Eminentísimos Señores Cardenales, Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos, Honorables Autoridades, Muy Queridos
Hermanos Sacerdotes y Laicos, Señoras y Señores:
Mi intervención de hoy, quiere
fijar su atención sobre la identificación de estos puntos de
anclaje, de la sociedad del Cono Sur, en las que
ustedes viven su servicio y misión de Centros Culturales Católicos.
Considero
importante traer a la memoria un párrafo del documento Para
una Pastoral de la Cultura publicado por el Consejo Pontificio
de la Cultura en 1999, con respecto a la misión
de los Centros Culturales Católicos: Bien insertados en su medio
cultural, les corresponde afrontar los problemas urgentes y complejos de
la evangelización de la cultura y de la inculturación de
la fe, a partir de los puntos de anclaje, que
ofrece un debate ampliamente abierto con todos los creadores, actores
y promotores de cultura, según el espíritu del Apóstol de
las Gentes [1].
Estos puntos de anclaje de nuestras culturas contemporáneas,
parafraseando a mi entrañable amigo Gabriel Marcel [2], no pueden
ser reducidos a mera objetivización dado que son realidades que
emergen de la cultura de los hombres; y por ello
remiten necesariamente a la condición de misterio del hombre. Aproximarnos
a estos puntos de anclaje implicará entonces reconocer y acoger
el rostro del otro, la historia, los gozos y las
esperanzas, las penas y los sufrimientos del quien está cara
a cara implicado, según la expresión de Levinas [3].
Dado
que el conocimiento del contexto actual del Cono Sur corresponde
más prudentemente exponer a quienes tienen el privilegio de habitar
en estas bellísimas tierras, permítanme que dirija mi reflexionar más
bien a cuatro fenómenos que emergen con cierta constancia en
la sociedad latinoamericana: El fenómeno de las sectas, los crecientes
agnosticismo e indiferentismo religioso, la resistencia y desconfianza de las
instituciones, el agudo desequilibrio social.
Estos fenómenos he querido identificarlos con
cuatro vocablos de la lengua española, a manera de puntas
de Iceberg, cuya cima visible remite a los talantes culturales
que aún escondidos a la simple observación sociológica, constituyen el
cuerpo de los cambios culturales. De estos vocablos, haré un
somero bosquejo de algunas implicaciones culturales, dejando flotar algunos cuestionamientos,
que motiven nuestra búsqueda del verdadero cuerpo del Iceberg. Por
ello he colocado el sustantivo “cultura” en los subtítulos, a
fin de recalcar que mi acercamiento a estas realidades resalta
las puntas de un Iceberg, sin pretender reducir la realidad
únicamente a este aspecto. Cultura de la emoción, cultura de
la tolerancia, cultura del lucro, cultura de la no creencia.
Una
parte importante de la información sobre la realidad cultural del
Cono Sur, me han sido proporcionada por las respuestas al
Cuestionario sobre la no-creencia, que durante los últimos meses del
2002 e inicios del 2003, he enviado a diversos destinatarios
como preparación a la Asamblea del Consejo Pontificio de la
Cultura en el 2004.
No es posible pensar una Nueva
Evangelización que no sea renovada e inteligente inculturación del Evangelio
de Cristo en las culturas del presente. Realizarlo exige proyectos
culturales bien definidos que con una propuesta seria del Evangelio,
alcancen las diferentes áreas culturales y geográficas. Un instrumento adecuado
y privilegiado de acción y respuesta para este reto son
ciertamente los Centros Culturales Católicos [4].
Un momento privilegiado de esta
misión, corresponde al discernimiento de las fuerzas que generan cambios
culturales. Identificar y conocer estas fuerzas de cambio epocal y
de raíz antropológica, son el único medio de ofrecer una
propuesta cultural viable, oportuna, contextualizada y seria del Evangelio; que
sin reducirse a las meras coyunturas inmanentes, las asume realmente
y las transfigura.
Existen en el lenguaje corriente de nuestras sociedades,
algunos vocablos particularmente significativos, que a guisa de muestra, describen
el trasfondo conceptual de la mentalidad dominante.
El análisis del lenguaje,
sea como exégesis, hermenéutica, semántica, semiótica, lingüística, etc. muestra la
importancia que este “Instrumento inherente” del ser humano ha conquistado
justamente en el campo gnoseológico contemporáneo. Autores como Wittgenstein, Fregge
o Propp entre otros, son nombres reconocidos en todo estudio
de educación superior. No es necesario insistir demasiado entonces, sobre
la actualidad del discurso, precisamente cuando la mayor parte de
las actividades de todo nivel humano vienen envueltas con el
manto global de la informática.
1.- Cultura de la emoción
Un primer término que quisiera proponer es el de la
emoción. Esta voz, viene empleada de modo preferencial por el
sector juvenil de la sociedad. La emoción es el nuevo
nombre de la “evidencia”. Cuanto más intensa es la emoción,
tanto más fuerte es la certeza de la “verdad” experimentada.
La emoción dentro del campo epistemológico, toca dos vías de
conocimiento, el empírico o experiencial y el subjetivo o racional.
La emoción abre de alguna manera detrás de sí un
efecto objetivo, una sensación irrefutable, cuya verificación en cambio, es
campo casi exclusivo de la subjetividad; cuyos datos vienen de
este modo asignados a eventuales producciones internas. La aplicación o
identificación de las causas de tal efecto, de sus consecuencias
y de sus límites permanecen en la elaboración circunstancial e
interna del sujeto.
Culturalmente las manifestaciones afectivas entre familiares, amistades
o parejas de prometidos, para no hablar de algunos lamentables
espectáculos urbanos, han tenido un notable crecimiento en la exterioridad
pública. Dejando de lado la dimensión moral de estas expresiones,
las caricias como formas publicas de socialización, expresan otro indicio
de esta nueva forma cultural occidental de generar de modo
sensorial emociones que muestren con cierta velocidad y sin dilación,
el estado interno de la persona.
