-45).
-Y en la liturgia, sobre todo los Sacramentos, hemos de
prestar atención a la piedad popular con actitud acogedora (EN
47-48).
5. Como criterios para poner en marcha acciones evangelizadoras, está
claro que:
-Tenemos que partir de los signos de los tiempos
(fenómenos que caracterizan una época), pero sin ningún reduccionismo: somos
“mediación” (testigos auténticos) de la salvación integral (de toda la
persona -cuerpo y alma- y de todas las realidades...).
-Hemos de
dar prioridad a quienes todavía no han recibido la fe,
frente a una pastoral de “conservación”...
-Tenemos que dedicar más energías
a los adultos que a los niños (o a éstos,
pero acompañándolo con una acción coordinada con los jóvenes y
adultos -evangelización de las familias).
-Hemos de alentar más la plena
participación del Pueblo de Dios (tratar de hacer presente
la Iglesia como una Comunidad de creyentes y no
sólo como tarea de curas y religiosos).
-Y hemos de ejercer
la función crítica ante cualquiera situación que atente contra los
derechos humanos.
Algunas conclusiones:
a) Reconocer la urgencia de colocarnos en
una situación de permanente educación de la fe o
revisión de vida a la luz del Evangelio.
b) La verdadera
educación de la fe adulta se tiene que hacer en
el seno de una comunidad abierta a los valores del
cambio, progreso, liberación y secularización, y en un proceso de
discernimiento y evaluación permanente.
c) La alternativa es promover una pertenencia
a la Iglesia arraigada en las necesidades primarias, con relaciones
interpersonales, relaciones de grupos dónde las personas se conocen los
unos a los otros y dónde se pueden desarrollar experiencias
de fraternidad en relación con una jerarquía de valores bien
precisada.
Carta a todos los miembros de la Iglesia de
Menorca Septiembre de 2002 + Joan Piris, Obispo de Menorca
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