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| Los jóvenes ante Cristo y la Iglesia |
No he encontrado una descripción más sintética e imaginativa
de la situación de los jóvenes de hoy que aquélla
surgida en un diálogo de Don Giussani con un grupo
de universitarios:
"Es como si todos los jóvenes de hoy hayan
sido arrollados por una especie de Chernobil, por una enorme
explosión nuclear: su organismo sigue siendo estructuralmente como antes, pero
ya no lo es dinámicamente; ha ocurrido un plagio fisiológico,
realizado por la mentalidad dominante. Es como si hoy no
hubiera otra evidencia real fuera de la moda - que
es un concepto y un instrumento del poder. Ahora como
nunca antes, el ambiente, entendido como clima mental y modo
de vida, ha tenido por instrumento una invasión tan despótica
de las conciencias. Hoy más que nunca, el ambiente con
todas sus formas de expresión es educador, o el ´deseducador´
soberano. También así el anuncio cristiano tiene hoy día más
dificultades para ayudar a que la vida del cristiano sea
en una vida de convencimiento, para que se convierta en
vida y convicción. "quello que se escucha y se ve
no es realmente asimilado: aquello que nos rodea, la mentalidad
dominante, la cultura que invade todo, el poder, realizan en
nosotros un enajenarse respecto a nosotros mismos. Por un lado
uno permanece abstracto en el trato consigo mismo y descargado
afectivamente (como pilas que en vez de durar horas duran
sólo minutos); y por otro lado, en contraposición, se refugia
en la comunidad como protección".
"...Un enajenarse respecto a nosotros mismos.
Por un lado uno permanece abstraído en el trato consigo
mismo". Porque, según todos los factores, se ha sustituido la
razón, tan necesaria para el conocimiento de la realidad y
de la experiencia, por el sentimiento; la persona no es
aquello que es, pero es aquello que siente; la razón
se convierte en la capacidad de justificación de esta reacción:
"Anda a donde te lleve el sentimiento", y así lo
que prevale es la opinión y no el juicio.
Se
ha eliminado la evidencia de una debilidad original en la
que vive la persona. Se ha tomado como dogma y
se ha difundido a los medios de comunicación social la
afirmación de Rousseau: "Haz lo que quieras, porque el hombre
por naturaleza es impulsado a actos virtuosos". Por ello la
fatiga y el sacrificio se han convertido en una objeción
y no en la condición para vivir.
"...y descargado afectivamente (como
pilas que en vez de durar horas duran sólo minutos)".
El afecto se convierte en la satisfacción de un placer
y ya no en el atractivo de la verdad. Así
todo es cambiante, inseguro, y las pilas descargadas convierten la
vida no en un camino hacia una meta sino en
un vagabundear, en una discontinuidad en vez de un amanecer.
También
la religiosidad juvenil a menudo es más un fluctuar del
sentimiento hacia Dios que el reconocimiento de él, por lo
cual todas las religiones son iguales porque corresponden más con
la propia espontaneidad y no porque realizan más la propia
naturaleza.
"...y por otro lado, en contraposición, se refugia en la
comunidad como protección". Así las asociaciones juveniles nacen más por
una proximidad a sensaciones y modas que como una ayuda
para hacer crecer a la persona, convirtiéndose así en una
nueva forma de ideología, en la correa de transmisión de
la moda y de la mentalidad dominante.
Don Giussani escribió en
Porta la speranza, Ediciones Marietti, de donde cito un capítulo:
"Pero
para el lugar que ocupa en la cronología de cada
vida, en todos los tiempos la juventud habrá presentado una
escena de crisis. Por ello, si hoy se habla de
una crisis particular y excepcional de los jóvenes, ésta, haciendo
un último análisis, debe ser buscada en una crisis de
la educación y de los factores educativos. La crisis de
los educadores se perfila: en primer lugar como una falta
de conciencia que hace de los educadores mismos colaboradores, aunque
inconscientes, de las deficiencias del ambiente..."
Hay una pérdida del significado
personal de la identidad cristiana, que es el de constituirse
un sujeto nuevo en la Historia y no un sujeto
como los demás con alguna tarea más, como ha dicho
el cardenal Ratzinger en el Encuentro de Rimini en 1990:
"Se
ha difundido aquí y allá la idea, también en elevados
ambientes eclesiásticos, de que una persona es más cristiana cuanto
más esté comprometida en las actividades de la Iglesia. Se
empuja hacia una especie de terapia eclesiástica de la actividad,
el de ponerse manos a la obra. Se intenta asignarle
a cada uno una comisión o asignarle por lo menos
alguna actividad dentro de la Iglesia. [...] Puede suceder que
alguno ejerza ininterrumpidamente una actividad asociativa eclesial y que para
nada sea un cristiano. [...] La Iglesia no existe con
la finalidad de tenernos ocupados como en cualquier asociación mundana
o para que se conserve viva ella misma, en cambio
existe para que tengamos acceso a la vida eterna".