La palabra emoción se ve
en muchos campos polarizada a dos estados casi antagónicos: la
depresión, como ausencia de una carga estimulante para vivir, y
el placer, realidad de intensa gratificación sensorial, que abruma la
inteligencia con el peso intenso de un presente armónico, con
un deseo insaciable de felicidad que comienza a ser satisfecho.
De este modo, la emoción no sólo viene conectada con
la epistemología moderna, sino con la ética, “conocer el modo
menos doloroso y más veloz de gozar un instante, se
vuelve una máxima sapiencial de nuestra era”. Lo fugaz, lo
contingente, la veleidad, deviene principio absoluto de veracidad y bondad.
Lo transitorio sustenta ahora la estructura de la razón y
de la voluntad, y el ser, la entidad, no aparece
sino exclusivamente en los rasgos del sentir. Los bienes inmediatos
y verdades pasajeras conforman ahora el paisaje de lo contemporáneo,
un paisaje tanto polifacético como absurdo.
La eternidad como trascendencia
de toda veleidad, no requiere ni siquiera ser negada, ya
que no entra en el campo conceptual del lenguaje contemporáneo,
no es sino a lo sumo un arcaísmo figurativo para
hablar de indeterminación, o en términos emotivos, una sinónimo de
aburrimiento perfecto.
La inmortalidad existe precisamente en la convicción individual
de un indeterminado presente de permanecer igual, mientras no llega
la experiencia violenta de un ser querido, que modifica la
certeza de no verle más, precisamente porque esa persona murió,
mientras que el yo jamás morirá, “estoy condenado a ser
inmortalmente solo”.
Una vez que el concepto de eternidad ha sido
extirpado del horizonte lingüístico y consciente de la mentalidad dominante,
es posible caminar con paso libre a la nulificación de
la historia. Lo fugaz, lo efímero, no dejan lugar a
la continuidad, la fragmentación cronológica de la vida humana, carente
de cualquier sentido objetivo viene superada por la absurdidad del
instante, permaneciendo como único medicamento, el paliativo de la “sugestión”
o la alienación fantasiosa de lo sublime, cuyas “emociones místicas”
viene a reivindicar el desprecio que sufriera durante las tres
décadas pasadas.
La forma regular de vida burguesa o anquilosada,
ha llevado a nuestras sociedades a inventar juegos y diversiones
que rayan en lo temerario o grotesco. Tirarse de una
altura de más de 20 metros con caída libre para
ser luego levantado como un muñeco de trapo por una
liga, simulando o provocando la sensación de la muerte, no
puede ser visto como indiferente o ajeno a esta forma
cultural de tedio de la vida.
La depresión como enfermedad o
como estado anímico, viene pesada con este criterio de la
emoción. La incapacidad de ofrecer una estructura perseverante ante este
mal endémico de nuestra época, cuyas expresiones se confunden con
los rasgos de una sociedad adicta, que busca en la
“terapéutica” una plataforma gratificante del sentido de la vida.
Al colocar
la emoción como criterio de veracidad, las caricias reemplazan a
la fidelidad y la honestidad reciba el relevo de la
oportunismo. Se puede decir, que el hombre y la mujer
contemporáneos se perciben a sí mismos como realizados, cuando la
intensidad de las emociones gratificantes rebasa en su duración, el
impacto de las sensaciones de insatisfacción, frustración o fracaso. No
es el fracaso en su objetividad lo que más agobia,
cuanto la sensación de dolor de la que se pretendía
escapar la que destruye. Lo sensitivo de la subjetividad importa
más que la falta objetiva.
De este modo el hombre moderno,
sediento de vida, nada en una pecera donde la únicas
opciones de sobre vivencia son la alienación idealista de tipo
religioso, o el cinismo hedonista, que tarde o temprano arrastra
al suicidio fisiológico o existencial.
No es extraño entonces que el
criterio dominante en la elección de la religión, sea precisamente
la emoción, fuente de verdad, bien y trascendencia, entendiendo como
trascendencia la mera exteriorización de la interioridad, y no como
paso o apertura a una realidad radicalmente diversa o externa.
El argumento del pluralismo sectario vendrá desarrollado en la Conferencia
de Mons. José Angel Rovai, por ello no me detendré
en el argumento.
Los efectos de esta fragmentación polivalente, de rasgar
la vida con placer o depresión, son la absurdidad de
la existencia y la tristeza profunda de la vida; el
cansancio y desilusión de un placer que tarda más en
ser conseguido que en ser disfrutado es injusto e inhumano.
De alguna manera el ciclo letal de Shopenhauer encuentra una
nueva manifestación epocal.
Pero, ¿Qué desea profundamente el hombre cuando busca
la emoción? ¿Busca en la emoción solamente la fugacidad o
persigue más bien la intensidad que le gratifica? Y si
busca la fugacidad, es en función de la fugacidad misma,
o del placer que genera la intermitencia? ¿Qué busca el
hombre al querer tocar los umbrales de la muerte en
medio de fuertes cargas de adrenalina?
2.- Cultura del lucro
Un otro
termino en boga del actual cuadro cultural, es el de
ganancia o lucro. Este concepto es referido la mayor parte
de las veces al campo económico, reflejando la polarización cultural
del mundo en una clave exclusivamente monetaria. Desde esta perspectiva
viene juzgadas todas las demás esferas humanas, de modo que
el dinero como centro y criterio de desarrollo personal [5],
regional o nacional, se admite de modo absoluto e indiscutible.
La política, la sanidad pública, la seguridad nacional, la educación,
la cultura, etc. Todo en función de los centros de
funcionamiento económico.
El poder adquisitivo, el nivel de vida económico, el
Producto Interno Bruto, Deuda externa, la Bolsa, la inflación, la
devaluación, la paridad de las divisas, etc., son conceptos comunes
en los noticieros de las cadenas televisivas. El estado de
las finanzas nacionales viene identificado y presentado normalmente al medio
día, como si éste fuera el único pan de cada
día.
