La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Card. James Francis Stafford | Fuente: vatican.va Los jóvenes en búsqueda del rostro de Cristo en la JMJ
Las peregrinaciones empujan a los jóvenes a trascender su propia moralidad personal y a volver a descubrir el ser humano pecador
Los jóvenes en búsqueda del rostro de Cristo en la JMJ
Debemos estar atentos a lo que propondremos en
estos días. No debemos pensar que los jóvenes que irán
a Colonia en 2005 se puedan considerar de viaje como
simples turistas en su enésimo tour. Hacer una peregrinación no
significa poco. Animar a los jóvenes a buscar el rostro
de Cristo durante una peregrinación puede ser arriesgado. ¿Por qué?
1.
En primer lugar, para los jóvenes el hacer una peregrinación
significa responder al deseo humano natural de ver y tocar
a Dios. Buscar la gloria de Dios no es una
cuestión "de poco peso": de hecho, el equivalente hebraico de
la palabra "gloria" en el Antiguo Testamento significa algo "de
peso" en una persona, algo que le da importancia.
En el
prólogo de Los cuentos de Canterbury, Geoffrey Chaucer ensalza el
retorno de la primavera en Inglaterra en una maravillosa y
compleja descripción de 18 versos, que paragona con la necesidad
del cristiano de emprender una peregrinación para obtener la curación
y la reconciliación con Dios, con el incesante impulso del
aparearse de los pájaros en esa estación: "y cantan melodiosamente
las avecillas que duermen toda la noche con los ojos
abiertos (tanto les hiere la naturaleza en el corazón)"[1]. Para
Chaucer, como para los Padres de la Iglesia, todas las
fuerzas de la naturaleza que se desbordan por el mundo
no son otra cosa que la epifanía de la íntima
búsqueda humana de una renovación espiritual.
"Cuando abril con sus
dulces lluvias ha penetrado hasta la raíz la sequía de
marzo, impregnando cada vena de aquel humor que tiene la
virtud de dar vida a las flores, [...] la gente
es ahora presa del deseo de ponerse a peregrinar"[2]. La
gente va en busca de Dios para recibir nueva vida.
Esta relación que Dios ha establecido entre el escalón más
alto y el más bajo de la escala jerárquica del
ser, permite la sublime distinción entre el hombre y los
animales y, al mismo tiempo, su humilde afinidad con éstos.
En
la obra de Chaucer no hay separación entre el reino
de la devoción y el de la fe; en sus
alegres cuentos no muestra ninguna mención de mentalidad secular y
no manifiesta para nada la separación radical entre el conocimiento
divino y el humano, característico de los últimos ciento cincuenta
años de la cultura occidental.
En la obra de este poeta
católico vemos cómo una tradición tan estratificada (la peregrinación a
un santuario donde se conserva una reliquia) puede después mostrar
una amplia gama de fenómenos, desde la auténtica espiritualidad
del párroco hasta la más crasa superstición y avidez emprendedora.
La existencia misma de esta práctica religiosa revela la naturaleza
y la cualidad de la fe católica de aquellos tiempos:
los cristianos nunca habrían seguido a un dios consistente en
una idea abstracta, un principio teórico o un argumento especulativo.
Los católicos de entonces querían ver y tocar al Dios
verdadero. No era una cuestión de poco peso.
Vemos esta característica
de "peso" también en los romeros, los peregrinos que en
la Edad Media iban a Roma para venerar la grande
reliquia de la Pasión de Cristo, la imagen de Jesús
en el velo de la Verónica, custodiado en la Basílica
de San Pedro. Estos peregrinos ardían del deseo de poder
ver un hecho concreto, físico: esto era lo que les
atraía a Roma. Tampoco el deseo del romero era una
cuestión de poco peso.
La religiosidad católica siempre ha estado muy
ligada a lo físico. La religiosidad y la teología medieval
y patrística son una elaboración de la parte inicial de
la Primera Carta de san Juan: "Lo que existía desde
el principio, lo hemos oído, lo que hemos visto con
nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca
de la Palabra de vida, - pues la Vida se
manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y
os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el
Padre y que se nos manifestó - lo hemos visto
y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis
en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con
el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto
para que nuestro gozo sea completo" (1Jn 1,1-4).
La finalidad de
las peregrinaciones de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ)
es el descubrimiento de la norma concreta de la vida
humana: el Verbo eterno de Dios, que san Juan ha
visto, oído y tocado. La experiencia de la JMJ radica
en la verdad de la encarnación del Verbo en un
auténtico ser humano. Los jóvenes peregrinos buscan la comunión con
Dios en la humanidad de Cristo y por medio de
ésta. Esto significa que en la fe católica la "carne"
no es una cuestión de poco peso. Jesús ha padecido
en la carne y ha resucitado en la carne.