Al interior
de la sociedad contemporánea a menudo el cristianismo aparece ligado
a las estructuras. Éstas, al no ser siempre vivificadas por
un testimonio personal, hacen que el rechazo o la indiferencia
en relación a estas estructuras coincidan con el rechazo o
la indiferencia en relación a la identidad cristiana, como si
la participación en aquéllas bastase para justificar el propio ser
cristiano.
En muchos cristianos falta el testimonio de la subjetividad nueva
que es el cristianismo que dé vida a estas estructuras:
se ha perdido la conciencia del significado personal de la
vocación cristiana. Así la identidad cristiana permanece abstracta, extraña a
la vida, al mundo normal.
"...y, en segundo lugar, como una
falta de vitalidad en la actitud educativa, que no les
hace combatir con la suficiente energía contra el ser negativo
del ambiente, como lo demuestra su posición esquemática tradicional, formalista,
en vez de llevarles a renovar el eterno Verbo redentor
en el espíritu de la nueva lucha".
Se favorece la fractura
entre cristianismo y vida. La sociedad tiende a rechazar o
a relegar el cristianismo al ámbito de una dimensión privada:
es decir, se realiza una separación de Dios como origen
de la vida y con ello de la experiencia. Es
como si Dios respondiera a la "religiosidad" y no a
las exigencias de la vida. Así, inconscientemente, se acepta el
rol que la sociedad quiere reservar a los cristianos. Esta
"religiosidad" es como un suplemento religioso, el alma para la
realización del propio proyecto en vez de ser el criterio
y con ello colaboradores originales de la aspiración común de
los hombres hacia la felicidad.
Las dificultades de los hijos son
un dramático interrogante para los padres; por eso deberíamos preguntarnos
con T.S. Elliot: "¿Es la humanidad la que ha abandonado
a la Iglesia?" o "¿Es la Iglesia la que ha
abandonado a la humanidad?" (Cfr. T.S. Elliot, I cori de
la Rocca).
Cristo y la Iglesia
El cristianismo es un hecho,
un acontecimiento
El cristianismo es un acontecimiento; una persona ha entrado
en la Historia: Jesucristo, que algunos han encontrado y aceptado.
La Iglesia es la posibilidad donde se puede repetir hoy
este encuentro, la posibilidad donde se repita para todos, como
ha dicho el Santo Padre en la XVIII Jornada Mundial
de la Juventud en este año: "Queridos jóvenes, lo sabéis:
el cristianismo no es una opinión y no consiste en
palabras vanas. ¡El cristianismo es Cristo! ¡Es una Persona, es
el Viviente!".
Por lo tanto no es una teoría, pero
sí un hecho que nos incumbe a nosotros, un hecho
que nos ha sido entregado por una Presencia personal, la
Presencia de Cristo, del Emmanuel, "Dios-con-nosotros", de Dios que se
ha hecho compañero, amigo del hombre.
Como escribía Fedor Dostoevskij en
Los Demonios: "Muchos creen que sea suficiente creer en la
moral de Cristo para ser cristianos; no es la moral
de Cristo, ni tampoco la doctrina de Cristo lo que
salvará al mundo, pero sí precisamente lo siguiente: que el
Verbo se hizo carne".
El acontecimiento es el método
El "Acontecimiento"
no es sólo el momento en el que este hecho
ha sucedido, pero indica un método, el método elegido y
usado por Dios para salvar al hombre: la Encarnación, Dios
salva al hombre a través de lo humano.
El Cristianismo no
es la revelación de la existencia de Dios pero sí
el estupor de que Dios es un Hombre, el estupor
de Kafka: "Aquel que nunca hemos visto, pero el que
esperamos con verdadero anhelo, el que racionalmente ha sido considerado
inaccesible para siempre, aquí está sentado" (F. Kafka, El Castillo).
La salvación no estará: está aquí; el valor del presente
Si
Dios está con nosotros, entonces la salvación está aquí; y
no sólo está aquí, sino que está en medio de
nosotros; por eso podemos hacer uso de ella, la podemos
experimentar ahora, porque Dios, que es la Salvación, se compromete
con el hombre, con toda su vida y con la
historia. La salvación es una compañía, la compañía de Dios
con el hombre, en la cual el hombre encuentra la
posibilidad de su realización, la consistencia de su vida y
de sí mismo, su verdadera fisonomía, la unidad de su
persona.