Los países denominados en “vías de Desarrollo”, desarrollo, ¿Qué desarrollo?,
económico, o ¿existe otro verdadero desarrollo para la mentalidad dominante?
[6] , deben necesariamente utilizar sus recursos culturales como una
forma potencial de ganancia económica.
El comercio de lo cultural
dentro de la globalización económica y social, supone en términos
laborales, la uniformidad de una mentalidad que sabe apreciar bailes,
ritos, ceremonias, vestidos; como adornos externos, pasados, exóticos, bizarros, de
lo que debe ser el modelo uniforme de mentalidad, eliminando
la memoria y el arraigo. De este modo se pretende
mantener la competencia entre pueblos, en torno siempre al paradigma
económico implantado precisamente por una forma servil del ver al
hombre subordinado al dinero.
Las formas culturales tradicionales o populares vienen
vendidas como folklore, a fin de poder continuar la vertiginosa
carrera del mercado mundial. Ello genera entre otros efectos en
los pueblos de tradición cristiana:
a) La disolución de la
misma cultura popular, dado que el centro de la cosmovisión
antropológica viene desplazado del campo trascendente de la fe a
la inmanencia del dinero.
b) La cultura no viene ya
vivida como expresión natural de los grupos humanos, sino como
un elemento de producción económica, desnaturalizando así las relaciones interpersonales
que la generaron, dado que la cultura es expresión del
ser del hombre. Ello quiere decir, que aún cuando la
intención de los seres humanos muestre conscientemente en sus relaciones
interpersonales la intención del lucro [7], la condición personal de
las relaciones culturales, escapa en su consistencia metafísica a la
manipulación intencional de ganancia. Dicho de otra manera aún en
una cultura del lucro es posible generar cultura.
Podríamos decir, que
cada uno de nosotros tiene la posibilidad de buscar en
las relaciones con los demás un canal de beneficio económico,
pero, ninguno de nosotros tiene la posibilidad de eliminar la
condición relacional en cuyo desarrollo pueden o no, ser buscados
réditos financieros. La gratuidad, la contemplación de lo simple, la
simple cotidianidad libremente asumidas y buscadas, aparecen entonces como el
paradigma antagónico, como la “mediocridad feroz”.
Sin embargo, si bien es
verdad que la cultura es inherente al ser del hombre,
no es menos verdadero es que la forma ontológica humana
no es el único elemento de la antropología, pues aún
siendo fundante al ser humano, reclama la también inherente dimensión
histórica del hombre. Esta dimensión histórica viene gravemente lacerada y
a veces aniquilada por la avidez de lucro, generando situaciones
de verdadera explotación humana [8], una atmósfera de rencor, desconfianza,
odio, indiferencia social, impunidad, venganza y resentimiento; en pocas palabras
produciendo una anticultura de muerte.
c) Las tradiciones culturales cristianas, no
desaparecen en su expresión, ya que son protegidas generalmente por
las entidades gubernativas como folklore; pero vienen privadas de la
fuerza y del talante de fe que las produjo, de
la contemplación cristiana de la realidad y de las actitudes
morales derivadas de ésta. La expresión tradicional de la fe
como dato cultural corre el riesgo de transformarse en arcaísmo
social, identificándolo con un momento ya superado de la cultura
latinoamericana. El folklore reduce las formas culturales populares a teatros
o museos vivientes, no pocas veces valorados como formas primitivas
e retrógradas de sociedad.
Desgraciadamente este fenómeno de rechazo, abandono, o
auto devaluación de la propia cultura, viene dramáticamente vivido en
América Latina, constatable en los millones de personas que cada
año emigran a otro país más industrializado o las grandes
ciudades de su propia nación, víctimas la mayor parte de
las veces de un modelo absolutista Neoliberal que ha fincado
al centro de la dignidad humana el signo monetario. La
Ponencia de Su Eminencia el Cardenal Hummes, seguramente iluminará abundantemente
esta dolorosa realidad.
Ganancia y solo ganancia pueden condicionar la duración
de la vida y la cultura de estos hermanos nuestros.
Cuanto más distante sea la propia cultura del modelo global
[9], tanta mayor resistencia tendrá que enfrentar la persona para
engranar en el proceso económico de ganancia.
Por ganancia y
por la presión se sobre vivencia física, se coacciona a
vender el recinto de la voz de Dios en el
hombre. Una conciencia cristiana que busca revertir este modelos corre
el riesgo de permanecer en la marginación y el descrédito.
Vender la identidad cultural es vender el ser mismo del
hombre, su memoria, su arraigo, implican tanto su dignidad metafísica
de persona como su indisoluble condición histórica.
La corrupción e
impunidad son los guardaespaldas las muestras de un modelo que
une lucro e irracionalidad, un modelo de explotación y control
muy semejante al que describía Hannah Arendt con respecto al
uso de la propaganda y el terror de los sistemas
totalitarios [10], con la diferencia que en ellos se pretendía
aniquilar cualquier ideología que fuese disidente del gobierno totalitario, mientras
que, en nuestras sociedades, el modelo dominante, tiene como destinatario
de su persecución y cacería, las diferencias culturales.
Pareciera que hemos
olvidado, que el liberalismo agnóstico y el comunismo ateo, son
hijos del mismo principio de autonomía y soberanía económica que
el materialismo devorador ha generado [11]. Uno mediante la posesión
idolátrica de la individualidad, otro mediante la adoración de la
colectividad. Ambos han erigido el altar sacrificial del dinero, un
paradigma en el que se inmola el hombre, donde el
creador se ofrece por su criatura, realizando una parodia grotesca
de la Historia de la Salvación.
Moderar esta pluralidad de campos
culturales y sociales, remite a la cuestión Conciliar del Vaticano
II: La tensión entre inmanencia y Trascendencia. Este reto acecha
el desarrollo político económico con dos extremos igualmente perniciosos: El
secularismo materialista y el fundamentalismo religioso, polos que en los
últimos años se han visto confrontados a nivel político y
armado.