Durante
la peregrinación a Denver, París, Roma, Manila y Toronto, los
jóvenes han descubierto este contacto físico con Cristo. En su
vivir, caminar, reír, sufrir y rezar junto a los demás,
se vuelve a manifestar la vida y la muerte de
Jesús. La carta de san Juan habla de comunión. La
peregrinación de la JMJ ofrece a los jóvenes esta comunión.
En los días de viaje a Colonia, meta de su
peregrinación, entrarán en contacto con los sufrimientos de otros católicos
y entenderán el significado de la identidad de Cristo con
sus discípulos: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a
unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me
lo hicisteis" (Mt 25,40).
2. En segundo lugar, las peregrinaciones empujan
a los jóvenes a trascender su propia moralidad personal y
a volver a descubrir el ser humano pecador. Hacer una
peregrinación significa ir más allá del moralismo religioso, aquella caricatura
del cristianismo que se reduce a ninguna otra cosa que
a un sistema de mandamientos. La peregrinación de la JMJ
muestra a los jóvenes con absoluta claridad que no ha
terminado aquí, a pesar de todos los errores, hipocresías y
maldades de nuestra historia personal y colectiva que han sido
diseminados y han dividido a los hijos de Adán. Ha
sido más bien que, al final, la misericordia de Dios
"ha recogido de todas partes los fragmentos, los ha fundido
en el fuego de la caridad y aquello que ha
estado destrozado tornó a ser una cosa"[3].
En su peregrinación a
Colonia los jóvenes verán el rostro de Cristo en sus
coetáneos, en sus obispos, en los sacerdotes y en el
Santo Padre. Verán el rostro de Cristo en la Eucaristía,
realidad culminante de la kenosis de Cristo, de su total
entrega. El rostro eucarístico de Cristo enseñará a los jóvenes
peregrinos que el verdadero problema de la vida no es
el sufrimiento: éste también existe, pero hay aún más. Todo
el problema de la vida y de su violencia encuentra
un gran espacio en el ámbito de la realidad del
pecado. Mirando el rostro de Cristo, los jóvenes descubrirán la
naturaleza del pecado: el deicidio, la violencia mortal contra Dios.
Algunos
de nosotros se han construido la imagen de un Dios
que sonríe benévolo sobre aquello que nosotros llamamos nuestras pequeñas
infracciones, nuestros pequeños pecados. Algunos de nosotros incluso pueden tener
la sensación de que Dios haya llegado a fruncir el
ceño por nuestras aberraciones. Para otros, en este mundo postmoderno,
el rostro sufriente de Cristo no se ha convertido en
otra cosa que en un error horrendo e insensato. Otros
han racionalizado tanto sus experiencias de modo que en su
concepción del "mal" entra tanto un dolor lancinante de dientes
como la idea del deicidio.
En su peregrinación a Colonia los
jóvenes verán los múltiples aspectos del rostro de Cristo. Permanecerán
en silencio durante un rato y penetrarán con su mirada
contemplativa la mirada de Cristo, y comenzarán a percibir el
significado del "Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1,1).
Verán que el pecado y su violencia han exigido un
precio terrible, causando la muerte de cruz del Hijo de
Dios. Es este el significado del rostro eucarístico de Cristo.
El pecado no es sólo cuestión de infringir la ley:
sin duda lo es, pero es mucho, mucho más. En
primer lugar es un crimen contra el amor. El rostro
eucarístico de Cristo enseña a los jóvenes que el Dios
del amor responde a su manera y según su naturaleza
trinitaria: con una entrega total e infinita.
Muchos jóvenes peregrinos
de Colonia permanecerán extraños a Jesús de Nazaret, hombre humilde
y pobre, a no ser que vosotros mismos, que sois
sus responsables y sus modelos del cristianismo, primero hayáis reconocido
a Jesús. Sólo a través de vuestra experiencia personal del
perdón y de la misericordia de Cristo seréis capaces de
darles la ayuda necesaria para ver la verdadera identidad de
Jesús. "Lo que hemos visto, oído y tocado, os lo
anunciamos, para que [...] nuestro gozo sea completo" (Cfr.1Jn 1,3-4).
Que nuestra alegría pueda ser perfecta en Colonia.