Nuestra realización, nuestra redención no es el resultado de nuestro
esfuerzo por la coherencia humana, pero sí la consecuencia de
la aceptación de aquella compañía.
"Salvar" quiere decir que el hombre
entienda quién es, que entienda su destino, que sepa cómo
seguir sus pasos hacia su destino y que pueda caminar
hacia él.
Es encontrando esta Presencia que la persona empieza a
comprenderse a sí misma, a comprender cuál es su destino,
a comprender cómo andar por el camino de su destino
y con qué energía debe caminar.
Abrazar la identidad
cristiana, seguir el cristianismo tiene como condición la conversión. Convertirse
no es analizar el anuncio, pero sí comprometerse con él,
es decir, con un hecho, con un acontecimiento. Toda la
consistencia del anuncio reside en el hecho de que el
anuncio penetre en la existencia y la cambie. La experiencia
de una renovación de la vida, de una fisonomía personal
imprevista es la prueba existencial de que la obra de
la Salvación se está cumpliendo al ciento por cien aquí
en la tierra.
Así les recuerda el Santo Padre a los
jóvenes en esta próxima Jornada mundial de la juventud: "Queridos
jóvenes, sólo Jesús conoce vuestro corazón, vuestros deseos más profundos.
Sólo Él, que os ha amado hasta la muerte, (cfr
Jn 13,1), es capaz de colmar vuestras aspiraciones. Sus palabras
son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido a
la vida. Nadie fuera de Cristo podrá daros la verdadera
felicidad".
O como decía el cardenal Giacomo Biffi en un convenio
de teólogos en Bologna: "Nosotros no somos el «pueblo del
libro», ni siquiera somos el «pueblo de la palabra»; pero
somos el «pueblo del Acontecimiento» [...] Desaventurado aquel teólogo, aquel
exégeta, aquel lector de la página sagrada que diga que
Jesús es en primer lugar un personaje literario, y por
ello habla del Cristo de los sinópticos, del Cristo de
san Pablo, del Cristo de san Juan, y no de
su Salvador".
No hay posibilidad de entender el cristianismo si no
se intuye que el cristianismo nace enteramente como pasión por
el hombre, por cada individuo, por el destino de cada
individuo.
La persona renace de un encuentro
Si Dios se ha
hecho hombre entonces ha entrado en la Historia; el método
para conocerlo ya no puede ser aquél de antes de
su venida, aquél de todas las demás religiones fundadas en
la búsqueda, en la tentativa del hombre. Primero se basaba
todo en el esfuerzo, el estudio, la genialidad, el sentimiento
religioso; ahora hay Alguien a quien encontrar; no se requiere
una capacidad particular, pero sí la sencillez de un encuentro.
Como
escribió el Santo Padre a don Giussani para los veinte
años de la Fraternidad de Comunione e Liberazione "El cristianismo,
antes de ser un conjunto de doctrinas o una regla
para la salvación, es el «acontecimiento» de un encuentro. Es
esta la intuición y la experiencia que él ha transmitido
en estos años a tantas personas que se han adherido
al movimiento de Comunione e Liberazione. Más que ofrecer nuevas
cosas, quiere ayudar a que se vuelva a descubrir la
Historia de la Iglesia, para expresarla de nuevo en un
modo que sea capaz de hablar e interpelar a los
hombres de nuestro tiempo".
El yo se vuelve a encontrar a
sí mismo en el encuentro con una presencia que conlleva
esta afirmación: "¡Existe aquello de lo que tu corazón está
hecho! Mira, por ejemplo en mí existe". El encuentro con
una presencia no constituye ontológicamente la persona en su subjetividad:
el encuentro despierta algo que antes era oscuro, algo que
existencialmente no se había pensado y que era impensable.
El hombre
vuelve a descubrir la propia identidad original encontrándose con una
presencia que ejerce una fuerza de atracción y provoca un
volver a despertarse de las exigencias constitutivas de su naturaleza,
una conmoción llena de sensatez, por cuanto realiza una
correspondencia a las exigencias de la vida según la totalidad
de sus dimensiones: desde el nacimiento hasta la muerte. Porque,
paradójicamente, la originalidad del propio yo emerge cuando uno se
da cuenta de que tiene en sí algo que está
en todos los hombres.