Considero que es fatal confundir el movimiento inherente del ser
humano de progreso integral, que requiere del desarrollo económico, con
la mentalidad del modelo reinante neoliberal que subordina la persona
al factor económico. En el primer caso, la economía permite
el desarrollo de la dignidad humana “no se tiene para
sobre vivir, sino para vivir”. En el segundo caso se
condiciona la dignidad humana a la economía, “se sobre vive
para tener, no para vivir”.
El desarrollo de una cultura
sana y sólida exige que las condiciones materiales de vida
no comprometan la libertad y la dignidad humana. Elementos que
no pueden asegurarse en millones de personas que viven en
esta latitud en extrema pobreza o miseria. O frente a
más de 6 generaciones de ciudadanos que han nacido con
una deuda externa que ni siquiera sus bisnietos podrán liquidar
aún cuando en este momento se detuviera el monto total
del débito. Así, mientras los pocos capitales consistentes son trasladados
al extranjero [12], para asegurar únicamente un patrimonio individual, se
corona un sistema piramidal de lesión al bien común, reforzando
la arraigada cultura del lucro.
Pero, detrás de esta forma desproporcionada
de ambición financiera, ¿Qué busca el hombre? ¿Qué efecto proporciona
el dinero en cada uno de nosotros que le buscamos
con tanto afán? ¿Cuál es la estabilidad que persigue? La
palabra ganancia o lucro ¿No será un denominador cultural de
la necesidad existencial de todo ser humano, de buscar una
seguridad palpable? La ganancia no estará indicando de laguna manera
una acción desesperada de invertir el flagelo de la miseria
vivida o temida, en un nuevo y real orden de
cosas [13]?
3.- Cultura de la Tolerancia
Un tercer vocablo se escucha
con cierta frecuencia en nuestras plazas, el concepto de tolerancia.
Tolerancia política, religiosa, económica, sexual, etc.. Este término que ha
sido tan exaltado hasta el cansancio, como expresión de una
sociedad adulta, cosmopolita y globalizada, ofrece una muestra de lo
que la mentalidad dominante propone como modelo cultural:
De una parte
lo que realmente describe la tolerancia actual, no es el
respeto dialogante o la veneración profunda por la dignidad personal
del otro, tampoco es la escucha, la valoración, el intercambio
mutuo, la asimilación y contrapropuesta de un diálogo, sino más
bien la indiferencia desenfadada del otro [14]. El desprecio pasivo
de cualquier verdad que trascienda el campo de lo subjetivo,
en una palabra: la desilusión viviente del sueño de la
objetividad. La respuesta vital de cada ser humano no puede
ser compartida como verdadero tesoro de la persona, “si usted
dice que encontró serenidad en el budismo, es porque cada
uno elige el tótem al cual se quiere alienar” “lo
que usted ha encontrado a mí no me ayuda, mi
mundo está absolutamente separado del suyo”.
De otra parte lo que
conlleva y busca ideológicamente la tolerancia posmodernista es la disolución
de una forma comunional de relaciones, produciendo individuos que forman
una masa amorfa sin certezas y por lo tanto sin
proyecto cultural trascendente e histórico.
Somos observadores de una tragedia suicida,
el hombre contemporáneo busca la compañía, porque ha intuido que
el otro no es el infierno de Sartre. Pero se
ve imposibilitado de salir al encuentro del otro, precisamente por
la sobre-estima de su interioridad, el absoluto de una individualidad
hermética, que considera irreformable, impidiéndole así ver en la alteridad
con el otro el signo de una complementariedad.
El otro
permanece en el campo de lo “soportable”, de lo “tolerable”
precisamente cuando refleja las expectativas ideales, previstas y proyectadas de
la subjetividad de mi yo. Tolerancia, no es sino la
lubricación de millones de esferas de cristal, que a fin
de no quebrarse, aprenden a deslizarse entre ellas en el
río de la vida, pero sin comunicar y abrir su
interioridad a la alteridad. La obediencia y la autoridad, que
sustentan todo desarrollo humano sano a nivel personal y social
vienen privadas de su fuerza, la confianza en el otro.
No es de extrañarse que las primeras manifestaciones de la
fragilidad antropológica se perciban precisamente en la actual crisis de
las instituciones, prevista hace 93 años por el Papa San
Pío X [15].
Como es posible constatar, esta noción de tolerancia,
da por descontado, el papel amenazador y aniquilante de la
autoridad [16]. La tolerancia no sólo encapsula la interioridad, sino
que la atrofia, eliminando cualquier rastro de alteridad y objetividad
en el otro. La confianza, se eleva por ello, como
el sueño guajiro de toda relación humana.
El conflicto antropológico
de la autoridad, que la psicología freudiana describe en parte
en el complejo de Edipo, describe con paroxismo el enfrentamiento
sanguinario, entre el hijo y el padre. cierto que el
contexto griego es el concepto de moria o destino el
que viene desarrollado, en la famosa tragedia de Sófocles. Sin
querer entrar en el discurso de crítica literaria, me permito
presentar la interpretación que describe la suerte de un hombre,
que por ignorancia mata la autoridad. Destruyendo su origen, su
memoria, su identidad. Aparentemente, Edipo gana la herencia que le
toca por destino; desgraciadamente, esta victoria no es sino el
comienzo unas relaciones de monstruosas, deformes, ciegas.
Entonces, ¿qué diremos? ¿Qué
la tolerancia es realmente nefasta? Tal afirmación es igualmente letal.
La tolerancia posmoderna posee sin saber, la preciosa intuición del
corazón del hombre: no resistir al otro genera paz. La
tolerancia tiene un correlativo en el lenguaje cristiano, el diálogo.
El diálogo supone conflicto, no evasión, conflicto. Una lucha, pero
no al modo marxista de contraposición clasista de destrucción de
la alteridad, o al modo neoliberal reinante de la masificar
sujetos intercambiables cual piezas de engranaje; donde la utopía colectiva
a dejado lugar a la angustia burguesa de la sobra
vivencia tolerante del desinterés comunitario.