Antes de que
los discípulos puedan mostrar a otros los amados rasgos del
rostro de Cristo que tienen dentro de sí, deberían pedir
una gracia especial: el don de las lágrimas en la
contemplación de las lágrimas de Jesús. "En los días de
su vida mortal ofreció ruegos y súplicas con poderoso clamor
y lágrimas" (Cfr. Heb 5,7). Algunos podrían experimentar tal dono
sólo a través de lo que santa Catalina de Siena
llamaba las "lágrimas de fuego"[4], derramadas sin llorar físicamente. A
menudo uno puede tener esta sensación de querer llorar pero
sin conseguirlo. Todo esto requiere un deseo auténtico y santo,
que hace que el discípulo se consuma de amor. En
comunión con san Francisco de Asís, contemplando el rostro sufriente
de Jesús, el discípulo quisiera anular la propia vida en
la entrega total de sí mismo llorando por la salvación
de los demás, pero no es capaz de hacerlo. "Mas
todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en
un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en
esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como
actúa el Señor, que es Espíritu" (2Cor 3,18).
3. Finalmente, la
peregrinación de la JMJ enseñará a los jóvenes que, a
pesar de la corrupción y la astucia perversa del ser
humano, pueden aún creer en una naturaleza humana única, buena
y desbordante de posibilidades. El amor de Dios les revelará
que la existencia del hombre es un conjunto global. Mucho
puede ser perdonado a los que "mucho han amado" (Cfr.
Lc 7,47).
A cada paso de su peregrinar los jóvenes serán
confrontados con sus propias limitaciones y su corruptibilidad. Al mismo
tiempo se encontrarán frente a la idiosincrasia y a la
corrupción de los demás. Aprenderán también una lección muy importante:
que la contradicción y la ambigüedad humanas, aunque sean grandes,
no alcanzan a ofuscar el esplendor de lo que Dios
ha creado. De él proviene la intrínseca bondad de la
naturaleza humana.
Los peregrinos de la JMJ llegarán a las
puertas de Colonia y deberán afrontar lo que los peregrinos
de todos los tiempos han tenido que afrontar. Ahí sentirán
todo el peso de la gloria de Dios, porque ahí
encontrarán su misericordia. Chauser describió esta experiencia del siguiente
modo: cuando los peregrinos ingleses de la Edad Media llegaron
cerca de la catedral de Canterbury, donde se conservaban las
reliquias de santo Tomás Becket, obispo y mártir, cesaron con
sus historias. Para ellos había llegado el momento de hacer
un examen de conciencia, ya que las conversaciones precedentes habían
manifestado claramente sus errores y pasiones desenfrenadas. Así el párroco
fue el último en tomar la palabra. El ritmo y
el estilo que habían dominado la obra hasta aquel punto
cambiaron radicalmente. El párroco no recitó un cuento en verso,
sino un sermón en prosa sobre la naturaleza de los
siete pecados capitales, porque quería preparar a los peregrinos para
que se convirtieran a través del sacramento de la confesión.
Así comenzó a invocar la gracia: "si os parece bien,
os contaré sin pérdida de tiempo un hermoso cuento en
prosa para concluir toda esta fiesta y darle un final.
Que Jesús con su gracia me dé la capacidad de
indicaros en este viaje el camino a aquella peregrinación perfecta
y gloriosa que es la Jerusalén celeste"[5]. Esto es el
culmen de toda la obra. Chaucer se ha revelado como
un poeta de extraordinaria alegría sólo porque en primer lugar
era un poeta de la misericordia de Dios.
Al prepararnos a
guiar a los jóvenes católicos del mundo en la grande
peregrinación a Colonia 2005, con el Papa, invocamos la eterna
misericordia de Dios. Durante estos días en Roma rezamos por
nosotros, por el perdón de nuestros pecados y por los
hijos de Dios que Él nos confiará a nosotros y
a otros responsables del 2005.
Roma, 10-13 de abril 2003
Card.
James Francis Stafford Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos
[1] Geoffrey Chaucer, Los cuentos de Canterbury, Prólogo.
[2] Idem.
[3] San Agustín, Interpretación de los Salmos, Vol. 31, Int.
95, n1 15.
[4] Sta. Catalina de Siena, Il Dialogo
della Divina Provvidenza o Libro della Divina Dottrina. , 109
- LXXXVIII, 28 (ed. Cateriniane, Roma 1980)
[5] Geoffrey Chaucer,
Los cuentos de Canterbury, Prólogo del párroco.
Imagen: www.aciprensa.com
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Un servicio exclusivo para sacerdotes. Orientación y acompañamiento espiritual a Sacerdotes. Dudas y cuestiones acerca de la Vida Sacerdotal, la Liturgia, el uso y aplicación del Derecho canónico, la Formación en los seminarios y la Formación permanente del Sacerdote
Ver todos los consultores