Por lo tanto, se trata de una
experiencia que hay que hacer. Ha dicho el gran experto
de la Biblia Ignace de la Potterie: "La fe cristiana
es un camino de la mirada".
Sin el empeño de hacer
la experiencia no se puede entender qué es el camino
de la mirada. La cosa más difícil de aceptar es
que, aquello que nos despierta a nosotros, aquello que nos
despierta a la verdad de nuestra vida, a nuestro destino,
a la esperanza, a la moralidad sea realmente un acontecimiento.
Porque la palabra "acontecimiento", de la cual el encuentro es
la forma, indica una «coincidencia» entre lo real de lo
experimentable y lo sobrenatural.
El hecho más grande no es el
de existir sino el encuentro: aquella única circunstancia de la
cual toda una Historia depende, un momento en el tiempo,
en el que un ser dice: "Yo soy Tú el
que me haces".
Nuestra responsabilidad es hacer posible el encuentro con
Cristo presente en nuestro testimonio. Hay que identificarse con el
valor de la afirmación de que el cristianismo "es" un
acontecimiento, y no que "fue" un acontecimiento; no "ha sido"
un acontecimiento sino que lo "es", ahora. Es una presencia
paterna que genera un Encuentro, es decir, el impacto de
un Acontecimiento que te comunica vida, porque la paternidad es
verdadera cuando constituye una propuesta para la vida. Es una
paternidad y por eso un encuentro cuando es propuesta de
una respuesta a aquello que el otro es.
El encuentro se
dilata en una compañía. El encuentro genera una compañía como
certeza afectiva, una familia, un lugar en el cual hay
una esperanza para la vida. Esta certeza afectiva para los
jóvenes está en los adultos. Como ha afirmado el Papa
hace dos años: "El encuentro con ciertas personas genera afinidad
y esta afinidad genera una compañía, una comunión, un movimiento.
Vivir esta comunión es participar del Misterio del Espíritu".
Nos
sentimos solicitados y atraídos por el encuentro con estas personas
y nos sentimos empujados a unirnos. Por lo tanto, el
encuentro permanece como compañía. Ésta es el lugar del ser
humano, es el lugar geográfico y social, en el que
hemos sido llamados de nuevo a Aquello a lo que
el encuentro nos ha vuelto a despertar: Cristo, el destino
hecho hombre.
La compañía es el lugar de una amistad que
nace del presentimiento del destino y que nos sostiene en
el camino del destino, que es Cristo. Esta amistad es
ayuda en el itinerario que lleva a la realización de
sí mismo y no a la alienación de uno mismo.
Esto
es lo que deberíamos provocar, lo otro sería inútil y
sólo haríamos reuniones. Es la experiencia de Algo que llevamos
dentro, al que pertenecemos tan profundamente que llena la vida
con propuestas. Por medio de las palabras, de la organización
del tiempo, de las iniciativas que uno toma, y sobre
todo por medio de las relaciones que uno establece, el
otro tendría que darse cuenta de que en nosotros no
ha encontrado nada más humano en toda la humanidad. Es
decir, aquí se experimenta, en sentido análogo, el milagro. Sucede
más o menos lo que ocurría con Jesús cuando hacía
los milagros. Él no vino sólo para hacer milagros, pero
los ha hecho para que comprendiéramos quién era y para
qué había venido. Así nuestra meta es la de hacer
presente esta Presencia y hacer que todos los hombres se
apropien de ella.
El método es un encuentro existencial, como dijo
Juan Pablo II: "El verdadero drama de la Iglesia, que
se define como moderna, está en el intento de cambiar
el estupor del acontecimiento de Cristo por reglas".
El ambiente
Una
presencia no puede estar sino en el ambiente. Así lo
describía don Giussani al comienzo de Comunione e Liberazione en
El camino es en verdad una experiencia: "Nuestra llamada no
puede entrar directamente en la conciencia: para llegar al yo
genuino se debe perforar una mentalidad que tiene como una
especie de envoltorio. Esta especie de capa está hecha en
gran parte por la exasperación, por la influencia del ambiente
cotidiano a través de los medios más modernos que invaden
a la persona: la propaganda, el colegio, la televisión, etc.
Pretender resistir o neutralizar esta influencia es una cosa inútil
si no se logra llegar a la persona precisamente allí
donde la influencia es mayor, es decir, en su ambiente.
Este "ambiente" evidentemente no coincide con un "lugar" en el
sentido material de la palabra: más que un lugar es
un ámbito, es decir, todo un modo de vivir, una
trama de condiciones de la propia existencia. Precisamente en la
sociedad actual tal ámbito de vida tiene su propio eje
en un lugar material, físico, que se convierte en el
punto de referencia o en el cruce obligatorio de todas
las relaciones que surgen y el consiguiente prorrumpir de ideas
y de sentimientos. Los lugares de referimiento son el colegio
y, en otra proporción diferente, el trabajo".