Detrás del concepto de tolerancia ¿No
se podría percibir de alguna manera el rechazo a la
uniformidad “te tolero a fin de permanecer yo mismo”? ¿Qué
busca el hombre al relativizar las distinciones entre sus semejantes?
¿La irrepetibilidad de la persona humana encuentra un espacio en
la propuesta que hacemos del Evangelio en las formas pastorales
y culturales concretas que realizamos? ¿La tolerancia que buscamos más
parece fusión sincretista que dialogo?
4.- Cultura de la indiferencia
religiosa
Un cuarta locución, quizá no tan usada en el lenguaje
ordinario de las sociedades contemporáneas es el de la indiferencia
religiosa. Delante del fenómeno de la secularización que predecía la
desaparición del ámbito religioso en la sociedad moderna, se ha
comprobado, que lejos de desaparecer, el horizonte religioso ha crecido
con nuevo vigor, aunque si bien con una orientación diversa.
La secularización del contexto moderno ha dejado una expresión religiosa
de tipo subjetivista; despreciando cualquier clase de institucionalización de la
esfera religiosa que pretenda proponer la verdad absoluta de su
credo. Para algunos, el único canal de supervivencia de la
religiosidad se encuentra en la presentación de contenidos religiosos evolutivos
y polifacéticos, cualquier clase de desarrollo dogmático tradicional conduciría a
la petrificación religiosa y a su anacronismo. Otros observan que
la religiosidad permanecerá vigente en la medida que pueda ofrecer,
una propuesta seria sobre al sentido de la vida, al
que la modernidad no ha podido responder.
Por otro lado,
los derechos del hombre vienen defendidos, pero sin referencia al
Trascendente Personal. Estamos delante de un nuevo humanismo, un humanismo
auto idolátrico, narcisista [17]. “Yoísta”, del concreto individuo, no del
género humano, como lo fueron el renacimiento, el racionalismo, el
idealismo alemán o el marxismo, ni siquiera del tipo reflexivo
existencialista, sino de la absoluta subjetividad hermética de cada individuo.
La
decepción de la razón y su acelerada caída, han afirmado
en la nueva religiosidad una ruptura entre creencias profesadas y
regla moral. Cualquier pretensión de norma viene visto como atentado
[18] a la autonomía moral del individuo.
El hombre ya no
es centro de todo, sino el “yo”. El hombre es
solo, de ahí que busque una disolución de su soledad
en la naturaleza [19], con la cual forma un solo
elemento, pero que paradójicamente explota y destruye para lograr el
confort, que constituye el valor absoluto de bondad.
Desde el ámbito
fenomenológico la increencia no se presenta como corriente de pensamiento
ateo, mucho menos como fenómeno claramente manifiesto, sino como un
dato extendido en la realidad occidental, que no es rechazado
por la sociedad, ni contestado por los creyentes. Aparece pues,
como una corriente envolvente, una mezcla de apatía, relativismo y
tolerancia con respecto a la realidad trascendente. Hablar o no
hablar de Dios, es realmente indiferente improductivo. El ateísmo teórico
ha sido tan efectivo en las décadas pasadas, que se
transformado en un estilo asimilado de vida [20], donde la
fe, viene suplantada por el sentimiento religioso, expresión emotiva de
la inmanencia. El ateísmo no necesita ya combatir la trascendencia
de Dios, hoy se vive el sepelio de Dios en
la cripta sentimentalista de la yo [21].
El paradigma dominante [22]
de bienestar, propone la felicidad como autosuficiencia y bienestar individual
en materia económica, se erige como el único horizonte creíble
de realización humana, para lo cual es preciso renunciar a
la identidad histórica, la pertenencia familiar, la memoria regional, el
marco de valores tradicionales y todo aquello que suponga un
obstáculo a la uniformidad industrial de producción y a la
generación económica. Las tradiciones son vistas como mero atavismo ancestral
que impide la realización personal, por ello han de ser
superadas por nuevas tradiciones, no comunitarias, sino individuales, ligadas a
momentos "mágicos" de sentimiento. De este modo se intercambia la
dimensión histórica de la fe y los sacramentos cristianos, con
la expresión hermética de la propias formulaciones religiosas basadas en
la emoción y la mágica fuerza de los amuletos personales.
La globalización como instrumento de propagación de este modelo atomizador,
ha influenciado grandemente la no creencia, mediante un paradigma de
felicidad norteamericano, que relativiza la relación con el Trascendente, recluyéndolo
aún más en el ámbito subjetivo, igualando así las diversas
formas de valores culturales y reduciendo el impacto y continuidad
de la transmisión de la fe.
El resurgimiento religioso parece orientarse
en dos direcciones precisas y diversas del desarrollo previo:
1)
La negación de la objetividad de la realidad Trascendente, que
por lo tanto no puede ser administrada u ofrecida por
ninguna clase de institución religiosa; implicando así el desprecio por
la dimensión histórica y Reveladora de la fe.
2) El rechazo
o indiferencia a lo que signifique alteridad, la divinidad no
puede ser “Personal”, ello implicaría diversidad, Autoridad y Obediencia. La
vivencia colectiva sólo tiene valor en cuanto los otros sienten
lo mismo que yo. La iniciación es válida para estas
nuevas formas religiosas en la medida que permite sentirse o
reconocerse como protagonista de esta acción o cuando permite tener
emociones “fuertes”. Ello explicaría el auge occidental del modelo asiático
monista de trascendencia lo humano y lo divino identificados y
disueltos [23].
La opción religiosa o de creyente es asunto
meramente subjetivo, de elección personal, cuyos efectos son también subjetivos
y objetivamente en nada distintos de los que un no
creyente experimenta. No hay diferencia entre creer y no creer.
La creencia de fe no aporta ningún beneficio o privilegio
objetivo, cualquier clase de razonamiento que intente mostrar que la
fe da respuestas a lo que el no creyente no
tiene, se ve observado como anticuado, iluso y autoritario. Esta
situación proviene de la aceptación legal en que los no
creyentes poseen valores propios, dignos de respeto e iguales a
los cristianos. El impacto y las modalidades de secularismo y
el relativismo presentes en la mentalidad hodierna de los católicos,
podría requerir diversos convenios sobre el argumento, en esta ocasión
será presentado por el Profesor Pedro Morandé, como uno de
los rasgos culturales que configuran la actual sociedad tecnócrata.
Solamente cuando
la fe es puesta como respuesta histórica al mensaje de
Jesucristo, viene vista como objetivamente distinta a los valores de
los no creyentes, pero precisamente por ser histórica, pero no
viene valorada como opción de superioridad antropológica, sino sólo como
una misión en la historia, no diversa del determinismo.
Así cualquier
expresión radical de la fe es vista como sectaria. Hacer
presente la fe en lo cotidiano se vuelve rareza. Del
mismo modo la afirmación sin ambages de identidad católica es
criticada como fundamentalismo, del mismo modo que la pertenencia a
una experiencia comunitaria eclesial se denuncia como integrismo o gueto.
Y esto, no por las demás religiones, sino por los
mismos católicos que ha fuerza de contemporizar con el secularismo,
ha generado una propuesta católica “light”.
¿Será que la insatisfacción
de la experiencia religiosa de la fe católica en nuestras
sociedades, es el resultado de una vivencia intensa de la
fe, descubierta como fraude? ¿No será más bien el rechazo
a formas ingenuas, corrompidas y superficiales de una religiosidad popular
“light”, de moralismo legalista e ignorancia histórica? ¿La indiferencia no
estará invocando de alguna manera una forma más radical de
experiencia del Trascendente precisamente en la historia y una vivencia
más intensa y personal de la vida comunitaria [24]?
CONCLUSIÓN
Al final
de esta reflexión pienso que no podemos sino estremecernos de
los desafíos que sólo de cuatro palabras pueden surgir panorámicamente.
¿Cómo anunciar a Jesucristo a esta generación? Los conceptos que
he referido ¿No serían la clara expresión de que el
Evangelio no es ya un mensaje adecuado para esta generación?
¿No será que su argumentación luego de ser vivida durante
tantos siglos, ha llegado a su momento de ocaso, debiendo
aceptar que es una utopía superada a la cual es
inútil aferrarse?
Es indispensable tomar estas invectivas radicalmente, hoy como en
otros tiempos, nos vemos favorecidos con la interpelación de la
radicalidad de la fe, creer ó es cuestión de vida
o muerte o no es fe. Colocar la fe fuera
del campo dramático de la contingente existencia humana es desnaturalizar
la fe en su identidad más honda: recepción y custodia
de una Buena Noticia que vence la muerte y da
la hombre la vida indestructible que anhela.
Observemos pues, cuál es
el deseo escondido los conceptos enunciados, qué realidad sana, justa
y santa es deseada por el hombre de nuestra época
que tan afanosamente busca en el placer, la emoción, la
ganancia o lucro, la tolerancia, el misterio. Descifrar el objeto
deseado aun incluso en el error, es sacar a la
luz una vía de acceso del hombre a Dios.
El capax
Dei del hombre de San Agustín, se expresa incluso de
formas deformes y pasionales, el movimiento muchas veces convulsivo de
la búsqueda de armonía, aún en sus formas más aberrantes
es un grito desesperado de Amor, de Paz, de Dios.
Son estos los puntos de anclaje que en cada época
hemos de identificar y reproponer [25] a los hombres y
mujeres que nos sean contemporáneos.
Aquí inicia la verdadera misión de
los Centros Culturales Católicos: discernir en las expresiones culturales y
anticulturales de la propia sociedad, el movimiento de plenitud sembrado
por Dios en el hombre, sin dejarse confundir por las
aberraciones que en su ceguera genera la locura humana, que
se concibe como sola, abandonada y destinada a la muerte.
Este
deseo trágicamente escondido en el hombre solamente puede ser colmado
por Uno que conoce el corazón del hombre, por ser
Él mismo hombre. Por Aquel que siendo el Agua viva
puede saciar la sed del deseo de Dios, por ser
Él mismo, Dios. El es la compañía que colma los
movimientos desordenados de la afectividad frágil de nuestra generación. Pues
al acoger las deformaciones de cada hombre y mujer, sin
condenarle, sino amándole. Es decir, uniendo la suerte del otro
a la propia vida, al propio destino. La Vida de
Jesucristo, que es Vida indestructible, endereza las deformaciones, no con
golpes o represiones, sino con un paciente y amoroso morir
en la Cruz. El amor perfecto que busca el ser
humano encuentra por fin donde reposar, Jesucristo, el Siervo que
no se resiste al mal y que sabe que la
malicia del hombre es ceguera y desesperación.
Continuar la misma pedagogía
del Dios Padre del Señor Nuestro Jesucristo, que la Constitución
Conciliar Dei Verbum enuncia de modo extraordinario: Sin mengua de
la verdad y de la santidad de Dios, la Sagrada
Escritura nos muestra la admirable condescendencia de Dios, “para que
aprendamos su amor inefable y cómo adapta su lenguaje a
nuestra naturaleza con su providencia solícita [26].
La Encarnación constituye entonces
el Camino, el método de evangelizar, hacerse uno con el
otro. Llevando al profundo del corazón humano, la inconmensurable riqueza
del Evangelio que a su vez habíamos recibido gratuitamente. Un
amor marcado por synkatábasis por una condescendencia que se adapta
y se inclina hacia nosotros.