La capacidad educativa
está en crisis, cuando no crea un ambiente y no
pasa por la confrontación con el ambiente. No es una
capacidad educativa aquella que sabe hacer discursos y que sabe
organizar, pero sí la que realiza una confrontación con el
ambiente, es decir, con la trama de los problemas humanos
que surgen en la convivencia, que son reflejo de la
sociedad.
El empeño con el ambiente, es decir, el encuentro es
generador de cultura y hace que juzguemos la realidad a
la luz de la fe, de un horizonte que da
valor al detalle y saca a luz la mentira de
la pretensión totalitaria de una ideología. Como decía el Papa
Juan Pablo II en el Congreso del MEIC en 1982:
"Una fe que no se convierte en cultura es una
fe que no es acogida plenamente, no está enteramente ideada,
no está fielmente vivida".
El encuentro hace crecer la convicción a
través de la verificación, es decir, del darse cuenta de
la correspondencia entre la propuesta de Cristo y las exigencias
de la persona. Dios se manifiesta al hombre más con
la capacidad de responder que con la explicación de una
doctrina. Ya recibimos el céntuplo aquí en la tierra, no
de lo que inventa el hombre, pero sí de la
vida vivida ante esa grande Presencia, la misma Presencia que
hizo exclamar a san Pedro: "Señor, ¿donde quién vamos a
ir? Tú tienes palabras de vida eterna".
De dónde partir
Un
cristiano que vive los mismos problemas de todos, que sufre
la injusticia como todos, que está implicado en las contradicciones
de toda la sociedad y que experimenta en esta experiencia
una correspondencia con su humanidad, y se pregunta qué cosa
puede hacer por el mundo, ¿puede hacer otra cosa que
vivir y hacer presente aquello que ha encontrado? El cristianismo
auténtico es el anuncio de la Encarnación: el misterio y
el infinito se encuentran en una realidad espacio-temporal, que precisa
de la persona.
Para empezar no sirven otros elementos, no sirve
un análisis ya realizado, no sirve alcanzar una fuerza o
capacidad determinada, no sirve estar seguro de que uno será
escuchado y que la empresa llegará a buen término.
La primera
condición es que esta conciencia del acontecimiento debe producir un
cambio en nosotros: los compañeros del colegio, la gente con
la que nos encontramos, los amigos y los colegas tienen
que darse cuenta de que también nosotros estamos personalmente comprometidos
con este camino de realización de uno mismo, «educa aquel
que se deja educar». Si no se parte de aquí
el resto no sirve para nada. Se puede tener un
momento de eficacia si se tiene a una persona humanamente
fascinante y activamente constructiva, pero una vez que ésta ya
no está todo se convierte en un engaño.
Los jóvenes
necesitan de personas que estén a la altura de sus
exigencias humanas, que sepan transmitir la fe que hay en
ellos.
Hay dos síntomas que se muestran cuando estamos con ellos
con esta postura:
a) que los jóvenes mismos se hagan partícipes
de esta experiencia, es decir, que sean misioneros. Una vez
que ellos mismos, en cuanto a seres que caminan hacia
el propio destino, han descubierto cómo la intensidad de la
vida cristiana coincide con la intensidad de la pasión por
sí mismo en cuanto a seres que caminan hacia el
propio destino, una vez que se han descubierto a sí
mismos, se dan cuenta de que esta coincidencia vale para
cada persona con la que se encuentran, aunque sea el
propio enemigo. No podemos hacer otra cosa que comunicarla.
b) que
nosotros aprendamos de los jóvenes. Porque la relación educativa es
una relación recíproca: no hacer por, pero hacer con. Así
el adulto está llamado a verificar aquello que propone al
otro.
El descubrimiento más grande que he hecho y que hago
a diario es, que enseñando se crece, uno se da
cuenta de que el que más aprende es uno mismo.
Uno quisiera que aquello que se aprende se hiciera transparente
y persuasivo también para aquellos que están con nosotros.
Como decía
Pier Paolo Pasolini: "Si alguno te hubiera educado, no lo
habría hecho con sus palabras, pero sí lo habría hecho
con su ser" (de Gennariello, en Lettere Luterane).
Roma, 10-13 de
abril 2003
Don Giorgio Pontiggia
Rector del Instituto ´Sacro Cuore´ (Milano, Italia)
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