En este proceso de hacerse uno
con el otro, se verifica un evento que transforma el
universo creado: la comunión. Esta forma dinámica generada por Dios
mismo en el corazón de los creyentes, no es una
fusión, uniformación u homogenización de las morfología cultural del género
humano. La comunión es la prueba que entre personas únicas
e irrepetibles es posible el amor, es posible recibir una
vida común, que no disuelve las diferencias sino que potencia
la mutua donación de acoger al otro. Estamos llamados a
descubrir: en la tolerancia: la urgencia al diálogo y el
reconocimiento de la irrepetibilidad de la persona humana; en la
emoción: la urgencia de un Amor que sea cercano, fiel
y seguro; en el lucro: la urgencia de un orden
social equilibrado; en la indiferencia religiosa: la urgencia de la
certeza histórica de la Vida Eterna. A esto estamos llamados:
a descubrir y reflejar en el mundo la imagen de
la Santa y Vivificante Trinidad, mediante la comunión.
Los Centros Culturales
Católicos precisan, junto al discernimiento y acompañamiento del hombre contemporáneo,
un lenguaje y una praxis que favorezca los encuentros interpersonales,
y el reforzamiento de las pequeñas comunidades eclesiales, parroquiales, diocesanas,
religiosas, universitarias. La necesidad de irrepetibilidad de la persona que
observamos en el termino tolerancia, no puede ser positivamente desarrollado
sin la necesaria referencia a la comunidad. No se trata
de atomizar la Iglesia, mucho menos de mantener una masa
informe de desconocidos y anónimos bautizados, se trata de caminar
pacientemente y sin violentar la persona, hacia una formación y
fortalecimiento de pequeñas comunidades, que con un mismo espíritu y
en la diversidad de carismas opciones, medios, estructuras, muestren al
mundo el signo de la comunión.
La forma más fácil
y aparentemente más pacífica y eficaz de anunciar el Evangelio
es la uniformidad, evitando toda clase de conflicto entre formas
diversas de expresiones de la fe católica. Con ello se
reforzaría la globalización, agudizando aún más las distancias con los
cristianos alejados. Si bien es cierto que el enfrentamiento hiere
la comunión, no menos cierto es, que la comunión no
es en modo alguno una anestesia que elimina los sufrimientos
de la diferencia. Padecer pacientemente no sólo ayuda a curar
la fragilidad infantil de nuestras heridas egoístas; padecer pacientemente, ofrece
al mundo un signo creíble de la comunión de dos
que siendo diversos no se desacreditan sino que se complementan.
El ministerio de discernimiento de los carismas está confiado al
Obispo Diocesano que a su vez en mutua comunión con
el sucesor de Pedro, expresa la comunión con toda la
Iglesia. Esta relación tan prometedora entre la Pastoral diocesana y
los Centros Culturales Católicos vendrá desarrollada por Mons. Andrés Arteaga
Manieu, Obispo Auxiliar de Santiago y Presidente de la Comisión
Episcopal de Cultura de Chile.
Hoy más que nunca el mensaje
de Jesucristo es suspirado, sin saberlo por los hombres y
mujeres de esta generación. Su lenguaje lo grita, sus acciones
lo denuncian y sus sufrimientos lo imploran. ¡Bendita hora para
América Latina que lleva en sus manos el más precioso
tesoro que jamás el mundo haya escuchado! Dios se ha
hecho carne para dar a la carne del hombre una
vida indestructible, desde la historia y para la eternidad: Jesucristo
Muerto y Resucitado el es nuestra Vida.
Sea Alabado Jesucristo, ahora
y por siempre.
CONFERENCIA INAUGURAL DEL EMMO. Y RVMO. SR.
CARDENAL Paul Poupard Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura
La misión
de los Centros Culturales Católicos, un servicio al Evangelio que
refuerza la identidad católica
Encuentro de Responsables de Centros Culturales Católicos
del Cono Sur
PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE VALPARAÍSO 17 DE SEPTIEMBRE DE
2003
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Bibliografía
[1] PONTIFICIO
CONSEJO DE LA CULTURA, Para una Pastoral de la Cultura,
Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1999. [2] Cfr. MARCEL Gabriel,
Position et approches concrètes du miystère ontologique, Louvain, Nauwelaerts, 1949;
reditado en Archives du Xème Siècle, Paris, 1977. [3] Cfr. POUPARD
Paul Cardenal, Buscar la Verdad en la cultura contemporánea, Ciudad
Nueva, Buenos Aires, 1995, 35-36. [4] Cfr. POUPARD, Paul Cardenal, Prefazione,
Centri Culturali Cattolici, Perché? 2, Edizioni San Paolo, Milano, 2003,
p. 4. [5] Cfr. ETCHEVERRY Auguste S.I., Le conflit actuel des
humanismes, Presses de L’Université Grégorienne, 1964, p. 190. [6] JUAN PABLO
II, Sollicitudo rei socialis, n.15: El cuadro trazado precedentemente sería
sin embargo incompleto, si a los « indicadores económicos y
sociales» del subdesarrollo no se añadieran otros igualmente negativos, más
preocupantes todavía, comenzando por el plano cultural. Estos son: el
analfabetismo, la dificultad o imposibilidad de acceder a los niveles
superiores de instrucción, la incapacidad de participar en la construcción
de la propia Nación, las diversas formas de explotación y
de opresión económica, social, política y también religiosa de la
persona humana y de sus derechos, las discriminaciones de todo
tipo, de modo especial la más odiosa basada en la
diferencia racial. Si alguna de estas plagas se halla en
algunas zonas del Norte más desarrollado, sin lugar a duda
éstas son más frecuentes, más duraderas y más difíciles de
extirpar en los países en vías de desarrollo y menos
avanzados. [7] Apertura misma y el movimiento mismo de generar formas
externas nacidas de los seres humanas que expresan la condición
relacional de la persona humana, realidad metafísica. [8] PAULO VI, Populorum
progressio, 26 de marzo 1967, n. 20-21: Si proseguir el
desarrollo exige un número cada vez mayor de técnicos, aún
exige más hombres de pensamiento, capaces de profunda reflexión, que
se consagren a buscar el nuevo humanismo que permita al
hombre hallarse a sí mismo, asumiendo los valores espirituales superiores
del amor, de la amistad, de la oración y de
la contemplación[18]. Así es como podrá cumplirse en toda su
plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para todos
y cada uno, de unas condiciones de vida menos humanas
a condiciones más humanas. Menos humanas: la penuria material de
quienes están privados de un mínimo vital y la penuria
moral de quienes por el egoísmo están mutilados. Menos humanas:
las estructuras opresoras, ya provengan del abuso del tener, ya
del abuso del poder, de la explotación de lo strabajadores
o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: lograr
ascender de la miseria a la posesión de lo necesario,
la victoria sobre las plagas sociales, la adquisición de la
cultura. [9] Cfr. CONFERENCIA EPISCOPAL DE CHILE, Respuesta al Cuestionario sobre
la no-creencia 2002-2003, del Consejo Pontificio de la Cultura, [10]
Cfr. ARENDT Hannah, Le origini del totalitarismo, Edizioni di Comunità,
Torino, 1999, p.471-502. [11] Senonché, avendo Noi spiegato già largamente nella
Nostra enciclica Divini illius Magistri su quali principi si fondi
e evidente che a essi contraddice quanto fa e cerca
il socialismo educatore, che non occorre altra dichiarazione. Ma quanto
siano gravi e terribili i pericoli che questo socialismo porta
con sé, sembra che l’ignorino o non vi diano gran
peso coloro che non si curano di resistervi con zelo
e coraggio secondo la gravità della cosa. È Nostro dovere
pastorale quindi mettere costoro in guardia dal danno gravissimo e
imminente e si ricordino tutti che di questo socialismo educatore
è padre bensì il liberalismo, ma l’erede è e sarà
il bolscevismo. Cfr. PIO XI, Encíclica Quadragesimo anno, Vaticano,15 maggio
1931, § 322. [12] PAULO VI, Populorum progressio, 26 de marzo
1967, N. 24: El Concilio recuerda también, con no menor
claridad, que la renta disponible no queda a merced del
libre capricho de los hombres y que las especulaciones egoístas
han de prohibirse. Por consiguiente, no es lícito en modo
alguno que ciudadanos, provistos de rentas abundantes, provenientes de recursos
y trabajos nacionales, las transfieran en su mayor parte al
extranjero, atendiendo únicamente al provecho propio individual, sin consideración alguna
para su patria, a la cual con tal modo de
obrar producen un daño evidente. [13] Cfr. JUAN PABLO II, Discurso
a los Obispos de Paraguay, 7 de abril de 2001,
Discursos del Santo Padre Juan Pablo II a los Obispos
de América Latina en visita ad limina Apostolorum, Libreria Editrice
Vaticana, 2003, p. 19. [14] . Cfr. SAN PIO X, Notre
charge apostolique, Vaticano, 25 agosto 1910, § 144. La caridad
del diálogo con el mundo es concebida por la fe
cristiana de modo diverso: Ora, la dottrina cattolica ci insegna
che il primo dovere di carità non consiste nel tollerare
le errate convinzioni, per quanto sincere siano, né nell’indifferenza teorica
o pratica per l’errore o il vizio nel quale vediamo
immersi i nostri fratelli, ma nello zelo per il loro
miglioramento intellettuale e morale, come pure per il loro materiale
benessere. JUAN PABLO II, Alocución en la Catedral de Montevideo,
31 de marzo de 1987, Señor …hemos de proclamar sin
temor alguno la verdad completa y auténtica sobre tu persona,
sobre la Iglesia que tu fundaste, sobre el hombre y
sobre el mundo que tu has redimido con tu sangre,
sin reduccionismos ni ambigüedades. [15] Cfr. Idem, § 151. [16] Cfr.
ROSSO Pedro Paolo, Pontificia Universidad Católica de Chile, Respuesta al
Cuestionario sobre la no-creencia, 2002-2003. [17] Cfr. PONTIFICIO CONSEJO DE LA
CULTURA, Jesucristo Portador del Agua de la Vida, Libreria Editrice
Vaticana, 2003, pp. 44-45. [18] Cfr. Idem, p. 31 [19] Cfr. Idem,
pp. 31-36. [20] Cfr. CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Respuesta al cuestionario sobre
la no-creencia 2002-2003. [21] Cfr. PONTIFICIO CONSEJO DE LA CULTURA, Jesucristo
Portador del Agua de la Vida, Libreria Editrice Vaticana, 2003,
pp. 25ss. [22] Ya había sido denunciado por el Papa LEÓN
XIII, Testem benevolentiae Vaticano, 22 gennaio 1899, § 57. [23] Explicaría
también la indiferencia o apatía generalizada de expresar la dimensión
social de la caridad como elemento esencial de la fe.
Si bien la sensibilidad internacional frente a las desgracias humanas
ha crecido, ésta cooperación es vista como filantropía neutral o
sentimiento de solidaridad humana, separada de la fe, aún en
católicos activos. La religión universal del sentimiento individual ha marcado
ya su signo de superioridad cultural frente a la fe
cristiana. [24] Cfr. JUAN PABLO II, Discurso a los Obispos de
Brasil, 23 de enero de 2003, V. Discursos del Santo
Padre Juan Pablo II a los Obispos de América Latina
en visita ad limina Apostolorum, Libreria Editrice Vaticana, 2003, p.
246. [25] . POUPARD Paul, Iglesia y Culturas, EDICEP, México,1985, p.
113: En un mundo secularizado, el sentido de la existencia
cristiana, tiene necesidad de manifestarse, de renovar el lenguaje de
la fe…para renovar la credibilidad del cristianismo en función de
las exigencias de la inteligencia presa en la modernidad. [26] In
Sacra Scriptura ergo manifestatur,salva semper Dei veritate,et sanctitate, aeternae Sapientiae
admirabilis “condescensio”, “ut discamus ineffabilem Dei benignitatem, et quanta sermones
attemperatione usus sit, nostrae naturae providentiam et curam habens. DEI
VERBUM, n 13. ZS03091802 |
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